TANATOS 12

CAPÍTULO 18
Ante mi silencio, ella ladeó la cabeza, extrañada, y tuve que reaccionar, para que no sospechara.
—Sí… —titubeé— Carlos, sí… pero… no parece que quiera ella. Ni yo. Supongo… teniendo en cuenta… los últimos acontecimientos —dije, como un zombie, dirigiéndome hacia el ascensor, y despidiéndome con un desangelado gesto con la mano.
Pensé entonces que ya tendría tiempo para maldecir a aquel hombre de negocios, tan arrogante como impostado. Tenía que llamar a María cuanto antes, y lo hice mientras caminaba hacia el coche. Le dije que Begoña no sabía nada, que le había curioseado el teléfono, pero que Edu en seguida se había acercado a ella, y que lo había tenido que dejar. Que había visto lo justo como para saber que la conversación no era de trabajo, pero nada más.
Con bastante ruido de fondo, María me contestaba:
—Qué cosa más rara.
—¿Por qué?
—Pues… porque… lo último que he hablado con Edu por mensajes te puedes imaginar lo que es.
Me quedé pensativo. Era cierto. Lo último era la foto.
—Ya… no sé… igual Edu estaba revisando la conversación contigo, dejó el teléfono y ella vio una conversación anterior.
—Bueno, si dices que no sabe nada, no sabrá nada. No me voy a volver loca ahora. Ya me contarás bien. Puedes venir ya. Estamos en la barra, tomando algo.
—¿Cómo has llegado? —pregunté.
—En taxi, ¿por?
—Por nada —dije, de golpe extrañamente preocupado porque Carlos la hubiera recogido, como si aquello pudiera tener mayor importancia.
Colgamos, me subí al coche, y no paraba de pensar en que yo había tenido, desde un primer momento, una especie de sexto sentido que me indicaba que no debía fiarme de Carlos. Y es que había sido todo demasiado sencillo. Encontrarnos con un hombre discreto, formal, sereno, cercano, que quisiera saber de nuestro juego. El hombre perfecto para que jugásemos y que ese juego, más inofensivo y controlado, nos salvase. Efectivamente no había sido una bendita casualidad sino un enviado de Edu, el cual parecía no irse nunca.
Sobre la posible infidelidad de María yo seguía confiando en ella. No me la imaginaba en el despacho, suplicándole de vez en cuando que él se lo hiciese de nuevo. Ni tampoco aquel polvo de despedida. Quizás no quería creerlo.
Y también estaba el tema de qué hacer con Carlos, si revelarle a María que era un impostor. Deduje que no me tendría por qué ser difícil encajar que “Begoña me había dicho que Edu le había dicho…” Pero sabía que delatarle sería poner fin a cualquier posibilidad relacionada con nuestro juego durante semanas, y quién sabe si para siempre. Y lo peor no era eso, sino que en aquel momento, y por primera vez, veía más probable que María me dejase como consecuencia de no jugar que de jugar. Sabía que ella, a la octava vez, la décima o la que fuera, que nuestro acto sexual fuera insuficiente y hasta penoso, podría sopesar seriamente que no podíamos seguir así.
También estaba lo sucedido con Begoña. Aquel beso. Y pensé que sobre eso tendría que reflexionar más adelante. Solo sabía que no me sentía del todo culpable, aunque la lógica indicaba que debería.
Llegué al aparcamiento más o menos a la hora establecida, y vi el coche de Carlos, algo alejado con respecto a otros coches, y decidí aparcar junto a él. Caminé por aquella mezcla de gravilla y tierra, solo iluminado por la luna y poco más, pues la zona estaba tan desangelada como la recordaba, y no quise darle vueltas a qué hacía allí y a qué podría suceder.
Entré y había más o menos la misma cantidad de gente que la otra vez. Les busqué con la mirada y vi a Carlos, solo, en la barra, en un traje azul oscuro y camisa blanca. Me acerqué entonces y extendió su mano al verme. La estrechó con fuerza, en lo que sentí como un interés intimidatorio, y lo adornó con una amplia sonrisa.
—María está en el baño. ¿Qué tal todo? ¿Mucho curro? —preguntó, con una pretensión de hombre maduro enrollado que me resultó repulsiva.
Dijimos después tres o cuatro frases sueltas cada uno, y entonces algo a mi espalda captó su atención y él, mientras miraba por encima de mí, e interrumpiéndome, dijo:
—Bueno, Pablo, a ver si tenemos suerte y te acabo llamando Víctor esta noche.
Yo no entendía nada, y él me hizo un gesto con la cabeza para que mirase tras de mí. Me volteé entonces y vi a María, volviendo del aseo, en traje gris de chaqueta y pantalón, zapatos de tacón y camisa rosa… La camisa que habíamos comprado para excitar a Víctor.

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