LUIS5ACONT

Las prostitutas del caño Sancti Petri.

Juan Antonio, el Cordobita, se bajó del tren en la estación de San Fernando, pero en vez de cruzar las vías por el paso a nivel y dirigirse al cuartel, tomó en dirección opuesta, bajando por la avenida hacia la estación de autobuses y buscando la rotonda que daba al puente Zuazo. Un fin de semana intenso tocaba a su fin. El viernes, llego muy de noche a su pueblo y el sábado ya estaba levantado a las cinco de la mañana para faenar con el ganado. Su padre no perdonaba una y le tenía guardada tarea para tenerlo entretenido todo el día: “Hay mucho que hacer le dijo en tono de reproche, como si fuera culpa suya que lo hubieran llamado a filas y él hubiese perdido un par de brazos en casa. Aquello sonó como aviso de lo que le esperaba, advertencia que se había cumplido: apenas había parado en los dos días para comer y dormir, esto último, poco y mal. Ni siquiera había podido hacer su visita el club del pueblo, donde tenía previsto dale buen empleo a la paga recibida esa semana.

Pero ahora, estaba otra vez en San Fernando y había dado una buena cabezada en el tren, suficiente para alguien acostumbrado aprovechar cualquier momento de descanso como él. Se encontraba animado y alegre: sabía dónde dirigirse para echar ese polvo que tenía pendiente y en una hora o poco más, estaría con sus amigos en el cuartel. Por duro que aquello pareciera, era bastante mejor que lo que tenía en casa. Al menos podría dormir siete horas del tirón, se sentía parte de un grupo, era querido y respetado y aunque para muchos aquello fuera el último rincón de la península, para el de Córdoba suponía ver mundo.

Cuando tuvo a la vista el puente Zuazo, que unía la isla de San Fernando con tierra firme, giró hacia la derecha. Allí había varias casas pegadas al canal de agua salada, la mayoría abandonadas y semiderruidas. Restos de ventas y factorías que antiguamente constituían un hervidero de actividad comercial en la Isla, por ser paso obligado hacia Cádiz y también por su cercanía a un pequeño muelle que conectaba con el de Sancti Petri a través del caño. Ahora, desde la inauguración del Carranza y del abandono de las factorías conserveras, aquella era una parte de San Fernando en franca decadencia. Apenas quedaban un par de edificios habitados, incluido un bar de mala muerte situado en los bajos de uno de ellos, punto de reunión de macarras, prostitutas y gente de variado pelaje, casi siempre forasteros de paso. Junto a una de las casas, en el frente que daba al antiguo muelle, vio varias figuras que se mantenían aparentemente inmóviles en la penumbra de las dos únicas farolas que funcionaban.

Cuatro o cinco mujeres de edad indefinida hacían la calle, aburridas y resignadas ante la poca actividad que reinaba en el lugar. Normalmente, el movimiento de camioneros que empezaban la semana viajando por la noche y militares que como Juan Antonio volvían de permiso, era lo que les alegraba el domingo. Pero por el motivo que fuera, como decía la canción de Rubén Blades, ese día la cosa estaba floja y no hacían plata con qué comer.

Cuando lo vieron más cerca lo reconocieron: Juan Antonio se había acostado con casi todas ellas al menos una vez, a lo largo de los meses que llevaba allí.

– Hombre, Cordobita, guapo ¿Ya vuelves de permiso?

– De fin de semana amor, vengo a veros antes de meterme en la cama para que me deis un besito de buenas noches.

– ¿Y no prefieres una mamada de buenas noches? – rio una de ellas – venga, que te hago descuento por ser buen cliente.

– Yo venía buscando a la mora ¿no sabes si está por aquí?

– Ay, yo no sé qué te dará esa, con lo seca que es…

– Ya sabes, el amor que es ciego…

– Por ahí atrás anda, si no está a la vuelta es que se está pegando un pelotazo en el bar. Esa se gasta la mitad de lo que gana en coñac…

– Lo que mi coño se gana yo me lo gasto en lo que quiero.

El Cordobita giró la cabeza con alegría al ver doblar la esquina a Fátima, alias La Mora.

– ¿Qué están diciendo éstas de mí? ¿Te están enredando para que vayas con ellas? Tú aquí conmigo, guapo, que te voy a dar cosita buena – dijo mientras se cogía del brazo de Juan Antonio.

– Tranquila mora, que estando tú aquí, este no quiere rollo con nadie más. Lo tienes encoñao – Respondió la Pili con tono rencoroso.

– Ea, pues vamos a darnos una vuelta… Hasta luego señoras…

El Cordobita se dejó llevar a la parte posterior de la casa. Pasaron junto a una pareja sumida en la oscuridad que daba al descampado, él sentado en un adoquín con los pantalones bajados y ella a horcajadas, haciendo sentadillas mientras se lo follaba. No le prestaron atención a la escena, mil veces repetida en un sitio donde no había habitación para copular y todo se hacía en la calle.

– Cordobita ¿me invitas a un bocadillo y una cerveza? Fíjate la hora que es y todavía no he comido nada.

– ¿Tanto trabajo has tenido?

– Lo que no he tenido son clientes.

– ¡Si acabas de venir de hacer un servicio!

– Pero es que eso es para pagar la pensión, en algún sitio tendré que dormir ¿no? Hijo qué difícil eres, no hay quien te saque nada y eso que te trato mejor que a ninguno.

– Fati, menos cuento conmigo que ya nos conocemos… para algo somos medio novios…

– Venga, invítame, porfa…

Juan Antonio suspiró y finalmente consintió, con una pose de “qué remedio queda”, aunque ya contaba con tomarse algo con ella. Otro tema es que se lo pusiera difícil para que no se acostumbrara.

– Está bien, vamos.

– ¡Olé mi niño!

– Pero luego me tienes que hacer un especial.

– Siempre tienes que sacar algo ¿eh? ¡Anda que vaya novio que me he echado!

– ¿Cómo se llamaba esta película? Ah, ya: mira quién habla.

– ¡Que gracioso eres!

– A ver: si un novio de verdad invita, una novia de verdad le regala todo su cariño y no hay que pedirle que se esmere en la cama.

– Ay guapo, qué poco sabes tú del matrimonio…

– ¿Quién ha hablado de matrimonio? Vas tú muy ligera…

Continuaron paseando del brazo y finalmente llegaron a la tasca. Allí la definición de sórdido se quedaba corta. Un lugar oscuro, posiblemente para que no se viera la suciedad que lo impregnaba todo, mal ventilado y lleno de humo a pesar de que solo había una persona fumando, que te daba una bofetada a los sentidos nada más entrar. Se sentaron en una mesa apartada a la que llegaba el olor a letrina procedente de lo que se suponía que era el aseo próximo, mezclado con el pesado aroma a fritanga. A pesar de que no fumaba, el Cordobita agradeció el olor a tabaco, que en algo enmascaraba el tufo.

– Mora y compañía ¿qué va a ser?

– Una cerveza y un bocadillo de calamares y para mi novio lo que quiera.

– A mí ponme un chato de manzanilla – Dijo Juan Antonio, consciente de otras ocasiones, de que el fino era lo menos malo que servían allí.

– Bueno, cuéntame cómo te ha ido en el pueblo.

– Pues nada, lo de siempre, mi padre no me ha dejado ni respirar.

– No me digas que ni un polvo has podido echar.

– Qué va, ni tiempo para acercarme por el puticlub. La Patri se habrá quedado esperándome.

– ¿Te gusta la Patri esa? Parece que vas mucho con ella ¿no? –  Preguntó un tanto desabrida.

– No está mal – contestó el Cordobita haciendo caso omiso del ataque de cuernos de la mora, fuese este real o fingido – lo que pasa es que solo lleva dos meses en el pueblo y ya sabes, la novedad.

– Pues por aquí hay poco nuevo, te vas a tener que conformar conmigo.

– Contigo me conformo con gusto, ya lo sabes.

– Oye, esa Patri ¿folla mejor que yo? – preguntó Fátima poniendo una mano directamente sobre el bulto en la entrepierna de Juan Antonio.

– Tiene oficio, pero no te pongas celosa, que mejor que tú no folla nadie.

– Jajaja, que suavón eres cuándo quieres.

– Ahí va la comanda – anunció el camarero grueso, calvo y con dos patillas a lo bandolero mientras dejaba las dos bebidas y el bocata de calamares encima de la mesa, que no se había molestado en limpiar de los piscos y restos de comida de los comensales anteriores, fuera cuando fuera que estos hubieran estado allí (no era imposible que incluso en días anteriores, pensó juan Antonio, pero sin llegar a decirlo en voz alta). El Cordobita miró el bocadillo con aprensión. A unos calamares tiesos y posiblemente refritos, se añadía una mayonesa reseca con un color menos atractivo que un culo sin depilar. La Fati, sin embargo, no pareció hacerle ascos y rápidamente le lanzo un mordisco, arrancándole un trozo que tragó prácticamente sin paladear.

Seguramente era el primer bocado caliente que probaba en el día.

El Cordobita la dejó comer sin interrumpirla. Le gustaba aquella chica. Era cortante, malencarada, una lianta nata que te sacaba hasta la última peseta. Grosera y, desde luego, la antítesis de lo que tu madre hubiera pensado que podía ser una buena esposa, pero a él le gustaba. Quizá en parte por lo que le gustaban la mayoría de las putas, porque no le hacían remilgos al sexo ni a la vida. En el pueblo, echarse novia era una labor de meses e incluso de años. Lo más cerca que estuvo fue una chica con la que salió tres meses y apenas consiguió tocarle un pecho por encima de la ropa. Y él no tenía tiempo para esas cosas. Era mucho más simple, igual que en el campo, igual que con el ganado con el que se relacionaba. Si tienes hambre comes; si estás cansado descansas; si quieres follar, follas…los animales eran sabios.

¿Por qué no podía ser su vida así de sencilla?  Tan sencillo como que, si disponía de un par de horas libres, no las iba a malgastar dándole vueltas a la fuente del parque del pueblo cogido del brazo de una chica, hablando de no se sabía que historias que no le interesaban para nada, todo para acabar tocando teta a los tres meses, cuando por un módico precio podía acercarse al club y le hacían un completo en apenas una hora y ya se volvía contento para toda la semana a la finca. Sí, con las putas era más fácil…

Recordó lo sencillo que había resultado todo la primera vez, cuando inquieto y con cierto resquemor se plantó en la puerta del club del pueblo. Disfrutó tomándose una Coca-Cola y viendo pulular por allí todo un catálogo de chicas, sin saber con cuál quedarse hasta que al final decidió invitar a una de ellas. No era ni la más guapa, ni la más fea, lo cierto es que le daba igual, solo quería estrenarse y básicamente se dejó elegir por la que se le arrimó primero. En apenas tres cuartos de hora estaba otra vez en la calle, satisfecho y relajado. Bueno, fácil y desde luego, mucho más barato que invertir tiempo y dinero en echarse novia.

Volvió la vista a Fátima que seguía comiendo con delectación, esta vez, regodeándose en el último cuscurro de pan que le quedaba, como pretendiendo ahora sí, saborear un poco la comida para que le durara la alegría de echarse algo a la tripa.

Le gustaba esa chica. Clara, directa y con los prejuicios y manías borrados a golpe de putadas, eso si alguna vez los tuvo. Parecían congeniar, aunque estuvieran todo el rato disputando. De hecho, Juan Antonio parecía ser el único que la llamaba por su nombre, Fátima, aunque tampoco tenía muy claro que fuese su nombre real. Aquí para todos era la mora. Y algo de cierto parecía haber en el mote, porque sus ojos oscuros, los labios carnosos, la melena negra y el porte, tenían mucho de árabe.

– Oye, nunca me has dicho de dónde eres.

– No me lo has preguntado – contestó mientras se limpiaba con la lengua un poco de mayonesa que le había quedado en la comisura de la boca. Luego se pasó una servilleta de papel para recoger el resto y haciéndola una bola la tiró al suelo. Algo oscuro y con muchas patas salió corriendo de entre el serrín sucio, yendo a refugiarse en un rincón.

– ¿Eres mora de verdad?

– Marroquí, por parte de madre…

– ¿Y tu padre? ¿Español?

– Supongo que sí.

– ¿Supones?

– No me acuerdo de él, yo era muy chica cuando nos dejó y tampoco es que le viéramos mucho por casa.

– ¿Y tu madre no te contó quién era?

– Mi madre también se fue cuando tenía cuatro años.

– ¿Te dejó con cuatro años? – Exclamó el Cordobita con sorpresa.

– No me dejó, he dicho que se fue. Me contaron que se tuvo que ir a Marruecos. No quiso llevarme porque si entraba conmigo, igual luego no me dejaban salir.

– Pero tú tienes la nacionalidad española ¿no?

– Ahora sí, pero en aquella época no. Mis padres estaban arrejuntados, pero no casados.

– Y ¿qué pasó?

– Pues que no volvió más.

– O sea, que te dejo aquí – insistió Juan Antonio.

– ¿Estás tonto o qué? ¡Que no me dejó! – respondió airada Fátima, que no es que sea una chica seca, solo prevenida, como a ella le gusta referir – Algo muy gordo debió pasar porque una madre marroquí nunca deja tirada su hija, como que la retuvo su familia allí, o que le pasó algo malo. Yo creo que debe estar muerta porque si no, seguro que habría vuelto a por mí.

– Claro que sí – concedió Juan Antonio tratando de salir del avispero en el que él mismo se había metido. Seguramente sería como ella decía, aunque sobre lo que es o no es capaz de hacer un padre o madre con sus hijos, ambos tenían la suficiente experiencia como para saber que la realidad a veces era muy puñetera y muy jodida – Bueno ¿nos vamos ya? que se me va a hacer tarde para volver al cuartel.

La Fati lo miraba con ojos encendidos, como si ella misma no se creyera que estaba hablando con aquel soldado putero de temas tan íntimos. Era consciente que, por un momento, había bajado la guardia y abierto ese muro que interponía entre sí misma y el mundo.

– Si es que soy gilipollas – dijo haciendo una mueca como dando por terminada la conversación – Gordo, ponme una copa de coñac – pidió al tabernero, antes de volver a fijar la vista con enfado en Juan Antonio – Me tomo una y nos vamos, no tengas tanta prisa que hasta las doce no tienes que estar en el cuartel – anunció con suficiencia ante el gesto de contrariedad del Cordobita, pareciendo indicar que ese era el peaje que tenía que pagar por haberla molestado.

– ¡Joder! ¿Te sabes los horarios de Infantería de Marina?

– De la Infantería de Marina de San Fernando, de los popeyes de Cádiz y de los soldados del Ejército de Tierra de Camposoto – sentenció con indiferencia, como si la cosa no tuviera importancia.

El gordo dejó una copa de coñac servida hasta la mitad que la mora hizo desaparecer de un trago, sin apenas pestañear. Los ojos se le achinaron, relampagueando, perdiendo por un momento la mirada. Tras unos instantes de silencio, pareció volver de donde quiera que fuera que se encontraba, a la triste realidad de aquel tugurio. Lo hizo sobresaltada y tensa, aunque apenas tardó un par de segundos en recobrar la compostura.

– Hala, venga al tajo – dijo levantándose y saliendo por la puerta.

El Cordobita abonó la consumición y se reunió con ella, que acababa de encender un cigarro. Tomaron el camino de regreso a la pared más apartada, la que daba al caño. Caminaban lentamente para que ella le diera tiempo a fumárselo.

– Oye Fátima – (el Cordobita ya se sentía autorizado a llamarla por su nombre fuera o no verdadero, y no por su apodo, un pequeño avance al que no pensaba renunciar) – ¿No has pensado alguna vez en dejar esto?

– Sí, claro – comentó ella expulsando una bocanada de humo – Tarde o temprano aparecerá algún chico guapo que se enamorará de mí y me retirará de la calle. Es solo cuestión de tiempo.

– ¿Ese es tu sueño?

La mora rio entre dientes antes de contestar.

– Ese es el sueño de las putas novatas. Las que ni siquiera recordamos cuál fue la primera polla que chupamos, sabemos que seremos afortunadas si no nos morimos en una acera de mierda o una cama de la beneficencia.

– Hombre, igual tienes suerte.

– ¿Qué pasa, que me vas a retirar tú? Te advierto que guiso fatal.

– Pero follas muy bien. Igual sí igual te pido que te cases conmigo y ya cocino yo, que no se me da nada mal.

– Bonita pareja íbamos a hacer. A tu madre le daría un telele si te ve aparecer con una como yo del brazo. Vaya escándalo que íbamos a formar en tu pueblo.

– Algún día yo tendré mi propia finca. Mi madre ya me conoce lo suficiente como para saber que una vez salga por la puerta, haré lo que me dé la gana con mi vida. En cuanto los del pueblo me importan un cipote. La verdad es que daría lo que fuera por ver sus caras si aparezco contigo del brazo. Se iban a quedar fartuscos de la impresión.

– Jajaja ¿y tu padre? ¿No te iba a desheredar?

Ahora fue Juan Antonio el que compuso un gesto grave. La mora se la había devuelto poniendo el dedo en la llaga.

– Yo no le importo a mi padre y él no me importa a mí. Una vez que me vaya de casa, cada uno por su lado.

– Bueno, entonces ¿Qué? ¿Somos novios?

– ¡Pues claro!

Habían llegado a la acera donde solían consumar el negocio.

– Bueno, como te has declarado y ya formamos oficialmente pareja, te voy a hacer algo muy especial – le dijo la mora al oído mientras le mordía la tetilla de la oreja.

Se puso en cuclillas. Desabrochándole la bragueta le sacó la verga y la hizo desaparecer a pelo en su boca. Muy despacito, comenzó a hacerle un francés natural que le hizo poner los ojos en blanco.

– Ufff… pues si somos novios hoy no me cobrarás ¿verdad? – susurró lanzándole una nueva puya, recibiendo a continuación un bocado en la polla que le hizo arrepentirse de haber abierto la boca.

– Ayyy ¿Qué haces, loca?

Ni muy fuerte, ni muy suave, lo justo para marcar los dientes en un doloroso aviso para el Cordobita: “Ahora estamos a lo que estamos y se acabó el ratito de cachondeo”. Después de clavar en él sus ojos azabaches, la mora se limitó a continuar chupando. Parecía que su lengua tuviera vida propia, enredándose en su falo, rodeando su prepucio y lamiendo hasta la base de su pene. Poco a poco, todo el tronco quedó ensalivado y ella le hizo una garganta profunda, introduciéndoselo hasta la campanilla, tocando con los labios sus huevos y aguantando sin aparente dificultad con todo aquello dentro unos segundos. Cuando se retiró tenía chorreando todo el aparato, que temblaba de lo envarado que estaba.

No hizo falta que Juan Antonio la avisara de que estaba a punto de correrse, tras tantos días de abstemia. Mucho oficio tenía la mora, que, si quería, te dejaba seco en cinco minutos, pero no era el caso. Puta pero legal y como ella se había comprometido, el servicio tenía que ser especial. Así que se retiró y se entretuvo en lamerle y besarle los testículos, introduciéndose alternativamente uno y otro en la boca…

– Esto está ya a punto – exclamó más tarde, satisfecha – Siéntate.

El Cordobita obedeció, bajándose bien los pantalones hasta los tobillos y sentándose en un bloque de hormigón que había junto a la pared, mientras apoyaba la espalda en esta.

Fátima se subió la falda dejando ver un sexo moreno y totalmente depilado. Como era su costumbre, no llevaba bragas. Según pensaba, en un sitio como aquel donde la higiene no podía ser adecuada, aquello solo facilitaba las infecciones. Por el contrario, al ir con el papo al aire, resultaba más fácil limpiarse.

Sea como fuere, la visión de aquel coñito sin un solo pelo siempre excitaba a Juan Antonio. No era muy habitual que las mujeres se rasuraran por completo en aquella época, como se puso de moda más tarde. Pero a él le gustaba.

La mora se puso a horcajadas y le agarró el falo con las manos dirigiéndolo con maestría a su chocho. No hubo preliminares ni necesitó ningún preámbulo, simplemente lo hizo desaparecer del tirón dentro de su vagina. Juan Antonio no sabía cómo se las apañaba, pero siempre la encontraba húmeda y lista para recibirle.

Sintió con sumo placer cómo se deslizaba por un interior caliente y acogedor, hasta hacer tope en los huevos. Se agarró a sus muslos acariciando su culo duro y apretado. Mientras subía y bajaba, aparentemente sin ningún esfuerzo. Fátima era puro músculo y fibra, sin un átomo de grasa, de hecho, se le marcaban hasta las costillas, posiblemente porque no estaba muy bien alimentada y había veces que pasaba hambre. Pero las horas de pie y las sentadillas follando no se las quitaba nadie, en lo que constituía un deporte diario que la había tallado bien sobre el buen molde que la naturaleza le había dado.

Ella se bajó el escote sacando dos pechitos pequeños, pero con pezones puntiagudos que el Cordobita llevó con avidez a su boca, succionando como si pretendiera beber de ellos. Aquello era demasiado placentero como para que Juan Antonio pensara en poner pegas por estar haciéndolo a pelo, pero para eso estaba la mora, que controlaba perfectamente los tiempos y las circunstancias. Maestra en su oficio, supo prever cuál era el momento adecuado para retirarse.  Todavía en cuclillas, sacó un condón de su bolso y en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco, se lo colocó en la verga. Antes de que él se diera cuenta, ya estaba otra vez en su interior.

La mora aceleró el ritmo, machacando el pistón hasta que el Cordobita se fue sin remedio. Lo hizo sin aspavientos, manteniendo la compostura. Buscando prolongar la sensación de estar dentro de ella y aguantándose las cosquillas que le producía en el glande, ahora que lo tenía muy sensible. Fátima continuó durante un buen rato cabalgando hasta que se percató de que algo raro pasaba: Juan Antonio había aflojado la presión sobre ella y el pene estaba especialmente resbaladizo, apenas notaba el condón.

– Oye ¿tú te has corrido ya?

El otro se limitó a esbozar una sonrisa de raposa y enterrar la cara en sus pechos.

La mora que se olía ya la tostada, lo apartó bruscamente:

– Echa para allá, que me arañas las tetas con la barba…

Introduciendo la mano entre sus piernas, tocó la base del falo y los huevos, notándolos pegajosos por el semen que se escurría.

– ¡Si serás gilipollas! ¿Por qué no avisas?

Cuando se retiró se llevó el condón consigo, quedando este colgando de los labios de su sexo, afortunadamente escurriendo el contenido por la parte inferior. Ella tiró con dos dedos y lo sacó.

– Joder, que esto se podía haber metido para dentro.

El Cordobita seguía con expresión extasiada y sin reaccionar, viendo como ella sacaba unos pañuelos de papel del bolso (sospechaba que eran servilletas del antro donde habían estado) y se limpiaba con ellas. Miró cómo se abría de piernas, se las pasaba por todos los pliegues y como hacía desaparecer los pechos otra vez dentro del escote. José Antonio se sintió satisfecho por haber saciado sus instintos y feliz porque en aquel momento, todo era sencillo, fácil y maravilloso. En poco más de una hora estaría descansando plácidamente en su litera y lo último que vería al cerrar los ojos, sería la imagen de Fátima con su sexo abierto de forma impúdica mientras se aseaba: es todo lo que necesitaba para tener siete horas de sueño feliz.

Cinco minutos después, se separaban con la promesa del Cordobita de pasar una noche por allí antes del fin de semana.

– Adiós cariño…

– Adiós mi amor… – se despidieron, parafraseando sin saberlo, la canción de la Negra Flor de Radio Futura.

– Vaya guasa que os traéis vosotros dos – exclamó Pilar mientras la mora se acercaba al grupito.

– A ver, es un buen cliente.

– Hay otros que también se dejan la pasta y no sois tan amigos. Tú a este lo tienes encoñado, pero me parece que a ti también te gusta.

– No seas capulla – respondió la mora airada – yo aquí vengo a trabajar, no a buscar novio.

– Ya, ya… – dijo con sorna, más por picarla que por otra cosa, una mujerona con peluca rubia – no te preocupes que no vas a perder el carnet de puta porque te guste un cliente.

– Oye ¿por qué no os vais a tomar por culo a la farola Málaga un ratito, guapas?

– Ojalá, por atrás cobro más pero hoy la cosa está floja ¡vaya una mierda de domingo!

Las demás asintieron a coro, incluida Fátima, que dio por cerrada la trifulca al ver acercarse a ellas un coche con las luces apagadas.

– ¡Mora! – tronó una voz ronca a través de la ventanilla bajada – ¿te vienes a dar una vuelta?

– Si tienes mil pesetas sí – contestó ella sin moverse del sitio.

– Pues venga, sube que pierdes la diligencia…

– Joe chica, deja algo para las demás – masculló Pilar…

– Me hago este y todo lo que venga a partir de ahora para vosotras – contestó Fátima – que ya estoy cansada.

Unos instantes después, el coche se perdía en la parte más oscura del solar.

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