ANDER MAIS

Capítulo 13

Dudas

Me senté en el sofá y me puse a ver la televisión a la espera de recibir noticias. Y aunque aún conservaba la vaga esperanza que esa noche no ocurriera nada, el hecho de ver a mi chica arreglarse tanto, me hacía pensar que ella había salido con la idea de que algo ocurriera pero ¿el qué? Solo ella lo sabía, acrecentando mis sospechas que ella era la que dominaba la situación y que el peón era yo y no ella.

Había pasado más de una hora y ya había cenado cuando recibí el primer mensaje. Era de Natalia.

—Hola amor. Ya estoy en el restaurante. Vamos a cenar…

—Ok. Pásalo bien. Te quiero.

Eran casi las diez de la noche, más o menos a la hora que me había dicho que era la cena así que todo iba según lo previsto. Al menos, hasta que unos minutos después empezó a sonar mi teléfono. Cuando miré quien era, vi que era Eduardo, mi compañero. En ese momento me acordé que había medio quedado con él, y ahora no sabía qué hacer.

—Dime —dije al descolgar.

—¡Qué pasa, tío! Al final no me has dicho nada… y ya he visto que tu chica sí ha salido… me la acabo de encontrar tomándose algo con un grupo grande de gente… Así que no tienes excusa, te estoy esperando en la puerta de Las Oficinas —me dijo Eduardo casi no dejándome opción a rehusar.

—Es que no me apetece mucho, la verdad… —intenté escabullirme, pero estaba claro que mi compañero no estaba dispuesto a que aquello ocurriera.

—No seas muermo… Me dijiste que ibas a salir conmigo y, además, estás solo… Si lo que te preocupa es que tu chica se entere que has ido a ese sitio, ella no tiene por qué saberlo… Si además el sitio está lejos de la zona por donde está ella…

—Joder, mira que eres pesado —le dije ya medio convencido.

La verdad, entre las ganas que tenía de volver a aquel sitio y ver de nuevo a Alicia, añadido al hecho de que no me apetecía demasiado quedarme en casa, solo, comiéndome la cabeza mientras pensaba en lo que podía estar haciendo Natalia, acabó por declinar la balanza.

—Dame veinte minutos y estoy allí —accedí—. Pero solo un rato… Un par de cervezas como mucho, que te conozco…

—Vale… jajaja… yo voy entrando y pillando sitio… —exclamó contento de haber conseguido su objetivo.

Me vestí apresuradamente y salí inmediatamente camino del bar al encuentro con Eduardo. Nada más llegar y aparcar, justo antes de entrar, revisé el móvil para ver si había recibido noticias de alguien, pero nada de nada. A las diez y media estaba entrando en “Las Oficinas”, encontrándome en la barra con Eduardo, que ya tenía una cerveza mediada. Al atravesar la puerta, me fijé en que ya no estaba el cartel donde buscaban camarera.

El local tenía bastante gente, pero ni punto de comparación con el día en que vine con Víctor. Era más un sitio a donde acudir para tomarse algo al salir del trabajo, no un sitio donde salir un sábado por la noche. Tras la barra, dos camareras. Una era rubia, con enormes pechos, pero no tan guapa como las otras que había visto allí . Supuse que debía ser nueva y la que había sustituido a Begoña. Al menos aquella era la primera vez que la veía.

Busqué con la mirada a Alicia pero no conseguí verla. A quien sí vi fue al jefe, al fondo del local hablando con unos clientes. Me sentí algo decepcionado al ver que no estaba Alicia, y mi compañero debió darse cuenta de ello, porque enseguida aprovechó para mofarse de mí.

—Buscando a tu amiguita, eh… jajaja… —dijo riendo y lanzando otra de sus puyas—. Tranquilo, que sí que está… Ha salido un momento a buscar algo que le ha pedido su jefe… Y se acuerda de nosotros… bueno, más bien se acuerda de ti… Me ha preguntado si tú no ibas a venir, nada más verme… jajaja… Joder, no sé qué les das… con la novia que tienes y esta, habiéndote visto solo un par de veces, y ya anda coladita por ti… —dije con cachondeo.

—Será que soy irresistible —musité medio en broma, pero algo nervioso por el interés de la morena.

—Si tú lo dices… Los he visto mejores… —dijo él no pudiendo evitar ponerse a reír y que yo le pegara un codazo, siguiendo con su cachondeo.

La camarera rubia se acercó y le pedí una cerveza. Llevaba el mismo uniforme del otro día: un top blanco de tirantes escotado y unos leggins negros ajustados con unos botines a juego. Mientras Eduardo y yo nos enfrascábamos hablando sobre el trabajo y bebiendo nuestras cervezas, apareció Alicia que enseguida se acercó a nuestra posición.

—Hola. Veo que de nuevo por aquí… Me alegro de volver a verte… —me dijo con una amplia sonrisa para luego darme los dos besos de rigor.

—Éste, que me ha convencido para venir a verte… —le dije señalando a Eduardo—. ¿Cómo va todo?

—Vaya… y yo que pensaba que habrías venido porque tenías ganas de verme… —contestó guiñándome el ojo—. Pues ya ves, algo liadas… ¿Tu otro amigo hoy no viene? —me dijo claramente en referencia a Víctor. No pude evitar pensar en si ella sabría algo de lo ocurrido entre ella y Begoña.

—No, ya no está por aquí… estaba de paso… —le contesté esperando que dejara aquel tema.

—Ya… jajaja… Begoña tampoco está ya… —dijo mirando a su nueva compañera, la que yo no conocía-. Bueno, voy a ver si trabajo un poco y pasa rápido la hora que me queda, para escaparme un poco de fiesta… ¿Vosotros salís luego por ahí? –preguntó con interés.

—No sé… No tenía pensado hacer nada después… Mi idea era volver a casa pronto esta noche… —le respondí rogando con la mirada a Eduardo para que no me la liara.

—Vale —asintió Alicia—. Luego hablamos…

Alicia se fue a recoger una mesa que acababa de quedar vacía y Eduardo y yo, de forma automática, la seguimos con la mirada, observando embobados aquel culo que poseía; redondo, respingón, tan sumamente apretado con las mallas que llevaba, que hasta podíamos distinguir el contorno del tanga que llevaba debajo. Llegué a pensar si no lo estaría haciendo a posta para provocarnos.

—Madre mía… —dijo Eduardo tragando saliva—. Fijo que a esta le gustas… ¡Vamos a tomar algo con ella! Hazlo por mí, a ver si luego puedo intentar yo algo con ella…

—No, qué va. Mi chica está por ahí y piensa que estoy en casa solo. ¿Qué quieres? ¿Qué me pille por ahí contigo y con ella? —Intenté ser lo más convincente y rotundo posible, intentando sacarle aquella idea de la cabeza. Y también convenciéndome a mí mismo paro no caer en la tentación.

No podía negar que me sentía halagado porque una chica como aquella mostrara interés por mí, pero no quería más problemas. Además, en cualquier momento podía llamarme Víctor. O Natalia.

Nos tomamos otras dos cervezas que esta vez nos sirvió Alicia y, cada vez que se acercaba, se quedaba un rato hablando con nosotros. Ella parecía pasarlo bien con nuestra compañía, y eso que Eduardo no paraba de mirarla de arriba abajo, cosa que no parecía importarla sino todo lo contrario.

—Bueno, yo me voy yendo… —dije al acabar aquella cerveza.

—Venga, ¡tómate otra! Si no son ni las doce… hombre —protestó Eduardo, haciendo una seña a Alicia para que trajera otras dos.

—Me tengo que ir… —dije poniéndome en pie—. Alicia, ya nos iremos viendo durante la semana…

—Vale, chicos… espero veros estos días que trabajéis por aquí… Yo también voy a cambiarme que ya acabo mi turno… —comentó Alicia mientras nos guiñaba un ojo, para luego dirigirse al final de la barra donde abrió una puerta que supuse sería un almacén o algo así.

—Joder, Luis… ¡Recapacita! Vamos a tomar algo con ella… Si se está muriendo de ganas… ¿Has visto qué culo…? —insistió Eduardo, alterado ante la última visión del trasero de Alicia.

—No insistas, tío. Sabes de sobra que no puedo. Mi chica anda por ahí y no sabe que estoy aquí… Quédate tú y espera a que salga… Lo mismo le apetece irse contigo a tomar algo… —le dije, ya dirigiéndome a la puerta.

—Bufff… No creo… Ésta a solas conmigo no queda… —asumió resignado.

Salimos juntos del local hacia nuestros coches. Mientras nos despedíamos, Eduardo recordó las palabras de Alicia antes y me preguntó que con quién había venido allí el otro día. Yo, queriendo finiquitar el tema rápido, le dije que un pariente mío que había estado unos días de visita. Pareció creérselo y no insistió más.

Mientras comentábamos eso y terminábamos de despedirnos, salió Alicia vestida de calle. Una cazadora de cuero negra, una minifalda ajustada, unas medias oscuras y unos zapatos de tacón, era el atuendo elegido por ella para esa noche. Si con el uniforme ya estaba buena a rabiar, con aquella ropa estaba espectacular. Nos regaló un último y amistoso saludo con su mano y se dirigió calle abajo. De nuevo mi vista se perdió en su culo, redondo y perfecto.

—Joder… ¡pero mira que está buena! —exclamó Eduardo, mientras no separábamos la mirada de sus pasos.

—Venga, yo me voy… —dije haciendo un esfuerzo por apartar la mirada—. Nos vemos el lunes…

Me metí en el coche y volví a mi casa algo más relajado. Esas cervezas y el haber disfrutado de nuevo de la compañía de aquella camarera habían sido un alivio momentáneo a mis preocupaciones.

Llegué a casa, casi a las doce, y seguía sin noticias de ninguno de los dos. Ni de Natalia ni de Víctor. Pero, fue sentarme en el sofá y empezó a sonar mi teléfono. Era Natalia.

—Hola, cielo… ¿Qué tal la cena? —le contesté fingiendo algo de sueño, como si me hubiera despertado con su llamada.

—Bien. Acabamos de terminar los postres y ahora quieren irse a tomar una al Burns antes de irse para el Compass. No sé lo que tardaré, pero espero que no mucho… No veas lo pesada que está Andrea… —me dijo con un tartamudeo en su voz que me hizo sospechar que ya iba algo bebida y, por el sonido de fondo, creí que me estaba llamando desde el baño.

—Tú tranquila y diviértete, amor… Yo ya me iba a la cama… Justo me despertaste. Me había quedado traspuesto en el sofá viendo la tele… ¿Estás en el baño o qué? Se oye como con eco…

—Sí… es que con tanto vino, no paro de tener ganas de venir a mear… Voy algo contentilla… jajaja… Dentro de lo malo, este modelito es súper cómodo para esto… jajaja… es súper rápido… —me respondió y confirmé que, efectivamente, iba algo achispada ya por el vino. Solo esperaba que no demasiado.

—Una pregunta, ¿has causado mucho furor con esas ropas? —le pregunté.

—Un poquito… Más de uno he notado que me miraba… ¿Y sabes qué? Andrea me ha dicho que la dama de picas que lleva bordada la blusa significa que eres una chica liberal y que estás abierta a hacerlo con otros que no son tu pareja ¿Tú sabías eso? —me preguntó con voz insegura.

—No… ¿Cómo iba a saberlo? ¿Y ella cómo lo sabe? —respondí, haciéndome el tonto.

—Ni idea… Ya sabes cómo es… Hasta se lo habrá inventado para tocarme las narices… jajaja… Solo te lo he dicho porque me ha hecho gracia… ¿Te imaginas que me entra alguno pensando que soy una de esas? Jajaja… Bueno, te dejo… Espero no llegar demasiado tarde… Te quiero, mi amor.

—Vale… Pásatelo bien y no te preocupes por la hora… Yo ya estaré en la cama…

—Ok, cielo… El próximo sábado te lo compenso en esa escapadita que tenemos pendiente…

La llamada llegó a su fin y no supe si excitarme al notarla tan alegre y suelta o preocuparme por ello. Natalia, cuando bebía demasiado, se comportaba de una forma mucho más desinhibida y eso no sabía si era una buena o una mala señal. Empezaba a temer que al final fuese el tal Daniel el que pudiera aprovecharse de la situación y se torciera por completo la noche.

—Luis, me acababa de escribir nuestra chica. Me dice que se va un rato hasta el Compass y que de allí se escapa a verme… Yo ahora ya estoy en el Ross… como te dije.

Ese fue el mensaje que recibí un instante después de la llamada de mi chica. Por lo visto, también había aprovechado esa escapadita al baño para ponerse en contacto con él.

—¿De verdad? No pensaba que fuera a quedar contigo… Me ha dicho que su amiga está muy pesada esta noche… —le respondí.

—Pues ya lo ves… por lo visto está deseando encontrarse conmigo…

Allí, sentado en el sofá de casa, me di cuenta que iba a ser incapaz de aguantar así toda la noche, esperando que alguno de los dos me dijera algo a través de mensajes de Whatsapp. Y aunque sabía que era una locura, decidí acercarme al “Compass” y ver de primera mano qué es lo que ocurría.

Salí del piso, cogí el coche de nuevo y me dirigí al local donde se suponía que debía estar Natalia. Corría el riesgo que ella o Andrea me vieran pero, si eso sucedía, le podría decir que me había apetecido salir y tomarme algo con ella y, si eso suponía que el plan de Víctor se truncara, pues mala suerte. Ahora que todo parecía volverse realidad, las inseguridades y miedos volvieron a aparecer en mí, de forma casi insoportable.

Aparqué en un aparcamiento cercano, casi en frente de la disco, sin haberme topado con nadie conocido. Desde allí, desde la distancia, controlé la entrada del local. Al poco, vi como grupo numeroso se acercaba. Distinguí entre ellos a Natalia y Andrea que, por cierto, iba agarrada a un chico alto y fuerte que supuse debía ser el famoso Aitor.

Mi chica iba, tras ellos, hablando con dos chicos; uno de los cuales me pareció que sería Daniel, ya que lo recordaba vagamente de la foto que había visto en su móvil. Mientras hacían cola para entrar, vi cómo Andrea se pegaba el lote con Aitor, y como Daniel y el otro chico parecían competir por ganarse la atención de mi chica, que les sonreía como si aquello le gustara o le pareciera divertido.

Enseguida se perdieron en el interior del local y dudé qué hacer, si quedarme allí esperando o entrar y ver con mis propios ojos qué sucedía; si aquellos dos, aprovechando la cercanía y la oscuridad del lugar, se lanzarían definitivamente a la conquista de mi chica. La curiosidad eligió por mí, y a los cinco minutos ya estaba dentro del local, después de atravesar la entrada del local con el corazón que casi me salía por la boca de los nervios.

El sitio estaba bastante lleno; con música atronadora y con aquella combinación de luces y sombras tan típica de los locales nocturnos. El sitio ideal para que Daniel, en connivencia con Andrea, lanzara toda su artillería para hacer suya a una Natalia algo desinhibida gracias al alcohol de la cena y las posibles copas que se hubiera tomado después, en el otro local a donde habían ido.

La discoteca “Compass” constaba de una sala grande, con una gran pista de baile en el centro, a la que había que acceder bajando unas pequeñas escaleras. Arriba, un segundo piso que bordeaba al inferior como si de un anfiteatro se tratara. Desde allí, se podía divisar la pista de baile y toda la primera planta. Fue hasta allí donde me dirigí. Me parecía el lugar ideal para poder ver sin ser descubierto.

Pedí algo en la barra que había en aquella planta y, apoyado en la barandilla y escudado entre varios grupos de personas, me dispuse a buscar a mi chica. Mis ojos hicieron un primer barrido y nada, no la vi ni a ella ni a sus amigos. Nervioso, miré el móvil. No había recibido aún nada. Volví a mirar, ahora con mayor detenimiento, y, en la zona de la barra, localicé a Andrea moviéndose al son de la música mientras Aitor la sujetaba por sus caderas, la besaba y esporádicamente acariciaba su delicado trasero.

Pero ni rastro de Natalia. Ni de Daniel. Ya tenía los nervios a flor de piel. Mil preguntas me acechaban cuando, por fin, la vi llegar junto a su amiga, pero no con Daniel, sino con el otro chico con el que la había visto en la entrada. No tardaron en ponerse a bailar. Pero me pareció que la atención de mi chica estaba en su amiga y no en su compañero de baile pero ella, centrada en Aitor, no la hacía ni caso.

Al poco, Daniel apareció y se acercó a decirle algo a Aitor. Mientras, en la pista, mi chica seguía bailando con aquel otro chico que, pese a tener sus manos en su cintura, parecía no atreverse a más, conformándose con lanzar miradas furtivas al generoso pecho de mi novia. Y Natalia, me pareció que aunque disfrutaba de poder bailar con alguien, también se sentía algo molesta por el vacío que le estaba haciendo su amiga.

Mi chica abandonó a su acompañante y se acercó a su amiga, haciendo que esta abandonara sus escarceos con Aitor, y poniéndose a hablar al oído la una a la otra. Por la cara de Andrea, lo que Natalia le decía no era de su agrado y parecía intentar convencerla de lo que fuera. Un poco más allá, Aitor y Daniel también hablaban, pero en un tono más distendido y relajado, lanzando miradas a las dos chicas e imaginé que celebrando por adelantado el festín que pensaban darse esa noche.

Enseguida Daniel se acercó a mi chica y supuse le pidió bailar ya que, segundos después, los dos se dirigían a la pista donde empezaron a moverse mientras, desde la barra, Andrea y Aitor lo miraban todo sonrientes y satisfechos. Daniel, sin los miramientos que sí había tenido antes el otro chico, se pegó al cuerpo de Natalia haciendo que sus cuerpos se rozaran, debiendo sentir sus pechos bien apretados a su torso estilizado de gimnasio.

La mano de su cintura se desplazaba camino de su culo, de forma lenta pero inexorable, como si tanteara el terreno y no quisiera asustarla, precipitarse. La falda de mi chica se agitaba al son de sus movimientos y supuse que en cualquier momento la mano de él intentaría colarse allí, bajo ella. Yo miraba todo aquello nervioso, a más no poder, y deseando que no fuera a más, casi decidido a lanzarme escaleras abajo para detenerlo.

Pero algo me detuvo de hacerlo, y fue la misma Natalia. En su rostro vi que ella sonreía de forma forzosa, denotando que estaba algo tensa, que no estaba a gusto con la situación. Ver aquello, hizo que me tranquilizara y decidiera esperar y descubrir qué ocurría. En la barra, Andrea y Aitor parecían divertidos con lo que veían, seguro deseosos de ver a mi chica claudicar ante los avances de Daniel.

Desde mi escondite, no acababa de entender muy bien qué podía estar ocurriendo. Sabía por Víctor que Natalia había quedado con él, pero ella seguía allí, bailando con desgana con aquel chico, como si lo hiciera por quedar bien con su amiga. Pero se notaba que ella no deseaba estar allí, que no lo estaba pasando bien y no era capaz de comprender por qué lo hacía, por qué seguía allí siguiendo el rollo a su amiga.

Volvieron a juntarse los cuatro en la barra y Daniel le propuso a su amigo subir al segundo piso. Por sus señas, entendí que se debía referir a ir a los baños que había en este segundo piso, donde yo estaba. Los dos se dirigían hacia las escaleras y yo, queriendo conocer y escuchar si hablaban algo sobre mi chica, me adelanté a ellos entrando primero en los servicios, metiéndome en un cubículo que había libre.

Al poco, ellos hicieron su entrada. La fortuna me sonrió haciendo que se metieran en el cubículo que había justo al lado del mío. Que hubieran entrado los dos juntos, me hizo sospechar que habían entrado para algo más que para vaciar la vejiga. La mera idea que hubiera drogas de por medio hizo que aún tuviera más ganas de salir de allí y llevarme a Natalia a casa.

Pero me quedé unos instantes más, al notar que podía escuchar lo que hablaban:

—Menudas tetas tiene, tío —Intuí que era Daniel quien hablaba—. ¿Y has visto qué ropas se trae hoy? Pero… ¿no nos estaremos pasando con todo esto?

—Nosotros a lo nuestro —le respondió Aitor—. Además, ¿no quedamos en que nos daba morbo esto? ¿Ahora que se nos pone la cosa casi a punto quieres rajarte?

—No, y claro que me da morbo… y está claro que Natalia ha venido con ganas de guerra… Cuando baje, le voy a entrar descaradamente…

—Eso… venga… que no veas lo cachondo que estoy ya… Entre verte mirando cómo me magrea Andrea y verte a ti tonteando con Natalia… la tengo durísima… ¿Ves? —dijo Aitor, notablemente excitado, y pareciéndome oír el sonido de su bragueta abrirse.

—Dios… ¡cómo la tienes!… Te la ha puesto bien dura Andrea, eh… Si es que son las dos unas guarras… —exclamó Daniel, e intuí que su amigo le estaba mostrando su erección. Yo ya no entendía nada de nada.

—Esta noche va a ser lo más… —dijo Daniel—. ¿Crees que aceptaran venir a casa y ver lo que hacemos?

—Ya verás como sí… Llevamos días preparándolo todo y seguro que les gusta… Andrea es muy lanzada y no pondrá pegas… y Natalia, aunque tiene novio, ya la conoces de la universidad… Solo de pensármelo me pongo malo… Vamos Dani, que estoy que me estalla el rabo… —dijo Aitor.

Los sonidos que me llegaron a continuación no dejaron lugar a dudas de lo que ocurría justo a mi lado; Daniel estaba haciéndole una mamada a Aitor, dejándome estupefacto y asombrado ante aquel descubrimiento.

—Así, así… sigue chupando, así… más rápido… que no quiero dejarlas demasiado rato a solas y que sospechen algo de lo nuestro…

No sabía si aquellos dos eran gays, bisexuales o qué, pero por lo visto, era algo que mantenían en oculto. Al parecer, habían montado todo aquello con el fin de disfrutar de una especie de loca orgía con Natalia y Andrea donde, ya de paso, disfrutar de sus gustos sin tener que cortarse. Y aunque cada uno era libre de hacer con su vida lo que quisiera, no me pareció justo ni ético que hubieran engañado así a mi chica y a Andrea.

Salí del baño de forma apresurada y con la firme intención de llevarme a mi chica de allí. Desde mi escondite en la segunda planta, la busqué para saber dónde estaba antes de bajar a buscarla pero, en el lugar donde se encontraba antes, solo estaba Andrea que, contrariada, miraba nerviosa su teléfono. Pero ni rastro de Natalia.

Enseguida vi salir del baño a aquellos dos y bajar por las escaleras. Cuando llegaron junto a ella, Andrea les dijo algo que pareció no gustarles mucho. Por sus gestos, parecía señalar hacia la salida. Intuí que Natalia debía haberse ido y yo no me había enterado de ello.

—Tu chica ya viene…

Ese era el mensaje que Víctor me había mandado, hacía solo unos segundos, y que yo acababa de leer, inmerso en un manojo de nervios ante la repentina desaparición de mi novia.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo mientras abandonaba mi atalaya y bajaba las escaleras lo más rápido posible; eso sí, procurando pasar desapercibido para Andrea, la única de allí que podía reconocerme. Salí de aquel sitio y me encaminé al “Ross”, el lugar donde debía estar Víctor y no sabía si ya Natalia con él.

Mientras casi corría hacia allí, pensé que todavía estaba a tiempo de parar aquella locura, todo aquel sinsentido; impedir que ella entrara en aquel bar; que se encontrara con Víctor; que todo aquello fuera a más y que ya nada volviera a ser igual en nuestra relación. Quería encontrarme con ella, decirle que la había echado de menos y que había salido a buscarla para tomar algo y regresar juntos a casa, los dos, como cualquier otra pareja normal.

Pero, al girar una esquina, la vi unos metros delante de mí, concentrada escribiendo en su teléfono, supuse que a Víctor. Me quedé paralizado, viendo como reanudaba su camino, observando como miraba a un lado y a otro como buscando si había algún conocido por allí, pero sin llegar a verme; divisando como avanzaba, paso a paso, acercándose cada vez más a su encuentro con el hombre que iba a convertirse probablemente en su amante por esa noche. Una nueva esquina y Natalia volvió a desaparecer de mi vista.

Cuando quise reaccionar, la había perdido. Giré aquella esquina y ni rastro de ella. Me dirigí a paso raudo hacia el “Ross” donde supuse habían quedado ambos. Ya me daba todo igual, solo quería parar aquello y olvidarme de aquel tema, volver a lo antes. Entré en el local, buscando casi con desesperación a mi chica, sin conseguir encontrarla.

Me abrí paso entre la gente que abarrotaba aquel oscuro y algo sórdido lugar, repleto de parejas bailando, tocándose, rozándose y, algunas, aprovechando los discretos reservados para darse los primeros besos de la noche, disfrutando de los preámbulos de lo que estaba por venir. Ese pensamiento hizo que dirigiera mi mirada a esos mismos reservados, buscando allí a mi chica.

Fue entonces cuando lo vi, a Víctor. Se había arreglado a conciencia para seducir a mi novia; iba muy elegante con aquellos pantalones, aquella camisa y la chaqueta tipo sport que llevaba. Todo muy casual, pero se notaba que era ropa cara, de marca. Y con aquel corte de pelo tan juvenil y la barba recortada… no podía negar lo evidente.

Podía entender porque atraía a las mujeres. Era un hombre maduro, varonil y sexy, que desprendía elegancia y morbo a partes iguales. Carismático a raudales; simpático a más no poder; sobradamente experimentado y, si encima le sumábamos lo que ya sabía que escondía bajo sus ropas, era perfectamente comprensible que las mujeres se sintieran atraídas hacia él. Y como no, Natalia, mi Natalia.

Una vez localizado él, me moví ligeramente y entonces la vi a ella, a mi chica, sentada allí, en el mismo reservado, junto a él. Estaban sentados muy cerca, demasiado cerca quizás, pero aparentemente no parecía estar sucediendo nada entre ellos dos. Solo hablar. Aquel momento era cuando yo debía acercarme, parar aquello e impedir que nada más sucediera.

Pero no lo hice. Por alguna incomprensible razón no pude. Víctor acercó su rostro y le dijo algo a mi chica que provocó su risa; que apreciara como el rubor cubría su rostro; como lo miraba casi con devoción, mientras él la encandilaba con su sonrisa, la devoraba con la vista y su mano buscaba la suya en un gesto casual pero que no lo era tanto.

Un leve roce sobre su mano que Natalia no impidió ni hizo nada para evitar que se prolongara, alentando a Víctor que convirtió ese primero simple roce en ya toda una caricia, mientras seguía conversando como si tal cosa, como si aquello fuera algo normal. De nuevo, vi la sonrisa dibujada en el rostro de mi novia ante algo que le dijo Víctor; su fugaz mirada a la entrepierna de él y luego otra algo nerviosa a su alrededor, como comprobando si alguien les prestaría atención.

Nadie lo hacía. Excepto yo, claro está. Pero ella no se percató de mi presencia. Algo más tranquila, lo miró a él, y Víctor, con aquella sonrisa pícara que tan bien conocía, llevó esa mano que la estaba acariciando bajo la mesa, no teniendo yo que hacer demasiado esfuerzo para imaginar a dónde. El rubor de las mejillas de mi chica, su sonrisa maliciosa y el brillo de sus ojos la delataron.

Fue en ese instante cuando supe que yo no iba a hacer nada. Por muchas dudas que yo tuviera, por muchos miedos que sintiera, verla a ella entregada de aquella manera, viendo su deseo reflejado en su rostro, supe que aquello iba a ser algo que tenía que ocurrir, tarde o temprano; que si no iba a ser esa noche iba a ser cualquier otra pero que, irremediablemente, era algo que estaba destinado a suceder.

No sé el tiempo que estuve mirando, medio oculto entre la gente que iba y venía, cómo los dos se miraban mientras, bajo la mesa, intuía que ella acariciaba el enorme bulto que en esos momentos ya debía haberse formado bajo el pantalón de Víctor y él, a tenor de los colores que coloreaban la tez de mi chica, debía estar haciendo lo propio a ella.

Era como estar viendo lo ocurrido en aquella terraza semanas atrás, cuando algo parecido había sucedido entre los dos y que no había llegado a más por la irrupción de Andrea. Pero esta vez su amiga no estaba y me intrigaba saber si, en esta ocasión, Natalia iba a dejar a Víctor llegar hasta el final, si iba a permitirle que la hiciera llegar al orgasmo allí, en aquel sitio, a la vista de todos.

—Jajaja… —Unas risas provenientes de la entrada del local hicieron que me girara y, para mi estupor, me encontré que por ella acababa de hacer acto de aparición Eduardo, acompañado por los mismos tíos con los que nos habíamos topado aquella vez en el centro comercial.

Asustado y con el corazón a punto de salírseme por la boca, me desplacé como pude evitando toparme con Eduardo y permaneciendo fuera de la vista de Víctor y Natalia. Mi prioridad ahora era escaparme de allí sin que nadie me viera. Si alguien lo hacía, estaba jodido. Muy, muy jodido.

Para mi suerte, mi compañero ya iba con unas cuantas copas encima y pude escabullirme sin que se diera cuenta de mi presencia allí. Una vez fuera, respirando de forma agitada y escondido entre dos coches, me acordé de mi chica y de nuevo la angustia se apoderó de mí.

Eduardo conocía a Natalia. Como la viera allí, en un reservado junto a un hombre que no era yo y haciendo lo que presumía que estaba haciendo, iba a poner en un compromiso a mi chica y, por ende, a mí también. Nervioso, no sabiendo qué hacer, dudé si volver a entrar o quedarme allí. Quizás podía distraer a mi compañero, conseguir sacarlo de aquel local antes que se diera cuenta de la presencia de mi chica, aunque eso supusiera delatarme ante ella.

En ese momento, cuando ya casi había decidido volver a entrar y que fuera lo que dios quisiera, unas risas provenientes de una calle aledaña me llamaron la atención. Desde un lateral de aquel local, una pareja apareció en la calle donde me encontraba y enseguida los reconocí. Eran ellos. Víctor y Natalia. Al parecer, debían haberse percatado de la presencia de mi compañero y habían conseguido escabullirse por otra salida que yo desconocía.

Respiré algo aliviado al verlos. Ellos se fueron alejando de donde estaba yo escondido, supuse que en busca del coche de Víctor. Me imaginé que, tras el sobresalto por la aparición de Eduardo, a Natalia le debía haber entrado el miedo en el cuerpo y le habría pedido que la llevara a casa.

Salí de mi escondite y me dirigí a mi coche. Ahora mi prioridad era llegar a casa antes que ella, que no descubriese que no estaba en casa y que no había estado en ella buena parte de la noche. Un pitido en mi móvil me alertó de la llegada de un mensaje. Era de Víctor de nuevo:

—He estado con tu chica tomándonos algo en el Ross como habíamos quedado… Dios, cómo está tu novia Luis… Está tremenda esta noche… Incluso me ha dejado que la metiera mano recordando el día de la terraza…

—Anda ya… —Me hice el escéptico aunque aquello confirmaba mis sospechas.

—Ya te digo… por un momento, he creído que iba a correrse y todo allí dentro… jajaja…

—¿Y lo ha hecho? ¿Y ella dónde está? —le pregunté no entendiendo como podía estar escribiéndome estando ella delante.

—No te preocupes por ella, ahora la tengo delante mientras escribo y vigilo que no venga nadie mientras mea detrás de unos contenedores… no podía aguantar más… y no, no se ha corrido… cuando estaba a punto, ha visto entrar a alguien que conocía y hemos tenido que salir de allí casi a la carrera…

—¡No me jodas! ¿Os han visto? ¿Qué ha pasado? Joder, menudo lío… me imagino que debe haberse acojonado y que la traes de vuelta a casa…

—Jajaja… tranquilo, Luis… no ha pasado nada, nos hemos escabullido por detrás y nadie la ha visto… y en cuanto a lo de acojonarse… pues un poco… pero la he convencido para tomarnos la última en un sitio más tranquilo donde nadie pueda interrumpirnos… ¿Te imaginas dónde?

No daba crédito a lo que acababa de recibir. Tragué saliva, nervioso, incapaz hasta de escribirle una respuesta. Tampoco me dio tiempo. Otro pitido me alertó de otro mensaje suyo:

—Ya ha acabado de mear… Dios, cómo me pone tu chica… qué sexy verla como se sube el tanga ese rojo que lleva y como se baja la falda… para lo que le va a durar puesta… jajaja… si quieres ver cómo me la follo, ya sabes lo que debes hacer…

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