LOLA BARNON

De vuelta.

Aday me quiso llevar al aeropuerto, pero no se lo he permitido. ¿Para qué? Ni él seguramente lo deseaba en realidad, pero su talante comercial y educado es lo que le ha movido a ofrecerse.

He preferido ir sola, a mi aire, saliendo con tiempo suficiente del hotel como para pasarme a ver a mi padre y cerciorarme a través de la monjita, que todo está efectivamente en orden.

Cuando llego, está en una esquina, mirando por la ventana, en silencio. Según me acerco a él se gira hacia mí. Sor Petra le dice con mucho cariño y amabilidad que he venido a verle y que nos deja un ratito a solas. Los mofletes regordetes de la religiosa se estiran en una sonrisa casi infantil cuando se despide de mí.

—Hoy está bastante ido. Es posible que no reconozca el lugar o que se sienta solo en estos momentos. Cójale la mano y hable con él. Es posible que no le responda ni conozca, pero yo estoy segura de que algo siempre se les queda.

Cuando nos quedamos solos, él continúa mirando por la ventana, como si en verdad estuviera ajeno a mi presencia. Veo que está vestido con un pantalón de chándal, pero diferente al que tenía ayer. Supongo que mi madre se habrá acercado a traerle ropa diferente para estar allí. Observo también que está mejor afeitado y peinado. Eso, me digo con tristeza, ya no es obra de mi madre.

—Hola papá —musito cogiéndole la mano, tal y como me ha dicho la monjita.

La noto fría, con una piel que me resulta extrañamente distante. La aprieto ligeramente para intentar que entre en calor. Su camisa está también gastada en los puños, pero huele a limpia y parece, por la falta de arrugas, recién puesta.

—No sé qué decirte… — Él en ese momento me mira. Tiene la vista perdida, extraña. La parte izquierda de su cara está flácida, sin expresión alguna. El ojo de esa parte, me fijo, parece más bajo que el otro. Y el labio le cuelga vencido hacia ese lado ligeramente. No es exagerado, pero se nota. Le acaricio la cara.

—Nunca estuvimos muy cercanos, papá. Y no has sido un buen padre. Me pegaste, engañaste a mamá multitud de veces y me hiciste sentir una mierda. No sé si me estás oyendo y recuerdas algo, pero todo eso sucedió. —Mi voz es un susurro, como si me lo estuviera diciendo a mí misma en vez de a él—. Pero te veo ahora así, tan débil y abandonado y me muero de pena. No siento haber estado alejada de ti, porque tenía mis motivos. Y sé que los rumores que te han llegado, no me ayudan a que me veas como una hija perfecta y de la que presumir. En el fondo, hago lo mismo que tú. Disfrutar del sexo fuera de mi matrimonio. Y eso me ha llevado al divorcio. Mamá y tú, en cambio, no os habéis separado, pero en tu estado es como si en realidad lo estuvierais. Supongo que sabes que se ve con alguien… —me encojo de hombros—. No se lo puedes reprochar, papá. Ni a mí. No eres el más indicado para hablar de fidelidad… Tengo que esforzarme para tener imágenes cariñosas de ti. Pero sabes, nunca se me ha olvidado ese día que me cogiste en brazos cuando era pequeña en el Balcón del Mirador y que bailaste conmigo una canción que te debiste inventar. Ojalá lo hubiéramos hecho más veces, porque apenas tengo recuerdos buenos contigo. Ese es el único, casi…

Me quedo un momento pensativa. Quizá no es la mejor forma de dirigirse a un padre enfermo, por mucho pasado que nos separara. Pero tampoco puedo callarme. En el fondo siento que una parte de mí viene de esa vida anterior con mis padres. Sin quitarme culpa ninguna, porque sé que soy la responsable última y verdadera de mi forma de vivir, tampoco me puedo olvidar de todo lo que sucedió.

—Todavía me duelen tus bofetadas, papá. Recuerdo perfectamente la quemazón que me produjeron tus golpes cuando te dije que te separaras de mamá y que no la engañaras más. Olías a alcohol ese día… —recuerdo con un escalofrío y con la mirada perdida, ese punto de mi vida pasada—. Y me dijiste que era tan gilipollas como mi madre… —Me enjugo una lágrima, pero mantengo su mano en la mía—. Te odié en ese momento. Y puedo que aún lo haga. La pena que siento al verte no me hace olvidar todo lo anterior, papá. No puedo desear a nadie que sufra como tú lo haces ahora. Pero debes saber que fuiste un verdadero hijo de puta con tu hija… —susurro ya con dos lagrimones recorriendo mis mejillas. Me tengo que callar unos instantes. En mi cabeza revolotean multitud de imágenes y recuerdos, casi todos malos.

Tardo varios minutos en rehacerme. Cuando miro de nuevo a mi padre, él lo hace a su vez. No sé si me entiende o tan solo busca encontrar algo de mí que le recuerde a alguien.

—Pero todo eso pasó, papá… Ahora solo siento mucha pena por tu estado. Una tristeza infinita, porque no fuiste un buen padre, ni siquiera uno regular, pero eres el mío. Y aunque no puedo olvidar, sí debo perdonarte. No gano nada con mantener el rencor… Prefiero acordarme solo de ese día en el Mirador… —de nuevo tengo que callarme por la tenazón en mi garganta—. Sabes —sonrío tímidamente—, tengo una amiga, a la que tú y yo debemos mucho, la verdad. Una amiga que se empezó a acostar con algunos hombres fuera de su matrimonio. Como tú… Y la verdad, no engañaba a su marido, porque él lo sabía. Ahí también se parecerían a mamá y a ti. La diferencia es que él, el marido de mi amiga, no lo admitió nunca y se quiso divorciar de ella… —Me detengo de nuevo, sintiendo otra vez el rescoldo de esa bofetada y el insulto de mi padre cuando le increpé y le pedí que dejara de una vez a mi madre—. Violaron a mi amiga en una fiesta… Fue todo traumático. Y aunque ella había sido una hija de puta, papá, no se merecía lo que le hicieron. Nadie se merece una violación. O un ictus y una demencia senil, como te pasa a ti. Ni que se le vaya la cabeza, la memoria y el conocimiento… Nadie. Por muy malo que se haya sido, nadie merece un sufrimiento así. —Miro al techo buscando que mis lágrimas aguanten en los ojos sin salir—. Bueno, el hecho es que —carraspeo para alejar de nuevo la congoja de mi garganta— él, perdonó a su mujer. Luchó por ella, por recuperarla y ahora son muy felices. No sé si ha olvidado, pero sí sé que le ha perdonado. Y que han aprendido a vivir con ello. —Vuelvo a quedarme callada. Mi padre alterna la mirada por la ventana con mis ojos, pero no retira su mano de la mía. Ya está más templada y su piel me recibe mejor—. Yo tengo que hacer lo mismo contigo. Y con mamá. Nunca seremos una verdadera familia, ni quizá comamos o cenemos juntos jamás en Navidad… Soy consciente. Pero no se puede vivir con rencor y odio, papá.

Me acerco a su cara y le beso suavemente en la mejilla. Él se queda mirándome y juraría que intenta hablar con un movimiento de sus labios. Veo un brillo triste en sus ojos durante un segundo. No escucho nada más que algo parecido a un leve ronquido o una respiración más áspera y, finalmente, tras ese leve segundo en que percibo algo de vida en sus pupilas, esta, vuelven a quedar agazapada y escondida.

Entonces, le cojo ambas manos y vuelvo a besarlo en la frente. Cuando me retiro, con una media sonrisa y dos lágrimas en mis ojos, él también tiene los ojos aguados.

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