TANATOS 12

CAPÍTULO 24
Mostrar naturalidad, cuando nada era normal, era algo que María y yo llevábamos perfeccionando durante meses. Y me daba la impresión de que hasta en eso ella iba un paso por delante de mí.
Y fue precisamente esa naturalidad la que plasmó una y otra vez, María, durante el fin de semana, no cortándose de escribirse con Carlos. No continuamente, no hasta ser exagerado, pero sí con cierta frecuencia y sin ocultar la pantalla ni intentar disimular ante mí.
Yo sentía que ella ya llevaba unos días queriendo exteriorizar o queriendo hacerme entender que podía mantener una relación cordial con él, porque le parecía interesante y porque le atraía su elocuencia, para, después, cuando se pactase, cambiar elocuencia por labia y conversación interesante por conversación tensa… y… acabar desembocando… en desmanes sexuales; Sin tocar, con sus reglas, pero con una carga sexual asfixiante, fuera de lo normal.
Sin duda, aparte de por aquella naturalidad extrañamente intrínseca, ella permitía mis miradas furtivas a su teléfono porque le convenía que yo viera que allí no se hablaba de nada pecaminoso, lo cual refrendaba su versión y su teoría de que aquello era no solo posible, sino positivo.
Algunas veces que, durante aquel fin de semana, ella se escribía con él, yo revisaba, en mi caso sí ocultándome un poco, mi conversación con Begoña, y sentía que mi último mensaje, sin constituir mentira alguna, había sido grosero. Era curioso lo que me sucedía con ella, pues, a pesar de casi no conocerla, y de que cada vez que la veía apuntaba que sería la última, tenía la permanente necesidad de estar a buenas con ella.
Oculté lo del beso, a María y a mí mismo. Pues bastante tenía con analizar qué le estaba pasando a mi novia con aquel hombre como para intentar analizarme también mí.
Pero el fingimiento de naturalidad tenía un límite, y ese límite llegó al día siguiente, el lunes por la tarde, cuando María me escribió para decirme que cenaría con Carlos aquella noche.
—¿Pero no estaba de viaje? —pregunté.
—Volvió hoy y se va otra vez mañana. Ya lo contó la otra noche —contestó.
—Los dos solos, entiendo que me estás diciendo.
—Sí, lo que te digo. Para hablar de cosas normales.
Lo de “para hablar de cosas normales” se estaba convirtiendo en una frase recurrente, que parecía legitimarla para que yo me quedara en casa esperándola. Pero pensé que, al menos esta vez, había tenido la decencia de no soltar aquel “si alguien nos mira raro después te lo cuento”, que resultaba hiriente, como una especie de favor que se le hace a un niño cansino.
Aquella noche de lunes, cenando solo en casa, pensé en escribirle a Begoña, en pedirle perdón por el tono de mi mensaje, pero no lo hice, pues algo me decía que no debía abrir ese frente. Y, entonces, en el preciso momento en el que yo descartaba liar más las cosas, María me escribió:
—Me quiere enseñar su apartamento de la playa. Igual está su hija. No creo que tarde mucho, en seguida estoy en casa.
Solté el teléfono sobre la mesa, produciéndose más ruido del esperado, y me pregunté a mí mismo qué estaba pasando. Además, aquello que decía de la hija sonaba a un “tranquilo, no me va a follar, que va a haber más gente” como si estuviéramos ante una cuestión de oportunidad y no de querencia.
No le respondí. Me enfadé y, cogiéndome siempre por sorpresa, por incomprensible, por inoportuno, por inadecuado… aunque no porque no me sucediera siempre en contextos similares… me excité.
Cuando me pude dar cuenta había ido al cuarto de baño, había cogido papel higiénico y había vuelto al salón. Como un autómata hice memoria hasta recordar cómo había salido de casa aquella mañana, con un traje de pantalón y chaqueta rosa palo y un top lencero blanco, y mi menté voló a lo que podría suceder en aquella casa.
Había tenido masturbaciones sucias imaginándomela con Edu y con alguno que otro más, pero aquella vez sabía, desde un principio, que mi mente iba a volar hacia cosas especialmente inmorales: Me imaginaba que la llevaba a la factible terraza de su casa de la playa, y allí le acariciaba el culo, siguiendo las normas, hasta que María le acababa pidiendo que aquellas caricias se hiciera más rudas. Él no tenía entonces problema en obedecer a aquello y las caricias se convertían en magreos ordinarios, con alguna palmada seca, similar a la que yo le había visto darle tres días atrás.
Me pajeaba en el sofá imaginando que mi novia le pedía ver su polla de nuevo y que, tan pronto se la mostraba… María se arrodillaba ante él y le decía que no podía más con aquel juego absurdo, que se la metiera en la boca. En mi imaginación María se la comía, entregada, y después se ponía en pie, se daba la vuelta y le rogaba que la penetrara, allí mismo, aunque la vieran los vecinos. Lo que venía después era una follada furibunda, con María agarrada a la barandilla y gimiendo desinhibida… gritando en un chillido agudo e impúdico con cada metida…
Yo, en aquel sofá comenzaba a sentir que me corría en el preciso momento en el que Carlos le tapaba la boca y la insultaba, y la penetraba aún más fuerte, aplastando sus tetas contra la barandilla… y me corría al tiempo que me imaginaba a algún mirón de otro balcón asistiendo a aquel polvazo tan escandaloso como denigrante… con la imagen de ella corriéndose, con su boca tapada, con sus ojos muy abiertos, sintiendo por fin una buena polla en su interior, sintiendo por fin un orgasmo inmenso sin necesidad de tocarse, sintiendo por fin el clímax proporcionado por un buen amante, sin trucos, sin juegos y sin nada más que sexo, duro, guarro… con alguien que te tiene tantas ganas como tú a él.
Apenas había empezado a brotar semen de la punta de mi miembro y ya comenzaba a sentirme culpable, y apenas sentí nada de placer durante los segundos siguientes. Y, mientras me limpiaba, me preguntaba si estábamos en aquella situación más por mi miembro mínimo o por mi mente enferma.
Pasaban de las once y media y dudé en escribirle a María, en decirle que confiaba en ella, pero que aun así no entendía aquellos encuentros, digamos, cordiales. Pero no lo hice. No le escribí. Y terminé por escribirle a Begoña.
Me disculpé por la impertinencia de mi último mensaje y no tardó en responderme, quitándole hierro. Y nos escribimos, de nada y de todo, de ella y de mí, pero no de ella con Edu, ni de yo con María. Conversábamos como entes individuales y yo me daba cuenta de que hacía mucho que no hablaba de mí ni escuchaba a alguien hablar de sí misma. Había algo en aquella chica, incluso por escrito, algo dócil, liviano, leve, despreocupado que me acababa contagiando.
Cuando ya llevábamos media hora escribiéndonos, leí:
—¿Sabes cómo te tengo guardado en el móvil?
—Sorpréndeme.
—Como farsante trolero mirón.
—¿Todo eso?
—Sí, todo el pack. ¿Es algo mentira? —preguntó poniendo el emoticono de una mujer con una toga y un martillo, el de una jueza, el cual yo nunca me había fijado que existía.
—No, no, la verdad es que no. Me tienes bien etiquetado —respondía yo y ella se despedía y yo no tuve tiempo a preguntarme qué hacía escribiéndome durante todo aquel tiempo con aquella chica, ex de Edu, a aquellas horas de un viernes, pues escuché la puerta de nuestra casa abrirse.
Sus tacones. Su vaso de agua. Su paso por el cuarto de baño. Y su entrada en nuestro dormitorio.
—¿Qué? ¿Algo que contar? —pregunté, desde la cama, mientras ella se quitaba la chaqueta.
—No. La verdad es que nada —respondió.

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