ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Es domingo, y el tiempo corre más despacio, acompasándose con el caminar tranquilo de los paseantes ociosos que llenan las calles del centro de la ciudad, parándose ante cada escaparate y ante cada cruce de caminos, atentos siempre a encontrarse con una cara conocida, alguien con quien hablar del tiempo, del fútbol, de la infancia y demás banalidades de los domingos.

Yo paseo ajeno a todos, dejándome llevar por mis propios pasos que, instintivamente, me llevan hasta las callejas más escondidas, a caminar por solitarios y callados callejones poco transitados, donde los gatos pasean impunes por unas húmedas aceras salpicadas de cubos de basura y socavones. Lugares atípicos y atemporales que recuerdan el Nueva York de las películas de los noventa y sirven de germen a esa melancolía, suave y abrazadora, que habita en los domingos por la tarde.

Me gusta pararme en esos callejones anacrónicos, estrechados por construcciones viejas y desconchadas que cuanto más se elevan más tienden a tocarse. Me recreo en sus ventanas de madera hinchada y desdentada, por donde se escapan a veces las evidencias humanas de la vida que habita tras los desgastados cristales: el sonido de una ducha abierta, cayendo en cascada sobre un cuerpo desnudo; el sísmico ruido de una lavadora centrifugando; el entrechocar de platos y vasos en un fregadero; a veces también, como en el día de hoy, se puede escuchar la música de un viejo tocadiscos, saliendo como un hilillo rejuvenecedor que va llenando el callejón, rebotando en una y otra fachada, entrando en cada casa por las ventanas abiertas, haciendo bailar las cortinas, empapando las conciencias y suscitando la curiosidad de los gatos de afuera, que se pasean con movimientos lentos, girando la cabeza a uno y otro lado, maullando, buscando el origen de la relajante melodía de bossanova que se ha hecho dueña del aire. A mí me sucede como a los gatos: la música de los viejos tocadiscos suscita mi curiosidad más inquisidora y me arranca de la melancolía dominical para hacerme caer en los más imaginativos pensamientos, de manera que juego a adivinar qué hay tras la ventana que pone el hilo musical y roba el silencio a tan angosta calle. Entonces el calor amable de las tardes de primavera, junto a la parsimonia de los domingos y el ritmo suave que sale por la ventana bajo la que estoy parado, me hacen tener un ensoñamiento vespertino, fugaz y febril, y en mi imaginación dibujo a una mujer morena, de pelo largo, ojos negros y ánimo relajado, que fue la misma que antes hizo sonar los platos en el fregadero, la misma sobre cuyo cuerpo estuvo cayendo el agua de la ducha hacía un rato, la que en ese preciso instante estaría retrepada sobre un sillón frente a la ventana, dejando secar su larga melena al viento templado que entraba del callejón. La imaginaba moviéndose por la casa con un contoneo acompasado de caderas, casi queriendo bailar, aguantándose las ganas de salir a la calle, de buscar, de encontrar; la imaginaba abriendo una cerveza que bebería sola, lejos de los recuerdos de los amores que ya se fueron, lejos de todos los besos que regaló, lejos de las caricias en que se vio enredada en el pasado; la imaginaba retrepada en el sillón, con una camiseta pegada al cuerpo, el pelo suelto, la cerveza en la mano y el alma en la música.
Era aquella una imagen reveladora, inspiradora, en cierto modo excitante, que acabó con el sonido de una cisterna desaguando, a lo que siguió un portazo y un repiqueteo rápido de tacones bajando por la escalera que puso en fuga a los gatos, siempre tan cautelosos y recelosos, y que tuvo la propiedad de arrancarme de aquel sitio donde pareciera que estaba apunto de echar raíces. Salí caminando todo lo rápido que podía sin llegar a correr, casi huyendo, como un niño que teme ser descubierto en su travesura y escapa de la riña y de las culpas.

Caminé hasta el final de aquel callejón extraño, acompañado por la bossanova cada vez más lejana, más ajena, sintiendo sobre mi nuca las miradas de los gatos que, desde sus escondites, observaban todo lo que pudiera acaecer en aquel callejón que resultó desembocar en una plaza cuyas farolas empezaban ya a encenderse, manteniéndola con la luz tenue de las últimas luces de este domingo que se acaba. En el centro de la plaza una fuente redonda de piedra, con varios caños, ponía el hilo musical, refrescaba el ambiente y servía de reclamo para la multitud de pájaros de todas las razas y colores que parecían pernoctar entre las ramas de los tupidos árboles que circundaban el lugar. En uno de los bancos dispersos por el parque una pareja de enamorados se bebía el uno al otro, ajenos al mundo, a las políticas y a la cruda realidad que acecha en el lunes que está apunto de llegar; un poco más allá, en otro banco, un hombre de barba descuidada, pelo sucio y exageradamente abrigado para el calor de esta primavera, dormitaba con los ojos abiertos y un cartón de vino barato abrazado contra su pecho.

Miré a mi alrededor, las únicas luces que pude distinguir, aparte de las farolas que iban despertando poco a poco, eran las siempre paradisíacas luces de neón, que anuncian la existencia de un oasis etílico, y que ejercieron su poder sobre mí, sirviéndome de quía y motivación para encaminarme a terminar este domingo socarrón junto a la barra de un bar, donde siempre se encuentra asilo, refrigerio y un espacio para la conversación. Desde una de las mesas de aquel local, que resultó ser refugio de bebedores solitarios y mentes dispersas, me dispuse, con la cerveza a un lado, el boli en la mano y la libreta frente a mi, a tratar de describir y atrapar en el papel la imagen de la bossanova y la mujer morena, el ensoñamiento de este domingo que ya se acaba…

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