LUIS5ACONT

Noche en Cádiz.

El cuarteto dejo atrás el barrio de la Viña, saliendo a la Caleta. En los alrededores del mercado habían cenado unos cartuchos de pescado mojándolos con unas macetas de cerveza. Todavía habían hecho una parada más para tomarse unos Valdepeñas en una taberna, antes de enfilar hacia al Parque Genovés, buscando el ambiente de verbena que suponían alrededor de las actuaciones que había previstas.  No era difícil identificarlos como militares a pesar que iban de paisano y llevaban el pelo todo lo largo que les era permitido. Allí, prácticamente ningún quinto salía de uniforme salvo que fuera en el periodo de instrucción, ya que no les consentían pasear de paisano. Era de novatos intentarlo, pensando que, en una ciudad tan marinera como Cádiz, el galante uniforme de la Infantería de Marina llamaría la atención de alguna chica, ya acostumbradas a los militares y a sus trajes de bonito. Por el contrario, ir de fiesta con el uniforme, lo único que hacía era llamar la atención de la policía militar e identificarte como un recluta novel. Poco a poco, se les fueron uniendo otros grupos que el resto de callejuelas de la zona iba vomitando en dirección al parque genovés o al teatro Falla, la mayoría, gaditanos jóvenes en busca de diversión. Voces en tono alto, risotadas, y alguna que otra coplilla chirigotera iban creando un murmullo ascendente conforme la marea iba creciendo.

– Oye, ¿pillamos algo antes de llegar? que allí la barra seguro que está cara – preguntó Antonio – Aquí al lado hay una bodeguilla, si queréis compramos…

– ¿Vino o cerveza?

– La cerveza es muy floja, mejor un poquito de vino – contestó Pedro el gallego, al que ya se le había calentado el pico.

– A ti, si no es de orujo para arriba todo te parece poca cosa.

– ¿Y si pillamos para hacer un calimocho?

– Mola, perfecto.

No eran los únicos que habían tenido la idea, al doblar la esquina vieron a mitad de la calle la bodeguilla, en cuya puerta se había formado una cola de jóvenes esperando para comprar.

– ¿Sois las últimas, guapas? – pregunto el Madriles a dos chicas que guardaban turno apoyadas en la pared.

– No, estamos aquí puestas por el ayuntamiento para controlar el orden – contestó una de ellas con ganas de cachondeo – En especial que los marineritos guarden la cola y no se cuelen.

– ¡Mira qué graciosa! – respondió el Madriles poniéndose en guardia y armando la mejor de sus miradas. Le gustaban peleonas.

– Pues tontas no son, en lo de marineritos casi aciertan – comentó Eduardo.

– Sois popeyitos, si es que se os huele a kilómetro…

– No guapa, somos infantes de marina.

– Reclutas, vamos…

– Abuelos ya, lista.

– Uy, qué honor más grande nos hacéis.

Hubo unos segundos de silencio incómodo, como si el grupo estuviera decidiendo entre reírle la gracia aquellas dos chicas con pinta de haberse tomado ya un buen par de botellas de vino, descaradas y ocurrentes, o mandarlas a tomar viento fresco al espigón de poniente.

Finalmente, fue el Madriles el qué tomo la decisión por todos. Había algo en aquella muchacha que le gustaba, su sexto sentido le decía qué era de las cañeras, de las que merecía la pena entablar batalla. Mantuvo su mirada de galán fija y compuso una sonrisa. Como el capitán del corsario que ya ha decidido si merece la pena lanzarse al abordaje de la presa, sin saber aún el precio que tendrá que pagar por hacerse con ella. En fin, por algo somos piratas ¿no?, debió pensar. Luego, sonrió, le dio una calada al porro que se estaba fumando y con gesto de aprobación, la invito a ella a dar una chupada

– ¿Te apetece? esto es costo de calidad.

La chica alargó la mano y sin cortarse cogió la colilla:

– Bueno, eso de que es de calidad ya te lo digo yo ahora, que de esto igual se más que tú.

Pegó una calada profunda, saboreando durante un instante el humo y luego, la expulsó muy lentamente. Los ojos se le achinaron un poco y pareció concentrarse durante unos segundos.

– Esto es polen de hachís, muy bueno, por cierto ¿habéis estado de maniobras en Ceuta o Melilla?

Entre ellos intercambiaron una mirada aprobatoria y finalmente, sonriendo, el gallego dijo:

– Nosotros no, pero otros sí.

Ella asintió con aprobación, antes de devolverles el canuto.

– ¿Tu amiga no fuma?

– No, yo tengo otros vicios – contestó la otra.

– Pues ya me gustaría que me los enseñaras – intervino Antonio, el malagueño.

– Vale, invítame a un ron con Coca-Cola y te enseño uno de ellos.

– ¿A sí? ¿Cuál?

– Pues como bebe una chica de Palmones. Seguro que, si me pongo, te tumbo.

Antonio soltó una risita.

–  Seguro que sí, no voy a competir contigo. Pero yo pensaba en otros vicios…

– Para esos todavía te queda mucho que andar. Y, además, igual al final ni llega: no eres mi tipo ¿sabes?

Julián observaba divertido el intercambio, pero sin quitarle un ojo de encima a las dos chicas: especialmente a una de ellas. Aún seguía valorando, reconociendo el terreno, viendo opciones, planteándose que posibilidades tenía.

Ambas vestían ceñidas por abajo, la última que había hablado, con unas mallas de licra muy ajustadas que dejaban muy poco a la imaginación, porque se le pegaban como una segunda piel a sus formas orondas y rotundas. Una chica grandota, ancha de cintura, con dos grandes tetas a proa y un muslamen y trasero bien servidos a popa, pero que no desentonaban con su estatura. Si hubiera sido más bajita la habría calificado de gorda sin más, pero la verdad es que la chica tenía su morbo, acentuado por la expresión pícara y provocativa de unos ojos claros muy vivos, bajo un pelo castaño tirando a rubio. Unos botines negros, camisa blanca y cazadora corta completaban su atuendo.

Sin embargo, era la otra la que había llamado su atención desde el primer momento. Morena, ojos rasgados y piel oscura por el sol y el Levante como tantas chicas de allí, tenía un aspecto agitanado resaltado por su pelo largo y rizado en las puntas. Unas piernas largas, encajadas perfectamente en unos vaqueros súper ajustados que acababan en unas John Smith rojas. Sin la exuberancia de su amiga, pero con un talle perfecto y bien proporcionado, un culito respingón y unos muslos largos y elegantes. Camiseta ajustada sobre unos pechos con un tamaño razonable, muy bien puestos, lo justo para llamar la atención, pero sin descompensar el conjunto que daba como resultado un cuerpo armónico y bien proporcionado.

Pero había más. Aquella chica tenía personalidad, carácter e inteligencia. Era rápida marcando su territorio y valiente al avanzar por tierra de nadie, sin saber aún a que fuerzas enemigas se enfrentaba. Pero eso no parecía preocuparle, se mostraba segura de sí misma y provocadora. Y algo más…Julián creyó reconocer en ella un guiño de complicidad, una forma de reconocimiento entre ambos. Ella también era de las que le gustaba “cazar”. Si algo le apetecía, iba a por ello: eso parecía dar a entender con su actitud, lanzando el anzuelo de la provocación para calibrar su respuesta, para ver si el contenido acompañaba a la buena facha que Julián presentaba.

“¿Mereces la pena?” Parecía preguntarse…Eso creyó leer en el intercambio de miradas con el que hasta entonces se habían hablado, más que con palabras.

Cuando les tocó el turno y terminaron de ser despachadas, el Madriles insistió en invitarlas a los dos cubalitros que se pillaron.

– Pues gracias guapo…

– De nada ¿para dónde vais?

– Pues para donde todos.

– ¿Os acompañamos?

– Mejor nos vemos por allí. Vais al Parque Genovés ¿no?

Julián las observo mientras se iban, riendo y volviendo la cara hacia ellos, cuchicheando y las dos cogidas del brazo.

– ¿Cómo os llamáis?- preguntó y ellas se volvieron sonrientes:

– ¡Laura y Paqui!

– Pues nos vemos en un rato – les gritó Julián mientras ellas desaparecían entre la gente.

– Mira que listo, te han sacado la bebida gratis y ahora se piran. A estas ya no las volvemos a ver.

– Pues yo estoy seguro que sí – contestó el Madriles en voz baja, pero con convicción – Quieren rollo, lo que pasa es que se hacen las estrechas para que no lo parezca.

– Pues a ver si es verdad – comentó Antonio – por lo pronto nos acaban de levantar dos cubalitros por la patilla.

– Se los han levantado a éste, contestó Edu señalando a Julián.

– ¿Y quién te crees que va a tener que invitar aquí al Don Juan cuando dentro de un rato se quede tieso?

Terminaron de abastecerse y se encaminaron calle arriba. La noche empezaba ahora.

Arena en la piel.

Cuando llegaron al Parque Genovés, Julián dudaba todavía sobre la táctica a seguir, si era mejor desplegar a la tropa para encontrarlas o hacer un reconocimiento en solitario. Algo le decía que aquella chica era especial y que además habían conectado. Pero precisamente por eso, no quería parecer ansioso por volver a establecer trato. A esa chavala había que ganársela de otra forma. Si daba la imagen de un quinto desesperado por salir con la primera chica que se cruzase, tenía el fracaso garantizado. Debía demostrarle que tenía clase y que él lo valía. La situación era muy distinta a la noche anterior con Virginia, una chica joven, inexperta y muy manipulable.

Afortunadamente, las jóvenes se lo pusieron fácil. No estaban muy lejos del acceso, sentadas en un banco con la bebida y pendientes de la entrada, seguramente para ver si ellos llegaban. Si no quisieran rollo se habrían camuflado en una zona menos evidente, o directamente no habrían ido al parque. Que estuvieran allí y a la vista era buena señal, interpretó Julián.

– Hola de nuevo ¿podemos haceros compañía?

– Hombre, ya que nos habéis invitado…Además este país es libre, podéis sentaros donde queráis.

– Sí, eso es cierto, pero yo solo me siento dónde me aceptan ¿Os presento a la tropa?

Paqui y Laura intercambiaron una mirada y sonriendo, se limitaron a asentir.

Bien avanzada la noche el grupo había menguado. Eduardo y Pedro habían ido a darse una vuelta a ver si pillaban algo de costo y a por más bebida. Antonio se había quedado porque de los tres, era el que más le había gustado a Paqui, ya que casi desde el primer momento el Madriles había hecho un aparte con Laura, estableciendo claramente una zona de exclusión respecto al resto de sus compañeros. El mensaje estaba claro: “no os interpongáis, voy a por esta chica. Al menos hasta que ella decida mandarme a freír espárragos”, cosa que obviamente no parecía que fuera a suceder. El baile entre ambos se hacía cada vez más íntimo, más profundo y más descarado. La pelea no estaba tanto en si se gustaban o no (cosa que parecía estar clara), como en el hecho de que ambos querían adoptar el papel de cazador y no de presa. Al final, parecía haberse impuesto una tregua en la que uno y otra se reconocían como iguales y eso había permitido un tono de voz más sosegado, un mayor desenfado en la conversación, un roce más cercano y más íntimo, con la libido a flor de piel. El alcohol ayudaba y la noche tibia y festiva (a la que el Levante había dado un respiro), también.

Por eso, ni a Paqui ni a Antonio le sorprendió ver cómo se levantaban y enfilaban la salida del parque en dirección a La Caleta, buscando más intimidad.

La chica se levantó y se dispuso a seguirlos.

– ¿Dónde vas? – preguntó Antonio – Esos dos quieren intimidad.

– Yo sé de sobra lo que quieren esos dos, no soy tonta. Pero no voy a dejar sola a mi amiga.

Un par de metros más adelante se giró y le dijo:

– ¿Vienes?

Antonio se levantó de un salto y no se hizo repetir la invitación. Le parecía muy buena idea que ellos también buscaran a un poquito de tranquilidad y oscuridad. Parecía gustarle a la chica, igual era su noche de suerte. En ese caso tendría que agradecerle al Madriles haberle allanado el camino. Siguieron a la pareja unos metros por detrás. En un momento dado, Laura se volvió y le sonrío a su amiga, en un gesto de entendimiento entre ambas, como dándole las gracias por acompañarla, pero dejándole espacio para lo que tuviera que suceder. Que tampoco había que ser adivina ni haberse sacado el título de patrón de yate para imaginárselo. Las dos estaban a cien kilómetros de su ciudad, eufóricas por el alcohol, con ganas de pasárselo bien, rodeadas de chicos con buena planta y además, en el caso de Laura, dispuesta a quitarse el regusto amargo que le había dejado el José.

Un clavo saca otro ¿no? O mucho se equivocaba Paqui o su amiga se iba a dar un homenaje ¿Y ella? ¿Qué iba a hacer ella?

Miró de reojo a Antonio el malagueño. La verdad es que no estaba tan bueno como el acompañante de su amiga, pero si lo comparaba con el chico que la estaba rondando en Algeciras, el último con el que se había dado el lote y había tenido sexo, la verdad es que no desmerecía nada. Alto y delgado, pero con aspecto fuerte. Los músculos marcaban su anatomía, seguramente producto de la instrucción y el deporte. Moreno, con ojos marrones. La verdad es que era un tío agradable, que había intentado caerle bien y no había tratado de forzar la situación en ningún momento. Dejándole su espacio y la decisión de si aceptaba su compañía o no. No, no era mal chaval para darse un revolcón. Se le veían las ganas acumuladas: muchos días y meses de cuartel, posiblemente sin comerse un rosco. Se imaginó en la playa a oscuras, con los apetitos de ese soldado desatados y la verdad es que se puso cachonda. En Algeciras igual no se hubiera atrevido, pero allí estaban a solas y a su bola ¿quién se iba a enterar aparte de su amiga íntima?

Trató de buscar algún atisbo de incomodidad o culpa, pues estaba pensando en tener sexo con un desconocido cuando aún le estaba dando vueltas a ver si aceptaba la propuesta de noviazgo que aquel chico de su localidad le había hecho, pero no encontró ninguna. Si le suponía una contradicción, era algo que solo se quedaba en la superficie de su piel y por tanto algo fácil de sacudirse. Sí, ella ya también había tomado una decisión: se lo iba a pasar bien ¡qué coño!

Un rato después, las dos parejas estaban sobre la arena de la Caleta, en la parte más oscura y manteniendo una distancia entre ellas tal que pudieran mantener un atisbo de intimidad. No eran los únicos que buscaban aquel rincón tranquilo.

– Me gustas mucho gitana.

– No soy gitana, soy algecireña. ¿Por qué te gusto? ¿Porque te lo pongo fácil?

Por toda respuesta, Julián acerco sus labios a los suyos, sellándolos en un beso profundo. Era guapo, muy guapo el canalla, y tenía clase y oficio, eso se notaba a kilómetro, pero aquella sonrisa colgada en su cara tenía algo de falsa que no acababa de gustarle a Laura. Como si cada piropo que le echaba y cada caricia que le hacía, tuviera algo de burla. Lita se reveló contra esa sensación que la incomodaba y que le estropeaba el momento. Separó sus labios y le agarró por el cuello de la camisa, clavándole los ojos rasgados, ahora entrecerrados hasta formar solo una línea y preñados con una advertencia.

– Oye, si esto va rápido es porque yo me lo monto con quién me apetece y cuando me da la gana. Pero no te equivoques conmigo. Al último que lo hizo lo mandé ayer al puto carajo. Yo no soy una niñata como las que debes estar acostumbrado a enrollarte.

– Suéltame el cuello, guapa…

Ella mantuvo la presión, ignorando la orden.

 – Si ves que soy demasiada mujer para ti, dímelo y lo dejamos ahora, no vaya a ser que te hagas daño.

Julián volvió sonreír, esta vez en sus ojos no parecía haber condescendencia ni burla, sino un asombrado reconocimiento. Hubo un ligero asentimiento…y sin hacer ningún gesto brusco ni intentar aflojar la presión de la mano en el cuello, Julián volvió a acercar sus labios. Ahora sí, pensó ella mientras permitía el beso e incluso sacaba a pasear su lengua para encontrarse con la del chico, que sabía a tabaco y alcohol.

Unos minutos después, habiendo superado ya la etapa de aclarar ciertas cosas, ambos se entregan sobre la arena húmeda por el relente, a otro tipo de enfrentamiento más físico, más urgente: tienen deseos que satisfacer.

Las manos del Madriles se abren paso a través de la camisa y acarician sus pechos, separando la tela del sostén. Roza los pezones con la yema de sus dedos y los pellizca suavemente, arrancando suspiros a Laura que tampoco se ha quedado quieta mientras. La bragueta de Julián está desabrochada y ella culebrea con sus dedos intentando extraer su falo. Le gusta lo que palpa. Es un buen calibre. No de las más largas que ha visto, pero sí bastante gruesa o al menos, eso le parece al tacto. Se la imagina dilatando su vagina y penetrando hasta los huevos, que también puede tocar. Instantáneamente, se moja.

Cuando la tiene fuera, la recorre en toda su amplitud. En su primer reconocimiento parece confirmarse la primera impresión. Tira del pellejo hacia abajo, descapullando un glande que aparece colorado e hinchado. Luego pasa un dedo por la punta y nota un líquido pegajoso.

“Este está a punto de caramelo”, piensa. Su amante parece confirmar su apreciación, “ya está bien de escaramuzas, vamos directos al cuerpo a cuerpo…” la tumba sobre la arena y empieza a besar el canal de sus pechos, bajando poco a poco hasta llegar a su vientre. Con las dos manos agarra la tela de los pantalones, tras desabrochar la cremallera y el botón de la cintura, y trata de tirar de ellos para abajo para dejarla desnuda, pero ella se aferra a sus muñecas y se lo impide: hace un momento ha establecido los términos del combate, ahora toca fijar los límites.

– No vayas tan deprisa, esto todavía no te lo has ganado…

Él se sube hasta su altura y la besa en la boca.

– ¿Ah no? no te tenía por unas estrecha, igual me he equivocado contigo.

Ella se ríe con descaro:

– Hoy no vas al metérmela, si tienes prisa búscate otra más facilona, a mí hay que conquistarme.

“Si no hoy ¿Cuándo?” piensa Julián mientras ella le aprieta la polla que no ha dejado de acariciar mientras discuten. Pero no dije nada, ni tampoco plantea qué tiene que hacer para ganarse el derecho a entrar entre sus piernas. No es el momento. Ahora lo que tiene que decidir, es si sigue adelante o se levanta y la deja allí, con las ganas, para que sea Laura la que se replantee las cosas. Y decide entrar a su desafío. La chica juega bien sus cartas: sabe que ha conseguido impresionarlo y que le gusta, así que, si ella quiere ponerlo a prueba, el tratará de superar el examen. Desiste de quitarle los pantalones pero su mano bucea en la ingle y los baja solo un poquito, lo suficiente para liberar su coño de la presión de los vaqueros.

Los dedos escarban en su raja hasta encontrar el clítoris, mientras la boca se cierra sobre uno de sus pezones. Empieza una suave masturbación y ella, que hasta entonces tenía aferrada una de sus muñecas, le suelta y lleva las manos a su cuello como dándole permiso para continuar.

“Así sí, eso es, gánate el derecho”… parece decirle con cada suspiro y con cada jadeo que queda colgado de su cuello. Su sexo segrega flujo que Julián recoge con la yema y lo utiliza como lubricante para seguir acariciándola. Es incómodo, así que ella se baja el pantalón a medio muslo para facilitarle la labor. Por un momento tiene la tentación de quitarse los vaqueros que lleva ceñidos como una segunda piel y así poder abrirse de piernas para que tenga acceso directo, pero se contiene, no porque piense que no va a poder manejar a Julián, sino porque teme que la tentación sea demasiado fuerte y sea ella le acabe pidiendo su verga dentro de la vagina. No quiere quedar como una idiota después de haberle hecho aceptar sus condiciones y ser ella misma las que las hecha por tierra.

Pero eso no evita que la calentura la haya encendido, así que toma la mano de Julián y la conduce un poco más abajo, hacia la entrada de su húmeda cueva. Necesita sentirlo dentro y si no puede ser su verga, que sean sus dedos.

Él, interpretando correctamente lo que ella quiere, pasa sus falanges por la raja dejando que se empapen y luego introduce despacito su dedo anular, sin encontrar demasiada resistencia de su vagina que se va abriendo a su paso, tibia y palpitante, reclamando más. Julián lo saca y lo vuelve a introducir despacito, esta vez acompañado del índice. Ella mueve la pelvis, ansiosa, hasta que siente los dos dedos dentro hasta los nudillos y empieza revolverse muy excitada. Está a punto de nieve, piensa Julián, atento a todas las señales que le envía y leyendo correctamente su lenguaje corporal y la cadencia de sus gemidos. Curva el dedo hacia arriba, presionando un poco como si quisiera acariciar el clítoris desde dentro y entonces, Lita estalla en un orgasmo intenso y largo, levantando la pelvis y el culo de la arena en movimientos bruscos y anhelantes, que ni ella misma sabe para qué son: si para mantener el contacto o para romperlo y poder separar el placer de las cosquillas que le produce.

Su cuerpo se tensa en un arco mientras un ¡¡ay!! Agudo brota de su garganta y mantiene la posición unos segundos, hasta dejarse caer sobre la arena permitiendo que la gravedad se ocupe de expulsar los dedos de Julián de su interior.

“Joder, el chico es bueno”, piensa aún temblona y confusa sin llegar a abrir los ojos. “Si es capaz de hacer eso solo con sus dedos ¿cómo será tener dentro su polla? Pues sí, sí que se lo está ganando”, concluye con una sonrisa que queda desdibujada por la oscuridad.

Unos metros más allá, envuelta en la oscuridad debajo de las maderas que sostienen el antiguo balneario de La Caleta, Paqui oye el grito de placer de su amiga y por un momento deja de meterse mano con el chico de Málaga.

“Esta se lo está pasando bien”, cavila. Bueno, pues entonces yo sigo con lo mío. Y vuelve su atención al chico moreno, delgado y fibroso que se está dando un atracón con sus tetas desde hace un rato. Como si estuviera amasando pan, no deja de apretarlas, acariciarlas y chuparlas. Parece que no se cree su buena suerte. “Quién te iba a decir a ti esta tarde que te ibas a encontrar con esta sorpresa ¿verdad?” piensa la chica para sí.

Paqui se separa un poco y encogiendo las piernas, tira de sus mallas de licra y de las bragas a la vez hasta llevarlas a sus tobillos. Luego, tira de una pernera y se las saca de una de las piernas. Antonio tiene que imaginarse más que ver, su coño imponente en la penumbra y a él dirige su mano. Palpa, efectivamente, un sexo abultado con dos labios gruesos que separa con cuidado. Ella se deja hacer. Su coño está hinchado y húmedo. Del mismo modo está caliente: el chico percibe un aumento de temperatura apenas introduce la yema de uno de sus dedos, que luego saca y pasea por sus puertas, bajando por su perineo e introduciéndolo entre dos hermosos cachetes: todo un festín para los sentidos. Paqui está disfrutando, pero está al tanto que así le va a costar llegar al orgasmo: solo ella sabe darse ese puntito adecuado que le permite correrse. 

– ¿Te gusta comer conejo?

– ¿Cómo dices? – Pegunta un sorprendido Antonio que no esperaba que su ligue le saliera por ahí.

– Me gustaría que me lo comieras… Me da mucho placer si me lo hacen con la boca, mejor que con los dedos.

– Yo me lo como todo, hermosa, lo que pasa que el conejo me gusta ya pelado y bien lavado –Lo dice casi sin pensar, con su socarronería habitual y ese punto de verdad que ciertamente le preocupa. Allí abajo toca mucho pelo y mucho pliegue. Una chica tan jamona, de fiesta, que ha viajado desde Algeciras… ¿Estará el marisco en buen estado o le provocará indigestión…? Casi al instante se arrepiente de haber expresado en voz alta sus dudas.  Por nada del mundo quiere ofender a la muchacha y que ésta se eche para atrás – Bueno, vale, voy a probar a ver si consigo hacer que te guste.

– Venga – lo anima ella sin que aparentemente se le note molesta – Si lo haces bien, hay premio.

Y Antonio, espoleado por la excitante promesa, se sumerge entre aquellos muslos voluptuosos. Como ya había supuesto, allí hay mucho pelo que dificulta el trabajo de su lengua. El olor a flujo fresco se mezcla con otros olores menos evidentes, pero eso no lo echa para atrás. Un infante de marina nunca retrocede. Peores cosas ha comido estando de maniobras. Si hay que cumplir la misión se cumple cueste lo que cueste.

Y parece que sí, que Paqui lo está disfrutando, porque empieza a mover su pelvis y pone las manos sobre su cabeza. No tenía mucha experiencia haciendo aquello, pero intuía que tenía que concentrar sus lamidas en la parte superior, yendo desde el agujero de la vagina hasta el vértice dónde se cerraba el triángulo del coño. Recordó las palabras de Juan Antonio, su compañero de Córdoba, que no perdía ocasión de relatar contando hasta el último detalle sus experiencias, todas casi sin excepción con prostitutas.

– Para que sea una buena comida de coño tiene que sonar como un mastín bebiendo agua.

Así que decide ponerle ganas. Lo cierto es que ya había dejado de darle asco, a pesar del sabor un punto ácido que tenía en la punta de la lengua.

– Ay ay ay ay ay….

Paqui se remueve como si estuviera recibiendo una serie de descargas eléctricas. Antonio, confundido, intenta apartarse pensando que le hace daño, pero ella lo agarra por el pelo y tira de su cabeza, enterrando su nariz y boca prácticamente en su sexo. Es placer lo que siente y no quiere interrumpir el contacto.

– No te pares, no te pares ahora, sigue, ostia tío, por favor…Argggg.

Antonio busca acomodo lo mejor que puede porque le falta el aire. Cuando consigue una postura que le permite zafarse un poco y respirar, continúa concentrándose en el mismo punto donde la había dejado antes. Ahora sí, Paqui empieza a temblar y a revolverse en un crescendo de movimientos de pelvis que acaban con ella girada de cintura, corriéndose a gritos sin importarle donde está y tirando de la cabeza de Antonio hacia atrás, para evitar las cosquillas que produce la lengua en su hipersensible clítoris, ahora que está hinchado de sangre por el orgasmo.

Así quedan ambos sobre la arena.  Ella girada de costado, con el culo lleno de tierra y él tumbado entre sus piernas, con la cara apoyada en uno de sus muslos y con el otro dejado caer en la otra mejilla. Cuando pueden recuperar el aliento la primera que habla es Paqui:

– Joder tío, que bien lo has hecho…

Antonio no puede apenas responder, solo mover un poco la cabeza mientras boquea, todavía buscando oxígeno, hasta que consigue articular:

– La próxima vez, por favor, que venga el conejo pelado…

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