MOISÉS ESTÉVEZ

Fue Eric quien rompió aquel apacible silencio con un tierno gesto. Uno
frente al otro, sentados en una de las pequeñas mesas de aquella terraza
donde compartían café y lectura, se miraron fijamente cuando él posó su mano
sobre la de ella, para seguidamente, adoptando un semblante sibilino
comentarle:

  • Quisiera decirte algo. Es una idea que me ronda la cabeza hace
    algunos días –
  • ¿De qué se trata? – Dijo Rachel con curiosidad.
  • A lo mejor te parece algo precipitado, por lo que te ruego de antemano
    que disculpes mi atrevimiento, y además, puede despertar en ti algún
    sentimiento contradictorio, pero creo que tengo que decir lo que siento y
    afrontar tu respuesta. Respuesta que por otro lado, me gustaría que sopesaras
    con tranquilidad, con tiempo y sin ningún tipo de presión –
    Rachel empezó a sentir un ligero cosquilleo en el estómago y le dijo a
    Eric impaciente que soltara ya lo que fuera a decirle.
    Eric sonrió. – Me gustas Rachel, y estos días están siendo maravillosos,
    por lo que me gustaría continuar así. Pienso que debíamos tomarnos esto algo
    más en serio, que compartamos juntos de manera indefinida el tiempo que se
    nos está presentando. Sé que puede parecer una locura, pero si no lo
    intentamos, jamás sabremos que puede pasar. No te estoy diciendo que te
    cases conmigo, obviamente no podemos, pero si que pensemos en un futuro
    juntos…

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