ISA HDEZ

Disfrutaba del aroma perfumado en las mañanas luminosas de mayo,

del color carmesí, blanco y amarillo en los vastos trigales,

de las mariposas blancas que revoloteaban alrededor de los rosales y el papayo,

y de las bandadas de jilgueros que coreaban entre los manzanos y los perales.

Las sombras refrescaban los patios empedrados, lisos y aseados,

ni una hojarasca seca empañaba las juntas de los adoquines lustrados,

los balidos de las cabras resonaban de amanecida en los aledaños,

y sin rechistar se levantaba silenciosa y organizaba todos los apaños.

Y con donaire, sombrera y la saca con sus telas signadas salía presurosa,

se sentaba en la laja brillante a la sombra del pino y armaba su almohadilla,

y mientras las cabras pastaban bordaba el realce, bodoque y presilla,

sus bellos calados y sus quesos frescos en los mercadillos vendía pudorosa.

Pero ya no hace quesos, ni bordados, ni canturrea por las mañanas,

las cabras no balan, ni entonan los jilgueros en los perales, ni picotean las manzanas,

y, las hojas pajizas retozan por doquier en el patio al son del viento,

la campesina se llevó con ella los sonidos, los aromas y, el pensamiento.

Un comentario sobre “La campesina

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