IRENE DE SANTOS

Sentada en su atalaya, una roca grande, blanca y olvidada en la zona verde que bordea la carretera, Paola observaba con mucha atención la rotonda atrapada en su centro. Esa se había convertido en su afición desde días atrás, cuando descubrió una casona con grandes ventanales cuadrados, de líneas rectas y limpias, de un estilo sencillo y sobrio a la vez, ubicada en el corazón de esta. Alcanzaba a ver, además, una gran piscina con trampolín, rodeada de tumbonas blancas con cojines azules. A ambos lados del edificio crecía un hermoso bosque.

Paola era una adolescente con una existencia relativa: era relativamente bonita, tenía una familia relativamente normal, vivía en un vecindario relativamente agradable, en una casa relativamente buena y su vida social era relativamente animada, pero nada de esto era suficiente, ella quería más. Soñaba con la fama, el glamour y los lujos que disfrutan esos famosos intangibles, inasibles e inalcanzables que transitaban a diario por sus redes sociales, sin tan siquiera dignarse a dedicarle un pequeño gesto de atención, un guiño de cariño, mediante los íconos de moda: corazones, pulgares hacia arriba o caritas risueñas.

Oía música, y luego risas, y después el sonido que rompe el espejo del agua cuando un cuerpo atraviesa su inmovilidad. Pasos, carreras, golpes, ruido de objetos al caer, más risas y más música envolvían aquella fiesta continua, sonidos que confrontaban sus carencias y anhelos: lujos, glamour, diversión, baile, una vida intensa sumergida en el disfrute del ser. Ahí estaba su felicidad, frente a ella, al alcance de su mano, tan cerca y tan lejos, aunque no por mucho tiempo: cruzaría la carretera y conquistaría sus sueños. Sería feliz.

Notó que una de las ramas de un árbol grande y frondoso atravesaba la vía y pensó que podría usarla como puente. Se subió al coloso y se deslizó por uno de sus brazos y cuando se encontraba a una altura considerable tristemente comprendió que ese camino no la llevaría a alcanzar la tierra prometida que la esperaba del otro lado, porque la punta de la rama yacía seca y abandonada sobre la verde rotonda. Alguien debía haberla usado antes para cruzar y esta se partió.

Estudió el terreno. Tan solo dos carriles la separaban de su objetivo, pero el flujo vehicular no cesaba ni de día ni de noche y no había ningún paso peatonal por donde cruzar. Se lanzó a su aventura y un cornetazo la hizo retroceder, lo intentó de nuevo y al llegar al centro de la vía quedó atascada en medio de los automóviles, de pie en la línea blanca discontinua, contrayendo el abdomen, con los brazos en cruz, como un funambulista balanceando los brazos para mantener el equilibrio sobre un alambre. Aprovechó el gesto amable del único conductor que paró para dejarla pasar y regresó al punto de partida. Sin embargo, no pensaba rendirse, todo era cuestión de analizar la situación y encontrar una salida. Después de todo, si esas personas habían logrado llegar hasta la casa, ¿por qué ella no iba a hacerlo?

Con el paso de los días fue capaz de descubrir patrones en el desplazamiento de los vehículos. Notó que un camión rojo, grande y lento, con barandas parecidas a escaleras a ambos lados de la plataforma, circundaba la rotonda dos veces al día: temprano en la mañana y al atardecer. Si lograba sujetarse de las barandas podría subirse a él y tendría tiempo suficiente para recorrer la plataforma del vehículo mientras este bordeaba la rotonda y descender a tierra por el otro lado, antes de que se incorporara de nuevo a la carretera. Solo era cuestión de valor y ganas y Paola tenía ambos.

Hizo rodar un par de piedras hasta el borde de la vía para usarlas como plataforma, con ello ganaba la altura suficiente para alcanzar las barandas. El corazón le dio un vuelco cuando vio el camión aparecer, <<es ahora o nunca>>, pensó y cuando pasó frente a ella saltó, se sujetó a la madera, gateó por la plataforma y se descolgó por la baranda del otro lado, tocando, por fin tierra en la rotonda. Se arregló la ropa lo mejor que pudo, se sacudió el polvo y se dirigió hacia la casa club.

Al llegar no encontró a nadie, solo escuchó música y un delicioso aroma como a tocino frito, que le recordó que en su premura por salir temprano había olvidado desayunar. Avanzó siguiendo el olor y al llegar a la cocina vio a un hombre grande, sucio, desgreñado y sin camisa destazando un cuerpo con un hacha de carnicero. La sangre le salpicaba el rostro, le escurría por los brazos y formaba un charco a sus pies. Sin prestar atención al reguero carmesí, fileteaba la carne y la iba colocando sobre una plancha caliente.

El volumen de la música subió acompañando pasos y voces que marchaban en su dirección. Paola no podía moverse. El terror, la sorpresa, el asco y el shock que le produjo descubrir la verdad sobre el lugar donde sus sueños deberían convertirse en realidad la atornillaron al piso hasta que una voz resonó sobre las demás, preguntando que quien era “esa”.  El cocinero, que no había notado la presencia de Paola hasta entonces, dirigió su mirada hacia ella y respondió sin vacilación que era la cena, porque con Yosi tenían suficiente para el “brunch”.

Las palabras del cocinero activaron los pies de Paola, quien logró zafarse de las manos huesudas con uñas sucias y rotas que intentaban asegurarse la última comida del día. La aterrorizada joven logró saltar por la ventana justo a tiempo para evitar el hacha del cocinero que, después de describir una parábola perfecta en el aire, quedó clavada en el marco de madera de la ventana.

Cuando se organizaban para salir tras ella rugió la voz del jefe, un hombre alto, igual de sucio y roto que los demás, pero a quien podía distinguirse del resto porque portaba un cayado con el que golpeaba el suelo para hacerse oír, una especie de bastón de mando tomado de la rama del árbol que le permitió cruzar la carretera mucho tiempo atrás, el día que la curiosidad lo llevó a investigar la edificación abandonada que una vez fuera un club campestre y había quedado aislada del resto de la ciudad al construir la rotonda para ordenar el tráfico. Ese era su castillo y él era un rey que atraía con música y risas a los incautos que se arriesgaban a cruzar la vía esperando unirse a una fiesta sin fin. Calmó a la prole con un argumento contundente; la chica no podía escapar, estaba, al igual que ellos, presa en la rotonda.

Mientras se entregaban al festín Paola buscaba un punto de escape. Una vez más recorrió el terreno palmo a palmo pensando cómo huir y de nuevo se enfrentó a la imposibilidad de hacerlo. Sólo podría salir de allí de la misma forma que había llegado.

Caía la tarde cuando el grupo de despojos humanos se reunió en torno al jefe. Él organizó la batida de caza, los dividió en dos grupos que irían al este y al oeste para arrinconar a su presa. Paola los vio acercarse y se fue replegando hacia el borde por el que había llegado a la isla verde. Afortunadamente para ella, el camión rojo se acercaba y había encontrado una piedra que le serviría de tarima para colgarse de sus barandas al pasar.

Los cazadores formaron un corro frente a ella. No entendían por qué se había subido a la piedra, no tenía escapatoria, pero cuando estaban a punto de tomarla por los tobillos se sujetó a la baranda del camión rojo y logró salvarse. Con lágrimas en los ojos agradeció a Dios poder regresar a su relatividad.

No se bajó del camión hasta que este se alejó. Antes de hacerlo vio a un joven en el punto por el que ella había saltado a las barandas intentando ocupar un mejor puesto en el tiovivo de la vida. Le hizo señas intentando disuadirlo, él le correspondió el saludo y por su sonrisa ella supo que aquel joven entusiasta ocuparía su lugar en el banquete pautado para algún anochecer.

2 comentarios sobre “La rotonda

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