IRENE DE SANTOS

Titivillus, el demonio de los errores ortográficos, llevaba días rondando la mesa de trabajo de Sara. Intentaba colar faltas en algún escrito, pero ella no anotaba nada en papel y el mundo de la informática le había vedado el acceso a los textos, haciendo imposible su labor. Se sentó sobre una regleta y por accidente metió la cola en una toma libre. Recibió una descarga eléctrica que lo hizo saltar por los aires. Cuando cayó no aterrizó sobre el escritorio, se escurrió entre la pantalla de cristal líquido y la carcasa de soporte. El corrientazo lo dotó de la incorporeidad que necesitaba para alcanzar la página donde se desplegaban las letras, palabras y párrafos que antes estaban fuera de su alcance.

Gracias a la descarga eléctrica se había convertido en un demonio 2.0, con acceso ilimitado al trabajo de Sara y la misión de plagarlo de errores. Solo debía esperar el momento oportuno para intervenir los párrafos. Desde su escondite en el cintillo superior de Word, agazapado entre los íconos, seguía el rumbo de la mirada de la correctora y cuando sus pupilas rondaban el final de la página él empezaba a hacer de las suyas. Pateaba comas inocentes hasta colocarlas entre el sujeto y el verbo transformándolas en asesinas, con un chasquido de los dedos duplicaba palabras, también podía destruir concordancias con la punta de la cola, aunque desde que recibió el corrientazo esta le dolía y había empezado a hacerlo con el dedo. Además, robaba tildes, le encantaban las de las palabras esdrújulas, esas que siempre se acentúan, y hacía verdaderos desastres invirtiendo la posición de las ces, eses, zetas, ges y jotas, cambios menores a simple vista, imperceptibles, que arruinaban un buen escrito. 

Sarah, su víctima, aunque tenía nombre de sanadora medieval no curaba personas enfermas sino párrafos heridos, palabras cojas, ideas enredadas en frases enrevesadas que llegaban a ella impedidas de transmitir su mensaje a los lectores, historias incomprensibles que luego de pasar por el tamiz de la filología eran elevadas a una mejor versión de sí mismas.

Después de transitar durante cinco largos años los caminos del freelancing entre penurias, sinsabores y estrecheces, había construido una empresa sólida. Creó su marca personal, la promocionó convenientemente en las redes sociales, la aderezó con ingeniosas piezas de storytelling y poco a poco fue ganando clientes. Eran varias las editoriales que confiaban los manuscritos de sus clientes a su gran capacidad para pulir un texto hasta dejarlo impecable desde el punto de vista gramatical, morfológico, sintáctico y ortográfico y dotado de signos de puntuación correctos, oportunos y pertinentes.

Se había ganado a pulso su reputación y había alcanzado la estabilidad financiera, pero no se dormía en sus laureles; era consciente de que la competencia en el medio era feroz y no se planteaba rechazar ningún trabajo. Dobló y triplicó horas, cabalgó trasnochos y se ganó unas ojeras permanentes. Lo que no perdió fue el gusto por contemplar el amanecer; después de encontrarse el sol naciente tantas veces tras noches en vela, aprendió a tomarse unos minutos para conversar con él.

Aquella mañana no era la excepción y después de mirar un rato por la ventana se sentó a revisar su correo.  Cuando Sara abría la ventana del correo electrónico Titivilus quedaba preso en las páginas que ella corregía en Word y como él era nuevo en el mundo digital, aún no sabía manejarse entre los diferentes programas. Era, además, un demonio muy curioso y quería saber qué hacía Sara cuando desaparecía de su vista. Después de meditarlo un momento decidió desandar la ruta que lo había llevado a las entrañas del monitor. Salió de la ventana de Word, luego de la pantalla de plasma y se metió de nuevo al monitor, cayendo en la ventana de Gmail, que era la que estaba abierta.

Lo que encontró lo dejó maravillado: podía visualizar al mismo tiempo correos entrantes y salientes, aunque no era capaz de moldear los recibidos a su antojo, puesto que habían sido creados en otro sitio. Lo que sí notó en algunos fue la presencia de unas especies de parásitos que se le presentaron con el nombre genérico de virus, que sí sabían cómo navegar a través de esos agujeros de gusano por los que circula el flujo de información. Reconoció de inmediato las posibilidades infinitas que se desplegaban ante él para llevar su labor al mundo entero y decidió contactarlos más adelante, cuando hubiera acabado con la credibilidad de Sara, empujándola al infierno.

Sonó el teléfono. Al atender la llamada, Sara pasó de leer un reclamo de un cliente por un trabajo mal hecho a escucharlo desde su acalorada garganta. Y así transcurrió el resto de la jornada, entre quejas, gritos y amenazas que enfrentó con disculpas y promesas hasta que Cronos veló el día con un manto de la oscuridad que apagó los ruidos e increpaciones provenientes del exterior.

Agotada, perpleja y desconcertada veía desfilar en su mente las imágenes de sus inicios profesionales, que luego se entremezclaron con hilos de plata tan salados como su tristeza que desbordaron sus ojos. Lloró hasta quedarse dormida.

Titivillus, por su parte, pateaba vocales y consonantes por igual, hasta que, de pronto, intentó cambiar una coma por un punto y no pudo. Probó entonces con una tilde y tampoco hubo suerte. Desconcertado salió del monitor y se acercó a la mujer que se había entregado por completo al sueño. Intentó despertarla. La pinchó con la cola chamuscada y ella lo manoteó como si se tratara de un mosquito, danzó a su alrededor, tiró cosas al suelo y nada, no pudo traerla de vuelta del mundo onírico.

Al cabo de dos horas, incómoda y semi consciente, Sara cambió la silla y el escritorio por su mullido sofá y durmió como no lo había hecho en años. Titivillus decidió volver al interior del monitor a esperar a que Sara reanudara su trabajo, pero había recuperado la corporeidad y no pudo hacerlo. Pensó que quizás había pasado el efecto del corrientazo y cuando estaba a punto de meter la cola de nuevo en el enchufe un ronquido de Sara lo asustó tanto que se cayó del escritorio al suelo. Allí encontró una libreta de notas donde la correctora anotaba palabras sueltas. Intentó alterarlas, pero tampoco pudo hacerlo.

Contempló a Sara dormir plácidamente. El movimiento ocular indicaba que había alcanzado un nivel de sueño profundo y reparador. Entonces comprendió lo que pasaba: su presencia dependía del cansancio de Sara, Titivillus la necesitaba sentada allí, presente y ausente a la vez, sumida en un estado de agotamiento crónico que limitaba su capacidad para percibir los errores y los velaba ante sus ojos.

Titivilus salió de casa de Sara cabizbajo y arrastrando la cola. Ella se despertó al amanecer. Renovada por el descanso y tras una ducha caliente y un buen desayuno, retomó su trabajo.

No sabemos quehasido de la vida de Titivillú, se dezcocemos su su paradero. nadiemas lo vieron de nuevo…

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