LUIS5ACONT

Noche de copas en San Fernando.

– Este toca pelo esta noche y no precisamente de la cabeza…

– Con esa no tiene nada que hacer: es la hija de un comandante.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Pues que, aunque sea jovencita, tiene más mili que todos nosotros juntos. Esta no se junta con soldados rasos. Ya sabe lo que hay. Y si no, se lo habrá explicado su padre, que para algo tiene mando en plaza.

– Pues la carita que le está poniendo no es precisamente de disgusto. Te digo yo que el Madriles se la lleva al huerto…

– ¿No ira una ronda de cervezas?

– Hecho. Si no le mete mano, mañana invito yo a la primera. A la contra pagas tú.

– Pero nada de besitos, tiene que ser metida de mano en toda regla.

La apuesta quedó cerrada entre el Pedro el gallego y Eduardo el camarero, con Antonio el malagueño de testigo.

Mientras tanto, ajeno a todo, Julián seguía hablando con aquella rubita de pelo liso y largo, sin dejar de mirarla ni un solo momento a los ojos. La chavala no tendría más de dieciocho años y piel clara, que parecía denotar junto con su acento que no era gaditana. Posiblemente de Valladolid o Salamanca, calculó el Madriles. Estaba claro que había ido a parar allí por el traslado de su padre. Cara redondita con grandes ojos grisáceos y unas pestañas que se mecían sensuales, arriba y abajo, como invitándolo a proseguir la conversación. Buen pecho, erguido y abundante, asomando en el escote del vestido que se abría casi de hombro a hombro. Labios carnosos componiendo junto con el resto, un conjunto agradable a la vista, sin que la chica fuera una belleza. Muslos grandes y redondos y un culo prieto y respingón. Iba poco maquillada, pintada apenas con las luces de la noche que se reflejaban en sus ojos y rostro. Un punto de naturalidad entre tanto eyeline, polvos y sombras llamativas, marca de los años ochenta, grafiteadas en cuerpos que se movían alrededor, reclamando sus cinco minutos de fama. La única pega que se le podía poner respecto al ojo escrutador de Julián, es que era muy bajita. Si hubiera medido treinta centímetros más, hubiese sido una de esas jaquetonas que van llamando la atención. Por el contrario, por su baja estatura daba la impresión de estar más gorda de lo que realmente era. A Julián le pareció una chica con pinta aldeana, lozana y dulce, metida en un traje de mujer de ciudad que le venía grande. Una mezcla entre provocación e indefensión.

Llevaban conversando apenas media hora y ya tenía claro que todavía le faltaba mucha madurez. En ella había más de niña que de mujer.

Julián decidió jugar todavía un rato más antes de intentar ir en serio. Había previsto una chica correosa, dura y soberbia que le iba a dar trabajo, pero ahora resulta que era todo fachada y que apenas derribado el primer muro, ya se podía colar hasta la cocina. Era una muchacha de infantil tratando de jugar en juvenil. Aquello le quedaba grande, muy grande… a Julián casi le dio lástima y por un momento pensó en retirarse, una vez teniendo claro que se iba a cobrar la pieza. No dejaba de pensar que su padre era comandante y de los que tenía mala fama, pero eso no hubiera sido propio de él. No le bastaba con marcar la estocada: si no rasgaba carne, aquello no contaba, y él nunca dejaba de apuntarse un tanto. Ni de pequeño jugando al tenis, su deporte favorito, ni de mayor en la cancha de las emociones fuertes. Además, estaba toda su basca pendiente de él y aquí no importaba si al final la conquista iba a ser fácil o difícil, sino su reputación y lo que los demás pensaran.  Y lo que todos pensaban es que nadie tenía huevos de levantarse la chica aquella: por lo creída que era, porque siempre iba rodeada de una panda de escoltas en forma de amigos, que miraban con desprecio a todos aquellos que tuvieran pinta de militar raso y por miedo a su padre.

Así que había hecho como el cazador prudente que finge retirarse, pero que luego da un rodeo para acercarse contra el viento y que no lo detecte la presa. Que los demás hubieran pensado que el ligón oficial de la compañía se retiraba ante un trofeo aparentemente difícil, solo aumentaba el mérito que recibiría cuando se lo cobrara. De eso se hablaría en el cuartel durante todo lo que quedaba de mili: de como Julián se había enrollado a la hija del comandante, de cómo había triunfado allí donde todos los demás fracasaron. De manera que había esperado paciente la oportunidad y se había presentado esta noche, cuando la chica hizo acto de presencia, esta vez, sin el coro habitual de guardaespaldas, sin el grupo donde se refugiaba, solo acompañada de una amiga.

Una vez superada esa trinchera, Julián tenía que vencer su indiferencia y su soberbia hacia un simple soldado raso. Pero ahí ya sabía dónde y cómo se jugaba el partido. Tenía armas: era guapo, cuerpo atlético y buena percha. Sabía cómo vestirse para potenciar el efecto sobre las chicas, lo que complementaba con una elegancia natural que también venía de serie. Hay gente que todo lo que se echa encima le sienta bien sin apenas esfuerzo. Y también tenía esa mirada de serpiente hipnotizando a su presa, atrayéndola y haciendo que desee ser mordida, o al menos, consiguiendo el efecto de turbarla y paralizarla para que baje sus defensas.

Julián tenía muchas tablas porque este había sido su leitmotiv desde que apenas tenía uso de razón. Mal estudiante, el trabajo le repelía especialmente si implicaba doblar el lomo o mancharse las manos. También reaccionaba mal a cualquier responsabilidad o compromiso. Todo esto, lo había empujado a su única verdadera razón de ser, el único sitio donde realmente se sentía reconocido, en el que disfrutaba y sentía que era alguien: el papel de Don Juan. Obviamente, ninguna de estas cualidades lo había hecho popular entre la tropa, lo mismo que en Madrid no era especialmente querido entre el grupo de amigos, pero Julián no necesitaba que lo quisieran, a él le bastaba con que lo envidiaran. Y de eso iba bien servido: envidia, odio, rencor… pero nunca indiferencia, pues no pasaba desapercibido. Ni para las chicas ni para los hombres.

Y cuando estás arriba, no te puedes permitir ninguna concesión, así que adelante sin miedo, a por la tercera línea de defensa, que era la reputación del comandante. Ya sabría camelarse a la chavala para que esta no contara nada o contara poco. Y mira, en cualquier caso, que pase lo que tenga que pasar: el no daría marcha atrás una vez derribados los obstáculos, allí no iba a plantar la bandera ningún otro, aprovechándose de su esfuerzo.

De forma que hizo su tono de voz un poco más grave, estrechando la distancia con la chica, acercándose muy poco a poco para no provocar recelo, hasta que sus caras estuvieron tan cerca que podía notar su aliento sabor a fresa, fresco y limpio. Atento a la conversación, no porque le importaran una mierda las bobadas que la chica le refería, si no para ver qué es lo que realmente le interesaba y seguir animándola a que hablara de ello. Ya sabéis como va esto…”soy tu amigo, me importa todo lo que me cuentas, tú eres lo primero, eres aquí la reina, etc”… y mucha comunicación no verbal. “Me acerco poco a poco, es posible que me estés olfateando, pero mira mis movimientos lentos y tranquilos; no soy un peligro; deja que me arrime; ábreme la puerta”…

“Hasta ahí todo bien. Ahora enciendo esa sonrisa de seductor y poco a poco, también gradualmente, paso a tomar yo la iniciativa. Ya no te importa que sea un recluta ¿verdad?  Te gusto, lo sé…Veo como se te traba un poco la lengua y como tiemblas cada vez que nos rozamos de forma casual”.

“En fin, igual hoy no puedo rematar la faena, pero está claro que ya tengo la mayor parte del camino andado. Si esta noche no puede ser, dejare los puentes tendidos para el próximo asalto”.

El Rompeolas.

Laura mantenía la vista fija en el horizonte. Mirada lejana para concentrarse en los problemas cercanos. Le gustaba estar allí, en el espigón, observando el mar mientras la brisa le revolvía el pelo. La relajaba y la tranquilizaba, por eso acudía a ese sitio cuando necesitaba pensar. También era su lugar favorito para citarse con sus amigas (en este caso con Paqui), y tomarse unos tragos o fumarse un porrito si se encartaba. Solo que hoy, la ligera brisa se estaba transformando en un levante que rizaba las olas haciendo subir cortinas de espuma en sus crestas, de un metro de altura, que finalmente un golpe de viento barría y hacía llegar hasta donde ella estaba en forma de rocío, de un ligero chirimiri que poco a poco la iba empapando.

Pero eso no parecía molestarla, absorta como estaba rumiando sus pensamientos. Porque en su corazón también soplaba Levante. Había creído que José era diferente a los demás y estaba convencida de que su relación saldría adelante. Pero no. Y ahora tocaba decidir, ya en frío, sin tenerlo delante y consultando solo con su conciencia, qué es lo que debía hacer. Lo de este mediodía ¿había sido la despedida definitiva o tenía arreglo?

Repasó una vez más los acontecimientos.

Laura era una chica de armas tomar. Descarada, lanzada, iba a por lo que le gustaba sin esperar que llegara a ella. Y José le había gustado. Disfrutaba provocando, mostrándose y saboreando la atracción que ejercía sobre los chicos, no solo porque fuera bastante resultona y tuviera un cuerpo bastante apetecible, sino también por su actitud abierta, mostrando confianza a cualquiera que le caía bien y entrando en el juego de la seducción sin complejos.

¡Qué curioso! A los chicos les gustaban las tías lanzadas y provocativas solo hasta que se las echaban de novia. A partir de entonces, querían que te volvieras una monja de puertas para afuera y una puta de cama para dentro.

¡A ver! no es que ella disfrutara siendo infiel, ni tan siquiera que contemplara esa posibilidad. Si estaba con un chico, estaba con un chico, eso lo tenía claro. Otro tema es que nadie la limitara, le controlara si salía o entraba, si estaba con sus amigas o como se tenía que vestir o con quién tenía que hablar.

Demasiado había visto de eso ya en casa. Habían sido muchos años de ver como su madre era anulada por su padre hasta convertirse en sólo una prolongación de sí mismo, un mueble más en la casa. Ella tenía claro que la primera virtud que tenía que tener su pareja (cuando la tuviera) era no ser celoso. No estaba dispuesta a dejar que nadie la cambiara. Y pensaba que José era diferente a los novios que había tenido antes y que tampoco le habían durado. Descarado, abierto, provocador como ella misma y muy seguro de sí mismo. Pensó que ahí estaba la clave. Los novios más inseguros son los más celosos. José, sin embargo, parecía confiar en ella porque confiaba en sí mismo. No sentía celos porque no veía a nadie que fuera un rival para él. Guapo, con buen físico y muy bueno para las relaciones sociales. Así que todo iba viento en popa y a toda vela, hasta precisamente que fueron conscientes de lo bien que iba todo.

Justo cuando decidieron que lo suyo iba en serio, las cosas comenzaron a torcerse. En el momento en que empezaban a comprometerse, José empezó a mirarla con otros ojos. Como que no estaba bien que hiciera determinadas cosas. Cómo que, si ya era su novia oficial, solo podía salir con él y torcía el gesto cada vez que se la encontraba en la calle con las amigas o en cada ocasión que parecía compartir un momento de intimidad con otros chicos. No le importaba que se vistiera atractiva y provocadora, siempre y cuando fueran juntos, pero no cuando saliera sola. Y a ella lo único que hacía falta es que le llamaran la atención para que reforzara esas conductas, a modo de autoafirmación, para asegurarse que no perdía un ápice de su independencia.

En fin, roces de novio novato que Laura pensó irían remitiendo con el tiempo, pero que por el contrario se agudizaron.

Hasta ayer. Fue como despertar de un bonito sueño para encontrarte acurrucada en un charco de mierda. Cómo estamparse de bruces contra la realidad como si fuera un cristal que está ahí y que no te das cuenta, hasta que te das la ostia contra él; fuerte, dura, dolorosa e inesperadamente.

La verdad es que los dos estaban algo subiditos esa tarde de domingo, debido al alcohol y al canuto que se habían fumado de hachís. Y también, a tener los sentidos a flor de piel después de un primer asalto en la cama. Llevaban casi toda la semana sin estar juntos y Laura deseaba, sobre todo, una tarde de sexo de esas que te dejan dolorida y magullada pero satisfecha. Y José era bueno en eso. El primer polvo había sido frenético, sin apenas preliminares, con ella tumbada en la cama y sin haberse podido quitar ni las bragas. A José le bastó con apartarlas a un lado y presionar con su pene en su coñito, que ya estaba húmedo, esperando lo que venía.

Así fue el primer asalto, con los pantalones por los tobillos, piernas en alto, dándole rabo profundamente y ella con su camiseta subida hasta el cuello, pellizcándose los pezones y siendo follada con las bragas aún puestas. Un polvo intenso y desesperado que solo le sirvió como preámbulo y para descargar la tensión sexual acumulada, pero que los dejó con los sentidos y los sentimientos a flor de piel, con otro tipo de tensión flotando en el ambiente. Esperando más, mucho más, de lo que quedaba de tarde. Laura hubiera continuado sin interrupción, apenas se hubiera acariciado un poco el clítoris o su chico hubiera jugado con su lengua en él, habría podido encadenar otro relámpago de placer.  Pero José la tenía morcillona. Ella sabía que debía dejarlo unos minutos que se recuperara.

– ¿Te parece buen momento para traer provisiones? – Preguntó. Algo de bebida vendría bien para bajar la sed y prepararlos para un nuevo asalto. José le hizo un gesto aprobatorio con la cabeza. Entonces, se echó la camiseta de su novio por encima y se dirigió a la puerta de la habitación.

– Voy por unas cervezas. Termina de quitarte la ropa que enseguida vuelvo – le dijo pícara.

Pero José cambió la expresión y una mueca se instaló en su rostro antes de hacerle un mal gesto con la mano y decirle:

– Pero ¿vas así?

Estaban en casa del hermano de su novio. Les prestaba una habitación para que tuvieran donde hacerlo tranquilos.

– Sí ¿qué pasa? solo está tu hermano y Loli…Además, la camiseta me tapa todo el culo, o bueno, casi todo – dijo mirando hacia atrás y tirando de ella un poco hacia abajo.

– Tienes que pasar por el salón. ¡Si vas enseñando las bragas!

Aquello ya empezó a no gustarle. Sintió que algo se removía dentro de ella. De nuevo la imagen de su madre le vino a la cabeza. Demasiado bien sabía ella lo que venía detrás de esos reproches, aparentemente tontos, y no le gustaba en absoluto. Así que en vez de evitar la discusión y vestirse, decidió que era mejor aclarar las cosas. Más vale una vez colorada que diez veces morada.

– ¡Vamos a ver! Loli ya se conoce de memoria mi chichi, hemos meado juntas un montón de veces…y tu hermano me ha visto con bikinis más chicos que las bragas que llevo ahora mismo puestas. ¡Joder! ¡Si hasta me ha visto las tetas!

José hizo un gesto como extrañado pero luego recordó qué hacía unos meses, antes de que empezaran a salir juntos, formando pandilla habían pasado una tarde divertida en la playa, con las chicas coqueteando y ellos haciendo el gallito. Revolcones en la arena, persecuciones por la orilla y como siempre, acompañando el alcohol con unos cigarritos de la risa. Entonces José ya le tenía echado el ojo a ella y Laura se dejaba querer, o más bien, tomaba parte activa en el asunto, provocando.

Fue la única chica que, descarada, se atrevió a quitarse la parte de arriba yéndose a enjuagar la tierra en la orilla.

Les refregó por los ojos sus pechos pequeños pero duros, así como sus pezones morenos y se quedó tan pancha, disfrutando de las miradas cargadas de deseo de los chicos. En especial la de José, que tenía un brillo distinto, más intenso, más profundo, como si mirara más allá de sus pechos o al menos eso creía ella, que una también se engaña y se monta su película en el coco cuando está por un chaval.

Desde ese día todo fue diferente porque él ya solo tenía ojos para Laura. Tardaron muy poquito en acostarse juntos y en un par de meses, ya se podían considerar novios formales. Sí, ese día que ella mostró sus pechos al mundo y qué José acababa de recordar, fue el comienzo de todo.

– No es lo mismo – respondió apartando lo que parecía un recuerdo agradable y endureciendo su gesto.

– ¡Qué carajo no es lo mismo! ¿Me vio las tetas o no me las vio? ¡¡¡Y a ti no pareció importarte!!!

– Ahora es distinto – insistió José más malhumorado aún.

– ¿En qué es distinto si se puede saber? aparte de que hoy enseño menos, claro…

– Ahora ya eres mi novia.

¡Vaya por Dios! así que era eso. Tres meses atrás podía enseñarle las domingas a todo el mundo sin que eso afectara su relación, es más, precisamente ese gesto lo había puesto cachondo y lo había impulsado hacia ella. Y ahora, precisamente por haber estrechado su relación, ella perdía su libertad para ir a coger simplemente unas cervezas a la nevera. ¡Joder! que tampoco es que se paseara en pelotas en medio de una reunión de amigos, simplemente estaba con gente de confianza.

Era el maldito sentimiento de orgullo, unido al sentimiento de propiedad. Algo que no le gustaba nada. Estaban en los 80. Desde hace una década corrían aires de libertad, pero solo ahora, la juventud había enarbolado la bandera del desenfreno y la provocación para clavar la tapa del ataúd del antiguo y gris régimen. Laura era consciente que bajo la capa de modernidad que trajo la movida y la apertura de los años 80, todavía se conservaban bastante intactas formas, maneras y costumbres antiguas, sobre todo en lo que se refería al papel de la mujer. Al papel que habían jugado su madre, su abuela, sus tías. A cuál era su posición respecto a los hombres de la casa, a los hombres en general… pero precisamente por eso se resistía a dar marcha atrás en los pocos pasos que habían dado al frente.

No, no, estaba dispuesta a que su José le dijera cómo se tenía que comportar. Si cedía en una tontería luego tendría que hacerlo en lo importante. Así que se dio la vuelta y abrió la puerta dispuesta a ir a buscar las cervezas.

Apenas había dado dos pasos por el pasillo cuando una mano la sujetó del brazo.

– Laura, te he dicho que no. Por favor…

¿Por favor? Ni el tono ni las maneras eran de alguien que pedía por favor…

– José, me haces daño, suéltame.

– Vuelve a la habitación, yo traeré las cervezas.

– No puedes: estas sin camiseta y no me gusta que mi cuñada te vea desnudo.

– Tía, no te cachondees.

– ¿A ti te molesta que te prohíban cosas? Pues a mí también…

Laura era de las peleonas y a las malas, a cabezona no le ganaba nadie. Ya solo había una forma de resolver aquello y es que ella se paseara por la salita dónde estaban su cuñado y la novia. Un nuevo ademán intentando zafarse y caminar por el pasillo y luego, algo más doloroso por lo inesperado que por el golpe recibido. Una bofetada de José le cruzo la cara. Su novio era fuerte, si hubiera tenido intención de hacerle daño la hubiera tirado de espaldas, fue solo un golpe de advertencia, pero para Laura fue como una puñalada en su pecho.

De repente, el pasillo se volvió más oscuro y ya no estaban en los 80: su padre vivía, aun eran los últimos años antes de que una cirrosis se lo llevara a la tumba. A ella la envolvía la oscuridad del armario donde se escondía cuando golpeaba a su madre, junto con el olor a naftalina y a paño viejo. Los bofetones y los sollozos llegaban amortiguados, pero llegaban.

Laura siempre deseó que alguien viniera en su ayuda, que liberaran a su madre de esa pesadilla. Se preguntaba cómo es posible que nadie pudiera oírla hasta que comprendió que sí que la oían, pero qué nadie iba a interponerse. “Son cosas del matrimonio”… Escuchó una vez decir.  En aquella España, solo era una riña de pareja. A no ser que hubiera sangre de por medio, nadie intervenía.

Todos sus fantasmas aparecieron de golpe. Como a lo lejos, oyó a José murmurar una disculpa y tirar de ella hacia la habitación. Allí, de pie, seguía sin reaccionar. Solo pudo derramar tres o cuatro lágrimas, que en grandes goterones quedaron colgadas de sus mejillas. Empezó a hipar como si fuera arrancar a llorar. José intentó abrazarla, pero de repente, al sentir de nuevo su contacto, la rabia le ganó a la perplejidad por lo sucedido y a la tristeza por todo lo que había evocado en ella. Le pego un empujón con las dos manos y le gritó:

– ¡No me toques!

– Tranquila, tranquila, se me ha ido la mano no volverá a pasar…

– Cabrón…

Acto seguido, Laura se quitó la camiseta y se la tiró a la cara, cogió sus pantalones cortos, el sujetador y su propia camisa, y en bragas, con la ropa en las manos, salió disparada por el pasillo cruzando el salón donde su cuñado y su novia la miraron con los ojos como platos. Abrió la puerta y sin pensar salió a la escalera. Solo se detuvo un instante, cuando oyó a su novio bajar detrás de ella llamándola y le gritó:

– Si me sigues me pongo chillar ¡ni se te ocurra!

No se cruzó con nadie hasta llegar al portal y allí se vistió rápidamente.

En su casa estuvo una hora mirándose al espejo. Ninguna marca, ninguna señal, ninguna rojez le marcaba el rostro. Lo que realmente la angustiaba es que la cara que veía reflejada era la de su propia madre y no la suya.

– Ese no me toca nunca más – se repetía una y otra vez como una letanía.

– Pero loca ¿qué haces aquí? Te vas a poner chorreando ¿qué pasa, que el levante te está volviendo carajota?

Laura se volvió y vio a su amiga Paqui apoyada en el bordillo de hormigón, que separaba el camino del rompeolas. Agitó una bolsa de plástico que llevaba en la mano:

– Anda, vente que traigo cerveza y unas papas fritas.

Laura se levantó y saltando por los bloques llegó hasta su amiga.

– ¿Qué hacías ahí?

– Nada, pensando…

– ¿En el idiota de tu novio?

– Ya no es mi novio. Ese ya no me toca más la cara.

– Bueno tía, igual tampoco es tan grave. Hoy ha venido a buscarte y parecía que venía en son de paz. Además, es la primera vez qué hace algo así ¿no?

– La primera y la última Paqui. Quién pega una vez pega dos. Yo ya he visto mucho de eso…

Su amiga la abrazó, consciente de todo lo que había detrás de esa última frase.

– Pues mira, entonces que le den por culo. Tienes razón: tú te mereces algo mejor.

Caminaron juntas cogidas por la cintura hasta que encontraron un banco donde sentarse. Para entonces, Laura ya había recuperado la sonrisa.

– El único problema ¿sabes cuál es?

– No ¿cuál?

– Que aquí no lo vas a encontrar. Hija, aquí están todos cortados por el mismo patrón. O no llegan o se pasan.

– Pues entonces tendremos que salir a pescar fuera ¿no te parece?

– Jejeje, sí, eso, pesca de altura… ¡oye tía! – exclamó de repente Paqui – Mañana sábado actúan varias chirigotas en la plaza del Falla y en el Parque Genovés ¿y si nos piramos a Cádiz?

– ¿Una juerga nosotras solas en Cádiz?

– ¡Pues claro! cogemos el autobús y nos volvemos con el primero de la mañana. Va a haber marcha toda la noche. Además, la Carmen se viene hoy ¿No? Podemos pedirle las llaves del apartamento.

– Tía, es una idea peritas…Pues me apunto.

– Puta madre. Oye ¿sabes lo que te digo? Pues que, a rey muerto, rey puesto… Mañana nos echamos un novio gaditano.

Laura sonrió a su amiga y luego se arrimó el gollete de la litrona a la boca para dar un largo trago. Cuando acabó, se fijó de nuevo en el mar y como si mirara hacia África (que quizás estaba más cerca que su pasado más reciente) murmuró:

– El caso es que el hijoputa follaba muy bien…eso sí lo voy a echar de menos…

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