TANATOS 12

CAPÍTULO 19
Ella tenía que saber que yo, en el preciso momento en el que la viera así vestida, sabría con precisión el motivo. Pero eso no hizo que su semblante serio y hasta chulesco variase un ápice durante aquel caminar que la llevó hasta nosotros. Y no solo no se incomodó, sino que le pidió permiso a Carlos para hacer un aparte conmigo.
Carlos aceptó y, mientras ella y yo nos alejábamos, oí como él le decía al camarero:
—Esta noche no voy a estar yendo de aquí para allá, a nosotros nos atendéis allí, donde aquel sofá. ¿Correcto? —aclaró, en un tono que rozaba la impertinencia.
Ya suficientemente apartados como para que Carlos no pudiera oírnos, María dijo:
—A ver, en serio. Dime. ¿No sabe absolutamente nada?
Yo la observaba, su pecho se marcaba, su pelo brillante, su semblante fresco, como si no llevara toda el día y toda la semana trabajando… Estaba muy potente. Estaba muy buena. Yo venía de la lindeza casi naïf y angelical de Begoña y me chocaba la belleza sexual de María; esbelta, sí, casi delgada, pero con una contundencia superior.
—Ya te dije que no sabe nada. ¿Y tú? ¿Me vas a explicar… esto? —le dije refiriéndome a su atuendo. Lo cierto era que no era necesario mencionarlo con todas las letras.
—¿Seguro? Pero estuviste allí un buen rato, ¿no?
No quise caer en la trampa. Me callé hasta que ella prosiguió:
—Bueno, ya me contarás… Lo de esto es una chorrada. Le conté de pasada lo de jugar a calentar a Víctor y se le ocurrió esto. Nada más.
Siempre que algo me alarmaba, y no necesariamente porque me pareciera mal, ella lo acababa definiendo como “una chorrada” y a mí no me lo parecía, cosa que le hice saber, y le inquirí también sobre el peligro que pudiera conllevar que él conociera a Víctor, y me dijo:
—No le conoce. En fin. Me mareas, Pablo. Nunca sé qué quieres y qué no. Parece que si no es idea tuya no te vale. Que te molesta que la chorrada ésta del asqueroso de Víctor haya sido idea de él.
Le iba a preguntar que si tan asqueroso le parecía, que me explicara por qué había accedido, pero en ese preciso momento Carlos nos interrumpió, con su diligencia habitual, diciéndonos que nos llevarían la bebida a la mesa, y que fuéramos hacia allí.
Si María hubiera querido le habría cortado, le habría dicho que iríamos en seguida, y habría continuado hasta el final la conversación conmigo, pero como no le interesaba, iniciamos el camino hacia el mismo sitio que la otra noche. Y, cuando me pude dar cuenta, él ya me la robaba, pues hablaba con ella durante ese corto trayecto, caminando yo detrás.
Antes de tomar asiento María se quitó la chaqueta y me la dio, remangó las mangas de la camisa rosa y nos sentamos, como la otra vez, con ella en medio de los dos, y yo posé su chaqueta detrás de mí.
Pronto descubrí que solo el sofá era igual que la otra vez, pues todo lo demás era diferente. Su conexión era mayor. Su conversación era más fluida. La atención que le profería ella a él era total. Incluso temas intrascendentes parecían interesarle de manera plena.
Yo no existía.
Bebíamos y sus conversaciones saltaban de temas de trabajo a viajes por hacer y yo escuchaba “Maldivas” y “Plan general de ordenación urbana” con la misma distancia y desinterés.
Nos contó entonces que esa noche se hospedaba en ese mismo hotel, ya que al día siguiente tenía un vuelo muy temprano, por un viaje de trabajo, y que su vida no entendía de lunes, ni de jueves, ni de fines de semana.
—Me ahorro conducir cuarenta minutos desde la casa de la playa y así de paso se la dejo libre a la de 19, que se ha echado novio —medio rio, queriendo representar la suma expresión del padre moderno y comprensivo.
Nadie le replicó y él continuó:
—Hasta que no tienes una edad es complicado buscarse la vida en ese sentido. Qué menos que facilitarle las cosas —dijo él, con su sobriedad habitual, como si no estuviera hablando de que su propia hija estuviera seguramente follando con su novio en su casa en aquel preciso instante— ¿Y tú, María? ¿Te buscabas la vida en ese sentido? —preguntó, de una forma un tanto forzada.
—Como todos, supongo.
—¿Con quién? —preguntó.
—Pues con un novio, en la universidad.
Carlos bebió de su copa, como esperando a que ella desarrollara aquello, y efectivamente acabó haciéndolo:
—Lo normal. Coche. Hotel cutre. Nada especial. Lo curioso, o lo gracioso, era que el chico medía como dos metros.
—Con un chico de dos metros en el coche —dijo él.
—Sí. Imagínate.
—Intento imaginarlo —soltó serio, y María bebió, y yo sentía, aún más, que sobraba.
—¿Todo grande? —preguntó Carlos.
—Todo grande. Menos el coche —respondió ella, tan seria como él. Y yo no sabía si la seriedad era una cortina de humo de otra cosa. Tampoco tenía ni idea de quién era aquel chico del que hablaba.
—¿Y tú? ¿Te… buscabas la vida? —preguntó María.
—Me la buscaba y me la sigo buscando, ¿no?
Se hizo un silencio. Miré a mi alrededor. Había bastante gente. Bastante luz. Después sabría que no era el único que reparaba en aquello.
—¿Sabes? —dijo Carlos— la otra noche me preguntabas por aquellos pensamientos que me llevarían a la cárcel si… la policía pudiera leerme la mente.
—Sí, ¿te vas a lanzar con uno? ¿O sacas el tema para hacerte el interesante? —dijo ella.
—Diré uno… en el que fuiste protagonista.
Él esperaba que ella manifestase su interés. Pero ella no dijo nada. Y no le quedó más remedio que proseguir:
—Pues, la primera vez que me mandaron a tu despacho, me hiciste sentar, porque estabas hablando por teléfono. Estabas de pie, paseando mientras hablabas por el móvil. De hecho le estabas echando la bronca a alguien.
—¿Y?
—Nada, que pensé de todo en ese momento.
—No sé si me estás diciendo que eso te puso como para imaginar algo punible.
—Más o menos.
—Tienes él… ¿fetichismo de chicas echando broncas por teléfono a colegas o clientes?
—Igual es fetichismo de mujeres que saben lo que quieren.
—No te creas que tengo muy claro lo que quiero —dijo ella.
—Yo ahora mismo sí. Algo que querría que pasara ahora mismo. Pero no quiero estropearlo.
—No hay nada que estropear, si quieres algo puedes decirlo.
—Pues me gustaría que os besarais, aquí, como la otra noche, con calma, y que me dediques ese beso, si puede ser. Pero entiendo que hay mucha gente. Debí haberte propuesto otro sitio.
—¿Y cómo se dedica un beso? —preguntó ella, con su permanente seriedad.
—Me miras. Le buscas. Cierras los ojos. Lo sientes. Acabas. Y me vuelves a mirar.
—No parece muy difícil. Creí que ibas a pedir algo más fuerte. Teniendo en cuenta lo que… hicimos la otra noche.
—¿Te refieres a lo de que prácticamente me mearas encima o a lo de la paja que me hiciste? —preguntó Carlos, imperturbable, pero alterándome, y seguro alterándola a ella. Si bien ella parecía disimularlo bien.
—Me refería a lo de la paja, si te soy sincera.
—Buena… paja… por cierto…
—No tiene mucha ciencia —respondió María.
—Me han hecho pajas terribles, créeme —soltó él.
Se hizo entonces un silencio. Se miraron. Y él acabó por decir:
—Bueno. El beso. Dedicado. ¿Recuerdas el orden para que pueda considerarse dedicado?
—¿Qué dices, Pablo? ¿le hacemos el favor? —preguntó, girándose hacia mí, incluyéndome casi por primera vez.
Yo llevaba un rato pensando qué hacíamos allí, cuales eran las intenciones de cada uno, y, durante el tiempo en el que ellos se habían enzarzado, había concluido que Carlos se la quería follar, que quería protagonizar el juego original: follarla él y yo mirar, o sin mí. Pero que no iba a forzar nada, que respetaría las normas de María y de su nuevo juego, que prefería pecar de contenido antes que dar un paso en falso; así que, como consuelo, quería que le mostráramos lo que hacíamos…
… Y también concluí que ella tenía muy claro que sus nuevas reglas eran inalterables, tan claro como que ella sentía una mal disimulada atracción por él, pero que mostrarse poderosa, exhibirse y enseñarle cómo fantaseábamos, constituía una exposición controlada que la excitaba tremendamente.
Yo, produciéndome Carlos cada vez más rechazo, no podía evitar sentir tanto morbo o más que María por lo que estábamos empezando a vivir con él, pero veía en aquel emisario de Edu, y en aquel nuevo juego, todo el peligro que ella no quería ver.

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