TANATOS 12

CAPÍTULO 20
Se clavaron la mirada y yo cogí aire. Ella posó la copa sobre la mesa, manteniendo las piernas cruzadas, girada hacia él y se recostó sobre mi pecho. Llevó entonces una de sus manos a mi nuca y nuestras bocas se buscaron. Y se encontraron. Sus besos fueron en un inicio algo diferentes, como pequeños picos, cortos, labio con labio, humedad con humedad.
Y después nuestras bocas se fundieron más y nuestras lenguas entraron en acción, en un morreo espeso y cargado de erotismo, pero que era como un erotismo trasladado, pues lo guarro de aquel beso provenía más de Carlos que de mí. No era que ella se imaginase que mi lengua era la suya, pero él estaba más presente que como mero voyeur. Había algo más. Y María apartó entonces un poco la boca, y lamió mi labio inferior con su lengua, en un alarde de impudicia y de maestría. Yo notaba que mi miembro crecía… y abrí los ojos mientras nuestras lenguas se volvían a fundir y vi la mirada de Carlos, frunciendo el ceño, achinando los ojos, deleitándose, contenido.
María finalizó el beso. Cogió su copa de nuevo y, mientras le miraba fijamente, dio un largo trago.
—Tenéis que perdonarme. Fue una torpeza venir aquí. Hay demasiada gente —dijo él, contrariado, buscando que esa aflicción disimulara su excitación.
Miré entonces a mi alrededor, y, ya me había dado cuenta antes, si bien no le había dado demasiada importancia, pero había un chico joven, sentado en un sillón cercano, el cual, agazapado tras su ordenador portátil, parecía no perder detalle de lo que sucedía.
María posó la copa y él dijo:
—Entonces… ¿Esto lo habéis hecho con ese Víctor? ¿Lo de vestirte de una forma que a él le gustara y besaros o tocaros delante de él?
—No. No. Con él no tenemos ningún trato.
—¿Entonces cómo supiste que a él le excitabas así vestida? —preguntó y yo tragué saliva.
—Pues… No lo sé. No me acuerdo.
Carlos jugaba al gato y al ratón. Él sabía que María sabía aquello por Edu. Sin duda. Y metía en un brete a María, a la cual cogía a contra pie por primera vez.
—Otra duda… —prosiguió, y yo sentía que María se incomodaba— es que… la otra noche, con la… paja que me hiciste… entiendo que se puede tocar mientras no se toque carne, o piel.
—Entiendo que sí —respondió ella, la cual empezaba a parecer desbordada, y también parecía no querer que aquello derivara en una batería de preguntas.
Carlos alargó entonces su mano, y la posó sobre el muslo de la pierna derecha de ella, que montaba la izquierda. En esencia, tocaba solo pantalón.
Estábamos realmente cerca los tres, y yo miré a aquel chico del portátil que cada vez tenía que estar entendiendo menos.
María le miraba. Él no retiraba la mano. Nadie decía nada. Yo podía sentir el corazón latiendo de María y su piel erizarse por el tocamiento de aquel hombre, que la iba cercando poco a poco.
—Pablo, ¿me permites que te la robe un momento? —preguntó, poniéndose en pie, muy dispuesto.
—La quiero invitar a un cocktail que hacen aquí que está espectacular. Pero si te parece mal que te abandonemos cinco minutos…
—No, no, está bien —dije, mientras María se incorporaba, sin mirarme, algo reacia y yo no sabía si el recelo obedecía a que no quería ir, o a que las formas habían consistido casi en una orden encubierta, y eso a ella no le gustaba.
Acabaron por posar sus copas casi vacías sobre la mesa y desfilaron esos quince metros hasta llegar a la barra. Durante la primera mitad del trayecto les miré, de nuevo parecían jefe y subordinada en viaje de trabajo, y durante la segunda mitad miré al chico del portátil, que no parecía perder detalle de los andares elegantes de María sobre aquellos tacones, de su camisa rosa de seda bien metida bajo el pantalón y de su culazo enfundado en aquella tela gris. Seguramente él, y muchos de los allí presentes, hubieran preferido aquel culo embutido en unos vaqueros, pues aquel pantalón que vestía te dejaba solo el cebo, dejando que fueras tú quien evocase el resto.
Una vez allí él no tardó en hacer uso de su reciente licencia, y es que posaba su mano sobre la cadera de ella, y se hablaban cerca. María se tocaba el pelo, algo incómoda, algo acosada, pues sin mí le era más difícil mostrar poder. Pero él parecía saber llevarla, seguro alternando momentos distendidos con frases y preguntas más hostigadoras.
Él le dijo entonces algo al oído y ella parecía que le pedía que lo repitiese. Estaban realmente pegados. Cara con cara. Con aquella mano furtiva sobre su cadera y con el culo de María a la vista de todos. También estaba a la vista de todos la diferencia de edad y hasta de mando. Yo miraba las caras de la gente de aquella parte del salón y casi podía presentir los cuchicheos de grupos de amigos de viaje, o de hombres de negocios… casi podía escucharles pensar cosas como: “Parece que el jefazo está echando el resto, a ver si la emborracha… y se la acaba follando”. Casi podía sentir la camaradería del sexo masculino deseando que aquel pibón cayera, en un: “Sigue intentándolo, insiste, ojalá te la folles”.
María bebió de su cocktail, que ya poseía, y, para mi sorpresa, posó su mano en el pecho de él, quizás por petición suya, reclamado por él por estar permitido, y entonces él bajó más su mano y recorrió el trasero de ella, de abajo arriba, con las yemas de sus dedos, sobre el fino pantalón de traje gris, tan fino que ella tenía que estar sintiéndolo. No era un magreo. Era una caricia. Suave. Que seguro la hacía estremecer.
Pensé entonces en ella, en una mujer, como ella, con toda la sexualidad que albergaba… que no follaba realmente desde hacía casi dos meses, desde Roberto, porque lo que vivía conmigo no era follar; acosada y acariciada por aquel hombre maduro, el cual daba la sensación plena de que sabría hacerla disfrutar… de que sabría hacerla correrse… de que sabría poseerla como ella merecía.
Y ella no apartaba la mano, que seguía con aquella caricia sobre una de sus nalgas. Y yo no podía ver bien la cara de María, pero la podía sentir ruborizada, y es que no hablaban. Solo se miraban. Ella con su mano en el pecho de él y él con aquella caricia en su culo.
Mi miembro palpitaba y yo volvía a mirar al chico que no perdía detalle, que acababa de ver como ella se había besado conmigo, en los morros de un señor que ahora le acariciaba el trasero con un cuidado que le hacía ansiar a él, a mí, a todos, y seguramente a ella, que desembocara en un contacto más vehemente.
Sentía una tremenda excitación y en cierta forma hasta pena por ella. Su vuelta de tuerca a nuestro juego podría valer si ella no deseara al tercero en discordia. Pero tener que guardarse todo aquello, para salvarme, para salvarnos, era su enésimo esfuerzo.
Carlos comenzó a hablarle al oído. Cara con cara. Sin tocarse… aún. Y es que estaban a un beso de que todo saltara por los aires. Un beso y ya no existiría el segundo juego, sería volver al primero y por tanto al peligro máximo. Y de golpe lo entendí todo. Entendí a María. No quería tocar, no quería piel con piel, porque aquello desembocaría en follar, y sabía que si lo hiciera con Carlos una vez, desembocaría en hacerlo tres o cuatro veces, y, si aquello sucedía, ya no podría volver a mí. Y quizás ese fuera el motivo por el que nunca había querido volver a hacerlo con Edu.
Aquel hombre, aquel emisario de Edu, posó su copa en la barra y llevó entonces sus dos manos a la cintura de ella. El ataque era inminente y el castillo de naipes de María estaba al borde del derrumbe.
Vi evidente que él lo había maquinado todo, quizás hasta con Edu. El hecho de hospedarse allí, el hecho de no referirse a mí prácticamente en toda la noche. El hecho de calentarla. De excitarla. Y pensé entonces que seguramente, en aquel preciso momento, le estaba haciendo ver, tácita o explícitamente, que ni el segundo juego ni el primero tenían ya demasiado sentido.
Pero el ataque no se produjo. Y se separaron.
Y, antes de que me pudiera dar cuenta, María se iba hacia el aseo y Carlos venía hacia mí, con aquellos dos cocktails de los que aún quedaba algo más de la mitad de bebida.
Los posó sobre la mesa. Con calma. Marcando los tiempos. Se sentó cerca de mí. Me miró fijamente. Se aclaró la voz, y me dijo:
—Le he dicho de acabarnos esto arriba, en mi habitación. Y me ha dicho que solo si vamos los tres, y que solo si tú quieres.

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