LUIS4ACONT

El Parque.

Una hora después, la cuadrilla, que ha seguido todo con el interés de un Barca-Madrid la progresión del Madriles con la rubita, ven cómo salen solos del pub. Mientras, la acompañante observa con gesto contrariado, sin que se sepa muy bien si es por su amiga, o porque es ella la que hubiese querido salir del brazo de Julián.

– ¿Que os dije? ese le mete mano esta noche – afirmó Pedro.

– Eso está por ver –respondió Eduardo con un deje escéptico en la voz. Le costaba creer que la hija del comandante se dejara tocar en la primera cita con un desconocido.

– Pues ya lo veremos luego en el cuartel.

– Con lo que él nos cuente yo no me fío…

– Mira, es un pringado para muchas cosas, pero en esto no suele mentir, ya lo sabes…

– Bueno – sentenció Antonio dando un trago a la cerveza: – ya veremos.

Dos horas más tarde, mientras la tropa enfilaba la calle que conducía a los cuarteles, una pareja salía de uno de los garitos de moda, achispada y alegre, cruzando otra avenida y perdiéndose entre las sombras difusas de los jardines que había enfrente. Julián no preguntó, ni consultó, ni tampoco informó a Virginia (que así se llamaba la rubita). Simplemente guio sus pasos hacia la zona más oscura del parque sin que ella se mostrara en apariencia inquieta.

Por el contrario, la chica parecía flotar sobre una nube de euforia provocada por las copas que había tomado y miraba con ojos melosos a su recién estrenada pareja, a la que permitía enroscar el brazo en su cintura.

Hacía ya un buen rato que el roce había dejado de ser casual. Julián sabía administrar los tiempos. Podría ser lo que fuera, pero en eso era muy bueno. Si quería llegar a su objetivo sabía que debía seguir una serie de pasos; pero tan importante como darlos, era saber cuándo hacerlo. Todas sus acciones los habían conducido a aquel sitio oscuro, que Julián se conocía de otras veces y que le había enseñado una de las primeras chicas con las que había conseguido ligar en San Fernando. Dada la proximidad del garito de copas, no eran la única pareja que había tenido la misma idea. Pero el infante de marina pudo comprobar con satisfacción, que el mejor rincón estaba libre y allí decidió que sería el lugar y el momento, porque siempre había un punto de posible ruptura en todo el delicado proceso de ligue. Un momento en que había que lanzarse y que por mucho que hubieras preparado y hecho bien las cosas hasta entonces, la chica se podía echar atrás. Pero lo que sí dependía de él, era demostrar seguridad y seguir mirándola con ojos de encantador de serpientes para no dejarla pensar demasiado, para que ella actuara conforme a lo que el cuerpo le pidiera y no a lo que su cabeza le dictara. Y entonces, un primer beso, suave, casi casto, podríamos decir de tanteo.

Virginia abre los ojos grisáceos mucho, como sorprendida, sin duda lo esperaba, pero por un momento parece haber tomado conciencia de lo rápido que va todo y del sitio donde están, de lo vulnerable que es…

Ahora, Julián sabe que es importante no dejarla pensar. Con firme delicadeza la abraza y la besa, esta vez en la mejilla, susurrando palabras tranquilas. Virginia debe sentirse vulnerable, no porque la pueda forzar u obligar, sino porque ella misma dude de su capacidad y de su deseo de oponerse. Por si luego la cosa se revira, por si vienen mal dadas con el comandante o con quien sea… no sería la primera vez que es la misma chica ofendida la que lo defiende ante sus padres.

Pero nada de eso parece necesario, porque Virginia parece estar por la labor una vez superado un primer momento de consciente inquietud. Se deja envolver en sus brazos sin mostrarse activa, pero tampoco sin resistirse, incluso parece invitarlo con su pasividad.

Julián va dejando un rastro de besos desde su cuello hasta el escote, enterrando sus labios en el nacimiento de sus pechos, en el hueco de esas dos tetas lozanas y juveniles, con el oído atento al latir de su corazón cada vez más acelerado pero sin que ella muestre rechazo, lo cual indica que la está llevando al punto adecuado.

Y entonces un paso más decidido, inapelable: tira del vestido y del sostén a la vez, suavemente, hasta que un pecho salta fuera. Luego hace lo mismo con el otro. El escote los aprieta manteniéndolos juntos y Julián puede ver, a pesar de la oscuridad, como sus pezones empiezan a empitonarse (el fresco relente de la noche también colabora) y antes de que Virginia pueda reaccionar, uno de ellos desaparece en su boca arrancándole un gemido quedo. Cuando Julián considera asentado el primer paso, esto es, que Virginia admita sus labios en los pechos, recorriéndolos, cerrándose sobre sus pezones, succionándolos como si fuera un lactante hambriento, introduce la mano bajo el vestido y acaricia los muslos, subiendo poco a poco hasta donde ambos se juntan.

Instintivamente y a pesar del placer confuso que sentía, ella cierra las piernas. Último intento medio consciente de resistirse, o simplemente, de justificarse antes de rendir la plaza, como el buque que dispara su artillería contra el corsario mientras se va preparando para izar la bandera blanca. Pero en este caso el enemigo tiene prisa, no puede retrasar mucho su vuelta al cuartel y considera que ha pasado el momento de las dudas.

Julián le separa los muslos con contundencia y empotra la mano en su entrepierna, acariciando un monte de Venus carnoso y con abundante pelo a la vez que la besa en la boca para callar su protesta, que muere antes de salir de sus labios.

Virginia recibe con sorpresa el busco ataque y de repente es consciente de dónde y con quién está. Por primera vez le ve la piel al lobo. Sabe que está atrapada, que ella misma se ha metido en su guarida: están en un sitio apartado, oscuro, la carretera pasa por detrás y el ruido de los coches y los camiones ahogaría cualquiera de sus gritos, suponiendo que quiera gritar, claro… porque las piernas se le aflojan y su voluntad se desvanece en una mezcla de excitación y pánico. De ese abandono, de esa falta de resistencia, de esa entrega, poco a poco va surgiendo el placer: de repente se da cuenta que desea lo que va a pasar.

Y se moja…

Julián lo nota o tal vez solo lo presiente. El caso es que aparta la braguita a un lado y pasa dos de sus dedos por entre los labios mayores. Con cuidado, sin brusquedades, los separa y roza con la yema su himen sin ir más allá.  Luego sube buscando el clítoris, arrastrando un flujo pegajoso que ahora sí, certifica la excitación de la chica. Usándolo como lubricante, empieza a masajear su botón con movimientos circulares. En ese momento Virginia se enciende… Literalmente, siente como una especie de fuego que se extiende desde el interior de sus muslos hasta su vientre. Aquello, poco a poco la invade y la oleada de calor le sube hasta el pecho. Cuando Julián aprisiona el clítoris entre sus dedos y se lo pellizca suavemente, una descarga recorre su columna hasta llegar a su cerebro. Entonces abre la boca y de sus labios brota un gemido ronco, casi animal. Aquello es tan diferente a cuando ella se masturba… y también a las torpes caricias recibidas hasta entonces por parte de muchachuelos, que ahora comprueba que eran totalmente inexpertos y torpes… De repente es consciente de estar entre los brazos de un hombre, seguro, experto y conocedor de lo que se trae entre manos, pero… ¿está preparada ella para ser la mujer fatal que ha tratado de interpretar?

En cualquier caso nada de eso importa, porque ya no puede, ni quiere, hacer nada más que entregarse. Carece de importancia que acabe de conocerlo, que no sepa nada de él, que estén en un sitio público y posiblemente expuestos a que alguien los vea haciendo cosas indecorosas o que el chico sea un soldado de reemplazo. Solo le importa que está ardiendo y que su cintura busca involuntariamente la unión con la mano que le está dando placer. Ajenas a su control, sus caderas giran y se mueven para presentar su coñito de forma que le permita mantener el contacto y que le facilite el trabajo a Julián.

¡Dios, qué bueno es lo que le está haciendo!

Mientras, se abraza a su cuello y entierra la cabeza en el pecho del chico. Los dedos expertos aceleran el frote y ella se entrega sin reservas al placer que viene ya desbocado, incontenible. Para Virginia ya solo existen las contracciones de su sexo y el orgasmo que se apodera de ella, el cuerpo duro del muchacho contra el que se pega, el sabor salado del sudor en su cuello y su boca aferrada a uno de sus pezones, aumentando la presión hasta casi hacerle daño…Y sin embargo lo único que provoca es más placer, si eso es posible.

Ella cierra los muslos. Al contrario que hace unos momentos, en esta ocasión, se trata de presionar esa mano y que no salga de ahí, de entre sus piernas, mientras acaba de correrse. Todavía tiembla un poco más y después de la explosión permanece aún tensa, pendiente de los ecos de placer cada vez menos intensos, pero que aún puede notar.

Julián, espera paciente a que pase todo. La nota desmadejada. Ahora, la chica ya por fin se relaja y se queda floja, como inerte. Cuando saca la mano de sus muslos se oye una especie de choff. Ella continúa abrazada, con los ojos cerrados, tratando de digerir todo lo que acaba de sentir.

Julián sabe que ese es el momento, que hora le toca a él antes de que ella se recupere y tome conciencia de todo lo que ha pasado. Es posible que entonces se asuste, venga la culpa o esté menos dispuesta para complacerle. Así que le tira del pelo suavemente haciéndola levantar la cara y besa sus labios húmedos, intensa pero a la vez suavemente. Ella acepta el beso y se deja meter la lengua, enroscando la suya también. Luego se saca el pene y soltando de su cuello una mano de Virginia, la conduce hacia su verga. Ella se estremece al contacto y luego emite un leve suspiro, pero no la rechaza. Casi mecánicamente, hace un torpe intento de masturbación.

Julián se deja tocar unos minutos pero pronto se da cuenta de que el tiempo corre en su contra. Aquello no va mejorar: la chica no tiene experiencia, seguramente empezará a inquietarse por el sitio donde están y por todo lo que ha pasado. La hora también apremia. Sabe que debe volver al cuartel antes del toque de retreta y no hay demasiado tiempo para trabajarse a la muchacha. Procede una retirada y dejar la pasarela puesta para otra ocasión o emplearse a fondo y forzar un poco la situación.

Julián sabe por experiencia que oportunidad aplazada es oportunidad perdida. Y no está dispuesto a retirarse sin cobrar la pieza. Sabe Dios lo que se le pasará por la cabeza a Virginia al día siguiente, cuando haga balance de todo lo que ha sucedido… y lo que va a suceder. Así pues, le levanta el vestido y se arrodilla frente a ella. Le besa suavemente el vientre y le baja las bragas hasta los tobillos. Ella se remueve inquieta, pero le permite hacer levantando suavemente los pies y dejándose quitarlas. Un par de besos en su pubis y una caricia con la punta de la lengua hacen que ella se agarre a su cabello corto con fuerza, arrastrando la cabeza hacia su entrepierna.

Un ronco gruñido de excitación delata su deseo de que Julián se entretenga ahí con la boca. Esa va a ser una noche cargada de descubrimientos y emociones nuevas, piensa Virginia. Pero esas no son las intenciones de Julián que se levanta y la lleva un par de metros hacia atrás, buscando unos escalones que suben a un pequeño templete, dónde hay un busto de un tipo con pinta de militar decimonónico que el chico no sabe quién es, ni en ese momento le importa lo más mínimo. Solo quiere que la chica se aúpe al primer escalón para coger un poco de altura y quedar los dos casi frente a frente. Problemas de enrollarse con una chica bajita, que para hacerlo en el coche está muy bien, pero en la calle es más complicado porque las alturas no cuadran. Vuelve a levantar el vestido pegando su miembro erecto a su pubis. Ella da un respingo, como si no lo esperara, y cuando Julián le roza con su glande el sexo, ella interpone las manos entre ambos y trata de separarse, asustada.

– No, eso no, que soy virgen.

Él no fuerza la situación, pero aparta sus manos y establece contacto, esta vez, mejilla con mejilla y susurrando en su oído muy despacito:

– No te preocupes, no te voy a penetrar… tú déjame hacer, confía en mí.

Ella no las tiene todas consigo y aún mantiene los brazos tensos, intentando conservar la distancia. Julián redobla entonces caricias en la oreja y en el cuello, y vuelven a brotar palabras dulces y tranquilizadoras: “tengo experiencia, te va a gustar, no te preocupes que no voy a entrar donde no debo…”

Ella se deja hacer, ahora más intimidada que excitada, así que vuelve a colocar su miembro entre los muslos de la chica, notando como están muy húmedos y pegajosos de flujo por la corrida anterior. Esto facilita las cosas y hace de lubricante para que su polla se deslice entre la carne, con la parte superior en contacto directo con su coño pero en paralelo, sin peligro aparente de que su prepucio le rompa el himen.

Julián, sabe que podría penetrarla modificando el ángulo pero tiene mucha experiencia y de esto entiende bastante: no es la postura, ni el lugar, ni el momento para desflorar a una chica. Su ego no le permite dejar a una mujer así, dolorida, insatisfecha y arrepentida. Buena parte de su éxito y de su fama, que parecen constituir todo su patrimonio, se basan precisamente en la buena propaganda que le hacen sus amantes. Él no se considera un follacoños cualquiera, es mucho más…

Tras un rato de deslizar su miembro entre las piernas de la chica, Virginia aprieta un poco los muslos, ya más tranquila respecto a sus intenciones y empezando a entender de qué va el juego. Y entonces, Julián, se corre: lo hace a borbotones, gruñendo como un jabalí en celo y empujando contra ella, que sorprendida y abrumada, lo estruja contra sí misma, notando cada eyaculación, cada descarga de leche tibia que va a parar a sus amplios y generosos muslos, chorreándole por las piernas hacia abajo y formando una pasta que se pega a los pelos de su vulva. Demasiadas sensaciones para una Virginia que hasta ahora solo había jugado a ser mayor en su mente, pero que de golpe acaba de bajar al suelo, a la realidad y al barro del sexo real y cierto, sórdido, guarro y prohibido pero también placentero, enervante y lúcido.

Julián se retira de ella y se recompone rápido: solo tiene que limpiarse un poco y subirse los pantalones. Luego le pasa a Virginia un pañuelo con la bandera confederada que normalmente lleva al cuello y esta, procede a asearse como buenamente puede, sintiendo una súbita vergüenza de qué Julián, que ha encendido mientras un cigarrillo, la observe con gesto indefinible, sin saber muy bien si está pensando en sus cosas o la está puntuando de cero a diez. Él parece adivinar sus pensamientos y perfeccionista como es, no desea dejar ningún cabo suelto, así que se acerca y echándole la mano por la cintura le da un beso en la boca, suave, casi tierno.

– ¿Quieres que te acompañe a casa? – ella asiente.

– Pues entonces vamos, que se me hace tarde para volver al cuartel.

Virginia hace ademan de devolverle el pañuelo, pero Julián le pide que se lo quede.

– Es un pañuelo que me gusta mucho, siempre me ha dado muy buena suerte. Quédatelo, quiero que lo tengas.

Por un instante a Virginia le brillan los ojos y luego se le coge del brazo y caminan hacia su casa. Apenas hablan. Al llegar a una esquina, ella se detiene.

– Hasta aquí – le dice mientras le pone las dos manos en el pecho y acerca su cara para darle un beso – No quiero que mis padres me vean llegar escoltada.

Cinco minutos después, Virginia entra en el portal del bloque residencial dónde vive. Le ha dado a Julián su teléfono y ahora no sabe si ha hecho bien o no, quizás lo más lógico hubiera sido desaparecer sin más y evitar qué algo así volviera a poder pasar. Pero en el fondo desea que la llame y quiere volver a verlo, es lo que le pide el cuerpo, aunque la cabeza le dice que es mala idea. No enciende la luz de las escaleras, sino que se queda pegada al ascensor a oscuras. Saca el pañuelo que le ha dado Julián y levantándose el vestido vuelve a limpiarse los muslos, otra vez húmedos en la parte de sus ingles. Su sexo no deja de rezumar flujo. De repente una risita y una exclamación de sorpresa brotan de su garganta.

No se acordaba ni se ha dado cuenta, pero viene desde el parque sin bragas, por eso está tan empapada. Deben haber quedado tiradas en el suelo. No lo recuerda muy bien, todo ha sido tan confuso…Se limpia el coñito una vez más y el roce del pañuelo que pertenece a Julián le provoca un ligero cosquilleo, que a la segunda o tercera vez se va convirtiendo en una sensación más placentera. Los recuerdos del momento tan reciente la asaltan en tromba, arrasando cualquier intento de su cabeza de poner orden o quizá algo de arrepentimiento a todo lo que ha sucedido. El clítoris se le hincha de sangre en respuesta a la llamada del deseo, que vuelve a crecer dentro de ella en forma de pensamientos confusos y obscenos. Procurará lavarse en el aseo sin hacer ruido, no desea despertar a su madre y cruzarse con ella, porque tiene la sensación de que con una sola mirada podría adivinar de dónde viene y lo que ha hecho. Y luego a la cama: allí volverá a recordar, se volverá a acariciar… quizás una buena paja frotándose con la almohada, como cuando era más jovencita y descubrió el placer de tocarse. Su primer orgasmo le llegó de esa forma… ahora también le parece que es un momento especial. Después dormirá a gusto y profundamente.

Se guarda el pañuelo en el bolso y, ahora sí, enciende la luz y llama al ascensor. Mientras lo espera sonríe pensando en la cara de su amiga Alejandra, la que se ha quedado en el pub y que ya se debió ir hace mucho rato aburrida de esperarla, cuando le cuente que tiene novio.

Toque de queda

– Tercio del Sur ¡Silencio! Tercio del Sur ¡Silencio!

La locución grabada que sustituía al antiguo toque de corneta resonó en todo el cuartel a través de los altavoces, perdiéndose después en ecos cada vez más débiles entre las gruesas paredes del edificio que albergaba el dormitorio de la compañía.

En ese momento el soldado que hacía la primera imaginaria apagaba las luces y se suponía que todo el mundo tenía estar en su cama y en silencio. Esto valía para los reemplazos más novatos, pero los veteranos se arrogaban el privilegio de continuar charlando entre ellos, jugando a las cartas o moviéndose entre las literas usando las linternas de petaca. Un viernes por la noche era altamente improbable que ningún mando de guardia apareciera por allí para incordiar.

– ¿Ha vuelto? – preguntó Antonio, que venía de la ducha con la toalla sobre el cuello.

– Aún no – contestó Eduardo tendiéndole una botella de ron de caña canario a la que apenas quedaba un cuarto de contenido – Dale un chupito, estamos a ver si la matamos…

– ¿Y esto?

– Del club de suboficiales, cortesía del Castilla…

El Castilla era el buque de desembarco de la Armada que recientemente había estado de maniobras en Canarias. Curiosamente (nadie menciona nada del contrabando, aunque es vox populi) a la vuelta, todo el cuartel se vio inundado de cartones de Winston americano, whisky, botellas de Bailey y un ron dulce canario hecho de caña que entraba razonablemente bien, pero que luego dejaba unas resacas espantosas. Antonio se sentó junto a Eduardo en la litera y dio un pequeño buche de la botella.

– Uf, un par de tragos más de esto y mañana no me levanta ni Dios…

-Bueno, pues desayunas y te echas a dormir en un camión – comentó Pedro desde la litera superior.

– Pues mira, no es mala idea, porque yo mañana no salgo a ningún sitio. Estoy reventado…

– Entonces ¿qué os parece si nos lo tomamos de tranquis y luego nos movemos por la noche? – Intervino Eduardo.

– Es lo mejor que podemos hacer, remolonear por el cuartel, descansar y salimos tarde – confirmó Antonio – total yo estoy tieso y tampoco puedo gastar mucho…

– Mañana hay jarana en el Parque Genovés y en los alrededores del Falla, podríamos ir a ver.

– ¿Y eso?

– Creo que actúan unas chirigotas o unas comparsas… solo sé que es algo de carnaval.

– ¿Carnaval ahora?

– Si, eso creo, aunque no sean fechas, pero ya sabes que aquí en Cádiz están liados todo el año.

– Vale, si no hay otro plan… yo paso de salir otra vez por San Fernando que ya lo tengo muy visto y dos días seguidos se me hace bola.

– Oye ¿y el Madriles? ¿No iba con vosotros? – preguntó una voz en la penumbra, un par de literas más allá.

– Pues debería estar al caer – dijo Antonio. De repente, se creó cierta expectación en torno a ellos.

– ¿Dónde lo habéis dejado? ¿Qué pasa, es que ha pillado o qué?

– Que os lo cuente él cuando venga, si es que viene…

– Oye, que dice éste que estaba con la hija del comandante…

– Pues le preguntáis cuando llegue…

– Qué cabrón, al final le ha entrado…

Comenzó a crearse un murmullo creciente entre las literas más cercanas, conforme se iba corriendo la noticia.

– ¿Quién estaba de jefe de la guardia esta noche? – Preguntó Antonio bajando la voz y volviendo la conversación al círculo más íntimo

– El Carapapa si no me equivoco…

– Bueno, a ese se lo tiene ganado, seguro que lo deja entrar sin dar parte.

– Igual ni se entera…

Eso era bastante probable. Las guardias de garita en la puerta del cuartel se las comían siempre los reclutas y desde luego, no estaban por la labor de enemistarse con un veterano teniendo por delante tantos meses de mili. Si el mando se había quitado de en medio o estaba durmiendo, lo más seguro es que lo dejarán pasar sin más.

– Anda, pásamela… – dijo Pedro dejando colgar el brazo de la litera. La botella desapareció rápidamente de la vista de Antonio y Eduardo. Arriba se oyeron un par de tragos. Y luego la inconfundible voz con acento gallego, pausada y profunda, que siempre parecía arrastrar una mezcla entre melancolía y nostalgia.

– Ese por lo menos folla. Joder qué largo se me está haciendo esto ya que casi estamos llegando al final, carallo…

– Bueno, no es el único. El Cordobita pilla casi todos los fines de semana…

– Ese no cuenta, pagando cualquiera echa un polvo…

– Vale, pues Edu también – terció Antonio.

– Eso sí, así sí… Aunque sea siempre con la misma.

– Y bien rica que está – comentó el aludido, cerrando los ojos y esbozando una sonrisa de satisfacción mientras se estiraba en su cama.

Eduardo era de Sevilla, así que casi todos los fines de semana que no le tocaba servicio podía ir a casa. En cercanías, apenas una hora. Y desde hacía dos meses, además, con un aliciente especial. Se había echado novia. Una morena con el pelo lacio bastante guapetona, si la foto de estudio que había enseñado a sus camaradas le hacía justicia. Hasta ahora no había tenido mucha suerte con las chicas, ninguna novia formal y apenas algún que otro magreo y roce, sin pasar a mayores. Hasta que se decidió por fin a entrarle a Beatriz, la hija de una amiga de la familia a la que conocía desde que eran pequeños y por la que siempre se había sentido atraído. Por un motivo u otro, a pesar de que se llevaban muy bien y coincidían mucho de marcha con sus grupos de amigos, Eduardo no acababa de lanzarse.

Aunque más bien habría que decir que estaba decidido pero que no se atrevía. Las chicas no eran su fuerte, como había podido constatar fracaso tras fracaso. Así que su autoestima estaba por los suelos y simplemente no se atrevía a pedirle salir a Beatriz, porque aunque estaba prevenido y acostumbrado contra cualquier rechazo, no sabía cómo reaccionaría ante el suyo en particular. Ella le gustaba demasiado. La había hecho dueña de sus fantasías y de buena parte de sus proyectos sentimentales y casi que prefería seguir soñando, a intentarlo y fracasar, y entonces quedarse sin nada lo que aferrarse. Pero llegó un momento en que la situación estaba clara para todo el mundo. Beatriz, también tímida e insegura como él mismo, no dejaba de buscarlo, encontrándose casi cada fin de semana de una forma u otra. Al final la cosa cayó por su propio peso y acabaron liados.

Una vez superada la fase de la vergüenza, la pareja pisó el acelerador y en apenas un par de semanas ya eran inseparables, ambos habían dejado de ser vírgenes y sus encuentros estaban preñados de proyectos e ilusiones para el futuro y también de sexo. El único que la pandilla que al inicio de la mili aún permanecía virgen y parecía sentirse incómodo cada vez que se tocaba el tema, de repente se había vuelto comunicativo al respecto, dándoles cuenta, entusiasmado, aunque sin entrar mucho en detalles, de los encuentros con su novia.

Eduardo era de los cinco amigos el que lo llevaba mejor. Se ve que su relación con Beatriz y la posibilidad de ir casi todos los fines de semana casa impulsaban su ánimo, volviéndolo el eterno optimista del grupo. Como sucedía ahora: Antonio podía verlo con los ojos entornados, las manos detrás de la nuca y una expresión feliz. Estaba claro que su mente estaba ya anticipando el próximo fin de semana con su prometida.

Unos pasos resonaron por el pasillo y se oyeron comentarios conforme se acercaban.  Antonio se volvió, asomando el cuello, justo para ver llegar a Julián.

– Vaya ¿has podido colarte sin problemas?

– Pues claro – comentó el con suficiencia, como dando por hecho que salvar la guardia de un par de reclutas y un mando conocido y manejable, no era motivo siquiera de discusión para un veterano como él – Dame – pidió al gallego extendiendo la mano.

Se tomó su tiempo para dar un trago, recreándose en la expectación que generaba no solo entre su círculo más inmediato de amigos, sino también entre varios curiosos que se acercaron a ver en que había quedado la historia con la hija del comandante.

– Bueno cuéntanos, que aquí hay algunas cervezas en juego – Indicó el gallego.

– ¿Y qué habéis apostado?

– No seas gilipollas ¿es que te lo tenemos que explicar? No te hagas el interesante y dinos si has mojado o no.

– Un caballero no cuenta esas cosas…

– Jajaja – la risa de Antonio resonó por toda la compañía obligando al primer imaginaria a reclamar silencio – Un caballero no, pero es que estamos hablando de ti… Venga que estás deseando… ¿Ha habido tema o lo has dejado para otro día?

– Igual es ella la que lo ha dejado para otro día…o para otro soldado… – terció el gallego provocador.

Ahora fue Julián el que se rio y metiendo la mano en el bolsillo de la cazadora, sacó unas bragas manchadas y arrugadas que dejo caer en la litera, dándose la vuelta y dirigiéndose a su catre con aires de suficiencia mal disimulada. Un coro de exclamaciones lo jaleó por el camino mientras sus tres compañeros se miraban entre perplejos y divertidos.

– ¡Ese Madriles!

– Tío, aquí has triunfado, vaya plaza más difícil…

– Joder, no hay día que salgas al monte y que no vuelvas con el conejo en la mano…

Pedro cogió las bragas con la punta de dos dedos haciendo pinza y las dejo caer en el hueco entre las camas:

– ¡Tú! llévate esto de aquí…

– Quédatelo de regalo, gallego.

– Ea, pues ya tenido su momento de gloria – comentó Antonio – parece César celebrando su triunfo en la Galia.

– Sí, respondió Eduardo, hay pavos reales en celo más discretos que él… lo cual me lleva otra cuestión: alguien nos debe una ronda de cervezas…

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s