LOLA BARNON

Madrid

Mis primeros cuatro meses en Madrid fueron muy ásperos. No terminaba de acoplarme. Lo primero, porque mi trabajo era muy duro. A las guardias se sumaba el hecho de tener que desplazarme a otra localidad por necesidades del servicio o de refuerzo. Las plantillas estaban constantemente moviéndose porque las bajas se sucedían. Algunas por estrés o agotamiento. Otras, voluntarias y para pedir traslados.

Recuerdo que en mi primera manifestación me tiraron dos botellas y una piedra que chocaron en mi casco y en el escudo protector de un compañero. Me quedé por unos segundos en shock, sin saber bien cuál debía ser mi primera reacción. Terminamos cargando y yo me vi obligada a detener a un par de mujeres que se nos habían enfrentado. Una me escupió y la otra me llamó de todo. Fue violento y muy poco agradable.

Sin embargo, cuando terminamos aquel servicio, nos reunimos algunos para tomar una caña, picar algo y relajarnos. Me sentí arropada por los compañeros y por mi jefe de grupo, Javier. Fue el primer día en que me vi unida a algo, a alguien, aunque fuera de una forma grupal y profesional.

Con anterioridad a ese día, había estado muy solitaria. Recuerdo irme algunas noches a beber a un bar de copas cercano a mi casa y trastear con el móvil como única distracción. En dos ocasiones recurrí al sexo rápido y furtivo como método de escape. O así me lo vendí yo a mí misma.

La primera vez, un chico de unos treinta años, se sentó a mi lado y me dio conversación de forma inmediata. Estaba acostumbrado a ligar y aunque no era excesivamente guapo, tenía tablas para hacerse el interesante. No me mostré demasiado proclive a él ni a su charla, que ni me acuerdo de qué versaba. Pero en un determinado momento en que puse un mensaje a mi marido por el WhatsApp y no me contestó, a pesar de ser una hora en la que debería estar despierto, me movió a hacerlo.

Soy de impulsos, de decisiones rápidas. Algunas buenas y otras menos. O directamente malas. En este caso no sé si me movió la necesidad de sentirme deseada o simplemente que me molestó que mi marido no me respondiera. De inmediato me hice a la idea de que estaba con otra. Sé que es absurdo y no me voy a engañar diciéndome a mí misma otra cosa. No soy mentirosa, y menos conmigo misma. Al contrario, soy plenamente consciente de que mi reacción fue estúpidamente infantil. No eran ni celos ni nada de ese estilo, pero de alguna forma quise tener una posibilidad de pasar un buen rato y de romper esa rutina desabrida en la que se habían convertido los primeros meses en Madrid. Se juntaron las ganas de socializar, de sentirme deseada, de tener una vida en aquella ciudad. Madrid me había acogido de buenas maneras, con gente agradable y abierta, pero yo necesitaba algo más. Vivir ese pulso a la vida que comencé con mis escarceos allá en Las Palmas, siendo infiel a mi marido.

En el trabajo sentía la adrenalina de la labor policial de los antidisturbios. Pero en mi vida privada, en el día a día, se sucedían las noches en solitario, los escuetos mensajes con Ernesto, junto con alguna conversación que intentaba ser amable y cariñosa. Finalmente, la sucesión de películas, de trabajo, de cubrir las guardias y turnos para no quedarme en casa sola, pudo conmigo. O puede que fuera mi manera de ver la vida, que se empezó a orientar a las relaciones sin compromiso, ni complejos.

Miré al chico. Pudiera haber sido cualquier otro. Le sonreí, le tomé la mano y nos dirigimos a los aseos directamente, sin mediar más palabras que su primera verborrea. Me vi en el baño de aquel garito con él. Me reí cuando me dijo si quería algo de coca, que me invitaba.

—La droga es una mierda, mi niño… —le dije con una media sonrisa, mientras me quitaba la cazadora y desabrochaba el cinturón de mis vaqueros.

Inmediatamente después, nos besamos y buscamos con las manos nuestros cuerpos. Fue con urgencia, sin preámbulos y sabiendo que no iba a pasar más allá de diez o quince minutos en desfogarnos. En ese momento, justo ahí, cuando le empezaba a desabrochar los botones del pantalón de color casi blanco y palpaba con toda mi mano su pene ya duro y preparado, supe que era una especie de adicta.

No solo son drogas las que perseguimos y se clasifican como ilegales. Hay otras, de un estilo diferente, pero que enganchan igual. En mi caso, en aquel instante, supe que la sustancia que me tenía agarrada era el sexo. O lo iba a ser, y sabiéndolo, yo me adentraba consciente y alineada en él.

Llené mi boca de su carne. Sentí la potencia que le devoraba. El baño no era estrecho, por lo que podíamos movernos, aunque sin comodidad. No nos importó porque estábamos enfocados a darnos un placer de urgencia. Ambos éramos conscientes. Había dejado mi pantalón vaquero en la repisa del baño, a salvo de que se cayera al suelo. Estaba calzada y mis bragas descansaban en uno de los bolsillos de mi cazadora de cuero.

Se la chupé durante un par de minutos con ganas. Me apetecía sentirme transgresora, pensando en que por fin encontraba un aliciente a mi estancia en Madrid, además de mi trabajo. Me olvidé de mi marido y del mensaje que no me había contestado. De si estaba con otra o no, de todo lo que no fuera lamer, chupar y succionar aquella polla.

Me hizo sentarme en la repisa del lavabo, al lado de mis pantalones y me abrió de piernas. No era muy bueno y se notaba que me lo hacía por simple contraprestación. No me importó y le deje hacer durante unos instantes. Me ayudé de mi dedo y cuando me vi lo suficientemente mojada, me volví dándole la espalda, apoyé mis manos en la repisa del lavabo, alcé una rodilla amortiguándola con mi cazadora para que no rozara, y me ofrecí a él.

Me miré en el espejo. Vi en mi cara el sexo. Las ganas de ser penetrada, de sentirme viva y la urgencia de tenerlo dentro. Con el brazo, acerqué su cara a la mía, empujándole por la nuca, hasta que mi boca encontró a la suya. Noté, un momento después, su glande enfundado en el condón, en mi entrada y suspiré de deseo y ganas.

Me volví a apoyar, afirmando la rodilla en la repisa, y le facilité la penetración. El chico estaba excitado, empezando a moverse con rapidez, quizá demasiada para mí. No puedo decir que fuera torpe, ni que no supiera follar a una mujer, pero en ese instante de sexo furtivo y apremiante, carente de la más mínima delicadeza o buen gusto, yo necesitaba más contundencia y firmeza que rapidez de movimientos.

Apreté mis nalgas e hice que ralentizara sus embestidas.

—Tranquilo, cariño, que no es una carrera —le dije volviendo a besarle y atrayendo su cara y su boca a la mía.

—Joder, que buena estás…

Aquello me pareció inapropiado y casi me asalta una carcajada. Quizá él quería piropearme, no lo dudo, pero en aquel lavabo yo no buscaba otra cosa que sexo de impacto y deseo carnal.

—Eres una diosa, joder… —me seguía diciendo mientras me empalaba con cada vez más contundencia.

Mi cara seguía reflejada en el espejo, al lado de la suya. La de él, concentrada, con lo ojos semicerrados. La mía me observaba y me hablaba de sexo, liberación, desahogo, descaro… Hubo un momento en que no sé si me gustó lo que vi.

—Qué bien follas, joder…

 Me cambié de posición, y sentándome en la repisa hice que me volviera a penetrar. Ahora no me veía la cara en el espejo del lavabo y me centré en los ojos de aquel chico, en sus expresiones y gestos. Estaba cercano a correrse pero le obligué a hacérmelo más lentamente. Sé que en parte fue una pequeña crueldad, aunque en ese momento mandaba yo en los dos cuerpos. Me sentí, de nuevo, poderosa, dueña de los ritmos y cadencias. Propietaria de ese momento de sexo impúdico e insolente. Ama de su disfrute y del mío…

Hice que me follara con profundidad y firmeza, justo lo que deseaba. Varias veces, abrazada a él y manteniendo el equilibrio entre la repisa y su cuerpo que se empinaba cada vez que su polla entraba hasta el fondo al ritmo de sus jadeos cada vez más intensos.

—Dios, me corro… Me corro… —decía con la voz ligeramente ronca por los cercanos espasmos.

Empecé a gemir y a notar que a mí me ascendía también. Fue entonces cuando me empezó a inundar el orgasmo. A veces solo hace falta una imagen, un recuerdo, una sensación para que se desencadene. A mí, al menos, me pasa. Puedo estar gozando, más o menos, pero de pronto, hay un momento en que todo se acelera. La sensación de poder y de dominio fue la que me llevó a ese primer orgasmo en Madrid.

Me abracé a él mientras me recorría aquel relámpago de placer. Rápido, no demasiado intenso, pero suficiente. Sentí como al poco tiempo, él también se derramaba. Ambos gemimos y nos quedamos abrazados, con la respiración entrecortada y ansiosa. Empecé a descabalgarme de él. Había conseguido lo que buscaba.

—Joder… qué pedazo de polvo —me decía mientras se colocaba el pelo y respiraba con cierta dificultad. Una sonrisa le empezó a iluminar su rostro—. Joder tía, eres la hostia…

Sonreí quedamente y él vio que yo prefería en ese momento el silencio. El chico, ya sin saber muy bien qué decirme, se concentró en vestirse. Yo, igualmente, me puse las bragas, el vaquero y la cazadora de cuero. No nos dijimos ya nada más, y menos aún nos acariciamos o besamos. Me resultó casi relajante que después de ese tipo de sexo tan furtivo o casual, yo prefiriera no decir nada, ni un solo comentario. Tampoco me sentía ni obligada ni necesitada de hacerlo.

Terminé antes que él. Me coloqué el pelo, estiré la cazadora y me volví hacia el chico.

—Salgo yo antes, ¿vale?

—Como quieras. Espérame en la barra, que me apetece seguir con esto… —Esbozó una sonrisa un poco cutre. Incluso algo tiesa. Le besé con rapidez en los labios.

Yo asentí mientras abría la puerta del baño. Me giré un momento y le guiñé un ojo. Crucé el pasillo de los baños y me dirigí a la salida. No me salía esperarle. No por nada en especial, sino porque mi necesidad de animalidad estaba cubierta. Simple y llanamente, me apetecía irme de allí.

Ya en la calle, sintiendo la música del local amortiguada, escuchando los sonidos de los vehículos y notando el frescor de la noche, me sentí aún más relajada. Sabía que empezaba una senda que no tenía final, ni metas. Solo meras estaciones de paso, que se sucedían en el tiempo sin repetirse ni dejar otra huella que la novedad o el deseo por cuerpos inexplorados. Un camino que, en realidad, se había iniciado en Las Palmas, con aquel primer novio, con Yeray.

Cerré los ojos y empecé a caminar hacia mi coche sin pensar en nada. Ni en ese chico, ni en mi marido, ni en mi trabajo. Solo en que estaba, por fin, tras varios meses en Madrid, con una grata sensación de tranquilidad y sosiego. Llegué a mi coche y abrí la puerta. Me senté en el asiento del conductor y me quedé mirando a la entrada de aquel garito. Sonreí, aunque con un punto de amargor.

Ni siquiera nos habíamos dicho nuestros nombres…   

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