SILVIA ZALER

La noticia

Por suerte, o por madurez, nuestra convivencia fue mejorando a medida que los días pasaban, las malas noticias sanitarias se sucedían y la pandemia continuaba sin remedio.

Varios familiares y amigos cayeron enfermos. Algunos lo pasaron realmente mal, e incluso el padre de una amiga y la madre de otra, murieron. Fue algo que nos marcó. Y quizás por eso, sin olvidarnos que nuestro matrimonio estaba roto, hicimos por aparentar convivencia y tranquilidad.

Yo en esos días, pensé en la importancia de la familia. De los seres queridos. Y no es que antes no lo hubiera hecho nunca. Sé que no me creeréis, brujas, ero sí, lo había hecho. Pero en indudable que el hecho de la pandemia, el confinamiento, el miedo al contagio y la sensación de escasa protección, me tenía muy afectada. Quizás son esos días los que enseñan la verdadera importancia de lo que uno no debería perder nunca…

Una tarde que me encontraba algo baja de moral tras escuchar el telediario de por la noche, saqué el móvil que utilizaba para mis folladas y vi que tenía muchos mensajes recibidos. Había de algún conocido de webs de contacto que me proponía ir a pasar con él la pandemia, de otro que me decía si nos podíamos ver para follar, y me sugería ir antes a la compra para evitar multas o problemas. Pero de quien más tenía era de Marta.

Los primeros días de la pandemia me preguntaba por mí, por Gabriela, y si estaba bien. A las tres semanas, cambió el registro y me pedía que la llamara, que Menchu estaba mal. De aquello hacía ya unos quince días. Inmediatamente llamé a Marta, pero no me cogió el teléfono. Estaba apagado. Llamé entonces a Menchu. Y ahí sí me respondieron. Pero no era ella. Por desgracia, la voz no era la de mi amiga.

—¿Menchu? —pregunté extrañada.

—No. Soy Agustín. Su exmarido.

La voz sonó seca, cortante.

—¿No está Menchu?

—No. Menchu no está. Ha fallecido.

Me quedé petrificada. Sin poder respirar ni articular palabra. De inmediato enlacé con el último mensaje de Marta diciéndome que Menchu estaba mal.

—¿Cómo? ¿Ha fallecido? Pero…

—Ha sido por el coronavirus…

Agustín solía ser objeto de las bromas de Menchu. Sobre su escasa capacidad en la cama, su barriga cervecera, su ingente patrimonio de generaciones, su nueva pareja, una modelo de mirada lánguida y gesto de cansancio eterno. Todas nos reímos cuando imitaba ese tono de seriedad exagerada.

—Qué horror… —musité.

—Bueno… eso es lo oficial. —Noté un cierto toque de sarcasmo—. En verdad, la buena, la que no se conocerá, es que ha muerto de un ataque cardíaco provocado por un exceso de cocaína. Una fiesta furtiva en… mi casa. Una más. Entiendo que conocías las andanzas de mi ex, ¿no?

Me quedé de nuevo callada. ¿Agustín sabía los desmadres de su exmujer? ¿De nosotras?

—Mire, yo no sé nada, ni creo que le importe…

—Claro que me importa. —Agustín marcaba la pauta de la conversación, no dejándome hablar ni rebatirle—. Más que nada, porque no deseo que mis hijos sepan nunca la clase de madre que era. Así que, he preferido mover todo lo posible para que figure como fallecida por coronavirus y no por lo que en realidad sucedió. Me estoy refiriendo a las juergas, los excesos, las fiestas, las drogas, el putiferio que os montabais… Bueno, creo que sabe de lo que hablo perfectamente.

—Usted no tiene derecho a… —fui a replicar, pero me cortó muy tajante.

—Me da exactamente igual tener o no el derecho a decirlo. Lo hago porque me sale de los cojones. Y si le molesta, pues es su problema. Y sí, estoy convencido de que usted era una de esas golfas que se juntaban con mi ex. Posiblemente una de las que la indujo a este tipo de vida… Como la hija de puta que era su camello y que me alegro de que esté detenida.

—Oiga, no sabe quién soy, ni…

—Y no me interesa lo más mínimo. Solo sé que su número de teléfono está memorizado como Elsa La Guarri, el mismo apodo que la camello, una tal Marta, ¿entiende? Lo mismo piensa usted que soy gilipollas… Y por cierto, que se me olvidaba y no me voy a privar de decírselo directamente: váyase a tomar por culo, puta.

Sin esperar a que yo dijera nada, cortó la comunicación. Todavía permanecí unos segundos con el móvil en mi oreja. Escuchando en mi cabeza el eco de las últimas frases de Agustín.

Me quedé helada. La palabra puta seguía zumbando en mi interior. No es que no lo supiera, pero en boca de otro me hizo darme un cuenta de la realidad tan áspera que había construido alrededor de mí.

Sin poder articular una sola palabra. Me eché a llorar. En realidad no tenía clara la razón de mis lágrimas. En mi interior había mucha pena por lo que le había sucedido a Menchu. También me agobiaba de miedo por la razón verdadera de su muerte, y por no haberse detenido a dejar de follar y de meterse coca ni siquiera en la pandemia.

Llamé a Marta. Tenía enganchada en mis reflexiones la idea de que ella, la otra Guarri, en palabras de Agustín, fuera el camello de Menchu. ¿En verdad se refería a Marta? Estaba nerviosa, esperando la contestación de nuestra amiga. No se produjo porque el móvil estaba apagado. Puse un mensaje, pero no salió la señal de que hubiera sido recibido.

Opté por llamar a Gabriela. Tampoco me lo cogió. Le puse un mensaje.

Gabriela, por favor, llámame. Ha sucedido algo terrible

Me levanté nerviosa. Con el surco de unas lágrimas en mi rostro. Fui a mi escondite, donde guardaba la droga y los condones. No me quedaba apenas coca. Ni siquiera para un tiro decente. Y tampoco marihuana. Lo cierto era que desde que había comenzado la pandemia no me había metido nada. Y lo que tenía allí, se trataba de lo último que me había pasado Menchu. ¿O era en realidad Marta?

Tiré todo por el retrete. Apreté el botón de la cisterna y la tromba de agua se lo llevó por delante. Vi también un par de condones. Los cogí y los tiré a la basura. No quería en ese momento tener ningún tipo de recuerdo de nada que me llevara a esos días de folladas y desenfreno. La muerte de Menchu me había dejado conmocionada. Muy impactada. Y las palabras de Agustín, más todavía. Aunque no fueran totalmente reales y, en realidad, hubiera sido Menchu la que más nos empujaba al consumo de coca y droga, así como a los excesos en su casa. Daba igual. Yo estaba en ellos. Más bien, había estado. Y la imagen de mi amiga me torturaba. Veía su rostro reírse en escenas del pasado. Desnuda, desfasada, con un hombre o dos. Conmigo, con Marta. Con Gabriela. Las Guarris…

Quise llorar de nuevo. Y en ese momento tuve conciencia de que, en realidad, me estaba arrepintiendo de lo que había sido mi vida los últimos años. Escuché, entonces, a mis hijos discutir sobre algo y me recompuse. Fui a ver qué pasaba, pero ya estaba mi marido con ellos. Sonriendo, poniendo paz. Siendo mucho mejor padre que yo madre…

Y, por primera vez en bastante tiempo, sentí algo parecido a un acceso de vergüenza de mí misma. Debo confesar que a pesar de mi osadía, de mi desfachatez y lascivia, siempre he sido plenamente consciente de que mi comportamiento era muy inapropiado. La diferencia esa tarde, es que me sentí muy mezquina.

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