LOLA BARNON

Sergio

Sergio, mi niño…

El hecho de que Javier me hiciera partícipe de que tenía una especie de relación, no evitó, al menos al principio, nuestras sesiones de sexo. Seguimos follando, aunque ahora soy consciente de que fuimos espaciándolo. No sé si él, o yo, o los dos. Y tampoco estoy segura de que fuera de manera inconsciente.

Sergio fue alguien importante a pesar de los pocos momentos que vivimos juntos. Un chico amable, cortés, de esos que se preocupa por tu bienestar. Mono, simpático, cordial… Quizás lo contrario a Javier. O en cierta manera, opuesto.

Javier empezó a organizar fiestas en su casa. No de música y desmadre, pero sí reuniones para relajar el ambiente. Tuvimos muchas intervenciones por cuestiones de desahucios, protestas callejeras… Aquello, inevitablemente, creaba tensión y desasosiego en el grupo. Javier, experimentado, responsable y cuidador de su gente, nos reunía en los días libres y cenábamos, charlábamos o nos tomábamos una copa.

Sergio, como un miembro más, empezó a acudir. Es un buen chico. Joven, con un atractivo algo tosco, pero varonil. Un cuerpo bien cincelado y trabajado en gimnasio, sin ser excesivo. Las primeras veces que hablamos fue golpeando al saco y haciendo ejercicios de alta intensidad. Nos caímos bien. Y debo admitir que no podría decir la razón, porque era evidente que no estábamos ni en la misma onda, ni nos gustaban cosas similares.

Tenía, al menos por lo que empezamos a hablar, un punto romántico, de caballero antiguo. Quizás por eso nos atrajimos. Me recordó al guardia civil de Las Palmas. A mí, exceptuando a Ernesto, era algo relativamente nuevo el hecho de que me trataran bien, como a una dama. Él, posiblemente, nunca había disfrutado con una mujer como sí haría conmigo. Y, como buen policía, debía intuirlo a las primeras de cambio.

De todas formas, no nos enrollamos pronto. Fue cuando Javier empezó a estar menos disponible para nuestras tardes y noches de sexo. No lo sentí, la verdad. Javier y yo somos demasiado iguales. Quizá él, al ser hombre, se esfuerza más en aparentar una especie de papel de protector y líder de su grupo. Cosa que, por otra parte, no es mala. Lo mismo te protegía cuando perdías un poco los nervios en una línea policial ante una turba que te lanzaba cascotes o sillas de una terraza, como ante el comisario puntilloso que pretendía que una operación antidisturbios se realizara como si fuéramos de picnic. En ese sentido, Javier era un jefe extraordinario. De ahí surtieron las fiestas en su casa. O más bien, reuniones. Era una forma de mantener unido el grupo. O al menos, los más allegados, que terminamos siendo también compañeros de sexo.

Con el tiempo, tengo muy claro que llegamos a esa unión sexual sin compromisos entre algunos miembros del grupo por una razón de soledad. Curiosamente, nuestro trabajo se basa en realizar acciones siempre dentro de protocolos y bajo estrictas condiciones de ensayo. Nunca, o casi nunca, se improvisa en una operación de antidisturbios. Sería la ruina para el equipo que alguien no hiciera lo que se espera, lo trabajado y aprendido.

Pero, aun así, la gran mayoría, estábamos solos. Unos, como yo, con la familia —si es que se podía llamar así a la mía— fuera de Madrid. Otros, porque la secuencia de turnos, de guardias, de fines de semana atado al trabajo, hacía muy complicado vivir con alguien o tener posibilidades de pareja. Y antes, quizá algunos años atrás, el plus en el sueldo podía considerarse interesante. Hoy, ni siquiera eso. Las rotaciones, por tanto, eran continuadas. Y Javier, a base de fiestas y de sexo, hizo lo que pudo por mantener unido al grupo. No eran pocos los divorciados, separados o solitarios. Yo pertenecía a este último grupo.

Sergio, sin embargo, era diferente. Joven, con un punto de inocencia o de honestidad vital que le hacía ser un hombre interesante. Pero no pertenecía a nuestro mundo, al de Javier y al mío, a pesar de que intentó meterse en él. 

Nos acostamos seis o siete veces. Sin que existiera una cadencia en el tiempo ni la más mínima relación más allá que la sexual. Simplemente, cuando nos apetecía y ambos estábamos disponibles. Él, una de las veces, me reconoció que había sido fantástico. Y para mí, debo admitir que también. Estaba en una forma física excelente y eso le otorgaba un plus de fuerza y resistencia a la hora de follar que me encantaba. Pero, sobre todo, lo que más me atrajo de él fue que era un hombre que se preocupaba por tu disfrute, por tu bienestar. Estaba atento a tus reacciones, a tus gemidos y aceleraba o ralentizaba de acuerdo con lo que tú le manifestaras. Un chico, de verdad, para pensar en un futuro. ¿Por qué no lo hice? Porque en ese momento yo estaba absolutamente entregada a mi vida de sexo continuado y casi frenético. Era una etapa de mi vida en la que sospecho, huía de algo. Posiblemente de mí misma, de mi pasado y de mi presente. O puede que solo intentara escapar por unos momentos de algo tan simple como la soledad existencial en la que, creo que sin calibrar con la tranquilidad necesaria, empezaba a meterme.

La noche que conocí a Mamen, me acababa de acostar con él. Un polvo bueno, rápido, de noche cercana y sueño acumulado. Yo había tenido un par de días de bastante trabajo y tensión, por lo que me quedé dormida después de que folláramos. En la habitación de al lado estaba una chica, su novio y Javier. Una especie de pareja liberal, amigos de nuestro jefe y a los que había invitado ese día. Me parecieron simpáticos y hablé un rato con el chico, que resulté ser Nico.

En ese momento desconocía por completo, y ni me imaginaba que Mamen, tiempo después, se convertiría en mi amiga. En mi sostén y apoyo aunque ella lo desconociera o no fuera consciente.

Supe que Sergio no era como yo, desde que el segundo día en que nos acostamos, una vez que me limpié su semen en mi pecho y nos acostamos juntos en la cama, uno al lado del otro, empezó a confesarme que su ilusión era tener hijos. Sé, o intuyo, que no me lo dijo refiriéndose a mí. Estoy convencida de ello, pero Sergio es un hombre que no puede separar de una forma clara y sin rodeos, el sexo y una especie de relación afectiva.

En mi caso puede que yo fuera diferente porque él tenía muy claro que yo no estaba por esa labor. Pero le era inevitable traspasar, aunque fuera de puntillas, esa frontera del sexo explícito para rozar, aunque solo consistiera en un poco, esa sensación de pareja que añoraba.

Creo que ambos fuimos buenos amantes y es posible que si hubiéramos ido un poco más allá en nuestras noches de sexo y de fiestas en casa de Javier, Sergio hubiera terminado en un mundo al que no pertenecía. Follábamos cada vez mejor, con mejor conocimiento de nuestros cuerpos. Le introduje en el sexo anal y en ciertos aspectos más pornográficos que eróticos. Hicimos costumbre de que se corriera en mi cara, en mi cuerpo y que ya fuera algo normal. Incluso le llevé de la mano a un par de tríos. Uno, en realidad cuarteto, con Mamen y Nico.

El día que le vi con Mamen supe que yo ya sobraba en su vida. Ni siquiera como su compañera follamiga. Al ver los ojos refulgiendo, al fijarse en una belleza como la de Mamen, comprobar que ella estaba receptiva o al menos muy afín a sus gustos, entendí que Sergio, mi niño, debía volar solo. Y en otros campos ajenos a mi forma de entender la vida. Fui yo quien le presentó a su actual novia. Una compañera guapa y tranquila con la que yo había coincidido en un curso. De inmediato supe que congeniarían. Ella porque buscaba un hombre amable y bueno como Sergio Y él, porque necesitaba una mujer fogosa en la cama, pero con una vida normalizada. Y Virginia era ambas cosas.

Por esa misma razón le pedí a Mamen que no insistiera con él. Sergio se quedó enganchado de ella aquella noche, antes de que ella se fuera con Nico a Ibiza de veraneo. Esos días en los que ella terminó de desatar la libertad sexual que Nico y ella entendieron de forma tan diferente.

Aún me electrizo cuando pienso en Mamen esa noche. Me despertaron sus gemidos y los bufidos de Sergio cuando follaron en el salón ellos dos. Y cuando entraron vi a una mujer bella, guapa, de andar estilizado y voluptuoso. Una mujer que destilaba erotismo solo con mirarte, con moverse, con sentarse. Era elegante, sensual y visualmente inflamaba. Tuve ganas, inmediatamente de saborear su boca, su sexo, en ese polvo anal con Sergio que se avecinaba. Pero ella, que no es lesbiana, ni curiosa, no hizo nada porque sucediera. Más bien al contrario. Pero nunca se me olvidará, cuando en el fragor de la enculada que Sergio, con cadencia y esmero le hizo, rozó sus labios con un ligero beso, mi cadera, justo en mi tatuaje, y me erizó la piel, desde los párpados hasta los dedos de los pies. Fue una especie de calambre, un suave y firme restallido que me recorrió. Y no soy lesbiana. He tenido sexo con mujeres, pero únicamente como complemento, nunca a solas o con intención de adentrarme en ese tipo de relaciones. Pero Mamen era diferente. Esa sensualidad de la que nunca ha sido verdaderamente consciente me provocaba accesos de follar con ella. 

Noté su orgasmo, y como Sergio no se había corrido, le pidió que la penetrara hasta que lo consiguiera. Se me aceleró el corazón al ver a una mujer, que con tan poco esfuerzo y trabajo, conseguía encender de aquella manera a mi niño. Y a mí, la verdad. Fue excitante y pleno de morbo, cuando Sergio se corrió encima de mí. Saber que aquel semen no me pertenecía y que había sido ella la causante del tremendo orgasmo de Sergio, me excitó como pocas veces. Fue un latigazo inflamado, vibrante, como un relámpago de deseo y de apasionante perturbación.

Como digo, he estado con pocas mujeres; no soy lesbiana y tan solo en algún trío he follado con alguna. Pero con Mamen me hubiera entregado ese mismo día. Lo malo —o lo bueno—, es que nos hicimos amigas y aunque compartimos un día a Sergio y a Nico, y otro a su novio solamente, nunca más sucedió nada. Posiblemente porque la amistad se antepuso al deseo y a la sensualidad de Mamen. Mucho mejor.

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