ANDER MAIS

Capítulo 20

Noche con sorpresas

Al llegar al hotel, nos fuimos cada uno a su habitación a descansar un poco y recuperar fuerzas para nuestra salida nocturna. Habíamos quedado en que cenaríamos allí y luego marcharíamos hacia el pueblo, a eso de las once, a tomar algo en un pub, mientras hacíamos tiempo hasta que fuera hora de ir a la discoteca, que era donde pensábamos pasar la mayor parte de nuestra escapada. Y donde toda la acción que planeábamos debía ocurrir.

Natalia decidió que era mejor cenar algo temprano y así tener más tiempo para prepararse, y a mí pareció bien la idea. Cuando regresamos a la habitación, enseguida se metió en la ducha para prepararse, mientras yo aprovechaba para preparar mi ropa con la que iba salir esa noche. No me costó mucho decidirme: unos tejanos ajustados y una camisa larga negra que a Natalia le gustaba mucho. Para completar, una cazadora para combatir el fresco que seguro haría de madrugada en aquel sitio rural.

Natalia tardó bastante en salir de la ducha pero, cuando lo hizo, no me importó su tardanza. Apareció desnuda y secándose el pelo con una toalla. Me impactó sobre manera su aparición. Ver su fabuloso cuerpo desnudo siempre me hacía perder la razón pero si este, además, venía surcado por finas gotas de agua que resbalaban por él, era para perder el sentido. Mis ojos no podían apartarse del movimiento casi obsceno de sus bamboleantes pechos mientras se secaba el pelo, pero lo hicieron al percatarse de un detalle que hasta ese momento me había pasado desapercibido: Natalia se había depilado el pubis.

Mi chica solía recortarse el vello de esa zona de forma frecuente y, de tanto en tanto, lo rasuraba por completo. La última vez que lo había hecho, la noche en que había quedado con Víctor. Pero esa misma mañana, cuando habíamos follado, estaba completamente seguro que algo de vello adornaba esa zona. Pero ahora no, estaba impoluta. ¿Lo había hecho por mí o Natalia tenía otras ideas en mente? No sabía si excitarme o sentirme inquieto por ello.

Casi como si yo no estuviera, vi como Natalia empezaba el proceso de vestirse, sacando de la maleta un sensual sujetador de encaje negro a juego con unas braguitas del mismo color y también de encaje. Mientras la veía colocarse aquellas prendas, no pude evitar fijarme en que no me sonaban de nada.

—¿Eso es nuevo, no? —pregunté curioso.

—Sí, me apetecía darte una sorpresa… ¿Qué te parece el conjunto? —dijo exhibiéndose ante mí—. ¿Te gusta? Pensaba que no te ibas a dar cuenta…

—Me encanta, cielo —dijo mirándola embobado—. Pero. ¿cuándo te lo has comprado?

—Internet… —reconoció sonriente—. Llegaron ayer…mmmm… Sí, ya veo que sí te gusta… —murmuró frotando su culo contra mi incipiente erección, a la vez que mis manos acariciaban sus tetas, notando al tacto que aquellas prendas eran de muy buena calidad y que debían haberle costado un buen dinero.

—¿Sabes? —dije sin dejar de sobar su cuerpo—. Yo también te he comprado algo…

—¿Sí? —preguntó ilusionada—. ¿El qué?

—Ahora no, cielo… luego, cuando volvamos… Pero creo que será algo que te gustará…

—Ahora me has dejado intrigada… —protestó haciendo un puchero—. Anda, no seas malo… dámelo ahora…

—No, no, no… —insistí apartándome—. Voy a ducharme, que si no vamos a llegar tarde…

Desde el umbral de la puerta del baño, vi como Natalia completaba su atuendo. Unas medias hasta medio muslo, un vestido negro que apenas ocultaba el inicio de esas medias y cuyo escote redondo hacía resaltar sus pechos de una forma brutal. A juego, unos zapatos con tacón negros que estilizaban sus piernas y levantaban su trasero, que se ceñía al vestido de una manera que era difícil apartar la mirada de él.

—¿No decías que íbamos a llegar tarde? —me espetó Natalia, consciente de mi presencia espía y sonriendo de forma ladina.

Me metí en el baño donde me di una ducha rápida y no tardé en salir para vestirme. Mientras lo hacía, Natalia aprovechó para acabar de maquillarse y peinarse. Cuando salió, me quedé embobado mirándola. La verdad, es que estaba aún más arrebatadora que la noche en que acabó en la cama con Víctor.

—Estás preciosa, cielo… —le dije admirándola.

—Tú que me miras con buenos ojos… —dijo con falsa modestia—. Anda, vamos… a ver si estos están ya listos…

Salimos de la habitación y nos acercamos a la puerta de al lado, donde Natalia llamó. Al poco, esta se abrió y nos encontramos a un Álvaro ya listo que nos invitó a entrar dentro. Su habitación era más espaciosa que la nuestra y por allí vimos deambulando a una Marta que estaba acabando de arreglarse.

—Perdonad… al final se me ha tirado la hora encima… —se disculpó Marta mientras se colocaba unos pendientes—. ¿Qué te parecen? —le preguntó a mi chica que se acercó a mirarlos.

Mientras lo hacía, yo aproveché para observar a Marta. Ella había optado por una minifalda, medias negras, blusa de tela fina y con escote de pico y, por la forma en que se movían sus pechos, creí que sin nada debajo. Estaba maravillosa y no pude evitar recordar la proposición que me había hecho aquella tarde para pasar la noche juntos.

Por suerte, no le quedaba mucho y, unos diez minutos después, bajábamos los cuatro a recepción donde ya nos esperaba Pedro. Sonrió al vernos y no era para menos. Sabía que, con casi toda seguridad, esa noche se iba a acostar con una de aquellas dos bellezas, sino con las dos. Cómo para no estar contento. Pedro iba vestido con unos tejanos rotos y una camiseta ceñida donde se marcaban sus perfilados músculos. Me imaginé, aunque no lo llegué a ver, que a las dos chicas también les gustó lo que vieron. A sus casi cuarenta años, con aquel cuerpo cuidado de piel morena y su cabello corto negro perfilado con algunas canas que le daban un toque interesante, Pedro se podía considerar como un hombre bastante atractivo.

Salimos afuera y nos montamos en un espacioso monovolumen que Pedro había aparcado justo en la entrada del hotel. Mientras Pedro conducía el coche hasta el pueblo, nosotros, sentados detrás, conversábamos sobre la ruta que habíamos hecho aquella tarde y sobre lo que nos estaba pareciendo el hotel y la zona.

Pedro apenas intervenía en la conversación y, poco después, adiviné porqué. Había ajustado el espejo interior de tal manera que, mientras conducía, podía tener unas vistas privilegiadas de las piernas de las chicas que, de forma consciente o no, no llevaban cruzadas y con aquellas prendas mostraban más que ocultaban. No pude negar que se lo había montado bien y se estaba dando un festín.

No tardamos en llegar al pueblo, adentrándose por varias calles hasta llegar a la entrada de un pub, que es donde íbamos a tomar la primera copa antes de ir a la discoteca. Entramos y nos sentamos en una mesa cerca de la barra. Pedro, conocedor del sitio y del dueño, se acercó a pedir nuestras bebidas mientras nosotros seguíamos conversando de todo un poco.

Cuando Pedro regresó, se sentó al lado de Marta, quedando Álvaro junto a su esposa y nosotros en frente de ellos. Al final, no fue una copa sino dos, pero nos dio igual porque, a decir verdad, estábamos disfrutando de la compañía como habíamos hecho aquella tarde en el lago. Natalia y yo no solíamos salir mucho, y menos con otras parejas, así que aquello estaba resultando todo un descubrimiento, en el sentido positivo claro.

Allí sentados, no pude evitar observar cómo eran varios los hombres que miraban a las dos mujeres. Tampoco era de extrañar, no había muchas mujeres en aquel sitio y, las que había, poca sombra les hacían a Natalia y Marta. Miré a mi chica y, o no se daba cuenta o llevaba muy bien el hecho de sentirse observada de aquella manera. En cierto modo, me alivió que así fuera; tanto por el devenir de aquella noche como por lo que iba a sentir a partir de la semana siguiente, trabajando como camarera en aquel bar.

A eso de medianoche, decidimos dejar aquel pub y coger el coche de nuevo para acercarnos a aquella discoteca de la que nos habían hablado. Cuando llegamos, vimos que era un local algo modesto en comparación a los sitios que estábamos acostumbrados a frecuentar, pero serviría para nuestro propósito de disfrutar de una noche de fiesta con nuestros nuevos amigos.

Nos acercamos a la barra donde pedimos una nueva ronda de bebidas, la tercera de la noche, y acabábamos casi de empezar. A este paso, no iba a tardar en notar a mi chica algo más suelta, cosa que siempre le sucedía cuando bebía algo de más.

—¿Bailamos? —preguntó Marta, en general, queriendo subir el nivel de diversión.

—Bufff… yo paso… se me da fatal… —dije escaqueándome.

—A mí tampoco es que me guste demasiado y lo sabes… —me secundó Álvaro dirigiéndose a su mujer—. Además, tengo que ir al baño…

—Pues entonces, por descarte, te va a tocar conmigo… —dijo Pedro sonriendo y ofreciéndole su mano.

Marta la cogió gustosa y avanzaron los dos hacia la pista a bailar, mientras Álvaro se perdía camino de los lavabos, quedándonos Natalia y yo solos por primera vez aquella noche.

—¿Te diviertes? —le pregunté.

—Mucho. La verdad es que ha sido una grata sorpresa conocer a Marta y a su marido —contestó Natalia mientras observaba con algo de envidia a la pareja comenzando a bailar.

—Si quieres bailar, a mí no me importa… —le dije interpretando su desencanto.

—Ya… pero a ti no te gusta… Y sola… pues me da palo… —me contestó.

—Bueno, puedes esperar a que acabe Pedro con Marta y que cambie de pareja o buscarte a otro… —le dije pícaramente—. Candidatos aquí seguro no te van a faltar…

Le señalé a un grupo de chicos que no nos quitaban ojo de encima. Debían tener poco más de 20 y no hacían más que mirarnos y cuchichear.

—Creo que paso… —dijo Natalia.

—¿Por qué? —le pregunté—. Podías darles una oportunidad, ¿no? Mira lo que pasó el verano pasado… Si te hubieras cerrado como ahora, no hubiéramos conocido ni a Riqui ni a Víctor… y al final lo pasamos bien todos durante aquella fiesta, ¿verdad?

Natalia calló recordando aquello, como sopesando lo que acababa de decirle, pero seguía indecisa.

—Sí… pero no siempre va a ser así… No siempre vas a dar con gente simpática y agradable como ellos… —me rebatió—. Me da miedo que se piensen lo que no es y tengamos problemas… Además, esos me parecen unos niñatos —dijo lanzando una mirada hacía ese grupito de chavales que la observaban.

—A ver, ¿qué problemas va a haber? Estoy yo, Marta, Álvaro y, sobre todo, Pedro, que seguro que hasta los conoce… Serán del pueblo. Además, ¿no ves que parecen inofensivos? Y solo es un baile, cielo…

—¿Lo dices en serio? ¿De verdad que no te importa? —preguntó, aun sin acabar de decidirse.

—Claro que no. ¿Te dije algo el verano pasado cuando bailaste con Riqui? ¿No, verdad? ¿Por qué debería hacerlo ahora? Además, sabes que no soy celoso y que me gustan estas cosas…

—¡Cómo eres! Jajaja… Tú y tus morbos… —dijo divertida—, seguro que ya la tienes dura de imaginarme bailando con otro…

—Puede… —respondí maliciosamente—. Y tampoco tiene nada de malo… mira que bien se lo pasan Marta y Pedro… y lo felices que parecen.

Natalia y yo nos giramos para buscarlos en la pista de baile y, cuando lo hicimos, ambos nos sorprendimos ante lo que vimos: los dos bailaban bien pegados, sin casi distancia entre sus cuerpos, con las manos de ambos reposando en el culo del otro.

—Joder… —Fue lo único que atiné a decir no creyendo que fueran a empezar tan pronto y ante la vista de todos los allí presentes.

—Ya… —dijo Natalia como respuesta, pero como si no le sorprendiera aquello.

—¿Sabes algo? —le pregunté—. Ese “ya” lo dices como si no te sorprendiera lo que ves…

—Bueno… es que esta tarde, cuando iba con Álvaro, hemos hablado un poco y tal…

—¿Y? —pregunté intrigado.

—Pues… joder, es que menuda vergüenza he pasado… Me ha confesado que nos han sentido follar esta mañana…

—¿En serio?

—Sí… y la cosa es que yo, queriendo cambiar de tema y como no dándole importancia al asunto, le he dicho que entonces seguramente esta noche los oiríamos a ellos… ¿Y a qué no sabes qué me ha dicho?

—No… —pregunté interesado.

—Que a él no, pero que a Marta sí…

—No entiendo nada…

—Pues, por lo que me ha contado, son algo así como una pareja abierta… liberal… unos swingers de esos, supongo —me dijo mirando a los lados como para que nadie nos escuchara—. Meten en su cama a terceros y, por lo que me ha contado, han venido aquí a follar con Pedro…

—¡No jodas! —exclamé haciéndome el tonto.

—Ya ves… —dijo mirando de nuevo hacia la pista—. Supongo que esto es el calentamiento para lo que vendrá después…

—Bufff… No sé qué decir, aunque tengo que reconocer que es morboso y excitante, ¿no crees? —le pregunté buscando su reacción.

—Es raro… Yo no sé si sería capaz de hacer algo así… Follar con otro delante de tu marido… —dijo ella—. Creo que me cortaría el rollo… Como si estar pendiente de ti no me dejara disfrutar plenamente, ¿sabes?

—Eh… sí… —dije algo sorprendido y decepcionado por su respuesta, que me sentó como un mazazo en esos momentos.

Nos quedamos unos segundos en silencio mirando como Marta y Pedro se manoseaban de forma descarada.

—¿Y entonces qué? —le pregunté—. ¿Vas a ir a pedirle a alguno de esos chicos que te saque a bailar?

—No. Creo que mejor paso… —dijo tras una nueva y fugaz mirada al grupo de chavales—. Tienes razón, seguro serán inofensivos… pero son unos críos y prefiero quedarme aquí contigo… Y si te soy sincera, no me parece ninguno atractivo.

—Vale —dije algo decepcionado.

Álvaro regresó del baño y se sentó a nuestro lado, mirando al igual que nosotros, cómo Pedro sobaba a su mujer y a él parecía no importarle, más bien todo lo contrario. No tardaron en regresar Marta y Pedro, ambos sedientos, y una nueva ronda de bebidas cayó a nuestras espaldas. Y ya iban unas cuantas. En los ojos de Natalia ya veía aquel brillo que delataba que iba algo contentilla.

—¿Vamos? —le pregunté a mi chica ofreciéndole mi mano.

—¿A dónde? —dijo sin entender.

—Pues a bailar… No se me da muy bien, pero si a ti no te importa bailar con un pato… —dije bromeando.

—¿En serio? —dijo incrédula Natalia—. Pero si tú nunca bailas…

—Ya… pero te mueres de ganas y no te voy a dejar aquí muerta de asco toda la noche…

—A ver si aprendes… —dijo Marta tirándole la pulla a su marido—. Anda maja, qué envidia me das… Cuando te canses de él, me avisas que me lo quedo yo…

—De eso ni hablar… —dijo melosa Natalia, cogiendo mi mano y poniéndose en pie.

Marta cogió la mano de Pedro y ambas parejas nos encaminamos a la pista de baile. Se me daba fatal el baile, pero lo que contaba era la intención y me pareció una buena manera de intentar avanzar, hacer que Natalia disfrutara y se mostrara más dispuesta para lo que estaba por venir.

—Joder con esos dos… —dije tras un rato bailando—. No se cortan un pelo…

—Sí… —afirmó Natalia, viendo al igual que yo, como de nuevo las manos de ambos recorrían las nalgas del otro—. Menuda fresca…

—¿Fresca? ¿Por qué? —dije sorprendido—. A mí no me lo parece… Tanto ella como Álvaro saben a lo que han venido aquí, así que para que irse con remilgos… Y Álvaro no parecía muy molesto cuando los ha visto…

—Ya, pero es que no acabo de comprenderlo… —dijo sin dejar de mirar a la otra pareja—, esto de comportarse así delante de tu pareja…

A mí me pareció muy cínica su forma de hablar y, más, teniendo en cuenta que algo así había hecho ella el verano pasado con Riqui, delante de mis narices. No sé si fue por la decepción de no querer ir con aquellos chicos o por sus respuestas que contradecían sus actos, que decidí jugármela.

—Pues es lo que tú hiciste el verano pasado con Riqui… —dije mientras no perdía detalle de sus reacciones.

—¿Cómo? —exclamó apartando su mirada de ellos y fijándola en mí, algo pálida de repente.

—Sí… Riqui… el baile en las fiestas… Te tocó el culo más o menos como Pedro hace con Marta… —dije decidido a no dar vuelta atrás. Si ella no hablaba, lo haría yo.

—Yo… No sabía… —Natalia hablaba de forma dubitativa, asustada, y parecía incluso a punto de romper a llorar.

—Tranquila, cielo… si no me importó… —dije buscando tranquilizarla mientras acariciaba su mejilla—. Ya me conoces… Si incluso me gustó verte así de desinhibida, de lanzada…

—Pero… no entiendo… ¿Por qué nunca me has dicho nada? ¿Por qué te callaste hasta hoy? —preguntó confusa.

—Porque, primero, esperaba que fueras tú quien me lo contase y, segundo, porque ya te he dicho que no me importó que le dejaras… al contrario, disfruté al igual que Víctor viendo cómo te dejabas meter mano por Riqui allí, delante de todo el mundo…

—Lo siento, de verdad que lo siento… —se disculpó ella—. El alcohol…

—No pasa nada… Ya te he dicho que no estoy enfadado… En todo caso un poco decepcionado porque no hayas confiado lo suficientemente en mí como para contarme lo sucedido… Sabes que no soy celoso y que estas cosas me ponen… A estas alturas deberías saber que no me enfadaría por algo así…

—¿Lo dices en serio? ¿No estás enfadado? —preguntó extrañada—. Es que una cosa es fantasear, y otra muy distinta llevarla a la práctica…

—Para nada… —aseveré—. Te quiero igual o más que antes…

—Es que me cuesta de creer… —repitió una Natalia cabizbaja.

—¿No te lo crees? Pues es fácil de comprobar… —le dije mirándola fijamente—. Deja que Pedro te toque el culo como hace con Marta y salimos de dudas…

—¿Qué? Estás fatal… —dijo parando de bailar—. ¿No lo dirás en serio?

—Muy en serio… Prueba. Bailas con él y, si intenta algo, no lo pares, déjale que te toque… Así verás si me molesta o no… —la reté.

—Chicos, vamos a por otra ronda… Que queda mucha noche por delante aun —exclamó Marta acercándose a nosotros e interrumpiendo nuestra conversación.

Los cuatro regresamos a la barra y nos encontramos que Álvaro ya había pedido, sabiendo que volveríamos sedientos. Natalia parecía nerviosa y, de un solo trago, apuró su copa. No dejaba de mirarme, suspicaz pero a la vez con curiosidad. Esta vez nos dio tiempo a tomar una segunda ronda antes de decidir volver a la pista, aunque con algunos cambios.

—Si no te importa —le dije a Pedro—. Ahora me toca pisar un poco los pies de esta dama… Los de mi novia ya están bastante machacados…

—Jajaja… Tampoco lo haces tan mal… por lo que pude ver —dijo Marta divertida—. ¿No te importa, verdad? –le preguntó a Natalia.

—No, no… —respondió mi chica sorprendida, pero entendiendo a la perfección lo que yo pretendía—. Pues nada, te toca conmigo… —dijo alargando su mano a Pedro, que la cogió con una sonrisa de satisfacción.

Me pareció, por sus gestos y su forma de decirlo, que Natalia había aceptado mi reto. Ahora solo quedaba saber si iba a ser capaz de llevarlo a cabo.

Nos dirigimos a la pista, cada uno con su pareja. No tardé en sentir el cuerpo de Marta bastante cerca del mío, pero, por fortuna, al menos se había cortado algo y sus manos estaban en mi cintura al igual que las mías en la suya.

—¿De qué va esto? —me preguntó Marta.

-Un reto –le contesté-. La he provocado para que se deje meter mano delante de mí, para que compruebe que no me asaltan los celos…

—Huy… que esto se va poniendo interesante ya… —dijo Marta mirando de reojo a la otra pareja—. Si es por Pedro…

—Lo sé… —afirmé—. Lo que me preocupa es que Natalia se atreva a dar el paso o no…

Estuvimos un rato bailando o, al menos, intentándolo, mientras no dejaba de mirar hacia mi chica que parecía estar disfrutando bastante con la compañía de Pedro, pero sin que nada hubiera pasado entre ellos. Natalia también nos miraba de vez en cuando, como si también quisiese cerciorarse de si algo pudiera pasar entre Marta y yo.

Al final fue Marta la que dio inicio a las hostilidades, dando un paso hacia adelante y eliminando así la poca distancia que había entre los dos. Noté al instante sus grandes pechos pegados a mi torso y su rostro peligrosamente cerca del mío. Casi me quedé sin respiración y miré casi de forma automática a mi chica que, atenta a lo que ocurría, parecía debatirse en un dilema interno que solo ella podía dilucidar.

Pedro le susurró algo al vernos a nosotros, y ella escuchaba y miraba sin hacer nada, sin poder de reacción. Pedro imitó el gesto de Marta y se pegó a Natalia, siendo él ahora el que tenía pegado a su torso las tetas de mi novia, pero, no contento con eso y viendo su nula resistencia, bajó sin dilación sus manos a su culo donde las dejó allí aposentadas, sin moverlas, pero pudiendo disfrutar por primera vez de las redondas nalgas de mi chica.

Natalia y yo nos miramos, sin decir nada, ella visiblemente nerviosa y preocupada. Yo le sonreí para que viera que aquello no me afectaba en absoluto. Un conato de confusión la embargó por un segundo, pero luego pareció tranquilizarse algo y empezó a actuar con cierta naturalidad aunque, de tanto en tanto, seguía buscándome con la mirada.

—¿Y yo qué? —protestó con voz sensual Marta, viendo las manos en el culo de Natalia y reclamando el mismo trato.

Las bajé inmediatamente y, por fin, pude tocar el generoso culo de Marta, no conformándome con dejarlas allí quietas, sino que empecé a acariciarlo de forma lenta y parsimoniosa, deleitándome tocando otro culo que no era el de mi novia, después de muchos años sin hacerlo.

Quise fijarme en mi chica, saber si ese gesto la había molestado, pero vi que ya no me miraba, que tenía la cabeza apoyada en el hombro de Pedro que, ahora sí, recorría con total libertad el culo de mi chica, poniéndose las botas.

—Parece que le gusta… —me dijo Marta—. Creo que la cosa pinta bien…

—¿Y a ti? ¿Te gusta? —le pregunté yo.

—Me encanta… —dijo frotando su pubis contra mi incipiente erección.

Y es que toda aquella situación me estaba gustando demasiado. Ver a mi chica dejándose manosear de aquella manera por Pedro y yo estar haciendo lo mismo con Marta, era un sueño hecho realidad, y la noche solo acababa de empezar. De seguir así, a saber cómo podía acabar la velada.

Estuvimos así varios minutos, cada uno concentrado en su pareja y disfrutando los cuatro del culo de su acompañante. Porque sí, Natalia al final acabó por dejarse llevar y bajó sus manos hasta sentir bajo ellas las fuertes nalgas de Pedro que, experimentado como era, punteaba de vez en cuando a mi chica, haciéndola notar el bulto creciente bajo su pantalón.

Pero, como todo lo bueno se acaba, decidimos volver a la barra con Álvaro y tomar algo para saciar nuestras sedientas gargantas. Él, como antes, ya nos esperaba con las bebidas pedidas y me senté junto a mi chica, mientras Pedro hacía lo propio con Marta.

—¿Estás bien? —me preguntó algo avergonzada Natalia.

—Perfectamente —le contesté—. ¿Y tú?

—Rara… -dijo haciendo un gesto con sus hombros—. Esto de que otro hombre me toque delante de ti… No sé, no me acabo de hacer a la idea… Y anda que tú has tardado en tocarle el culo a Marta…

—Quería provocarte y parece que lo he conseguido… —dije bastante alegre por las muchas copas que llevaba ya encima—. Estaba deseando verte con sus manos en tu culo… bufff… Me ha puesto un montón…

—¿Sí? A ver… —dijo Natalia llevando su mano de forma disimulada a mi entrepierna—. Joder… ya veo, ya… ¿pero esto está por mí o por Marta?

—Siempre por ti, cielo… Marta está bien, pero comparada contigo… es que no hay comparación… —le dije sinceramente, aunque exagerando un poco-. Me gustas demasiado, amor…

Natalia me besó de forma apasionada, al parecer complacida con mi respuesta, sin importarle que los otros estuvieran allí al lado, mirándonos fijamente. Cuando nos separamos, tuvimos que aguantar las bromas de los otros tres, pero a mí me daba igual. Estaba feliz. Todo estaba saliendo a pedir de boca y cada vez veía más cerca el llegar a compartir a mi chica y poder participar en ello.

—Voy un momento al baño —dije dejándolos allí. Con tanta bebida, empezaba a ser algo imperioso vaciar la vejiga.

Cuando regresé del baño, me encontré a mi chica sola y algo agitada. Parecía nerviosa y, en cuando notó mi presencia, hasta se sobresaltó.

—Tranquila, que soy yo… —dije calmándola—. ¿Dónde se han metido todos?

—Eh… se han ido… han salido —dijo Natalia con voz titubeante.

—¿Qué se han ido? ¿Dónde? —pregunté extrañado y sin comprender.

—¿Tú qué crees? —dijo con el rostro enrojecido—. Al coche… A echar un polvo…

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