LUIS5ACONT

(c) Relato inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual. Prohibida la reproduccion total o parcial sin permiso del autor. Esta historia se publica en la web de Todorelatos de forma gratuita.

Se nace caballero, como se nace pirata

(Viejo adagio)

¿Qué coño es una alegoría?

Antonio observó cómo desaparecía el sargento con los dos soldados dentro del montículo de tierra, tras desplazar la pesada puerta de acero con cierta dificultad hacia un lado; apenas un metro: lo justo para que pudieran acceder.

Él había decidido quedarse fuera, apoyado en el Land Rover militar. Recordó la primera vez que le tocó ir al polvorín, a recoger munición para las prácticas de tiro. Atravesó aquella puerta con ojos curiosos y excitados. Y lo cierto es que la expectativa no defraudó: aquí no solo había cajas de munición para los CETME, ni granadas (tanto de prácticas como de las de verdad) sino que aquel recinto oscuro y seco, en contraste con el clima húmedo y salino que había en el exterior, era un poco como la cueva de Ali Babá de la Armada. Cajas de proyectiles de mortero, grandes “pepinos” para cañones de grueso calibre, altos como una persona, posiblemente para las enormes baterías todavía operativas en aquella época, emplazadas en el Estrecho, e incluso, un par de antiguos torpedos alineados contra la pared en soportes de madera.

Todo aquello le había impresionado entonces y no vio el momento de buscar a sus colegas, a la vuelta al cuartel, para contarles todo lo que había observado.

Escasamente llevaban tres meses de mili y esas cosas todavía les llamaban la atención. Era la época más dura, dónde apenas tenían un minuto libre para nada. Reclutas que debían asumir los trabajos más duros, donde su falta de experiencia les hacía objeto de castigos y de la ira y el enfado de sus superiores; carne de cañón para las novatadas y las putadas de los veteranos, que descargaban en ellos la frustración de todos los meses pasados fuera de su casa, en el ambiente hostil y opresivo del cuartel. Pero, sin embargo, todavía había ilusión y algo de motivación. Aquello no dejaba de ser una aventura, un descubrimiento diario. A pesar de las dificultades todavía era soportable. Varios meses después, la rutina, el hastío y el sentimiento de que estaba allí perdiendo el tiempo, embargaban a Antonio.

El entrar en el último periodo de servicio militar, apenas le producía satisfacción. Dentro de unos días, se irían los “abuelos”, el reemplazo que ellos tenían por delante y entonces, él y sus compañeros serían los más antiguos de la compañía. Pasarían a ser los veteranos oficialmente y la próxima salida sería la suya. Por fin, la liberación, por fin, la vuelta al hogar, a los amigos, al trabajo el que lo tuviera… pero todavía quedaban cuatro interminables meses dónde ya sabía que no habría novedades, dónde ya conocía todo lo que podía esperar de su estancia allí: faena, rutina, aburrimiento… Hubiese esperado que el pertenecer al Tercio de Armada, un cuerpo supuestamente de élite, le hubiese deparado muchas emociones, pero la verdad es que simplemente se limitaba ejercer de conductor, llevando todo tipo de vehículos de un lado para otro y prestando los servicios que se le reclamaban. Todo repetido, tedioso, no sabía cuántos kilómetros se había comido ya y a pesar de ello, podía sentirse afortunado porque era de los mejores destinos a los que nadie podía aspirar allí. Embarcarte, ir de maniobras, disparar, desembarcar, etcétera… estaba bien para la primera vez, pero luego no tardabas en darte cuenta de que aquello suponía un auténtico coñazo: la guerra no era ninguna broma, aunque fuera de mentira. Privaciones, esfuerzo, falta de sueño, gritos, broncas, suciedad, mala comida… demasiado para un chaval que había vivido tranquilo en su casa hasta ese momento.

“En fin, ya queda poco”… se consuela llevándose la mano instintivamente al bolsillo superior de la guerrera para sacar un cigarro, aprovechando aquel momento de paz y tranquilidad al amanecer. Luego, retira apresuradamente los dedos: ¡joder! ¡Si estaba en el polvorín! se le había olvidado. Si lo pilla el sargento fumando le mete mínimo una semana de arresto. Allí fuera, tanto da que fumara como si no, incluso que lo hiciera sentado sobre una caja de granadas: no había peligro porque sabía que hasta que no se les ponía el percutor se podía hacer con ellas de todo, pero también sabía que en el ejército las normas no se discuten ni se interpretan. Igual que lo de estar allí a las siete de la mañana para recoger la munición, cuando apenas había amanecido, sabiendo que hasta por la tarde no tendrían que llevarla al campo de maniobras situado en Barbate, en la sierra del Retín. De momento, se había quedado sin desayunar y veremos a ver si cuando volviera estaría aún abierto el comedor. Para colmo, a esa hora en el polvorín están haciendo el relevo de la guardia, con lo cual tienen que esperar para que alguien los acompañe y les abra. Lo dicho: un absurdo total. A veces la lógica era a lo militar lo mismo que la música. Ya había renunciado a tratar de comprender y mucho menos, a siquiera plantearse el discutir, cosa totalmente descartada por la disciplina, simplemente hacía lo que todos los veteranos: obedecer sin plantearse ninguna otra cuestión.

Paseó la vista por la docena larga de montículos que se abrían a su alrededor, todos ellos exactamente iguales que el que tenía enfrente y seguramente todos ellos con contenidos similares. Era una imagen fantasmagórica entre los vapores de la humedad y el rocío de la marisma que los rodeaba. Apenas a unos metros, se abría la bahía de Cádiz, con el puente Carranza perfilándose a lo lejos. En ese momento se rompía en dos para dejar pasar un buque, posiblemente militar y procedente del Arsenal de la Carraca, aunque a esa distancia y al amanecer no podía distinguirlo bien. Estaba de suerte pensó, no todos los días se levantaba el puente, era una imagen que se llevaría en el recuerdo. Junto con el olor a mar y salitre, todavía fresco en el alba, antes que la bajada de la marea dejara al descubierto una orilla de canales fangosos y el sol los calentara, haciéndolos despedir un olor pútrido de cieno revuelto con algas. Demasiado bien conocía el aroma que dejaba ese limo verdusco: durante la instrucción les habían hecho entrar y salir de esos canales repetidas veces, arrastrándolos por él.

Bonita metáfora de la mili, pensó. Una bahía de aguas plateadas al amanecer, que luego con la marea deja al descubierto un barrizal turbio y sórdido. Sonrió para sí, al pensar en compartir con sus compañeros la alegoría (¿sabrían lo que era una alegoría?). Ellos no eran mucho de leer, de su grupito solo Antonio devoraba libros. Seguramente pondrían cara rara y luego se reirían de su ocurrencia: “Malaguita: ¿Qué coño es eso de una alegoría?”

Un sonido metálico le hace volver la mirada. La puerta se cierra. El sargento regresa con los dos reclutas, cargados con un par de cajas de madera que depositan en la parte trasera del vehículo.

– Andando, Antonio, con esto es suficiente.

– Pues vamos mi sargento, a ver si pillamos aun el comedor abierto.

Vana esperanza. Al llegar al cuartel ve que en las cocinas ya estaban limpiando enseres y el refectorio aparece cerrado. Bueno, toca buscarse la vida. Existe la opción de ir a la cantina y desayunar allí, gastándose el dinero. Pero como veterano, tiene otros recursos. Prefiere dirigirse al club de suboficiales. No lo hace por no gastar unas pocas pesetas, sino porque allí el café es bebible. Toca por la puerta de atrás y un soldado vestido con una chaqueta blanca de camarero asoma la cabeza.

– ¿Qué pasa?

– Dile a Eduardo que estoy afuera.

Al momento aparece otro chico.

– ¡Hola curso! (en aquel cuartel, sede de una escuela militar, los soldados que pertenecen a un mismo reemplazo se denominan así entre ellos) ¿Qué haces por aquí?

– Han cerrado el comedor ¿Me puedes dar algo de desayunar?

– Claro. Pasa a la cocina y no te dejes ver mucho, que está el subteniente rondando.

Minutos después, Antonio da cuenta de un bocadillo de salchichón ante un tazón de humeante café con leche.

– Oye, ¿el Cordobita se queda hoy o se va de franco el día?

– Se va a su pueblo, con todo el dolor de su corazón. Bueno, por lo menos echará un polvo. Si no es a la ida, a la vuelta ese pilla desahogo…

– Si – respondió Antonio –es lo bueno de pagar, que folla seguro. Bueno, y nosotros ¿Qué? ¿Salimos esta noche?

– Creo que sí, el Madriles se apunta seguro y Pedro creo que no tiene guardia. ¿Hablas tú con él?

– Claro, ahora le doy un toque cuando pase por la centralita.

Antonio se termina el bocadillo y se levanta. El día pinta ahora un poco mejor y es víspera de fin de semana. Aunque no tienen permiso como el Cordobita para ir a casa, sí que pueden salir a disfrutar de Cádiz al estar libres de servicio.

En la centralita del cuartel, tras una puerta identificada simplemente con el rótulo de comunicaciones, Pedro se afanaba en adiestrar al novato que le acaba de tocar en suerte. No es que aquello sea muy complicado, pero el nuevo no parece tener muchas luces. Sin conocimientos de telefonía, electricidad, ni nada que se parezca remotamente a algo relacionado con las telecomunicaciones, su única esperanza es que el chico fuera espabilado. Pero se ve que no. Lo mira con cara de susto cada vez que le intentaba instruir en alguna cosa, alargando la mano con sumo cuidado al manejar la centralita, cómo si el equipo fuera a morderle. Encima, ni siquiera se molesta en tomar notas para que no se le olviden las cosas. Había tenido que insistirle en que se hiciera un guía burros para no perderse cuando le tocara estar solo. Cuando él fue destinado la centralita, el veterano no tuvo ni la décima parte de paciencia que Pedro le estaba regalando al nuevo.

Al girar la cara con hastío vio pasar a Antonio por la ventana.

– A ver, no toques nada hasta que yo vuelva… – Advertencia innecesaria, porque apenas se levantó, el recluta recogió los brazos y se apartó un metro de la mesa dónde estaba la centralita. Parecía tener la misma intención de arrimarse al equipo qué de meterle el dedo en el culo a una cabra.

– Ey, Pedro ¿cómo lo llevas?

– Pues aquí con el nuevo, que me ha tocado la lotería…

– ¿Y eso?

– Está empanado.

– Pero ¿no sabe algo de teléfonos?

– No tiene ni puta idea.

– ¿Entonces?

– Pues entonces esto huele a enchufe a kilómetro. Se ve que el chaval tiene mano y le han buscado un puesto cómodo para evitarle pegar barrigazos por el fango ¿Por qué te crees que me estoy aguantando las ganas de darle una colleja? Este tiene padrino seguro.

– Bueno, pues paciencia, curso, que ya nos queda menos.

– Cuanto menos falta, menos paciencia tengo, carallo – Pedro suspiró mirando al suelo – ¡Se me hace interminable joder!

Antonio intentó cambiar de tercio. Pedro tenía razón, todos estaban hasta los huevos de puta mili, pero había poco que pudieran hacer al respecto salvo dejar pasar los días, las horas y los minutos hasta que les dieran “la blanca”.

– Oye ¿salimos esta noche?

– Claro.

– ¿Dejas al nuevo solo?

– Sí, que se espabile. De todas formas, un viernes por la noche aquí no llama ni Dios. Y el que quiera llamar a casa que lo haga desde la cabina…

– Bien, pues entonces nos vemos los cuatro. Salimos cuando arríen la bandera.

– Vale, perfecto.

Pedro no preguntó por el quinto. Si Antonio había dicho cuatro es porque el Cordobita finalmente había decidido viajar al pueblo.

Qué personaje el Cordobita!

El Cordobita se llamaba en realidad Juan Antonio, pero pocos lo conocían por su nombre sino por el apodo que hacía referencia a su provincia. A él no parecía importarle en absoluto: provenía de un medio rural donde todos se conocían por el mote antes que con los apellidos o el nombre. Venía de la zona norte de Córdoba, del Valle de los Pedroches, de un pequeño pueblo que vivía básicamente de las explotaciones ganaderas.

Para él, la mili constituyó la mayor de sus aventuras. Sus amigos no podían ni imaginar cómo era su vida en el campo para que el tío estuviera feliz en el cuartel. Hasta la comida le parecía buena. Afirmaba no haber visto nunca el mar hasta que le tocó en suerte pasar un año en San Fernando. Quiénes no lo conocían creían que exageraba. Pero apenas llegado al cuartel, renunció a un permiso que le correspondía simplemente porque le tocaba irse de maniobras y no quería perdérselas. Todos lo miraron como si estuviera loco. Pedro, gallego de pro que llevaba dos meses sin ir a su casa y lo que le quedaba, dijo algo así como:

– Este rapaz se ha llevado una pedrada de chico…

Lo que parecía una broma o una quedada del pastor, se convirtió en una inexplicable certeza cuando lo autorizaron a suspender el permiso y a conducir un camión de cuatro toneladas a la sierra del Retín y le vieron, todo sonriente, hacer el petate y salir disparado a la campa donde estaban los vehículos, no fuera a ser que el capitán se arrepintiera. A partir de entonces cogió fama de raro, aunque con el tiempo, todos aprendieron a respetarlo porque el tío era un currante nato y no tenía ninguna malicia ni doblez. Acostumbrado al trabajo duro y a las jornadas interminables, todo empleo que le encargaban se le hacía fácil. Y aún le sobraba tiempo para ayudar a los demás, prestándose a hacer alguna guardia o algún servicio.

A pesar de la todavía mirada escéptica de algunos que no sabían cómo clasificarlo, Antonio, al igual que el resto del grupito, sabía que era un tío mucho más inteligente de lo que aparentaba. Parecía ventear los problemas antes de que llegaran y la tormenta siempre le pillaba al abrigo. Conectaba bien contigo y parecía adivinar hacia dónde corría el aire de tus pensamientos. Su actitud, ante todo, era positiva: siempre veía el lado bueno de las cosas y pocas veces lo habían visto enfadado o desanimado. Hablaba poco o nada de su vida en el pueblo y solo con sus amigos, pero mucho de sus aventuras sexuales, que básicamente se reducían a sus incursiones en el mundo de la prostitución. Su rutina era polvete el fin de semana, en el puticlub del pueblo si le pillaba allí, o en la zona de putas callejeras de San Fernando si no había podido ir a casa. A la vuelta, siempre le contaba a quién quisiera oírle con pelos y señales el servicio, con qué chica había estado, cuanto le había cobrado y hasta en qué posición habían follado.

En fin, un personaje de los que te llevas a casa en el recuerdo cuándo acabas la mili.

Antonio entró en el taller mecánico.  Había movimiento, como siempre. A los vehículos de los mandos que siempre estaban allí para hacerle alguna cosa, se sumaban dos Land Rovers y un camión que había que reparar y tener listos para la excursión de por la tarde al campo de maniobras.

Al contrario que en otros departamentos, en ese destino había poco tiempo libre.

– ¿Ese es el camión que voy a llevar yo? – Preguntó a uno de los mecánicos, también personal de tropa y malagueño como él.

– No, creo que tú llevas el Ebro. Este tiene los frenos mal y me parece que hoy no sale de aquí.

– Bueno pues mejor. Lo prefiero para andar por carretera, total, va a ser ir y venir.

El Ebro era más incómodo para maniobrar y circular por los caminos de tierra. Para eso era mejor el Pegaso y también más conveniente porque permitía dormir en la caja. Los conductores habitualmente no montaban tiendas de campaña, sino que dormían en su vehículo. Pero si se trataba de circular por carretera, el Ebro era más estable y más nuevo. Y también más seguro.

 – Hola curso ¿qué pasa? ¿Hay plan para esta noche?

 El Madriles acababa de entrar por la puerta del taller y todas las miradas se dirigieron a él. Venía arreglado como un pincel, como siempre. El uniforme de bonito, pulcro y reluciente. La sahariana blanca recién planchada, pantalones azules con las dos rayas rojas que les identificaban como pertenecientes a un cuerpo real, los zapatos brillantes y la gorra de plato, blanca inmaculada. Por supuesto, se la había comprado como hacían los profesionales, aunque simplemente fuera un soldado de reemplazo, así que hacía tiempo que había desechado la gorra que venía de serie con el uniforme, más basta y que tendía a deformarse, pareciendo que llevabas un plato en la cabeza. “Es que me afea todo el conjunto – justificaba siempre – Y el asistente del coronel tiene que ir conforme a su rango”. Sí, esa era la excusa: que era el ordenanza, el chico para todo del coronel, pero Antonio y todo los demás sabían que era un presumido: aunque no hubiese tenido la suerte o el enchufe (que eso no estaba nada claro a estas alturas), de que lo colocaran con el coronel, él seguro que hubiera ido siempre de punta en blanco, relamido como el hermano mayor de la cofradía del Santo Sepulcro un domingo de resurrección. Nadie recordaba la última vez que le habían visto ponerse el uniforme mimetizado. Solo cuando no le quedaba más remedio, para acompañar al coronel a presenciar algún ejercicio o maniobras, pero a menos que fuera imprescindible, cambiaba la comodidad del traje de faena por un envoltorio como Dios manda, según afirmaba.

Su autosuficiencia le precedía, anticipando el tono de chulería permanente con el que se dirigía a todo aquel a quien su rango no le impidiera avasallar. Otras características completaban el retrato de Julián, alias “el Madriles”… De trabajar: poco; estudiar: menos; y pedir favores: todos los que hagan falta. Eso sí, si le solicitabas alguno a él, nunca podía hacértelo.

– Sí, estamos pensando en salir a las nueve. No sé si para esa hora habré vuelto con el camión: si no, os podéis ir vosotros. Ya voy yo más tarde y os busco

– ¿Pero es que tienes que ir hoy viernes a Barbate? ¡No seas pringado hombre! ¡Que vaya uno de estos! ¿Para qué están los reclutas?

Varias miradas cargadas de mala uva se dirigieron hacia él, aunque nadie hizo ningún comentario. No resultaba conveniente enfrentarse a un veterano y mucho menos al ordenanza del coronel. Consciente de ello, Julián ignoró las miradas con el mismo desprecio con que hubiera mirado a una rata muerta en la carretera.

– Me toca a mí y voy yo – afirmó Antonio cerrando la polémica – Si no llego, id saliendo y luego ya os busco.

– De acuerdo compa. Oye, una cosa… – preguntó bajando la voz y acercándose un poco más.

¿Compa? Joder, Antonio lo vio venir… este solo te llamaba compañero cuando quería pedirte algo.

– Oye ¿puedes dejarme algo para esta noche? estoy esperando el giro de casa y todavía no me ha llegado.

– Pero tío, ¡si hemos cobrado esta semana! – el lunes les habían dado la paga que en esa época consistía en unas 800 pesetas, una auténtica mierda, pero al menos más que suficiente para poder salir a tomar unas cervezas y a comerse un bocadillo en la calle.

– Ya, pero es que debía dinero y he tenido que devolverlo y ahora estoy sin un duro…

– Normal, siempre estás igual…

– ¡Venga curso! ¡Enróllate! solo unas pelillas…

– Lo siento, pero estoy tieso yo también. Me he gastado el dinero en comprarle un regalo a mi madre, que la semana que viene me voy librando. Si es para tomarte una cerveza no te preocupes que nosotros te invitaremos esta noche… como siempre – acabó Antonio, arrastrando las palabras para evidenciar que esa era la regla y no la excepción.

– Bueno, vale – respondió el Madriles consciente de que allí tenía ya agotado todo el crédito. Había sableado demasiadas veces a sus compañeros y estos trataban de evitar el conflicto, pero habrían aprendido a tener el mismo descaro a la hora de mentir para negar, que él para pedir.

– Pues hasta luego entonces.

– Hasta luego, curso.

Nadie más se molestó en despedirle, más bien la mayoría respiraron aliviados cuando se fue. El mecánico, que era el siguiente en el escalafón de veteranía en el taller después de Antonio y que tenía ya cierta confianza con él, le comentó:

– Este tío tiene más cara que espalda, no sé cómo os lo lleváis…

– Lo sacamos para que no tengáis que aguantarlo vosotros, así se airea de vez en cuando ¿o preferirías que esta noche lo dejáramos aquí para que os putee?

El mecánico esbozó una sonrisa:

 – Sí, eso es verdad, mejor que le dé un poco el aire. Aquí no nos hace falta para nada, bastante puta es la mili ya…

– Además, es de nuestro reemplazo: en este destino solo estamos unos pocos. Aunque sea un gilipollas, vino con nosotros desde el principio…

– Ya – comentó el otro. No lo hizo con escepticismo ni con sorna: él entendía bien los lazos que se formaban en la vida militar, en la puta mili como había dicho. No se deja atrás al compañero de reemplazo, ni al compañero de cuartel, ni el compañero de armas por muy idiota que sea.

– Bueno, pues que vaya bien esta tarde. Por cierto, al Ebro le hemos tensado el freno de mano que estaba un poco flojo y también hemos engrasado la transmisión: de tercera a cuarta sigue rascando un poco, eso ya no lo hemos podido reparar, pero nada grave.

– Okay, gracias.

– Pues que haya suerte, a ver si no te enrollan mucho.

– Eso espero, no me haría ninguna gracia tener que dormir en la sierra.

Una ruptura.

– Mira quién está ahí…

Laura gira la cabeza en la dirección que le señala Paqui. A unos metros, apoyado en su moto de gran cilindrada y con un porro de hachís humeando en la mano, está su novio. Guiña los ojos como si le molestara el sol de mediodía, intentando enfocar la vista cuando cree reconocerla entre las chicas que salen de la factoría.

“Demasiado chulo para ponerte gafas y reconocer que eres miope”. Piensa Laura. Por un momento considera la posibilidad de escaquearse, escurrirse poniendo a su amiga de pantalla. Igual pasa desapercibida. Pero luego decide que no. Ella no era de las que huyen. En Algeciras todos se conocen y si quiere encontrarla, tarde o temprano dará con ella, así que lo que tenga que ser, que sea: aquí y ahora.

– Ven conmigo – le dice a Paqui – vamos a ver que quiere éste.

– ¿Seguro?  – Responde ella, que ya está al tanto de lo que había pasado la tarde anterior.

Laura responde, dejando salir el aire en forma de suspiro preñado de malos augurios:

– Seguro: esto se acaba aquí y prefiero que haya alguien conmigo – Luego, se agarra del brazo de su amiga y caminan juntas hasta el que la tarde anterior había sido su novio y que, por lo que parece, aún cree que lo sigue siendo.

– Hola Lita…

A ella le molesta que la llame así. Ese apodo es para sus íntimos y está claro que ya no considera a José uno de ellos.

– ¿Qué quieres?

A José no le pasa desapercibido el aire envarado y el tono cortante de su novia. Tampoco la distancia que mantiene. Dos pasos largos, ni uno más ni uno menos. El gesto serio y desafiante tampoco anima.

– Solo quiero hablar contigo – intenta conciliar.

– Pues habla.

El tío da otra calada al canuto y se le dilatan un poco más las pupilas. Echa lentamente el aire y señalando con dos dedos a Paqui como si fuera a darle su bendición, dice muy pausadamente:

– Preferiría que estuviéramos solos…

– Tú y yo va a ser difícil que volvamos a estar solos, así que suelta lo que tengas que decir o lárgate.

José reprime un exabrupto antes de que salga de sus labios y trata de controlar su enfado. Venía dispuesto a disculparse, pero no le hace ninguna gracia someterse a la humillación de hacerlo en público. Sin embargo, traga saliva y continúa.

– Mira siento lo que pasó ayer. Es que me pusiste un poco nervioso y perdí los papeles.

– ¿Un poco nervioso?  – Recalca ella con guasa, no exenta de cierta ira, mientras levanta la ceja izquierda.

– Bien, me pasé, pero tú tienes que entender que no puedes comportarte así conmigo…

– Vale, ya me queda claro que lo sientes pero que, si pasa otra vez, me volverás a pegar una guantá…

– No saques las cosas de quicio, yo no he dicho eso.

– No hace falta José, ya me ha quedado claro.

– Tía ¡es que eres muy difícil!

– Pues vaya sorpresa…ya me conocías bien: si no te gustaba lo que hay haber cogido puerta…

– Pero es que te quiero.

– Pues no lo parece.

– He venido de buenas, Lita ¿es que vas a empezar como ayer?

– ¿Si voy a empezar como ayer me llevo otra mascá? Mira José, tú y yo hemos discutido muchas veces y antes que contigo he discutido con un montón de novios, pero es la primera vez que alguien me pone la mano encima. Ayer me diste el primer bofetón y te puedo asegurar que va a ser el último, porque yo no pienso cambiar ni por ti ni por nadie. No quiero volver a verte.

José tiro la colilla en el suelo pisándola con la punta de su bota campera

– ¿Estás segura? Luego no me vengas con…

– ¿Si estoy segura dices? ¡Eres tú el que viene a mí! ¡Alucino colega! ¿Soy yo la que se está fumando un porro o esto es la puerta de mi trabajo?

– Mira ya me estás tocando los cojones, vengo de buen rollo y me tratas como el culo.

– ¿Sabes? ¡Que te den! ¿Qué te crees? ¿Qué me voy a echar a llorar porque te presentes aquí con una disculpa de mierda?

José la mira torcido, el aire torvo y mal encarado. Está recibiendo por toda la borda y no le gusta. Prueba a jugar la carta de la amenaza a ver si tiene más suerte que con la del reproche.

– Si quieres cortar, estupendo, en cuanto me ponga en el mercado tengo a diez tías como tú o mejores detrás de mí.

 – ¡Pues hala! no las hagas esperar machote. Seguro que lloran de emoción cuando le des la primera ostia…

– A lo mejor te la habías ganado ¿no te has parado a pensarlo?

– ¡Vete a tomar por culo!

José tensa su antebrazo apretando el puño y por un instante clava sus pupilas dilatadas en los ojos de Laura. Paqui se pega aún más a su amiga y mira alrededor, a la gente que en ese momento entra y sale de la fábrica de conservas con el cambio de turno. Luego, vuelve la mirada de nuevo al novio de Laura, haciéndole un gesto que parece indicar: “cuidado con lo que haces aquí delante de todo el mundo”.

José parece entender y poco a poco relaja su cuerpo tirante. Destensa el gesto quedándole una mueca extraña en la cara. Finalmente, se sube a la moto y arrancándola, sostiene todavía un momento más la mirada con su ex novia. Solo un instante antes de salir disparado, le grita:

– ¡Puta!

 – ¡¡¡Carajote!!! Le contesta ella mientras lo ve perderse entre el tráfico.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s