GAMBITO DANÉS

La primera vez que me pasó fue a muy temprana edad, diría que inconfesable. Fue, probablemente, algo muy inocente. Normal, simple biología. Quizás no era la primera vez, pensándolo bien. Puede que tampoco la única, pero sí es la que recuerdo con claridad. Mi madre me daba un baño inofensivo cuando, frotando ella mis partes nobles, tuve una erección. Vigorosa, sana y seguramente desproporcionada para mi tamaño. Con el tiempo recuerdo como si ella sonriera al verlo, de manera natural, desenfadada, pero seguramente es algo que mi cerebro ha recreado a posteriori. No creo que tuviera edad para interpretar ningún tipo de mueca o expresión.

Después de eso, las extravagancias de mi amorosa y bienintencionada madre no ayudaron a paliar un complejo de Edipo o, cuanto menos, una relación fuera de lo normal entre nosotros.

La más difícil de explicar es la de no dejar de darme el pecho. No hablamos de dármelo hasta los dos años, o incluso los cinco, digo que nunca me destetó. Decía que era bueno para las defensas, y que ayudaba a un mejor vínculo entre la madre y el hijo. Fue madre joven, con veinte años, y soltera. Nunca tuve un padre que pudiera contradecirla, y qué sabía yo, lo cierto es que nunca me ponía enfermo. Es difícil juzgar lo que es normal de lo que no cuando solo has vivido una realidad.

1

Siendo ya un adolescente bien formado esperé, como tantas tardes, a mi madre en un parque cercano al colegio. La interceptaba volviendo ella del trabajo y seguíamos juntos el camino a casa. Mis amigos se habían ido ya, pero algunas madres jugaban con sus hijos más pequeños en los columpios y las zonas ajardinadas. Al llegar me saludó con la mirada y pasó de largo momentáneamente para saludar a la madre de Dani y la de Ainoa. No fui el único que la observé en ese escaso trayecto de la entrada del parque al tobogán. Pude ver relamerse a Adam, el repetidor del colegio que fumaba algunos bancos más allá. A sus treinta y cinco años era una mujer, sin duda, atractiva, pero aquella tarde la vestimenta ayudaba a atraer las más impúdicas miradas.

Era primavera, y mi madre vestía con una blusa blanca, tan sencilla como estilosa, elegante pero ligeramente escotada para potenciar su generoso busto y una falda verde aceituna que, si bien era larga hasta los pies, tenía una apertura frontal que comenzaba por debajo de las caderas y llegaba hasta el suelo. Por ella se podían ver sus torneadas y bonitas piernas a cada paso, insinuándose entre la coqueta raja. Era también ceñida por las nalgas, resaltando un trasero tirando a respingón.

Fue automático. Demasiada carne, demasiados libidinosos ojos observando y una edad muy complicada. Cuando por fin se despidió de las madres y volvió hacia mí, un aislado golpe de viento descolocó la complicada falda hasta asomarse ligeramente su ropa interior blanca atrapada entre sus trabajados muslos, noté entonces el bulto de mi entrepierna crecer, como la cabeza de una tortuga que sale, perezosa, de dentro del caparazón. Vi de reojo a Adam frotarse la bragadura del chándal y, lejos de aplacar mi calentura, mi miembro reaccionó un poco más.

—¿Nos vamos? —me dijo ella plantándose en frente de mí con una sonrisa.

Con la mirada perdida entre su pierna derecha y el canalillo, conseguí ponerme en pie y emprender el camino de regreso a casa. Mi madre, en vez de guardar ciertas distancias para no herir mi virilidad adolescente, tenía la costumbre de agarrarme la mano con las suyas, como si fuera una raqueta dispuesta a devolver una bola con un revés, y pegar su cuerpo al mío hasta el punto de dificultarme incluso andar algunas veces. Esa tarde no fue una excepción, pero a su comportamiento similar al de una lapa se le añadió la porra de entre mis piernas, que me hizo avanzar las escasas manzanas hasta mi casa como si fuera un pingüino mareado. Allí estaba yo, con la mano aprisionada entre las suyas, su pecho pegado a mi brazo y tropezando a cada paso con mi endurecido falo.

Cuando por fin llegamos a casa se quitó las sandalias y se acomodó en el sofá, deshaciéndose la coleta y sacudiendo su larga melena de color ámbar.

—Hoy estoy agotada —afirmó.

Yo seguía observándola. En pie junto a ella tenía una vista preciosa de su escote, con sus dos mamas a punto de explotar. Después de recrearme un par de minutos me senté a su lado. Ella seguía espachurrada, con una rodilla sobre el sofá y las piernas suficientemente abiertas y la falda mal puesta como para regalarme una sugerente imagen de sus braguitas blancas. Sin pensármelo mucho, y aunque os pueda parecer una aberración en mi casa era algo cotidiano, le desabroché los dos botoncitos de la blusa y se la deslicé por el brazo más cercano a mí hasta que mostró uno de sus imponentes pechos tapado solo por el sujetador. Ella entendió el mensaje enseguida, bajándose el sostén hasta mostrarme el puntiagudo pezón. Me incliné lo suficiente y comencé a mamar. En circunstancias normales eso para mí habría significado solo merienda, pero esa tarde el estado de mi miembro decía otra cosa.

Tierno en mi regazo, tus ojos me miran, me ofreces tu abrazo, mi alma se ilumina… —canturreaba ella mientras enredaba sus dedos entre mi cabello.

Continué bebiendo de aquel elixir del que nunca había sido privado, el complemento perfecto, según ella, a una dieta sana y equilibrada. Mi órgano viril parecía estar a punto de estallar, aun sabiendo, incluso yo, que aquello era del todo inadecuado.

Mi leche te nutre y calma tu llanto, también te protege con su blanco manto.

Succioné con ansias, casi mordisqueándolo. Escurrí entonces una de mis manos y la deposité sobre su descubierto muslo, como si necesitara de esa acción para mantener el equilibrio.

—Corre como un río, gozosa en tu boca, tibia como el sol, fresca cuál rocío.

Mientras seguí sorbiendo le acaricié, disimuladamente, la pierna con movimientos circulares. Sentí una poderosa tentación de subir, de mover los dedos en dirección a su sexo, pero conseguí contenerme. Sin embargo, mis camufladas caricias comenzaron a ser un descarado manoseo, agarrándole ahora con fuerza la cara interna de la extremidad. Mi posición era digna de un contorsionista, con mis labios en su pecho, sosteniendo el equilibrio con un brazo y el otro magreándole la pierna, con mi entrepierna sobre el sofá presionando mi bulto contra el cojín, moviéndome ligeramente para frotarme.

—Mm —no pude evitar gemir.

—Si que has venido con hambre hoy, mi pequeño —me dijo ella algo extrañada con mi actitud.

Yo, consciente de que estaba a punto de cruzar una línea muy peligrosa, rebajé la intensidad de los tocamientos e incluso disminuí el ritmo de las succiones hasta detenerme. Al terminar, le subí el sujetador y le coloqué bien la blusa, cosa que no solía hacer y que aproveché como un último contacto con ella hasta la noche.

Aquel era nuestro mayor secreto, nuestra dieta especial. Aberración, cariño, libertad, enfermizo, natural…no lo sé, no tengo aún la perspectiva suficiente para juzgarlo.

2

El viernes siguiente me obligó entre súplicas, chantaje emocional y palabrería varia a que la acompañara de compras al centro comercial. El camino hacia las tiendas fue lo esperado, con ella pegada a mí y agarrándome la mano con las suyas como si sujetara un bate de béisbol. Estoy seguro que alguna de las personas con las que nos cruzábamos pensaría que uno de los dos tendría algún problema mental o, cuanto menos, psicomotriz. Yo había conseguido enterrar lo acontecido días antes, aunque no olvidarlo por completo.

­­­—Eres cruel —dije.

—¿Yo?

—Sí, tú. Sabes que odio ir de compras.

—Bueno, bueno, no es para tanto…

Después de esa conversación extensa y profunda llegamos por fin a aquella mole de cemento y cristal llena de tentaciones para algunos. Mi madre miró y rebuscó entre varias tiendas su ansiada ropa veraniega. Después de comprarse una faldita sin apenas probársela terminamos en una de trajes de baño, pareos y bikinis. No se sintió presionada ni bajo mi semblante de tedio y continuó escudriñando, explorando casi prenda por prenda. Con una pequeña pero selecta selección, se dirigió entonces al probador. Yo ya había sacado mi móvil para distraerme mientras la esperaba cuando vi que me llamaba asomando la cabeza entre las cortinas.

­—¿Vienes o qué?

Un poco sorprendido, terminé entrando con ella en aquella pequeña habitación que tenía solo un espejo y un perchero de pared. Ella se quitó primero las sandalias y el pantalón vaquero para después deshacerse también de la blusa. Cuando la vi delante de mí en ropa interior, supe enseguida que el tema no iba bien.

—A ver… —dijo agarrando el primer bikini y poniéndose la parte de abajo sobre las braguitas­— Me dices que te parece este, ¿vale?

Se puso de espaldas a mí y se quitó el sostén para probarse también la parte de arriba, mostrándome su espalda desnuda y sus senos de refilón. Había caído en una trampa de la manera más absurda, pronto noté la congoja en mi entrepierna y un nudo en la garganta.

­­—¿Qué te parece? Demasiado amarillo, ¿no? —preguntó mientras giraba sobre sí misma para mostrarme el modelito y verse ella en el espejo.

Sin tiempo a responder se cambió la parte de abajo por la de otro bikini e hizo lo mismo con la parte de arriba, pero esta vez ni siquiera se dio la vuelta con un mínimo de pudor, mostrándome durante unos instantes sus dos voluptuosas y lactantes mamas. Las veía a diario, muchas veces incluso tres veces, pero no era lo mismo observar de reojo un furtivo pezón que admirar ambos senos desnudos, botando a cada movimiento por su lucha contra la gravedad.

­—Este creo que es más discreto —afirmó mientras yo notaba el bulto de mi pantalón hincharse.

Mi deshonesta mirada recorría cada palmo de su semidesnudo cuerpo, no solo complaciéndose con su busto, también disfrutando de su firme vientre, sus sensuales caderas o las trabajadas piernas. Su cuerpo era voluptuoso, demasiado para que la gente no se diera cuenta.

­—¿Qué? ¿Tampoco te gusta?

Creo que no había dicho ni una sola palabra desde que había entrado en el probador, supongo que ella lo interpretaba como desagrado por la ropa.

­—Pues nada, a ver el último… —anunció.

Se desnudó de nuevo quedándose solo en bragas y se puso un traje de baño de una sola pieza, una prenda que, aunque mostraba mucha menos carne que los anteriores bikinis, seguía siendo bastante sensual al dejar al descubierto toda la espalda y ser escotado. Volvió entonces a posar frente al espejo sin dejar de murmurar.

­—No sé… ¿te gusta? Por momentos me parece bonito y luego me veo como una vieja. ¿Me he hecho mayor? ¿Esto es lo que me espera, ir en bañador como mi madre?

Por supuesto que no se había hecho mayor, era probablemente la mujer más despampanante del centro comercial y ni siquiera nuestro lazo sanguíneo conseguía mantener a raya mi calentura. No solo sentía mi excitación bajo el pantalón, esta era tan evidente que hasta podía verse a simple vista, convirtiendo mi bragadura en una improvisada tienda de campaña.

­—¿Tampoco? —insistió ella.

—Hijo, ¿me ayudas o qué?

Me acerqué a ella como por instinto, reduciendo nuestra distancia en la ya no muy espaciosa estancia hasta aprisionarla entre la pared y mi propio cuerpo. Ella me miró algo sorprendida, como intentando averiguar mis intenciones. El bulto de mi pantalón quedó presionando su vientre, podía oler su pelo por la diferencia de altura, bajé entonces uno de los tirantes del bañador y, con deliberada lentitud, liberé su pecho derecho. Creo que percibí su miedo, o por lo menos su inquietud, pero no dijo ni hizo nada. Descendí entonces flexionando las rodillas y el cuello hasta poner mis labios en su pezón y comencé a succionar sin previo aviso, alimentándome de aquel deseado cuerpo, sintiendo a cada bocanada mi boca contra su areola.

Ella siguió apoyada en la pared dejándose hacer. Mi actitud era del todo inusual incluso para la ya de por sí extraña relación que teníamos. Jamás me había amantado en un lugar público, y mucho menos siendo un adulto. Tenía ahora mi erección sobre su sexo, frotándose acompasadamente con cada sorbo. Chupaba con fuerza, casi con desesperación ante su estupor. Ella se puso incluso de puntillas para facilitarme la postura mientras yo seguí restregándome y alimentándome de su leche templada y pecaminosa. Desbocado por lo que parecía ser deseo hacia mi propia madre, me obligué a relajarme, bajando la intensidad, controlando la respiración y separando mi bayoneta de ella. Finalmente me separé y, sin mediar palabra, salí del probador.

Ella tardó quince larguísimos minutos en salir, dejó la ropa sin comprar nada y emprendimos el camino de regreso a casa. Recuerdo bien que volviendo, no solo no me agarró de la mano con su peculiarísimo estilo, sino que mantuvo en todo momento una distancia prudencial conmigo.

3

Tuve claro que la tarde de compras había sido un punto de inflexión en nuestra relación. Lo supe también cuando a las dos de la madrugada era incapaz de dormir, atormentado por lo sucedido y por una nueva erección, de esas que de pétreas que son se convierten en dolorosas. Horas antes había cenado solo comida convencional, sin mi ración nocturna de leche materna. Ni yo la había pedido ni ella me la había ofrecido. El resto de la noche lo pasé despierto, divagando, pensando, atormentándome. Debatiéndome entre la paja rápida o la ducha fría.

Sobre las ocho de la mañana oí ruido en la casa, y es que mi madre solía madrugar incluso los sábados. Fui directo a la cocina ataviado solo con un pantalón corto del pijama y me la encontré fregando y ordenando la cocina.

—Buenos días hijo —me dijo con total naturalidad.

Su vestimenta me pareció una broma de mal gusto. A sus sandalias le acompañaban una faldita amarilla cortísima de estar por casa y una camiseta de tirantes blanca anudada en la cintura. También un pañuelo que le cubría el cabello como si fuera una zíngara, deduje entonces que aquel era el uniforme escogido para hacer limpieza general en casa.

Sentado en la pequeña mesa de la cocina esperé un tiempo razonable. Solía darme el pecho antes de empezar con el desayuno sólido, pero no parecía estar por la labor. Allí seguía, esmerándose en sacarle brillo a la encimera. Su cuerpo se movía rítmicamente inclinado hacia adelante, dándome una panorámica de ella en posición casi en pompa, con sus poderosas nalgas moviéndose con el vaivén del trapo. Y menudo trasero tenía, con glúteos de acero y aquellos preciosos hoyuelos que se le formaban en las lumbares. Le miraba el culo y las piernas y tenía ya, casi sin darme cuenta, una considerable erección. Sentí entonces un cierto enfado, decepción porque no me ofreciese el pecho. Era ella la que había insistido siempre en que era algo sano por su valor energético e inmunológico. Algo natural, que no tenía nada de malo. Y ahora me negaba el alimento por un par de reacciones biológicas automáticas. No me parecía bien.

Me levanté poseído por la frustración y me acerqué a ella casi a hurtadillas, pero en aquel escaso camino me di cuenta de mi propio autoengaño, ya que el eje de mi atracción por ella esa mañana no eran sus nutritivas mamas, sino sus espectaculares posaderas. Con los movimientos, me regaló un par de fugaces imágenes de sus braguitas blancas por debajo de la minúscula faldita, braguitas que empezaban a ser un fetiche para mí y hecho que me tomé como la provocación final.

Clavé mi erección contra su anhelado pandero, con autoridad, como si fuera la única reacción posible ante su imaginaria incitación, todo envuelto en mi mente en una retorcida pero lógica argumentación. Ella paró en seco, era imposible que no se sintiera incómoda notando mi falo contra su carne, separados solo por la fina ropa de ambos. Restregué mi sable por su anatomía impunemente, desanudé su camiseta y viendo que estaba vieja y dada de sí la subí hasta convertirla en una improvisada bufanda y descubrir sus enormes pechos que descansaban ahora contra la fría encimera de mármol. Agarré un pecho con mi mano, con fuerza, y lo moví de lado y ligeramente hacia arriba hasta que conseguí acceder con mi lengua desde aquella extraña posición.

No me introduje el pezón en la boca, primero lo lamí, rodeándolo y golpeando la punta con la lengua antes de comenzar a succionarlo. La postura era deliciosa, ella de espaldas a mí contorsionándose de cintura para arriba y yo mamando la nívea pócima desde detrás, aprovechándome del gran tamaño de sus mamas y con mi polla apretujada contra su culo. Mis dedos le presionaban el seno con fuerza, ordeñándolo, ayudando a que su leche saliera a chorro contra mi boca, apretujándolo como una esponja que quieres escurrir.

Acompañé los manoseos con un movimiento pélvico. Con mi miembro tieso como un pote de laca había subido su falda usándolo como un gancho, y ahora golpeaba armoniosamente su trasero protegido solo por las braguitas. Ella seguía prisionera, con medio cuerpo contra el mueble de la cocina y el otro atrapado por mi lasciva zarpa. La mano libre, celosa, acarició también el lateral de su muslo a falta de una parte de su anatomía más apetecible.

—¡Mm! ¡Mm! —gimió ella por la incomodidad y la rudeza mientras yo seguía disfrutando de su cuerpo, abusando de él como un esquilador búlgaro que se alimenta después de la desvalida oveja.

Mi entrepierna estaba a punto de explotar, acometiendo sin disimulo contra sus glúteos, deseando ser liberada. Sin darme cuenta mi aburrida mano libre dejó el muslo y atacó el otro pecho, de manera completamente injustificada por mucha imaginación quisiera desplegar.

—¡Mm! ¡Mm! ¡¡Mm!!

Dejé de mamar y enderecé el cuerpo, librándome de la incómoda postura, pero sin soltar el pecho que me había servido de alimento, sobándole ambos desde detrás. Le di la vuelta, colocándola de cara a mí y colando mis lujuriosas manos entre su trasero y el mueble, magreándole las nalgas y acercando su cuerpo al mío, restregando ahora mi torpedo contra su sexo, queriendo perforar al fin la ropa para penetrarla.

—¡Mm! ¡Oh! Mamá. ¡Mamá! —gemí yo ahora, colocado entre sus piernas y con sus enormes y aún desnudos pechos contra mi cuerpo.

Le agarré la goma de la ropa interior y estuve a punto de bajársela, pero vi entonces la cara de sufrimiento de mi madre, incapaz incluso de abrir los ojos, y me detuve. Lentamente fui parando las embestidas, separé mi cuerpo del suyo y, recuperando al fin la cordura, me fui como el que huye de la escena de un crimen.

Ya en mi habitación vomité, sabiéndome podrido de enfermedad y lujuria.

4

Después de limpiar el vómito no salí de mi habitación, ni siquiera para comer o beber agua, fue ya en la noche cuando entró ella en mi cuarto. Al verme tumbado en la cama se sentó en el borde y comenzó a acariciarme el pelo cariñosamente.

­—Mi pequeño príncipe…

Yo apenas podía mirarla, de reojo vi que se había cambiado de ropa, supongo que sintiéndose ultrajada horas antes. Ella siguió acariciándome.

—Amor de mi vida…

—Mamá. Yo…

—Shh, no hables, no es necesario, ¿vale?

Sí era necesario. Por la mañana había estado a punto de violarla, o de presionarla para hacer algo antinatural, pero por muy justo que fuera que me explicara no conseguía más que balbucear.

—Ya eres todo un hombre, no sé cómo no lo he visto antes. No volveré a darte el pecho, pero nunca creas que te amo menos por ello.

Me bastó con la explicación y con su mano enredada en mi pelo me sentía seguro y feliz como un bebé. Estaba agotado por las últimas horas.

—Mi bebé ha crecido.

Continuó consolándome, incluso canturreando algo en voz baja y relajante, yo tenía unas ganas inmensas de abrazarla y así lo hice, me incorporé y la estreché en mis brazos.

—Oy, oy, oy, no pasa nada, de verdad. Ya está, ¿vale? Ya está.

La abrazaba con fuerza con lágrimas en los ojos y ella me consolaba con una ternura conmovedora, realmente mi madre era una persona diferente.

—Date una ducha y vente a cenar, cariño —me dijo notando mi olor a adolescente mezclado con vómito.

Nos pusimos de pie sin dejar de abrazarnos, fue entonces cuando noté que volvía a estar erecto. Había bastado un mínimo contacto para que mi maldita polla reaccionara. Cuando esta rozó su cadera, me separé de inmediato, incapaz de disimular y enormemente avergonzado. Ella me miró y no pudo evitar desviar la mirada a mi ridículo pantaloncito por un segundo, alzó de nuevo la vista y me dijo con una sonrisa forzada:

­—Vamos, a la ducha y a cenar.

Me quedé embobado debajo del chorro de agua caliente, sin poder dejar de darle vueltas a aquella semana de locura y con mi pedazo de carne tieso como si tuviera vida propia. Aún abochornado, no me veía con fuerzas ni para enjabonarme, preocupado y arrepentido a partes iguales. Ante mi sorpresa entró entonces mi madre en el baño y corrió la cortina, dándole igual que salpicara todo de agua y mirando mi cuerpo desnudo como si viniera con una extraña misión.

—M… ¿mamá?

Se quitó el vestidito que había elegido como segunda prenda del día y se quedó solo en bragas, de nuevo con sus lactantes e hipnóticas mamas descubiertas pero esta vez por voluntad propia. Me agarró con extremada delicadeza mis manos y me las depositó sobre sus senos, invitándome. Cuando estas empezaron a acariciarlos me cogió entonces el falo y, con suavidad, comenzó mover la piel arriba y abajo.

—Está bien hijo, está bien —dijo como bendiciendo mis suaves toqueteos mientras aumentaba ligeramente el ritmo de la masturbación.

­—¡¡Oh!! ¡Mm! —no pude evitar gemir, sintiendo incluso mis piernas flaquear.

Manoseaba ahora sus increíbles tetas con movimientos circulares sin que ella parase ni un momento de tocarme, subiendo y bajando el prepucio con movimientos deliciosos, suaves pero profundos.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Mm ¡Mm!

Aumentó de nuevo el ritmo de la paja y yo, casi sin pensarlo, solté uno de sus pechos y mis dedos fueron instintivamente a su entrepierna, frotando su sexo por encima de las eternas braguitas blancas. Ella me agarró la mano sin dejar de tocarme, presionándola contra su pubis, pero esta vez no parecía una invitación, más bien intentaba dificultarme los tocamientos como marcando los límites, algo así como “tetas sí, pero coño no”.

Yo insistí, moviendo los dedos con dificultad sobre su entrepierna mientras que soltaba el otro pecho y mi mano libre le agarraba también la nalga, apretujándola y acercándola hacia mí. Ella pareció estar mucho más incómoda con esta situación, dificultándome los manoseos mientras incrementaba el ritmo en mi miembro, subiendo y bajando piel sin parar.

—¡¡Oh!! ¡¡Oh!! ¡Mmm!

Durante un par de minutos seguí metiéndole mano, pero entonces eyaculé, impactando mi leche contra el vientre de mi madre, propulsada mi simiente por media docena de potentes espasmos. Ambos respiramos profundamente. Exhaustos, aliviados por motivos distintos. En cuanto mis relajadas manos soltaron el escultural cuerpo de mi madre ella se marchó del baño no sin antes sonreírme compasivamente. Me pareció paradójico, después de tantos años recibiendo su leche ahora era yo el que la había embadurnado con la mía.

5

La mañana del domingo empezó curiosa. Me desperté descansado y sonriente después de esa deliciosa reconciliación y fui a la cocina como siempre. Allí me esperaba ella sentada en la mesita y con esta cubierta de comida. Cereales, yogures, leche, fruta, tostadas, allí había de todo. Me senté algo extrañado y ella, sonriente, me sirvió un zumo de naranja.

—Buenos días —me dijo sin perder el semblante amable.

—Buenos días mamá —respondí como si nada hubiera pasado.

Me preguntó varias cosas sobre lo que me apetecía desayunar y una vez se ocupó de que no me faltara de nada comenzó sus argumentos:

—Hijo, lo que está pasando últimamente no está mal, pero no puede volver a repetirse. Sé que es tu edad, y que es algo natural, pero no está bien.

—Entonces, ¿está mal o no lo está? —pregunté algo desconcertado y con cierto morbo de oír sus explicaciones.

—Es una reacción natural, pero la tenemos que evitar. Seguramente es mi culpa, por varias cosas, por eso uno de los cambios que habrá es que no volveré a darte el pecho.

—¿Y todo eso de que es nutritivo, del sistema inmune y del vínculo entre madres e hijos dónde queda, mamá?

—No te preocupes, seguirás igual de sano y estaremos igual de unidos.

—¿Cómo lo sabes? ¿Y si enfermo? ¿Y si de repente me salen alergias o algo así?

Ni yo mismo me creía ya todas esas estupideces, pero la conversación me parecía maquiavélicamente divertida. Sus errores de cálculo, su relación extraña mezclando cosas de niños y adulto conmigo, me habían regalado el mejor orgasmo de mi vida, y estaba dispuesto a seguir experimentando.

—No tiene por qué pasar, pero igualmente, hay otras formas. Me puedo comprar un sacaleches y tenerlo todo preparado como siempre sin necesidad de…bueno…ya sabes.

Lo del sacaleches casi me deja fuera de combate, pero decidí no terminar aún con el juego.

—No lo sé, no lo veo claro. Seguro que nuestro vínculo se debilita, o que la leche pierde nutrientes, fuiste tú la que no me destetó, no entiendo a qué viene todo esto.

—Hijo…

—Además —la interrumpí— Reconozco que he estado un poco confundido, pero reflexionando creo que no hubo nada de malo en lo que pasó ayer.

—Hijo, por favor.

—¿Qué pasa? Si hay normas las acataré, mamá, te lo juro. Creo que ya las he entendido. Es algo así como tetas sí, pero nada más, ¿no? Y cuando esté a punto de explotar pues una paja de consolación —dije con tono amargo, como sintiéndome engañado.

—¡Víctor! —exclamó ella.

Debía de estar tocando temas muy sensibles, porque mi nombre solo lo decía cuando estaba realmente molesta por algo.

—¡¿Pero qué pasa?! —me defendí yo.

—Mira hijo, ya te he dicho que no puede ser —insistió intentando rebajar el tono de nuevo.

—¡¿Pero por qué no? ¡¿Por qué?! ¿Qué hay de malo?

—¡Que no soy ni tu vaca ni tu puta, eso es todo!

Realmente dolida, se levantó de la mesa y se dispuso a irse de la cocina, pero conseguí retenerla cogiéndola del brazo. Aquella mañana llevaba unos leggins negros y uno de esos sujetadores de deporte del mismo color, todo muy ajustado.

—Puede que no, pero llevas toda la vida dándome tu leche mañana, tarde y noche y vistes siempre más provocativa que cualquier madre en el mundo, ¡y eso no es mi culpa!

A ella le cambió radicalmente el semblante y creo que incluso valoró abofetearme, pero yo me adelanté y le besé en los labios, buscando un morreo que se me negaba.

—Mm, ¡aparta! —me dijo dándome un empujón y tocándose los labios como si estuvieran pringados de algo repugnante.

—¿Ahora te da asco un beso? ¿Tocarme la polla sí, pero besos no? ¿Pajas sí, pero agarrarte el culo o el coño no? ¡¿Pero qué normas son esas?!

Esta vez no se lo pensó tanto, me abofeteó con decisión girándome incluso la cara. Después se quedó mirándome como si hubiera matado una camada de pequeños y desvalidos cachorrillos, para una madre como ella la violencia, por mínima o justificada que fuera, era algo imperdonable. Yo aproveché su momentánea debilidad y me senté en el suelo como si hubiera sufrido el mayor maltrato del mundo, con mis ojos incrustados en mi antebrazo simulando estar a punto de llorar.

—Hijo…yo…

Sorbí con la nariz, como si el llanto ya hubiera llegado.

—Mi amor… —siguió ella poniéndose de rodillas en el suelo conmigo, acariciándome el pelo cariñosamente como solía hacer e intentando que sacara la cabeza de mi escondite.

—Déjame mamá.

Por favor, cariño, por favor… —decía mientras me besaba en la cabeza, el cuello y el brazo.

Salí al fin de mi guarida hecha de mí mismo y volví a besarla, un simple pero intenso pico en los labios. De nuevo, se quedó sorprendida, pero antes de que pudiera reaccionar le di dos besos más y algunos más en la mejilla, el cuello e incluso la nariz. Cuando la vi con la guardia lo suficientemente baja, ataqué de nuevo su boca, besándola ahora como ningún hijo debería besar a una madre, restregando mis labios contra los suyos e incluso mordisqueándola, introduciéndole ligeramente la lengua.

La agarré por la nuca y acercando su cabeza a la mía la seguí besando, de tornillo, metiéndole la lengua hasta el corvejón. Ella no me devolvía los besos, pero se dejaba hacer.

—Mmm, mamá, te quiero.

Poco a poco me fui acomodando hasta tumbarla en el suelo y ponerme encima, mordisqueándole ahora el cuello mientras que mi erección se posaba sobre su muslo.

—Te amo mamá, te quiero.

Le agarré la mano y se la puse sobre el bulto del pijama, mostrándole lo que sentía cuando estaba cerca de ella, restregándola contra mi entrepierna. Sin dejar de besuquearla le introduje la mano dentro de la ropa y ella, instintivamente, comenzó de nuevo a pajearme.

Eso es, mm, mmm, sí, ¡sí!

Me masturbaba y yo seguía besándola, empecé entonces a magrearle las tetas por encima de la ropa deportiva sin recibir ningún tipo de resistencia. Deslicé una de mis manos y la metí en su entrepierna, restregándola contra su sexo, pero ella enseguida juntó los muslos con fuerza para atraparla y dificultar el movimiento de mis dedos. Me liberé como pude y ataqué sus nalgas, moviéndose mi madre también incómoda evitando los tocamientos y aumentando el ritmo de sus sacudidas con clara intención de terminar conmigo cuanto antes. Forcejeé un poco, buscando su culo y su coño con insistencia, con amagos incluso, pero ella seguía defendiéndose con los muslos y la cadera hábilmente. Frustrado, le retiré la mano de mi pantalón y le increpé:

—¿Otra vez? ¿De verdad? ¿Me dejas sobarte las tetas a placer y me agarras la polla sin problemas, pero si te toco de cintura para abajo te defiendas como si fuera un abusador? ¿Es eso normal?

Ella bajó la mirada, rehuyéndome. Yo realmente no lo entendía, era como si al nacer me hubiera regalado sus pechos, pero el resto fuera territorio improfanable. Lo peor es que cuantas más dificultades me ponía más morbo me daba. Hice un último intento de tocarle el culo y me apartó con su brazo. Ambos estábamos ahora sentados en el suelo, ella con su sensual look deportivo y yo con mi falo fuera firme como una columna del templo de Salomón. Le agarré de la cabeza y volví a besarla con pasión sin que ella me correspondiera, pero tampoco se resistió. Alargué la acción hasta que sentí mi miembro palpitar y, con cierta habilidad, llevé su boca hasta mi afilado puñal, restregando mi glande contra sus labios.

Mi madre comprendió enseguida la no tan sutil maniobra y, aunque perezosa al principio, terminó por introducirse mi trozo de carne en su interior, comenzando así una delicada y tímida felación.

—Mm, eso es mamá, mm, me gusta, eso es, oh, oh.

Poco a poco y conmigo agarrándola del pelo para guiarla se fue animando, aumentando el ritmo y la profundidad de la mamada, incluso jugando un poco con la lengua.

—¡Oh! ¡Oh! Oh mamá…. ¡ah! Mami, mami, ¡mm! ¡Mm! Me encanta, joder, ¡joder! Eso es, chúpame tú esta vez, ¡¡mm!!

Desde mi perspectiva veía su cabeza subir y bajar, cada vez más rápido, cada vez con movimientos más largos, estaba a punto de explotar.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Oh! ¡¡Oh!! ¡¡Mm!!

Se la metía y sacaba entera en la boca, lamiéndome el glande en los momentos que estaba arriba para, enseguida, succionarla hasta el fondo.

—Joder, joder, ¡joder! ¡Joder! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ahh!

Noté como me vibraba justo antes de soltar el primer chorro de leche, ella hizo un amago de apartarse, pero mi mano se lo impidió, obligándola a recibir cinco o seis lechazos más dentro de la boca y no liberándola hasta asegurarme de que no me quedaba ni una gota que expulsar. Cuando terminé me tumbé agotado en el suelo, intentando recuperar el aliento. Pude verla presionarse los labios con fuerza con el dorso de la mano, como procurando evitar una arcada.

El resto del día no nos hablamos, aunque sus ojos, al mirarme, desprendían una mezcla de ternura y preocupación.

6

El lunes me desperté temprano con la intención de ser un buen chico e ir al colegio, pero al llegar a la cocina me encontré con el compendio de todas mis fantasías juntas. Mi madre limpiaba la cocina de nuevo, pero esta vez vestía con una camisa vaquera larga y holgada y tan solo unas braguitas blancas. Mi cerebro lo interpretó en el acto: Mamá – limpiando – braguitas blancas – sexy – cocina. Era imposible que pretendiera no provocarme con aquel look, completa y absolutamente imposible. Sin darle tiempo a advertir mi presencia me quité el pijama y me dirigí hacia ella, acerqué mi boca a su oído y le susurré:

—Edipo, Calígula, Nerón, Antony Baekeland…

Inmediatamente después le besé en el cuello, pude ver como ella cerraba los ojos, no sé si hastiada o rendida. Seguí con su cuello y el lóbulo de la oreja y volví a susurrar:

—Vamos mamá, no puedes ir en bragas por casa y sorprenderte.

De nuevo le agarré la mano y la llevé hasta mi polla, que se había puesto erecta en un tiempo récord. Con la otra le agarré el culo por encima de la ropa interior. Ella reaccionó al momento, cogiéndome la mano con la suya, pero le agarraba con tanta fuerza y decisión que se dio cuenta de que esta vez no podría evitarlo y, resignada, comencé a magrearle las nalgas a placer.

—No hay mayor prueba de amor que esta, mamá —le dije sin dejar de sobarle el anhelado culo.

Ambos respirábamos profundamente, ella sin apenas poder abrir los ojos y yo aprovechando la mano libre para colarla en el escote de la camisa mal abrochada y sobarle las tetas a placer.

—Te deseo tanto.

Seguí manoseándola mientras me acariciaba el pene con desgana, casi aborrecida. Repasé un poco más sus espléndidas mamas que me sabía de memoria, sin olvidarme de sus puntiagudos y serviciales pezones, y fui directo a su sexo, frotándoselo, esta vez sí, por encima de la ropa interior, convirtiéndome en una especie de sándwich sexual con una mano en su culo y la otra en su coño.

—¿Es lo que querías vistiéndote así? ¿Cuánto hace que no estás con un hombre? ¿Eh? ¿Te gusta? ¿Te gusta mamá?

Le metía mano con tanta desesperación que casi le hago perder el equilibrio. Se dio la vuelta, momento que aproveché para besarla y frotarle aún con más ahínco su sexo. Gimió, no estoy seguro si de placer o incomodidad.

—¿Mi padre te tocaba así? Nunca me hablas de él, ¿se parecía a mí?

Le desabroché del todo la camisa y la abrí, mostrando sus preciosas y generosísimas tetas, las mordisqueé y llevé entonces mis dedos hasta la goma de sus braguitas, bajándoselas hasta las rodillas y viéndole el sexo por primera vez desde que tengo uso de razón. Era perfecto, depilado en forma de triángulo, como una porción del paraíso. Sin que pudiera reaccionar le metí las yemas del dedo índice y medio en la vagina y con el pulgar comencé a hurgarle el clítoris, frotándolo con movimientos circulares.

—¡¡Mmm!! —exclamó ella cerrando aún más los ojos y mordiéndose el labio inferior.

¿Te gusta mami? —pregunté —¿Papi te tocaba así? ¿Alguien te ha tocado así alguna vez?

Mientras el pulgar aumentaba el ritmo metí el resto de los dos dedos, convirtiéndome en una especie de gancho del placer con apéndice también para el clítoris.

—¡Ah! ¡¡Ahh!! —exclamó ella temblándole las piernas.

Pude sentir como su entrepierna se humedecía irremediablemente, seguí atacando su botón del placer mientras que los otros dedos jugaban en su interior en busca de la parte rugosa que indicaba la recompensa del punto G.

—¡¡Ahh!! ¡Ahh! ¡Ahh! ¡Mmm!

Sus gemidos eran fuertes, parecían llantos agónicos, pero tenía claro que eran de placer culpable. Ella se contorsionaba, estando cada vez más apoyada en el mueble de la cocina y con las piernas inclinadas. Me retiré de su interior, le bajé las bragas que permanecían en las rodillas hasta los tobillos y ella misma se deshizo de las mismas con los pies.

La agarré entonces de los glúteos con rudeza, con pasión, y la ayudé a tumbarse sobre el frío suelo de la cocina, dejándole las piernas abiertas como si fuera una rana indefensa. Me tumbé sobre ella, coloqué mi engrandecido miembro entre sus piernas y penetré su lubricado coño hasta el fondo de una sola embestida.

—¡Ahh! ¡Ah! ¡Ah! ¡¡Ahhhhh!!

Gemimos los dos, con fuerza, de gusto, celebrando el final de la represión. Mi madre siguió incapaz de mirarme a los ojos, pero era evidente que estaba sintiendo placer. Empecé a embestirla contra el suelo, sintiendo el placer inmenso de tener mi falo dentro de su ansiada anatomía, golpeándola con cada acometida como castigándola por el sufrimiento de los días anteriores.

—¡Ah! ¡Ahh! ¡Oh! ¡Mami! ¡Mami! ¡Oh! ¡Sí! ¡Sí! ¡Mm!

Sus pechos rebotaban en todas direcciones con los ataques y yo le agarraba de las nalgas para penetrarla hasta lo más hondo, con furia.

—¡¡Ahh!! ¡Ahh! ¡Ahh! ¡Mmm!

Oía sus gemidos, agudos, como súplicas, quizás arrepentidos pero incontenibles.

—Te amo mamá, te lo juro, ¡te quiero! ¡¡Ah!! ¡¡Ahh!! ¡Oh!

Ella me rodeaba ahora con sus piernas, aprisionándome, ayudando mis movimientos con la fuerza de sus pantorrillas.

—¡Ahhh síii! ¡¡Ohhh síiii!! ¡Mamá! ¡¡Mamá!! Está bien lo que hacemos. ¡Está bien! ¡¡Te lo juro, ohhh!!

Finalmente me corrí, inundándola con mi semen que se mezclaba con sus propios fluidos, entre gritos y potentes espasmos. Ella, en mi última contracción, me agarró aún con más fuerza y subió la pelvis gimiendo fuerte y entrecortadamente, alcanzando también el orgasmo de manera evidente. Me tumbé a su lado, nuestra calentura contrastaba con las baldosas frías del suelo. Puse mi mano en la cara interna de su muslo cariñosamente e insistí:

—Te quiero.

Fue la primera vez de lo que definiría nuestra nueva relación.

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