SILVIA ZALER

Primeros días de abril

Por suerte, mi marido, mis hijos y yo, vivimos en un chalet. No como el de la desaparecida Menchu, pero sí lo suficientemente espacioso como para estar los cuatro en diferentes dormitorios. Las noticias seguían siendo desoladoras. Miles de muertos, infectados. Miedo en la gente y precaución al máximo al ir a la compra.

Uno de nuestros hijos, una madrugada, se despertó con dolor de cabeza y ligera fiebre. Una preocupación creciente se fue apoderando de mí y de mi marido. Tras hablar con Urgencias, y decirnos que mantuviéramos en casa al niño, seguimos el protocolo que nos marcó la Seguridad Social y un médico amigo.

Fueron cuarenta y ocho horas de inquietud en los que apenas dormí más de tres seguidas. Pero que nos unió a todos más de lo esperado, sorprendentemente.

La primera noche se quedó mi marido con él. Nadie lo decidió. Fue él quien tomó esa iniciativa. Yo me mantuve al margen, manteniendo la distancia y procurando que todo lo demás de la casa estuviera en orden y a salvo del posible contagio. Llamé a la Seguridad Social, hicimos el protocolo que nos ordenaron, apuntamos la temperatura y si tenía accesos de tos. Esperamos las cuarenta y ocho horas que nos marcaron.

Eran las once y media de la segunda noche que mi hijo estaba con febrícula. Yo pensaba quedarme con él y darle el relevo a mi marido. Muy cansada, me había quedado un poco dormida tras la cena, pero me desperté a eso de las once y media. Me fui al dormitorio de mi hijo. Mi marido salía en ese momento por la puerta. Llevaba mascarilla, guantes y un bote de gel hidroalcohólico.

—No entres, Elsa —me dijo en voz baja—. Se acaba de dormir.

Llevaba con nuestro hijo desde los primeros síntomas. Con una mano un gesto para que me detuviera. Se quitó el pijama y los calcetines, se quedó desnudo y se fue a la cocina a meterlos directamente a la lavadora. Yo le seguía a unos dos metros de distancia y le vi accionar los botones y mandos para poner un lavado de agua caliente. Luego se duchó en el cuarto de baño de servicio, el que usaba la asistenta cuando venía a casa.

Le vi salir con una camiseta y un pantalón de pijama arrugado. Uno de los que estaba para planchar y que yo, que odiaba hacerlo, demoraba constantemente.

—¿Qué tal está? —pregunté cuando me dio la espalda dirigiéndose al frigorífico. Cogió un refresco de café.

Me miró antes de responder. No pude traducir esa mirada. No era de acusación ni de amonestación. Quizá de cansancio.

—Está bien. Ya me quedo yo con él.

Se volvió y empezó a beber. Su mirada ya no estaba en la mía, sino pensativa y sumida en algo que le pasaba por la cabeza. No me dijo nada, pero yo sentí que a pesar de nuestras diferencias, debíamos colaborar más. Sobre todo, en caso de que nuestro hijo mayor, también hubiera sido contagiado por el COVID.

—Descansa. Esta noche me ocupo yo de él. Duerme un poco.

Procuré ser cercana y me mostré todo lo amable y colaborativa que podía. No es que me hubiera desentendido de mis hijos o de él en los días del confinamiento. Ni mucho menos. Pero digamos que lo hacíamos por turnos, procurando coincidir lo menos posible. Si uno estaba con nuestros hijos, viendo una película, por ejemplo, el otro permanecía en el dormitorio. Incluso los horarios de comida variaron. Pocas veces los hicimos los cuatro juntos. Siempre buscábamos una excusa para uno de los dos, ausentarnos. Trabajo, llamadas telefónicas, un enchufe que necesitaba una urgente reparación, la lavadora que en ese momento no podía detenerse. Lo que fuera.

Nuestros hijos, obviamente, empezaron a notar algo. Y el pequeño, explotó como he relatado. Sobre todo, porque en los primeros días nuestros encontronazos fueron frecuentes y directos. Y aunque ahora manteníamos las formas y procurábamos ser mucho más educados o tolerantes, yo me imaginaba que algo rumiaban. Era muy difícil disimular cuando estábamos todos, juntos en casa.

—No hace falta. Ya me encargo yo.

—Tienes que descansar.

—Ya lo haré cuando toque.

Me acerqué a él. Me miró un instante y terminó de beberse el refresco de café.

—Has estado tú veinticuatro horas —sentía que debía darle ese relevo—. Me quedo yo estas.

—No hace falta, en serio. Te puedes contagiar y es una estupidez que nos arriesguemos los dos. —Aunque no rechazaba mi conversación, su voz era seca. O dura—. Ya lo hago yo.

—Quiero ayudarte. Por favor.

No se trataba literalmente de ayudar. Era una obligación y un deber como madre y persona. Pero no sé si de forma inconsciente, le otorgué a él un papel principal es este asunto. Tampoco era incierto aquella impresión. Ninguno de los dos, ni mi marido ni yo, nos habíamos desentendido de nada. Él había tomado la iniciativa en los cuidados directos de nuestro hijo.

Yo estaba, digamos, al cargo de todo lo que no había sido esas veinticuatro horas de estancia con nuestro hijo. Comida, limpieza, distraer al pequeño, compra, lavadoras, secadoras, juegos… Lo necesitaba. Quería sentirme más implicada en el estado de mi hijo mayor. Más profundamente. Mi marido tragó saliva. Seguía sin mirarme. Le toqué el brazo.

—En serio. Necesitas descansar un poco. Ya me quedó yo. Seré cuidadosa. Te lo prometo.

Por primera vez en toda la pandemia, mi marido, mientras movía afirmativamente la cabeza, me miró con algo de comprensión. O de gratitud. No sé bien cómo explicarlo. No rehuyó el contacto y respiró hondo.

—Vale.

Tan solo dijo aquello. Nada más. Dio unos pasos en dirección a donde dormía, que era un dormitorio que él usaba generalmente como despacho, en donde tenía el ordenador y una mesa con papeles y carpetas. A nuestros hijos les habíamos dicho que su padre necesitaba trabajar y que era más cómodo dormir allí directamente.

—Y porque ronca mucho —había recalcado con una sonrisa el pequeño.

Yo me quedé en la cocina. Sola, reflexionando sobre mí. También en él, en mi marido. En nuestros hijos y en que la vida es muy cambiante y caprichosa. Me puse a trastear con el móvil —el mío, el personal— y vi que no había contestado a un par de mensajes de Gabriela recibidos a eso de las diez y media de la noche.

Me he enterado de lo de Menchu. Qué horror…

Para mí, esto se ha terminado, Elsa. En realidad, ya no estaba en este rollo. Pero ahora, definitivo. Out total. Esta vez es verdad.

Te lo juro. Se acabó. Me avergüenzo de mí.

Leí con detenimiento el mensaje. Algo me decía que Gabriela esta vez sí que estaba total y absolutamente decidida a dejar este tipo de vida. Yo, la verdad, también, pero era consciente que con nuestro inminente divorcio, no sé si iba a ser capaz.

Qué tal con tu marido, pregunté.

Tardó en contestarme. Finalmente, pasados casi cinco minutos vi el escribiendo en la cabecera de la conversación.

No lo sé.

Estoy confusa.

Hay veces que me dan ganas de liarme la manta a la cabeza y otras de rehacer mi matrimonio

He cometido muchos errores. Me arrepiento y tengo la sensación de que voy a pagar por ello.

Intenté tranquilizarla con otro mensaje, pero ya no recibí respuesta por su parte. Me quede preocupada. Algo le sucedía a mi amiga.

En su momento, hacía ya algún tiempo, me dijo que había conocido a alguien y que, aunque lo veía como una tontería, le gustaba. No sé si eso significaba que podría llegar a romper su matrimonio. A Gabriela le costaría, sin ninguna duda, dar ese paso.

Sus hijas, una vida ya hecha y consolidada. Su existencia placentera y sin problemas. Todo eso jugaba en contra. Pero tenía que reconocer para mí, que algo había cambiado en ella. No solo era que la comunicación se había hecho más espaciada y contenida. Mi intuición me decía que un hecho o un alguien, tenían el peso suficiente como para provocar ese distanciamiento conmigo y con el resto de Guarris. Y, por supuesto, en la decisión de abandonar este tipo de vida de infidelidades y pasotes.

Suspiré. Menchu muerta, Marta desaparecida y calificada como camello por el exmarido de Menchu. Gabriela distante y desquiciada con intentar una vida normalizada. Yo, con una mezcla insoportable de miedo, remordimiento y vergüenza.

Oí a mi hijo toser y entré en la habitación. Estaba dormido y, al menos, aparentemente, la febrícula había bajado. Al simple tacto de la mano me dio la sensación de que la temperatura era normal. Aquello me alivió.

Me senté en su cama y le acaricié. Pensé por un momento que podía perder a uno de mis hijos. Me estremecí. Una sensación de angustia me acalambró y tuve la sensación de que si aquello llegaba, no resistiría la pérdida.

Me recosté en la segunda cama que el dormitorio de mi hijo tenía para cuando venía algún amigo a dormir con él. En mi cabeza se sucedieron imágenes de sexo, de pollas, de cocaína, de marihuana, de risas estruendosas, de cuerpos desnudos y de completo descaro y desinhibición.

Recordé las palabras de Agustín.

«—Más que nada, porque mis hijos no sepan nunca la clase de madre que era. Así que he preferido mover todo lo posible para que figure como fallecida por coronavirus y no por lo que en realidad sucedió. Me estoy refiriendo a las juergas, los excesos, las fiestas, las drogas, el putiferio que os montabais… Bueno, creo que sabe de lo que hablo.»

Me tapé la cara. Sentí pánico si un día mis hijos se enteraran de lo que había hecho su madre.

A la mañana siguiente nuestro hijo estaba mejor. Gracias a un amigo, mi marido consiguió test rápidos para hacerles a los chicos y a nosotros. Eran de esos de la gota de sangre, que aunque no fueran cien por cien exactos, nos darían una buena tranquilidad si salían negativos.

Nos los hicimos todos, y por suerte, el resultado fue que no teníamos el COVID. Lo de mi hijo no había sido coronavirus, sino un simple malestar o un enfriamiento. Daba igual. El hecho de que no tuviera al bicho ese era un alivio. Los dos respiramos tranquilos al conocer el resultado.

Esa noche me senté en la terraza después de cenar. No se estaba mal. Me miré el reloj. Eran más de las once pero no tenía ni pizca de sueño. La vida sedentaria y relajada, salvo en estas últimas cuarenta y ocho horas, hacía que nos levantáramos por la mañana a eso de las nueve y media.

En mi empresa habíamos empezado a teletrabajar, pero estábamos en el inicio. Todavía sin mucho orden ni las cosas ni objetivos claros.

Cerré los ojos y no me percaté de que se acercó mi marido hasta sentarse en la silla de al lado. Me asusté cuando escuché su voz.

—Menos mal que todo se ha quedado en un susto.

Abrí los ojos y le vi allí, sentado tranquilamente. No me miraba.

—Sí. Gracias a Dios.

Cruzó las piernas. Escuché que respiraba hondo y entonces sí me miró.

—No quiero una guerra, Elsa.

No dije nada. Agaché un poco la cabeza.

—Creo que nos tenemos que divorciar. Hacer nuestras vidas por separado. Porque… bueno, pienso que no tiene ningún sentido seguir juntos. Nos hemos engañado. Eso, creo, que es suficiente motivo.

Dejé que hablará. No quise mirarlo a los ojos y él, a su vez, desvió los suyos a la noche. Durante un minuto no nos dijimos nada.

—Por nuestros hijos, creo que debemos hacer esto de la forma más sensata posible. Sin guerras, ni enfrentamientos.

De nuevo silencio entre los dos. Yo carraspeé ligeramente.

—Como tú digas —dije al fin.

—¿No tienes opinión? —Su pregunta no era con sorna, sino más bien con algo de sorpresa.

—Si, claro que la tengo. Pero estoy de acuerdo en lo que dices. Hagámoslo bien por nuestros hijos.

En parte era verdad. No tenía nada en contra de lo que me decía. En segundo lugar, era razonable que no peleáramos y que hiciéramos las cosas razonablemente. Este era el momento de empezar.

—¿Qué condiciones crees que debemos establecer? —me preguntó en voz más baja que antes.

—No sé… Las que diga el juez. Supongo que custodia compartida. Desconozco los términos de la compensatoria ni para quien… —contesté—. No estoy puesta en leyes ni en acuerdos de divorcio.

—Si la custodia es compartida, lo normal sería que los niños se quedaran en la casa y los que nos moviéramos fuésemos nosotros. ¿Eso te parece bien?

—Sí. —En el fondo sentía que era lo justo. Ellos eran los únicos que no tenían nada de culpa de lo nuestro.

—Podemos ir hablando de todo, Elsa. Con tranquilidad. Yo te he querido mucho… Y no creo que lo haya dejado de hacer, pero nos hemos distanciado. Demasiado —remachó.

Noté que cambiaba de postura. Se quedó con los codos apoyados en sus rodillas. Parecía pensar.

—¿Desde cuándo…?

Su voz había temblado ligeramente cuando me lo preguntó.

—Te refieres a…

—Desde cuándo me engañas, Elsa.

—¿Y tú a mí? —ahora sí lo miré a los ojos.

—Unos seis meses. —La respuesta no fue inmediata, pero tampoco se demoró mucho—. No han sido seguidos, ni continuados. De hecho, desde la primera vez hasta la segunda pasaron más de tres semanas. Y nunca ha sido continuado…

Hubo otro silencio largo y algo tenso.

—Fue unos días después de que viera ese condón caer de tu bolso…

Lo miré extrañada y él sonrió con tristeza. Incluso elevó los hombros ligeramente, con una sensación de cansancio y amargura. Pero no me clarificó ni el día ni la situación. Opté por callar. Quizá, pensé, no era ni siquiera necesario conocer esos detalles.

—Desde cuándo Elsa… —repitió.

—Parecido.

El divorcio era un hecho, y salvo que mi marido tuviera un conocimiento exacto de los que yo había hecho, no tenía intención de confesar nada más. Hacerlo no limpiaría mi conciencia ni arreglaría nada entre él y yo. Pero, a mi modo de ver, ayudaría a no empezar una guerra abierta. Unos reproches que ya, por suerte o desgracia, no conducían a nada.

—No sé si puedo creerte… —me dijo sin muestras de molestia ni de enfado en su voz—. Tengo la impresión de que han sido más veces… Bueno —resopló—, no lo sé y la verdad, ¿qué más da, ya, no?

No dije nada. Me limité a mirar a la noche. Todo estaba perdido. Él se levantó en ese momento y con pasos lentos se dirigió a la casa.

—¿Por qué lo has hecho?

Mis palabras me sorprendieron. Surgieron por sorpresa. Ni yo misma me las hubiera esperado de haber sido suyas.

No estaba en mis planes conocer ese tema. Ni siquiera sus motivaciones, porque ni yo misma era consciente de poder explicar las mías. Se había detenido, permaneciendo de espaldas a mí durante unos segundos. Luego se giró lentamente. Yo no le miré. O no quise hacerlo.

—¿Y tú? —me preguntó a su vez. No se movió de donde estaba.

Suspiré. Torcí el gesto y me recosté en el respaldo de la silla. Me coloqué los mechones que se me habían soltado de la coleta y entonces ahí, sí le miré.

—Supongo que cansancio… Aburrimiento —añadí negando ligeramente con la cabeza—. Ganas de divertirme y de probar… de probar lo prohibido.

Como os he dicho, yo había tomado la decisión de solo reconocer una infidelidad. En los primeros días donde nos echamos en cara nuestros respectivos cuernos, me arriesgué a ello. Solo iba a reconocer habérmelo montado con un solo hombre. Mi marido me acababa de decir que no me creía, o que le resultaba difícil hacerlo, que era algo muy parecido a decirme que le mentía.

—Lo que más me ha jodido es que fuera aquí… En nuestra casa —dijo con un suspiro profundo.

Como si Jávea fuera una pensión…

Se sentó a mi lado de nuevo, pero se mantuvo en silencio. Se frotó la cabeza, las manos y también respiró muy hondo.

—Lo mío ha sido venganza.

Le miré extrañada.

—Te seré sincero. Llevo sospechando que me eres infiel desde este verano. Aunque debo confesarte que no tuve certeza de nada. —Mi marido, y eso le honra, no miente ni se imagina. Por lo general, lo que dice es su verdad—. Es, o era, una sencilla sospecha. Y si aún quieres mayor franqueza, ha habido más veces que creo que me has engañado. Sobre todo en este último año. Cenas extrañas, fiestas, fines de semana… No tengo pruebas, tranquila. Pero es… o era, mosqueante.

Se quedó callado otra vez. Pensaba las palabras. Noté que me miraba de nuevo. Estudiando mis reacciones. Midiéndome. Esperaba que yo hablara, a lo mejor. Tras ver que no iba a hacerlo, un par de segundos después se centró de nuevo en la noche. Yo me abracé las piernas.

 —Una noche —dijo ahora con la voz triste o más grave de lo normal—, un día que llegaste con alguna copa de más de una cena o fiesta de tus amigas —tampoco sospechaba mis coqueteos con las drogas. Noté un poco de retintín cuando mentó a mis amistades— me pareció que se te caía un condón del bolso. Lo volcaste para buscar el móvil y con la borrachera que llevabas no te diste cuenta de que se te calló. Lo vi, aunque estaba medio dormido. Fue antes de Navidad. Por noviembre, como a principios o así… —Me concretó, con una sonrisa de lado.

Mi marido entonces empezó a explicarme, de forma pausada, que por la mañana, ya más tranquilo, me miró el bolso. No encontró nada, pero estaba seguro de lo que había visto.

—Me quemé por dentro. En ese momento quise matarte. Y entonces, ahí, justo en ese momento, decidí vender la empresa. Ya desde las sospechas de verano, veía que no me concentraba, que no rendía. Me torturaba sospechar que me eras infiel. Desde septiembre tuve esa oferta. A la baja. Pero finalmente la admití.

Cerré los ojos. No había sido nunca consciente de que mis infidelidades pudieran tener consecuencias más allá de con mi marido y en un plano personal o marital. Pero, en este momento, me percataba de que las repercusiones podían ser como las que me contaba, y afectar al patrimonio de él. De nuestros hijos, en definitiva. 

—Te hice seguir por un detective… Él vio los condones en la basura… No yo.

No nos dijimos más. Se levantó y se encaminó hacia el interior de nuestra casa. Yo me quedé a solas, con una lágrima recorriendo mi cara y viendo llover.

—Fui una estúpida.

—Los dos lo hemos sido.

—Lo siento mucho. De verdad. Te juro que lo siento.

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