TANATOS 12

CAPÍTULO 16
María prolongó la estancia en casa de sus padres hasta el lunes por la mañana, yéndose directamente de allí al trabajo. Y yo, la noche de ese mismo lunes, estaba dispuesto a contarle lo de Begoña, pero lo cierto es que nos acostamos sin haber sido capaz. Sentía como si nunca fuera el momento. Pero también sentía que no me apetecía que me hiciera mil preguntas… o quizás simplemente sucedía que seguía siendo yo, el yo incapaz de afrontar los problemas.
Durante esa semana no sabía si María estaba distante o si me sentía así por una mayor sensibilidad, pero el caso era que ya no dormíamos tan abrazados como tras la crisis y que no había surgido tener sexo.
Fue ya el viernes cuando María, a media tarde, me escribió diciéndome que iba a tomar algo con Carlos aquella misma noche. Ellos dos solos. “Vamos a picar algo rápido aquí al lado, y a hablar de trabajo. No te enciendas porque no es en plan jugar a nada”.
Yo le pedí más explicaciones y me acabó diciendo que si me parecía mal que le diría que no, pero que era una tontería.
No entendía cómo, tras lo sucedido una semana antes, pudieran hablar de trabajo como si tal cosa, y tampoco me parecía que pudiera haber tanto de qué hablar, o que no se pudiera hablar de ello en el despacho.
—Me ha insistido. Y me cae bien. Y sabe cuando jugar y cuando no. Y hoy no va a ser. No sé por qué lo ves mal.
Le dije que no lo veía mal y que hiciera lo que quisiese.
—Si alguien nos mira en plan raro te lo cuento, ¿vale? —escribió ella, como si fuera un favor, y no un juego nuestro.
No le respondí.
Eran aproximadamente las diez de la noche y María llevaba una hora sin conectarse al móvil y empecé a sentirme bastante molesto. No era que sospechase, ni que pensara que pudiera empezar a gustarle. No. Simplemente no lo entendía. Y, como días antes, el rechazo de María me despertaba unas extrañas ganas de contactar con Begoña. Tras darle algunas vueltas, y sabiendo que seguramente era un error no romper absolutamente todo trato con ella, escribí:
—Habrás visto a María estos días en el despacho. No la he dejado. Estoy esperando a ver si confiesa ella. ¿Tú qué tal?
Begoña no tardó en responder:
—Si te ha puesto los cuernos en octubre y no te ha dicho nada no te lo va a confesar ahora sin venir a cuento. Igual es que no quieres dejarla.
—Puede ser. ¿Y tú?
—Que yo qué.
—No sé. Qué haces, qué vas a hacer.
—Estoy en el tren, llegando a Madrid. Voy a pasar el finde con Edu.
—Vaya. A ver si no lo hacéis representando a María —escribí, con una cercanía que ya sentía permitida, si bien la estaba notando algo seca.
—Je, je… No descarto que lo plantee. En fin, tú verás que haces con María. Te dejo. Chao.
Aparté el móvil y no entendía qué hacía María ni tampoco qué estaba haciendo yo. Afortunadamente no me dio demasiado tiempo a darle vueltas, pues ella no tardó en volver a casa.
Su entrada fue discreta. Dejó el bolso y la chaqueta sobre una silla y se sentó en el sofá en el que no estaba yo. Me preguntó qué había cenado, y yo, tras responderle, le pregunté por si había sucedido algo interesante, alguna mirada de alguien, alguna mirada de él, o si habían hablado de algo sustancial.
—La verdad es que nada.
—No he entendido esa cita de hoy. Pero bueno —no pude evitar soltar.
—No ha sido una cita, Pablo. Me cae bien. Ya está. Es un tío interesante. No todo tío que aparece en nuestra vida tiene que ser un posible amante al cual… manipular… o lo que sea, para que me folle y tú mires —me espetó, de repente.
Yo la miré entonces, de sofá a sofá, en traje de chaqueta y pantalón verde oscuro y una camiseta blanca por debajo. Estaba muy guapa, y su pecho se le notaba prominente bajo aquella camiseta de cuello redondo.
—Vale, vale. Está bien. Igual tienes razón. Igual tienes razón y es normal quedar con un cliente veinte años mayor, después de haberle hecho una…
—Me voy a la cama, Pablo —me interrumpió— Te dejo con tus locuras y con tus paranoias, que son precisamente las que nos han llevado a casi dejarlo… a suspender la boda… y a mil historias —dijo, en un tono neutro, sin alterarse apenas, y poniéndose en pie, cogiendo su bolso y enfilando el pasillo.
Me quedé allí tirado mientras oía como ella se iba al baño. Cogí entonces mi teléfono, miré la hora, y pensé que, en aquel preciso momento, sin duda alguna Edu se estaría follando a Begoña, y quién sabe si tendría la cara dura él, y las tragaderas ella, de estarla follando jugando a que Begoña era María.

Esa misma noche quise dar yo el paso, no para el sexo, pero sí para el afecto, y rodé bajo las sábanas hasta abrazarla. Mi abrazo fue plenamente aceptado y, en cuchara, yo detrás de ella, de lado, mi mente se apagaba al tiempo que mi miembro, que iba por libre, palpitaba sabe dios por qué.
—Está muy inquieta tu pequeña… —susurró María, graciosa, dócil, notando aquellos rebotes en su culo. Y yo besé su pelo, sin bajar la intensidad del abrazo.
El fin de semana jugué un poco a buscar su cariño o su ternura, y lo cierto era que siempre que lo buscaba acababa recibiendo una respuesta plenamente positiva. Y pensé que quizás a ella no le pasara nada, sino que yo también tenía que dar, que buscar, sobre todo teniendo en cuenta que nuestra crisis obedecía a una traición mía.
Aquel fin de semana era una balsa de aceite, por fin, otra vez, pero el domingo por la noche, estando los dos viendo la tele, recibí, para mi sorpresa mayúscula, un mensaje de Begoña, que pude leer, con disimulo, sin que María se enterara.
—Es para matarte. Eres un mentiroso.
Alterado. Sobresaltado. Y suponiendo que ella en aquel momento ya estaría volviendo de Madrid, le respondí:
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Ella no contestaba y mi cabeza daba vueltas sin parar. Sin duda Edu le habría contado algo. Sin duda me había dejado en evidencia de alguna manera. No me acababa de creer que le contase toda la verdad, pero seguramente se las habría apañado para salvarse él y decirle cosas que echaban abajo mi papel de cornudo desinformado.
Cada poco tiempo revisaba el teléfono, pero ella no respondía nada. Y le volví a insistir, mientras María se lavaba los dientes. Pero no obtuve respuesta.

Durante los siguientes días María no dijo nada de Carlos y Begoña no me respondió. No me atraía el hecho de quedar mal con ella, sobre todo pensando en que trabajaba en el mismo despacho que María, pero no quise obsesionarme más. Y la idea de no decirle a María nada sobre ella fue cobrando fuerza.
El jueves por la mañana, en la ducha, comencé a sentir una irremediable necesidad de masturbarme. Lo cierto era que habían pasado dos semanas desde la última vez que lo habíamos hecho, y poco menos tiempo desde mi triste paja sobre ella en la que apenas había eyaculado.
Solo quería desahogarme, poner el contador a cero, sin necesidad de pensar demasiado, pero pronto mi mente optó por Carlos e imaginé que, seis días antes, la noche de viernes en la que habían quedado sin mí, en la que María vestía aquel traje verde oscuro y aquella camiseta blanca, habían acabado en los servicios de aquel local… y allí aquel señor la había follado con vehemencia. Sí, me masturbaba con aquella imagen, los dos de pie, en un sucio y pequeño aseo, frente al lavabo, con los pantalones de María en sus tobillos y aquel hombre dándole placer… y exteriorizando un gesto de triunfo que ella asumía, abochornada, pero a la vez agradecida, al cruzar la mirada con él gracias al implacable espejo que coronaba el lavabo. Pero, cuando estaba a punto de correrme, me detuve. Me controlé. No me quise correr así. Quería hacerlo con María. Aquella noche. Pensé que si estaba dando yo los pasos para que allí hubiera afecto, también los podría dar para que hubiera sexo.
Esa misma noche, estando los dos ya en la cama, y con la luz apagada, busqué el abrazo otra vez, en cuchara y desde atrás, y mi miembro volvió a llamar a su puerta, palpitando contra su trasero. Al cuarto o quinto envite bajé una de mis manos a sus bragas y con la otra acaricié uno de sus pechos sobre el camisón. Ella giró entonces su cara y nos besamos. En un beso calmado y aún algo seco. No tardé en seguir hurgando con mi mano, primero sobre sus bragas y después por debajo, hasta ir despertando un sexo que se resistía.
Acabé por tumbarme sobre ella. En misionero. Cubriéndola. Y ella me acogió. En silencio. Y la penetré. Con lentitud. Con dulzura. En unas metidas cortas y sentidas, mientras enterraba mis besos en su cuello y ella me abrazaba… El acto no duró mucho, y solo jadeé yo, y solo me corrí yo. Y en el fondo le agradecí que ella no fingiera.
Al día siguiente, por la tarde, pensaba que yo había hecho mi intento, y que quizás no había salido bien porque María estaba en un estado de excitación superior, y se estaba tragando su deseo. Aguantándolo, por nuestra propia seguridad. Aquella vieja conclusión de que nuestro sexo tranquilo solo prosperaba en sus noches o momentos de menor excitación.
Aquella sospecha cobró fuerza pocos minutos después, cuando, mientras aún barruntaba sobre aquello, en el trabajo, aquella tarde de viernes, recibí un mensaje suyo:
—Carlos me ha propuesto volver a quedar los tres en el hotel aquel, esta noche. ¿Te apetece?
No podía negar que la idea me atraía enormemente. Ni tampoco que me extrañaba con igual enormidad cómo ellos podían quedar a solas para hablar de trabajo o de nimiedades, y después quedar los tres y ser prácticamente personas diferentes, con necesidades o intenciones diferentes.
Estaba a punto de responderle afirmativamente, cuando me entró otro mensaje, esta vez de Begoña. Y, sin tiempo casi ni a asustarme ni a sorprenderme, leí:
—Creo que todo el mundo merece explicarse y yo también merezco que me expliques por qué me has mentido a la cara. Aunque no nos conozcamos creo que no merecía tus mentiras. Ven a mi casa esta noche y haces el favor de dar la cara. Te repito que eres un mentiroso y te añado que estás mal de la cabeza.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s