SILVIA ZALER

Últimos días de abril

La pandemia avanzaba sin control. Las noticias eran confusas y los datos contradictorios. Nunca sentimos una sensación de seguridad ni de dominio de la situación por parte de las autoridades.

En esos días tuve varias conversaciones con Gabriela, pero ninguna más allá de varios mensajes. Ninguna de las veces me cogió el teléfono. Hubo una que me sorprendió.

Elsa, cuida a tu marido. No vas a encontrar nada mejor por ahí fuera.

Me quedé leyendo el chat de mi WhatsApp. Gaby nunca había sido tan explícita en este tema, y menos refiriéndose a mi marido.

        Me acuerdo de Menchu y me pongo a llorar.

Nunca debimos meternos en esto.

Es una mierda

Nos merecemos todo lo que nos pase.

        Recibía los mensajes y no dejaba de salir el escribiendo en la parte de arriba. Parecía como si se estuviera confesando o haciendo una especie de expiación.

        No sé qué voy a hacer con mi vida.

Pero solo de imaginarme sin mis hijas o que estas me reprocharan lo puta que he sido, me muero.

Elsa, no hagas el idiota.

Cuida a tu marido y olvídate de todo

Yo no le había contado nada de que me había pillado engañándolo. Ni tampoco que yo a él. No me pareció que fuera un tema para comentarlo en una serie de mensajes y que merecía una conversación larga y pausada. Pero con el confinamiento solo nos quedaba el teléfono y Gabriela no me lo cogía.

Te llamo y charlamos, vale?

Le dije a modo de contestación.

No estoy de humor para hablar con nadie Elsa.

Perdona, preciosa, pero no me apetece.

No es por ti, discúlpame, que sabes que te quiero mucho.

Es que en este momento estoy muy machacada, muy rayada y prefiero estar sola.

Volví a insistir, pero ni me contestó. Era extraño y me dio por pensar que mi amiga tenía una especie de depresión. Esa vocecilla que los días después de nuestras pasadas le decía que estaba haciendo mal, se había convertido en un estado depresivo permanente. Me preocupé y a punto estuve de pasar por su casa una de las veces que debía ir a la compra.

Se lo comenté a mi marido, incluso.

—Voy a ir a ver a Gabriela un día de estos. Creo que no está bien.

Él me miró durante unos instantes y me hizo que me sentara a su lado. Tenía una expresión apenada.

—No están bien… —me dijo en voz casi susurrante.

—¿Quién? ¿Ellos?

Asintió. No eran tampoco muy amigos el marido de Gabriela y el mío. Sí se conocían y jugaban al golf, pero no eran íntimos. Me extrañó que él supiera algo que era confidencial y que yo conocía. Por lo visto, era más grave de lo que me decía la misma Gabriela.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—Me lo ha dicho él… —resopló ligeramente—. Al parecer están también pensando en separarse. Me lo dijo —se me adelantó a mi siguiente pregunta— hace un par de meses. Algo más quizás. —Se encogió de hombros y me miró—. ¿No lo sabías?

—Sí… Gabriela me había comentado algo.

—¿De la separación?

No podía decirle a mi marido que tal y como yo entendía, se había enganchado de un amante. Y que eso le había llevado a esta crisis existencial y depresiva en la que ahora estaba envuelta.

—Sí… —mentí—. Que podían separarse…

—¿Te dijo la razón?

Negué en silencio. No podía confesarlo a mi marido. Ella había confiado en mí y me daba la sensación de que ya estaba traicionándola un poco. Aunque me sorprendió que mi marido supiera más que yo sobre su matrimonio. Eso, a mi modo de ver las cosas, significaba que Gabriela también había puesto distancia conmigo. Yo, a sus ojos, representaba las pollas, las infidelidades, la coca, los porros, el desmadre y la falta de escrúpulos. En parte, me dije a mí misma, tenía razón.

Se me saltaron unas lágrimas en silencio. Descendieron lentamente por mis mejillas. Acusadoras. Empecé a hipar y a convulsionarme ligeramente. Explotaba en mi interior. La muerte de Menchu, la desaparición de Marta, quizá detenida y acusada como camello, como había dicho Agustín. Mi matrimonio roto, mi amiga distanciada de mí y evitando hablar conmigo. Confinada, preocupada por la enfermedad, por el cariz que tomaban las cosas… Todo ello se desató en mi interior. Una bomba de miedos, de culpas, de penas, de acusaciones y de remordimientos me explotó y provocó un torrente de lágrimas y lamentos.

Mi marido me abrazó y yo me aferré a él. Fue algo compulsivo. Necesario y que me vino muy bien para sentirme, al menos en ese preciso instante, aliviada. Noté sus brazos en mi espalda mientras yo seguía con los hipidos y lágrimas. Lloré en silencio. Sin que ninguno dijéramos nada. No recuerdo el tiempo pero seguramente fue más del que ahora recuerdo o imagino

Poco a poco, sin mediar palabras de por medio, me fui calmando. Él continuaba consolándome y acariciándome despacio la espalda, con delicadeza. Respiré por fin ya más tranquila y en un segundo pasó por mi cabeza que hacía tiempo que no me abrazaban así. Con esa ternura que acababa de hacer mi marido. Sin limpiarme las lágrimas giré mi cabeza y sabiendo que podía rechazarme, pero abandonándome a un impulso que me nació en ese instante, busqué su boca y le besé.

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