TANATOS 12

CAPÍTULO 21
Me estudiaba, me escudriñaba, como si aún se preguntase si yo mandaba mucho, poco o nada. Y yo pensaba en qué responderle. No a su pregunta directamente, sino si decirle que lo sabía todo, si decirle que sabía que él estaba allí por Edu. Su chulería y su falsa nobleza podrían ser desactivadas si le dijera que era conocedor de sus tretas y, si se lo revelaba a María en su presencia, le dejaría aún más en evidencia. En mi mano estaba dejarle como a un presuntuoso impostor.
Dudé. Pero acabé descartando decir nada. Pensaba que podría usar aquella bala cuando quisiera, y que aún no era el momento. Y lo cierto es que no dudé demasiado sobre el otro tema, sobre si subir o no a su habitación.
Estuvimos como cinco minutos en el más absoluto silencio. Y es que, sin María presente, no hacía falta fingir cortesía. Aquello no era un pacto de caballeros, sino un compendio de intereses compartidos.
María acabó por volver del aseo. La pregunta estaba sobre la mesa, y no hacía falta articularla en voz alta. Sin sentarse, se inclinó, cogió su cocktail y bebió de él mientras me miraba. Los dos sentados ante ella. Mi mirada inquieta y encendida le confirmó, una vez más, que yo seguía queriendo todo. Separó sus labios de la copa y negó entonces con la cabeza, como mostrando una enésima decepción, aunque realmente mi actitud y mi decisión ya no podían cogerla por sorpresa.
Carlos se puso en pie, cogió su copa, y comenzaron a caminar hacia los ascensores. Yo cogí entonces la chaqueta de María y comencé a andar tras ellos. No sin antes echar una última mirada al chico del portátil, que abrió sus ojos y asintió, mirándome, en una especie de saludo que mostraba que seguía sin entender demasiado, pero que lamentaba no poder ser testigo de la continuación de aquello.
Nadie dijo nada esperando en el ascensor. Ni una vez en él. Ellos llevaban sus copas y yo su chaqueta. María se miró entonces en el espejo del ascensor, como siempre, y ahí conectó su mirada con la de él. Fue una conexión pura, física. Y yo me preguntaba si no pasaría nada, si jugaríamos al juego de María o si Carlos conseguiría disfrutar del juego original. Todo, como siempre, en manos de María. La cual jugaba una partida de ajedrez, en la distancia y sin saberlo, con Edu.
Salieron del ascensor. Yo quise ir tras ellos, pero no con ellos; y la pareja caminaba junta por el pasillo. A María se le transparentaba mínimamente el sujetador por detrás, y su culo me obnubilaba a cada paso. Él, con su gran porte y aquel traje. Y yo pensaba que, a pesar de su edad, le tenía que resultar tremendamente atrayente.
Recordé sus ojos conectando a través del espejo del ascensor. Aquella tensión inenarrable. Y yo pensaba que él le tenía que tener unas ganas insoportables, y que, si no fuera por mi existencia y por las normas de ella, le habría metido mano en el ascensor y no habría podido contener sus ganas de follarla… tantas que ni siquiera hubiera conseguido llegar a la habitación, tantas que a mitad del pasillo la hubiera detenido… la habría besado, habría caído sobre ella y la habría intentado penetrar, poseído, allí mismo, sobre la moqueta del pasillo.
Se detuvieron frente a una puerta y yo les alcancé. Sacó entonces él una tarjeta con una mano y cogió su móvil con la otra. Cuando me pude dar cuenta entrábamos en su habitación y él hablaba por teléfono con alguien, de algo de trabajo, como si tuviera que mostrar, hasta el final, que era un hombre de éxito y ocupado.
Una estancia amplia. Con un soporte para maletas donde ya estaba la suya, una mesa larga, una cama, donde posé su chaqueta, y en frente de esta dos sillones y una mesita, donde aterrizaron sus dos cocktails. Yo me preguntaba qué hacíamos allí, qué quería María, y qué conseguiría él mientras aquel hombre seguía con su llamada y su voz áspera y cargante me turbaba.
—Toma, explícaselo tú, hazme el favor, que él no me quiere entender —le dijo entonces a María, dándole el teléfono.
Ella cogió su móvil, sorprendida, y comenzó a hablar con alguien, de algo de urbanismo, o algo así, mientras Carlos se sentaba en un sillón y me hacía un gesto para que me sentase en el otro.
María en seguida se enfrascó en aquella conversación telefónica, caminando alrededor de la cama, lenta y erráticamente, mientras él y yo la mirábamos.
—Más claro no te lo puedo decir… —replicó María, rápidamente hastiada, en una conversación que se exaltaba súbitamente, y entonces miró a Carlos.
Parecía que ella y yo nos dábamos cuenta, al mismo tiempo, de que allí se estaba representando aquella vez en la que se habían conocido, con María discutiendo acaloradamente por teléfono mientras él la miraba con sucio deseo.
La conversación continuó y María, desesperada, acabó por soltar su camisa del pantalón, cayendo ya suelta y, tapando el teléfono, se acercó a Carlos, y le susurró:
—¿Esto te pone?
Y él respondió:
—Siéntate con él. Delante de él.
Ella se extrañó, y yo separé las piernas. María obedeció y se sentó delante de mí, con su espalda en mi pecho; mientras le miraba y escuchaba lo que una voz de hombre le decía al otro lado del teléfono.
Se miraban fijamente. María se apartaba el pelo de la cara. Yo me excitaba aunque realmente no estuviera pasando nada.
Ella pegó entonces más su cuerpo al mío, como empujando su culo hacia mi entrepierna.
Y entonces Carlos, dirigiéndose a mí, dijo:
—A ver, Víctor. Haz algo. ¿No?

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