LOLA BARNON

Aquella mañana…

Hoy, pasado el tiempo suficiente, lo tengo claro. Aquella mañana, todo cambió. O nos redirigió de una forma clara y contundente. Era sábado y yo tenía una cena de compañeros ese viernes. Claro está, mi plan no solo abarcaba el aspecto social, sino el sexual que con posterioridad al convite, deseaba tener con mi compañero.

Hubo sexo esa noche. Mucho. Variado. Fantástico. De hecho, me quedé dormida en el hotel que él había cogido para pasar unas horas follando. No tardamos mucho en entregarnos el uno al otro. Con deseo explícito, con la fuerza de la necesidad. Me tragué su polla con avidez y codicia, emitiendo según entraba en mi boca un suspiro de vicio latente y desahogo acumulado. Hacía más de tres semanas que no nos veíamos y ni siquiera yo me había acostado en quince días con mi amigo guardia civil, por lo que tenía un ardor más propio de una adolescente que de una mujer que se supone madura. Por eso, cuando él bajo y empezó a lamer y mordisquear mi clítoris, a introducir los dedos en mi vagina y a succionarme las entrañas, exploté de placer como pocas veces lo he hecho. Tuve un orgasmo sensacional y candente, como si hubiera tenido la espita a punto de reventar. Y la prueba fue que, con apenas quince minutos, sin ni siquiera follarme, me corrí con una explosión de suspiros y gemidos. Su lengua y sus dedos eran como fuego, terminales de placer que me llevaron de inmediato a disfrutar con él. No quise que me follara de inmediato, y permití que el primer orgasmo fuera así, sentido y deseado con la animalidad de la urgencia.

Sin darnos descanso ni tregua, continuamos. Yo en su polla, comiéndomela golosa, voraz, notándola tensada y firme en mi campanilla. Dura, palpitante y dispuesta a atravesarme. Le dejé mordisquear mis pezones, lamer mi ano, volver a pasarme la lengua por el perineo y mis labios vaginales. Sus dedos entraron en mi vagina, en mi culo, igual que su lengua y mis ganas se multiplicaban al ritmo de sus caricias.

Lo mismo que yo con anterioridad, en cuanto empezó a penetrarme, con deseo, con fuerza y brío, tampoco tardó mucho en correrse. Fueron unas acometidas rudas, con esa carencia de sensibilidad que hoy ya sé que a veces necesito. Ese impulso y fortaleza en las arremetidas me hacen llegar a limites excelsos. Es verdad que también quiero caricias y dedicación, pero hay días, como sucedió aquella tarde, que me empujan a un sexo recio y firme.

Utilizábamos condón. El riesgo a embarazos no deseados, a venéreas, o simplemente por seguir las mínimas normas de higiene sexual, nos llevaba a eso. Hoy, mucho más experta, conocedora de mí misma y de mi entorno, hay veces que no lo utilizo, además de que tomo la píldora. Depende de con quién. De si conozco sus hábitos, su vida, su cercanía o no a este tipo de vida…

El caso es que cuando noté que se corría, él se incorporó en la cama poniéndose de rodillas y como si supiera que ansiaba su semen en mi boca y en mi cara, se quitó el condón mientras yo acercaba mi rostro a su miembro. Cerré los ojos y sentí las gotas calientes salpicándome las mejillas, el cuello, la boca… Aquella sensación fue mágica. De ese sexo que necesitaba y que mi marido no me iba a dar nunca. Cuando dejó de pajearse, engullí su polla con suavidad y vicio.

—Tía, eres la mejor del mundo follando… —me dijo suspirando y con una sonrisa en la cara.

Estaba satisfecho, excitado. Y yo, me vi entusiasmada, poderosa por ser capaz de complacer a un hombre hasta ese límite de placer a través de su orgasmo.

Mientras me limpiaba en el cuarto de baño, y veía su semen en mi cara y en mi cuello, pensé seriamente en el divorcio. Seguía excitada, con los ojos brillantes de deseo y mis senos hinchados y duros porque querían más. Incluso me acaricié el clítoris yo misma observándome en el espejo. Estaba completamente segura de que Ernesto nunca me iba a proporcionar un placer tan vital, tan fogoso y vivo. Ni tenía el nervio para hacerlo, ni su idea de la sexualidad iba en ese camino. Sencillamente, ambos estábamos en universos paralelos que nunca se iban a tocar.

Y fue por ello por lo que volvimos a follar varias veces sin tener en cuenta la hora. No me importó ni siquiera llamar a mi marido. No sentí que debía tenerlo en cuenta y lo aparté de forma consciente, para que su imagen, su recuerdo, su rostro, no se viera reflejado en aquel estado de excitación y bienestar que me embargaba.

Después de otros dos majestuosos polvos, a las tres y media de la mañana, me quedé dormida allí. Él no tenía quién le esperase, y estaba relajado y contento con que me quedara a dormir. En mi caso, sí había alguien que seguramente me esperaría o se preocuparía por mí. Vi un par de mensajes de mi marido, pero en el estado que estaba, de complacencia conmigo misma, me obligué a que no me forzaran a urgencia alguna. Sí los leí, desnuda, sintiendo los mordisqueos de mi compañero en mis pezones y las caricias en mi vientre. Ernesto, simplemente, preguntaba cuándo regresaría. El último de los mensajes era a las doce de la noche. Ni contesté ni hice el menor amago por hacerlo.

Algo me despertó un cuarto de hora antes las ocho. Quizá la conciencia o la conexión con mi marido. Seguramente era algo relativo a mi impropio comportamiento. Mi compañero dormía plácidamente, con un suave ronquido relajado. Sin embargo yo, a pesar de mi aparente seguridad, mi cabeza me decía que aquella habitación de hotel no era mi lugar. No sé si fue una especie de remordimiento o culpa por la amanecida en una cama ajena. El hecho es que, fuera lo que fuese, cambió para siempre mi vida.

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