La vida da muchas vueltas

Estoy viendo el mar.

Todavía es pronto para que haya bañistas. El sol se refleja dejando un rastro dorado. Suenan varias gaviotas y el rítmico paso de los corredores en la tablazón del paseo marítimo.

Acabo de terminar mi sesión de running mañanero. Respiro algo fatigada, pero contenta y con una sonrisa. Quién me iba a decir hace tres años y medio, que mi vida iba a tomar este giro. Yo, desde luego, no. No me lo podía imaginar en absoluto.

Respiro la brisa del mar. Hay mucha gente a mi alrededor. Hombres y mujeres corriendo o montando en bicicleta. Y, sobre todo, una sensación de tranquilidad. De bienestar. Cierro los ojos y saboreo el momento. Es muy agradable haber llegado hasta aquí…

Sí, así es. La vida te sorprende a menudo. Y por muchas cuestiones. Pero, sobre todo, por una: los humanos somos muy inestables. Lo que hoy nos parece inalterable, mañana es, simplemente algo accesorio.

Hoy, con la mirada puesta en esos días, y la templanza que da haberlos vivido y saber el desenlace, la visión de todo es mucho más simple. Eso no quiere decir que no recuerde los malos momentos, las dudas y las lágrimas. Tengo todo eso muy presente. Demasiado, seguramente.

Pero, es ahora, cuando puedo contar lo que sucedió tras el hecho de que mi marido descubriera mi infidelidad… Y como todo se resolvió.

Esto fue lo que sucedió…

El confinamiento

La misma noche que ambos nos echamos a la cara nuestras infidelidades, empezó el confinamiento por la COVID-19. En ese momento, pensamos que serían quince días y nadie se imaginaba los tres meses de encierro que sufrimos.

Lo normal y lógico, de no mediar el hecho de no poder salir de nuestras casas, hubiera sido separarnos. Y de hecho, hacíamos en la casa vidas totalmente incomunicadas y desunidas. Pero, por obligación, permanecimos unidos en la pandemia. ¿Por qué? Simple. Nuestros hijos, ajenos a todo lo que sucedía, casi vieron como un juego permanecer tanto tiempo con sus padres. Ninguno teníamos una profesión esencial para el gobierno, con lo que nuestro destino era permanecer encerrados con nuestros hijos en casa.

Ellos tenían en ese momento once y doce años, recién cumplidos. Quizá, en medio de una crisis sanitaria como la que nos encontrábamos, no era el mejor momento de anunciarles nuestra separación. O al menos así creo que lo pensamos ambos, Porque era eso de lo que se trataba. El matrimonio hizo aguas y yo, no podía evitar sentirme triste.

Sí, perras, sé que diréis que me lo merezco, que hice todo lo posible porque esto pasara y que en esencia, no puede haber otra salida. Muchos polvos, muchas folladas, muchos amantes, colocones y desmadre. Pero todo esto y sabiendo que tenéis razón, no me quitaba sentirme triste y abatida.

Hay varias razones que me impulsan a pensar de esa manera. Lo primero, mis hijos. No tenían culpa de tener una madre tan puta. En segundo término, que yo quiero a mi marido. Sí, he sido infiel —¡qué pesadas!—, pero eso no quita que sintiera ese cariño ya maduro por años de matrimonio. Ojo, él también me lo había sido. Sé que la balanza estaba descompensada, pero es la verdad.

La prueba de que mi marido me atraía y yo me sentía en verdad a gusto con él, era que hasta que todo estalló, estuvimos follando de forma habitual. Eso, aunque penséis que soy muy zorra, significa que me seguía gustando hacerlo con mi marido. Y eso, habida cuenta de mi vida sexual, indica de forma clara que, en definitiva, lo quería.

Pero hay una razón más. Una muy personal; en ese tercer lugar, me encontraba yo misma. Aunque esta razón no vino tan seguida como las dos primeras y tuvo que suceder un hecho luctuoso del que os daré cumplida cuenta en su momento. Fue clave. Triste y desolador. Pero de una forma que aún hoy me parece impactante, hizo mucho por nosotros.

Las dos primeras semanas, mientras estábamos con los niños, intentamos mantener una vida maquillada e insincera por el bien de ellos. El confinamiento nos obligaba a vivir muchas horas juntos. Había que distraerlos y eso significaba jugar y hablar mucho con nuestros dos hijos. Y aquí, como ya he dicho muchas veces, mi marido es un verdadero fuera de serie. Muy niñero, incansable a los juegos y siempre con la intención de agradarles y hacerles aquellos días de encierro más agradables.

Mantuvimos la compostura e hicimos de tripas corazón para que ellos no sufrieran, como os he dicho. Pero, al final, como tampoco es complicado de imaginar, pudo el rencor y la rabia que ambos teníamos dentro. Empezaron las contestaciones y malos modos. Los desprecios y la mala educación. Al principio a solas. Un par de días más tarde, ya no nos importaba faltarnos al respeto delante de nuestros hijos.

Uno de ellos, el más pequeño y sensible, una tarde se echó a llorar delante de nosotros y nos culpó abiertamente de insultarnos y discutir. Aquello, tanto a mi marido como a mí, nos dolió. Era una acusación directa, infantil y sincera. Fuera lo que fuera, nuestro comportamiento no debía continuar por ahí. Es muy posible que sin la reacción de nuestro hijo todo hubiera estallado un día u otro. Esa sencillez de los que son inocentes fue importantísima para nosotros. 

Aquella noche, por primera vez en dos semanas, mi marido y yo hablamos un poco y sentamos las bases de una convivencia mínima, pero necesaria, hasta que solicitáramos el divorcio. Tengo que reconocer que fue mi marido quien se acercó primero a mí.

Yo estaba en la cocina, preparándome un café con leche y me disponía a tomármelo tranquilamente en la terraza del chalet. Prefería hacerlo a solas, sin su presencia. Pensando en mi vida y en cómo se hundía a mi alrededor. Ese día hacía algo de frío y llovía, pero no me apetecía nada estar dentro con mi marido que en ese momento veía la televisión en el salón. No escuché que se me acercara.

—Elsa, ¿podemos hablar un momento? —me preguntó cuando ya estaba cerca de mí.

Yo estaba sentada, con mis pies en unos calcetines gordos de invierno apoyados en otra silla. Vestía una sudadera de estar por casa y unos pantalones de pijama. No sé si mi mirada fue de tranquilidad o por el contrario le transmití de nuevo molestia.

—No podemos comportarnos así delante de los niños. —Habló sin esperar mi contestación.

Se sentó a mi lado. No mostraba un gesto de cabreo, sino quizá de decepción y culpa. Tenía razón en lo que me decía. Permanecí callada, esperando que continuara. Bebí un nuevo sorbo del café con leche y miré a la lluvia y a nada en particular.

—Creo que tenemos que hacer un esfuerzo para estar este tiempo tranquilos. Soportarnos y aguantar mientras esto no termine —añadió mirando al suelo y en un tono que me pareció un susurro.

No contesté enseguida. No pude evitar hacerme algo la digna o no sé cómo llamarlo. El hecho es que de forma infantil y diría que inmadura, dejé que pasaran bastantes segundos antes de contestar. Quizás pretendía mostrarme dura o insensible con mi marido. No con los niños, brujas.

—Vale —dije yo al fin tras ese silencio sepulcral—. Es verdad. Ellos no tienen la culpa de nada… —No intenté ser hiriente, pero debe ser esa especie de sentido que tenemos las mujeres que muchas veces no podemos dejar de lanzar una pulla. Mi marido permaneció inalterable. Seguía con la mirada en el suelo.

Permanecimos así un rato. No sabría decir cuánto, pero yo me acabé el café. La lluvia caía y mi marido no se movía de mi lado. Era una escena extraña

—Entonces… ¿Quedamos así? —Habló de nuevo.

Asentí. Mi marido se levantó y se estaba yendo. Llego casi a la puerta de la terraza que conducía al salón. EN el fondo sentía rabia. Pero no estaba segura de cuál era el destino de ella. Quizá yo misma. Me di cuenta de que era estúpido seguir en ese estado.

—Perdón… —susurré.

No estoy muy segura de porqué lo dije. En el fondo mi marido no debía ser el blanco de esa furia que me carcomía por dentro. ¿Pero era solo por ese motivo mi disculpa? No, claro que no. Sí que estaba arrepentida, al menos en lo que concernía que mi comportamiento había sido un absoluto desmadre. Y estaba dolida porque a mis hijos iba a hacerles daño nuestra separación. Adoraban a su padre. Y creo sinceramente, que a mí también. Ambos nos comportábamos con ellos de forma cariñosa, cercana… Sí, estaba jodida, chicas.

No sé si mi marido me miró. Yo no giré mi cara en su dirección. Me podía ese atisbo de vergüenza de saber que mi comportamiento había sido perverso. Percibí que se detuvo, porque no escuché que la puerta que daba entrada a nuestro salón desde la terraza se abriera. Un instante después de que entre los dos se formara un silencio que dejaba escuchar claramente las gotas de agua cayendo, mi marido entró y cerró la puerta.

Me quedé ahí, en medio de la noche. Pensando en todo y en nada. En Julián y su polla, en Jaime y los excesos vividos con él. En Arturo y su caballerosidad…

Y, sorprendentemente, en mi marido

Los días siguientes fueron mucho mejores. Ambos nos esforzamos y él, incluso, pidió perdón a nuestros hijos en nombre de los dos. Es un hombre cabal, sin duda. Más que yo. Eso, tampoco se puede discutir

Nuestra convivencia, aunque suene extraño, mejoró. No puedo decir que fuera normal, porque el muro entre ambos se levantaba sólido y duro. Pero, al menos, cuando los niños se acostaban y nos quedábamos solos, no nos heríamos de forma gratuita y mordaz. Permanecíamos separados, cada uno a lo nuestro. Él, casi siempre, viendo la televisión o leyendo un libro. Yo también leía, pero chateaba más con mis amigas con el ordenador o el móvil. Mi segundo teléfono, permanecía mudo, apagado y escondido. No quería dar más motivos para acelerar el desastre. Así que, en ese sentido, estuve totalmente alejada y despegada de mi vida lasciva y de excesos.

Intenté hablarlo varias veces con Gabriela, pero noté que no alargaba las conversaciones. Una clara querencia a evitar ese tipo de charla hizo que no volviera a insistir. Pensé que esta crisis se le estaba agudizando más de lo normal y que el coronavirus, como era también previsible, no iba a ayudar. Ella también tenía problemas con su marido, pero, al parecer, no la habían pillado. Esos problemas no venían de ahora, ni de unos días o semanas atrás. Yo calculaba que desde octubre o así, Gabriela tenía sus dudas o crecientes remordimiento con su matrimonio. ¿Quizás ese amante del que en su momento me había hablado? ¿Sería descabellado que se hubiera enganchado de él?

No era normal ni le había sucedido nunca, al menos que conociéramos, pero dadas las circunstancias y su comportamiento, no lo desechaba. Yo estaba convencida que de nuevo se trataba de una cuestión relativa a propia conciencia. Su temida y contumaz vocecilla interior que le martirizaba. Esa parte madura, racional, moderada y costumbrista que todos tenemos y que de vez en cuando nos toca la moral. Algunos, como yo, conseguimos domarla hace ya tiempo y convivíamos con nuestros propios reproches. Gabriela, en cambio, no conseguía deshacerse de esa voz interior.

Me ofrecí a charlar con ella las veces que lo necesitara, pero fue en vano. Apenas unas líneas, unas palabras y poco más. Siempre terminaba con un tengo que replantearme muchas cosas, Elsa. Con Marta y Menchu no podía, al menos mientras no sacara el otro móvil, porque ni ellas tenían el mío personal, ni yo memorizado los suyos. Nuestra única línea de contacto era ese móvil furtivo, testigo de todas mis infidelidades y juergas. En un par de semanas me arrepentiría de no haberme conectado antes…

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