LOLA BARNON

La vuelta a la realidad

En el avión me pude quedar dormida. No es fácil que me pase, pero la noche con Aday contribuyó a ello. Esa mezcla de cansancio y sentirte exhausta después de dos horas de buen sexo, más el empleado por la mañana al ducharnos, empuja mi lasitud.

En el momento en que me despierto, no soy capaz de tener un resumen claro de lo que ha sucedido en mi visita a la isla. He dejado todo los flecos referentes a mi divorcio firmados y dispuestos, así como la estancia de mi padre en la residencia. He follado con otro desconocido y me he atragantado de llorar. Todo muy intenso y complejo.

El avión va con la mitad del pasaje. Hay silencio y la gente no habla. Miro por la ventanilla. Está anocheciendo en Madrid y apenas quedan unos minutos para aterrizar.

La pista está mojada y llueve de forma muy leve. Comparado con Las Palmas, hace frío y humedad. Aquella sensación me hace sentirme sola. Y si sumo que nadie va a estar esperándome, es aún mayor el golpe de realidad.

La noche con Aday es el resumen perfecto de mi vida. Sin necesidad ninguna, y con una relativa tranquilidad y relajación, terminé en la cama con un hombre desconocido y que, en realidad, no significa nada.

Mientras avanzo en los solitarios pasillos del aeropuerto, me viene a la memoria aquel chico en el baño en mis primeras semanas en Madrid. Y también regresan las imágenes de varios con los que, sinceramente, nunca tuve la necesidad ni el impulso de acostarme.

Y la pregunta es simple. ¿Entonces, por qué? Me acuerdo en ese momento de mi padre. De sus infidelidades, de Ernesto, de mi sempiterna sensación de animal solitario. De las fiestas de Javier, del equipo de antidisturbios. Y es entonces cuando llego a la misma conclusión de siempre. «Soy así», me digo. Está en mi naturaleza, en mi manera de vivir o incluso, en cómo entiendo que mi vida debe discurrir.

No sé si es instinto o alineación consciente. Y mientras voy por el pasillo del aeropuerto, semivacío a esas horas de domingo, voy pensando en que no debo tampoco torturarme. En realidad, no hago daño a nadie. Salvo, quizá, y a la larga, a mí misma.

Llego a mi casa tarde. Falta poco para la medianoche. Cansada, en parte descontenta conmigo misma y parcialmente relajada por la nueva situación de mi padre. Cuando salgo de la ducha con la intención de cenar algo ligero e irme a la cama, enciendo el móvil. No me había acordado de que lo llevaba en el bolso durante el viaje, apagado. Ni siquiera en modo avión. De inmediato, suenan los pitidos de varios mensajes. Miro quién me los ha mandado. Dos son de Mamen, casi seguidos, y que me pregunta si ya he llegado, si estoy bien y que la llame mañana para charlar o tomar un café cuando pueda. Otro es de una compañera que me pide un cambio de servicio para dentro de cinco días.

Y tres, son de Álvaro.

Ola, preciosa. K ase?

Stas ya aki?

Dime algo wapa

Me pone un poco enferma que un hombre de cuarenta años escriba como un adolescente, pero Álvaro es así. Rudo, divertido e inmaduro a partes casi iguales.

No le contesto, pero me hace pensar. Pensar en él, en mí. En nosotros y en lo que significan esas tardes y noches de sexo. Sonrío cuando me percato de que solo me imagino su polla o su cara cuando me penetra con fuerza y decisión. Mi entrega, mi pasión. Gemidos, fluidos y sexo. Solo tenemos sexo.

En realidad, Álvaro no se diferencia de otros muchos. Puede tener puntos mejores en lo referente a nuestra conexión en el sexo. Pero, aparte de eso, nada más. Sin embargo, es con él con quien estaba cuando mi marido me llamó para anunciarme su deseo de divorciarse. Y por ese sexo que nos une, no cogí el móvil y Ernesto tuvo que ponerme un mensaje. Ese que me dejó impactada, sin aire y con la sensación de que vida discurría por derroteros inciertos.

Me levanto y miro por el ventanal de la terraza. Es medianoche y apenas pasan coches o peatones. Como sigue lloviendo ligeramente, la sensación es de frío y humedad. Lo abro y dejo que, en efecto, esa lengua fresca y mojada me llegue a la cara. Siento las gotas, no muchas y todas finas, en mi piel. Cierro los ojos y apoyada en la barandilla de la pequeña terraza de mi apartamento, pienso en mí.

Me viene Aday a la cabeza. La buena noche de sexo en Las Palmas, recién firmado el divorcio. Y apenas unas horas después de que se formalizara la vida de mi padre en la residencia. No sabría definir ni especificar la razón, pero no me parece lo más adecuado. No es que tenga más importancia de lo que realmente ha sido, pero por algo, algún prejuicio, me sigue pareciendo desacertado. Pero solo ha sido un hombre y una mujer disfrutando de sus cuerpos y de su sexo. En realidad, no veo problema en ello. Pero algo en mi cabeza me dice que la senda por la que transito desde hace más de cuatro años, cuando me vine a Madrid, está llena de espinas en la conciencia.

Podía haber evitado acostarme con Aday. Y con el primer chico de mi estancia en Madrid en aquel baño de ese pub, y al que no había vuelto a ir. Lo mismo, también hubiera sido evitable Javier o Sergio. Y la misma Mamen, ¿por qué no?

Me paso la mano por mi cara mojada. Aprieto un poco más los párpados dejándome llevar por la suave lluvia y la ligera brisa que enfría. Sinceramente, no sé si hago bien. Si esa búsqueda de sexo por sexo es positivo, negativo o simplemente, mi forma de vida. La consecuencia es que no tengo apenas amigas ni amigos. Y aunque parece todo lo contrario, tengo una vida social muy limitada, que se ciñe a camas y pieles ajenas.

Suena de nuevo el móvil. Un nuevo mensaje de Álvaro, que seguro ha visto que los dos ticks de lectura de su mensaje brillan azules.

Stas?

Sonrío, pero continúo con la lluvia en mi cara. Siempre, desde pequeña, y quizá empujada por el buen tiempo de mi tierra, he asemejado a la lluvia con la soledad. No sé si esa sensación es común en la gente o solo mía.

Tiemblo ligeramente por la humedad y la brisa. Entro de nuevo en mi casa y me seco. Cojo el móvil y estoy sentada en el sofá, a oscuras mirando la pantalla durante unos minutos. ¿Qué debo contestar? O acaso, ¿es necesario que lo haga?

No quiero reflexionar más. Tampoco me lleva a ningún sitio dar vueltas a las cosas como si estuviera cometiendo un crimen o una falta grave. Vuelvo a temblar ligeramente y decido cambiarme la camiseta no me vaya a constipar. El roce del tejido de algodón seco en mi piel es suave y agradable. En contraposición a la lluvia, me siento protegida o a resguardo. Me seco el pelo y me pongo ya el pijama por completo, dejándome la camiseta. Me acerco a la cocina y caliento un poco de leche en el microondas.

Me lo llevo al salón y enciendo el televisor. Voy pasando por varios programas sin detenerme en ninguno. Ni me apetece ver una película, ni son horas para estar mucho más tiempo despierta. Mi turno del día siguiente empieza por la mañana y no quiero llegar a la comisaría con mala cara.

Cuando me voy a levantar para irme a la cama, vuelve a encenderse la pantalla con un nuevo mensaje de Álvaro.

Wapa, m ape muxo vrt mañana

Porfi, dime q si

En ese momento, me imagino otra tarde más de soledad en mi apartamento. De películas, ejercicio adicional, running, pesas, gimnasio y poco más. Un nuevo día sin tomar un café con nadie, sin conversación intrascendental, sin risas por cualquier cosa banal y sin complicidad con nadie.

Claro que puedo llamar a Mamen o a Isabel. Pero ¿sería justo? Me digo que no puedo utilizarlas siempre para huir de esa soledad que ya empieza a atenazarme. Ellas tienen una vida sencilla y normalizada. Yo, en absoluto.

Quizá, pienso, el sexo es mi enganche a la realidad. A una vida que yo he elegido y que me resulta muy difícil de combatir. No me engaño. Sé cómo hacer para evitarlo y tener otras distracciones. Es tan simple como apuntarme a unas clases de canto, de pintura, un club de lectura, bailes de salón o acudir a terapia. Cualquiera me podría sacar de la espiral de amistades de cama y sexo. Sí, lo podría hacer.

Sonrío con tristeza mientras le contesto a Álvaro. Luego, un instante después, me prometo a mí misma que tengo que cambiar de rumbo.

Un día de estos…

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