LUIS5ACONT

La playa de Camposoto.

Pedro miraba a la Paqui chapotear por la orilla mientras corría perseguida por el Madriles y el Malaguita, que intentaban atraparla para darle una ahogadilla en las olas que rompían en la playa de Camposoto. Sus risas se sobreponían al ruido del mar, alternándolas con gritos de júbilo histérico cada vez que estaban a punto de cogerla.

– Mira cómo se lo está pasando la muy perra – dijo Laura – Eso es lo que ella necesitaba, que la persiguieran un buen par de tíos.

– Pues vosotras no debéis tener problema para encontrar quién os persiga ¿no? –Aseveró el Cordobita incorporándose de la toalla.

– Bueno, no te creas, que no es tan fácil como parece encontrar a alguien que merezca la pena. ¿Y tú Pedro? ¿Qué rumias tan serio? mira que eres gallego… Ni te bañas, ni apenas abres la boca.

– Pensaba en el mar- murmuró – Este es el mismo océano que baña mi tierra, puedo olerlo desde la ventana de mi casa en el pueblo cuando el viento sopla desde la costa y, sin embargo, es tan diferente que no parece el mismo Atlántico.

– ¿Tienes morriña?

– Pues claro, llevo ya seis meses sin un permiso.

– Ofú, medio año sin ver a la novia.

– No, no tengo novia, pero la verdad es que ya se me hace bola. Me gustaría tomar unos vinos con los amigos y desde luego, darles una vuelta a los viejos. La familia siempre se echa de menos.

– Bueno, menos en el caso del Cordobita, ese no echa de menos a nadie.

– Sí, la verdad es que yo estoy aquí muy a gusto.

Tanto Laura como Pedro rieron la contestación, más que nada, por el tono serio y convencido con el que hizo esa afirmación. Si había captado la ironía del asunto no lo parecía, porque él había respondido lo que realmente pensaba. Para el Cordobita no parecía haber diferencia entre consciente y subconsciente.

Laura le pasó el porro al gallego que, poniéndolo en sus labios, le dio una larga calada. En un instante, la sonrisa escapó de su boca tan rápido como había llegado. No es que Pedro fuera serio, solo era reservado, que es la forma fina de llamar a esa mezcla de nostalgia y retranca que siempre parecía pintada en su cara.

– Te ríes poco ¿Eh gallego? ¿Sois todos así de formales en tu pueblo?

– Sí, lo dejamos solo para ocasiones especiales – continuó la guasa – A un tío mío solo lo vi reírse una vez en la vida: cuando se le murió la mula a un vecino con el que estaba peleado.

Finalmente, las chicas habían llamado esa semana y habían quedado para echar una mañana de playa el sábado. Se juntaron todos, menos Eduardo, que ese fin de semana sí podría ir a Sevilla a encontrarse con su novia. Y allí estaban con sus mochilas, con sus litronas, sus toallas y su costo, echando un mediodía perfecto.

Un chillido más alto que los anteriores les hizo mirar de nuevo hacia la playa, para ver como Paqui se alejaba corriendo, seguida de cerca por Antonio. Uno de sus pechos se había salido del bikini y botaba mientras ella intentaba poner distancia. El Madriles volvía caminando lentamente, después de renunciar a participar en la persecución.

– Están dando el espectáculo, tienen a toda la playa distraída con ellos.

– Déjalos que se diviertan, que falta nos hace echar un buen rato, además aquí hay cuatro gatos, el que no quiera que no mire.

El porro volvió a los labios de Laura, que se cerraron sobre la boquilla, permitiéndole dar una calada. A la vez que echaba el humo en una lenta expiración, murmuró:

– Es por la luz…

– ¿Qué dices? – preguntó el gallego.

– El mar, aquí es diferente por la luz, Pedro, la luz de Cádiz es especial: te ilumina por dentro y te sacude las telarañas del corazón – Acto seguido, se puso en pie y salió al encuentro de Julián, ofreciéndole el porro. La chica sacó pecho a la vez que adoptaba una postura casual, descansando sobre una de sus piernas. Sus muslos y glúteos morenos tenían pegada arena y sal. El pelo rizado se movía con la brisa, ya seco y repuntado por el calor.

– Esta buena la jodía – dijo el Cordobita como leyéndole los pensamientos.

– Es mucha mujer – contestó el gallego – más de la que ese se merece – dijo con tono agrio refiriéndose al Madriles.

Tuvo que reconocer un ramalazo de celos. Normalmente, le traían al fresco los tejemanejes de Julián, pero en este caso tuvo que reconocer que se había llevado una chica de primera. Eran compañeros de promoción, iban a todos lados juntos y formaban pandilla, pero Pedro jamás había considerado al Madriles como un verdadero colega y mucho menos un amigo. De todo el grupo era con el único que no se llevaba bien y ya no se molestaba en disimularlo. No, después de tantos meses de aguantar a ese jeta.

Mientras tanto, Antonio dejaba que Paqui se cansara corriendo hacia las dunas. Cuanta más distancia pusieran con el resto de la gente que había en la playa, que no era mucha, mejor. Poco a poco, Paqui fue aflojando el ritmo hasta que se volvió sin dejar de andar de espaldas. El pecho seguía botando fuera de la copa del bikini hasta que finalmente se detuvo y, haciendo un gesto entre pícaro y sensual, lo devolvió a su sitio.

 Antonio no pudo evitar empalmarse. Se acercó a paso ligero intentando tomarla por la cintura. Ella se revolvió, aparentemente con intención de volver a correr, pero Antonio tiró de su cintura y la mantuvo a su lado, tan pegada, que Paqui pudo notar el bulto bajo su bañador.

– Vaya, parece que te alegras de verme…

– No sabes cuánto. Estabas mejor con esa teta fuera. De hecho, creo que deberías sacar la otra en vez de guardarla.

-Pues yo creo que ya has visto demasiado, te noto muy subidito.

– Hija, es que ante ese par de pitones que tienes solo puedo presentar armas.

– Así me gusta, en posición de firme y con la bayoneta calada.

– Oye ¿tendremos un rato esta tarde para vernos a solas? conozco una pensión en San Fernando… te prometo que esta vez no te llenarás el culo de tierra.

– ¿Das por supuesto que hoy también te voy a elegir a ti?

– Hombre, creo que tengo muchas posibilidades.

– ¿Y eso? igual a mí hoy me apetece probar otra cosa.

– Ya, pero bueno, mira el Cordobita: no creo que sea tu tipo y (sinceramente hablando), es un tío fenómeno, pero creo que en la cama no ibais a congeniar mucho. Eduardo ya tiene novia y como está recién enamorado y es la primera vez que le pega tan fuerte, no creo que, aunque se lo pongas en bandeja acepte jugar, además de que hoy no lo tienes a tiro. El Madriles, ya ves que solo tiene ojos para tu amiga y Pedro… bueno el gallego sí que es una opción, pero si fueras lista me elegirías a mí.

– Y eso ¿por qué?

– Porque ya me has probado y sabes que soy bueno. Y también porque me gustas, me gustas mucho y me pelearé con quien me tenga que pelear para ser el primer plato.

– Bueno, no sé, me lo pensaré – replicó Paqui, aunque por el tono meloso en que lo dijo y el tiempo que tardó en deshacer el abrazo, todo parecía indicar que su decisión estaba ya tomada. De repente, para pasmo de Antonio, echó a correr por la playa otra vez, ahora en dirección a donde estaban los demás, mientras le decía:

– ¡Tenemos piso! nos han dejado las llaves.

Antonio esbozó una sonrisa que le salió del alma y arrancó a correr detrás de ella.

Sorpresa en el aseo.

– ¡Dios! ¡Qué bien follas!

Laurita se sobresaltó porque no sabía si había pronunciado estas palabras en alto o para sí misma. Cosas de estar en duermevela después de dos horas de fornicar ininterrumpidamente. Levantó la cabeza, despejada de golpe de una breve siesta de apenas veinte minutos. El madrugón, una mañana intensa de playa, el alcohol que bebieron a la hora de comer y el polvo intenso y continuado que habían echado, la habían dejado derrotada. Miró a Julián y pudo observar como roncaba a su lado. Si lo había dicho en voz alta, no se había enterado: mejor, tampoco convenía que se le subiera el ego todavía más. Si tuviera que buscarle un defecto, sin dudar, señalaría que el chaval iba sobrado y no podría evitar tratarla a veces con un aire de condescendencia que irritaba a Lita profundamente.

Había, no obstante, una parte canalla en él que sí le gustaba. Y también su seguridad en sí mismo y lo bueno que estaba. Y como había expresado involuntariamente en voz alta, lo bien que hacía el sexo, siempre preocupado de que ella disfrutara y quedara satisfecha. Nada de eso se traducía en sentimiento de posesión y eso era algo que también le agradaba. Lo bueno de esa seguridad en sí mismo, es que en ningún momento se mostró preocupado porque ella interactuara con el resto de chicos de la pandilla, porque enseñara más de lo que debía o incluso, cuando para provocarlo, había dejado caer que estaba dispuesta a invitar al apartamento de su amiga a otros, para probar todo el catálogo de marines. Ni un mal gesto ni una mirada torva, solo una sonrisa y un ademan con la mano como diciendo: “adelante, puedes hacer lo que quieras”.

Si conseguía separar esa parte orgullosa que le hacía querer quedar por encima siempre, era una buena apuesta, concluyó.  En fin, ella era mucha mujer, ya se encargaría de limar y controlar las partes que no le gustaban, porque por lo demás, apreciaba que había algo que estaba naciendo. Y reconocía el sentimiento: se estaba enamorando.

Notó una leve irritación en la ingle: era su vejiga que se había llenado hasta arriba y ahora le pedía vaciarse. Se levantó y salió despacio echando una mirada al salón, donde pudo ver uno de los pies de Paqui que asomaba por un lado del sofá. Allí reinaba el silencio, con lo cual se puso supuso que también estaban agotados y durmiendo, de forma que no consideró necesario echarse nada encima y salió totalmente en pelotas al corto pasillo, cruzando el par de metros que la separaban del aseo. La puerta estaba entreabierta, así que se coló con rapidez y la cerró. Entonces, se giró para encarar el váter solo para darse cuenta que no estaba sola. Un estupefacto Antonio, que también estaba desnudo, se enjuagaba la cara en el lavabo.

Apenas oyó cerrarse la puerta, levantó la vista y se observaron sorprendidos, creándose una situación embarazosa porque ninguno de los dos podía retirar la vista del cuerpo desnudo del otro. Antonio la miraba como si la viera por primera vez y a ella le pasaba algo parecido. El chico no era tan guapo ni tenía tan buen porte como Julián, pero su cuerpo era más moreno, fibroso y musculado, lo que hacía también muy apetecible, especialmente, ahora que podía ver la guinda del pastel: el miembro que colgaba flácido, pero con un grosor y una largura que impresionó a Laura.

¡Qué cabrona la Paqui y qué calladito se lo tenía! La verdad es que no le extrañaba que hubiera repetido compañero. Pero, en fin, ahora tenían una situación que resolver. Lo más decoroso hubiera sido volverse al dormitorio hasta que Antonio saliera, pero Laura no era de las que se arrugan y, además, aquel lance la excitaba y la divertía a partes iguales. Quería ver en qué quedaba aquello. Se puso los brazos en jarras y dijo:

– Uno de los dos debería darse la vuelta ¿no te parece? – Antonio respondió:

– La infantería de Marina nunca se retira – y girándose de cara a la pared completó la frase con un: – simplemente da media vuelta y sigue avanzando.

– Jajaja – río ella – es que, perdona el asalto, pero no me puedo esperar, que me meo entera. La culpa es mía por entrar sin mirar – dijo mientras se sentaba en la taza.

– Si quieres me salgo, ya casi había acabado…

– No, no te preocupes, acabo enseguida y me vuelvo para la cama: solo es que no podía ya más – se justificó Laura que, por su parte, no dejaba de mirar el culo del Malaguita. El chico era peludo, pero eso no evitaba que pudiera admirar un culito pequeño y apretado, casi esculpido en mármol. Y unas piernas delgadas pero musculosas.

Aquella situación cargada de morbo hizo reaccionar su cuerpo. El escozor dio paso a un leve cosquilleo en sus partes íntimas. Por un momento, deseó que se diera la vuelta para volver a ver su verga. Se la imaginó hinchada y tiesa ¿qué tamaño tendría entonces? Cortó un poco de papel higiénico y al pasárselo por los labios para secarse, se rozó el clítoris y un estremecimiento la recorrió. Un pequeño destello de placer, una reacción de su sexo que no distinguía entre limpieza y caricia.

Fue entonces cuando se sintió culpable, solo un poco, lo suficiente como para saber que no debía estirar más la cuerda. Se levantó sin tirar de la cadena para no hacer más ruido del necesario y ya desde la puerta le dijo Antonio:

– Gracias.

– No hay de qué – respondió este girándose un poco de forma involuntaria al contestar, lo suficiente para que Laura pudiera ver la erección que se le había puesto. Luego, volvió al dormitorio arrebujándose otra vez en la cama al lado de Julián. Trató de dormir, pero cada vez que cerraba los ojos se le aparecía aquella verga gorda y erecta que durante un solo instante había podido vislumbrar. Coño, que se estaba poniendo cachonda, constató un poco molesta consigo misma.

Se giró y destapando un poco la sabana contempló la polla de Julián. Bueno, y ¿Por qué no? La tomó con la mano y bajándose un poco la introdujo en la boca, chupando el prepucio muy suavemente. El sentimiento de culpa iba desapareciendo conforme se la mamaba. Sí, se había excitado, pero era su chico quien lo iba a disfrutar. Poco a poco aquello fue cogiendo grosor y estirándose, aunque sin llegar a quedar completamente erecto.

En ese momento, Julián emitió un gruñido y se removió inquieto, girándose de forma que la picha salió de entre sus labios.

– ¿Qué haces? – Murmuró mientras se ponía en posición fetal y trataba de volver a conectar con el sueño.

– Tengo ganas…vamos a follar.

– Espera un poco mujer, déjame un ratito más, si acabamos de echar el último hace un momento.

– Venga, porfa – dijo ella rodeándolo con su brazo e intentando alcanzar de nuevo la verga con la boca.

Pero el madriles comenzó a roncar. Por el momento había tenido suficiente y el cuerpo le pedía siesta para recargar energías y asentar el alcohol ingerido.

– Bufff, que fastidio –musitó poniéndose boca arriba y resoplando contrariada. Se le había ido el sueño y ahora tocaba guardarse las ganas. Por un momento pensó en hacerse un dedo, pero teniendo allí a su amante le pareció un desperdicio. Se esperaría a que despertara y entonces no se le escapaba, ni a mear lo iba a dejar salir…entretanto, la que tenía que volver a abandonar el cuarto era ella. Ahora, la sed la devoraba y allí no tenía ni agua. Se puso en pie y esta vez, se puso las bragas y se echó una camiseta por encima. Debía pasar por el salón y ya iba a ser muy descarado presentarse de nuevo en pelotas delante de Antonio.

Una sonrisa traviesa le afloró a la cara. Quizás estuviera desnudo todavía. Con cuidado se asomó al pasillo. Un eco apagado le llegaba desde el salón. Le costó identificarlo porque era la mezcla de dos sonidos distintos, una especie de golpeteo sordo y seco, de carne contra carne, y unos jadeos profundos. Vaya por dios, pensó divertida. El Malaguita había tenido la misma idea que ella. Se había quedado empalmado y decidió aprovechar y resolver la calentura con Paqui, por lo que se ve, con más suerte que ella.

Laura llegó hasta la habitación, decidida a verlo con sus propios ojos y el espectáculo no la defraudó. Antonio estaba sentado en el sofá y a horcajadas sobre él, Paqui se lo estaba follando con unos sentones que hacían ondular sus muslos y glúteos con cada impacto que daba al metérsela. ¡La leche! tenía todo aquello dentro y lo estaba gozando bien a tenor de su expresión perdida, la boca abierta que gemía sin parar y sus ojos que bizqueaban con cada embestida. Recordó el grosor y la largura de la verga del chico y no pudo evitar sentir un estremecimiento al pensar cómo sería tenerla en su coño.

Entonces, por fin, Paqui se dio cuenta de su presencia, aunque todavía continuó unos segundos más dando sentadas antes de detenerse y mirarla con ojos interrogantes. Antonio también volvió la vista hacia ella, no menos sorprendido por la interrupción.

– Queee, ¿qué pasa?  – Balbuceó…

– Perdón, perdón, tengo que coger un poco de agua, estoy frita – respondió Laura.

Su amiga hizo un gesto con la cabeza, indicándole que adelante, pero ella no pudo reprimir la risa por la situación y por la cómica cara de la muchacha.

– Venga, Lita, ostia…que nos cortas el polvo.

– Voy, voy – dijo mientras cruzaba con pasos largos el salón hasta la barra americana. Allí abrió la nevera y se sirvió un gran vaso de agua.  No pudo evitar echar una nueva ojeada. Ahora ella le daba la espalda y había dejado de galopar, pero continuaba con la verga del chico dentro. Se inclinó hacia el para abrazarlo y darle un beso en la boca, caricias de distracción mientras esperaban quedarse de nuevo solos. Lita no perdía detalle mientras bebía. Vio a Paqui levantar un poco el culo y sacarse la polla hasta la mitad, para luego hacer una serie de movimientos circulares y dejarse caer muy lentamente sobre ella. Apreció nítidamente como sus labios mayores resbalaban sobre el falo hasta engullirlo por completo, todo ello sin separar sus bocas. La muy guarra se está regodeando…pensó.

Por un momento sintió envidia de ella, le costaba reconocerlo, pero no le hubiera importado quedarse allí a mirar como follaban mientras se hacía una buena paja. Es más, se hubiese cambiado en ese momento con su amiga. Finalmente consiguió reaccionar y tratando de apartar esos pensamientos de la cabeza, cruzó de nuevo la estancia para dejar en paz a la pareja, encerrándose en el dormitorio y apretándose contra el cuerpo caliente y sudoroso de Julián. Quizás, después de todo, volviera a considerar la posibilidad de hacerse una paja.

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