LOLA BARNON

Mi primera infidelidad

Parece que ha pasado mucho tiempo, pero apenas han sido unos pocos años de esto…

Un buen día, surgió un rollo con un compañero de las Palmas. No lo busqué, pero sucedió, y terminamos en su apartamento los dos. El hecho fue casi fortuito. O al menos, aseguro que nada premeditado. Pero un servicio complicado, con arrestos de gente chunga, una excitación por el peligro al tener que empuñar el arma reglamentaria y los nervios de la situación, impulsaron aquello. Me invitó a tomar una cerveza. Luego fueron dos. Una copa, y surgió el beso. O, en realidad, yo lo estaba buscando. Ya no lo sé con certeza.

Descubrí que me encantaba este tipo de sexo. Debo precisar aquí. Ese sexo que me atrapó fue uno que no había probado antes. Se trataba de un sexo prohibido, sin fronteras, sin explicaciones, sin ataduras, un sexo libre, de nada más que risas y placer… Un sexo morboso, excitante, sin cortapisas ni medianías.

Aquel chico me follaba de una forma que me volvía loca. Era contundente, fogoso, atrevido y fuerte. Me volteaba, me penetraba sin descanso y me hacía alcanzar orgasmos como volcanes. He follado con muchos hombres, y aún me sigo acordando de este chico. Podría enumerar las diferentes posturas y fases de nuestros primeros encuentros. No me equivocaría, lo aseguro.

Pocas veces he aullado con una follada como las de él. Ni he comido una polla con tanta ansia. No sé si la situación y la novedad, contribuyeron a que fueran tan especial, salvaje y morboso. Pero desde que le veía por la mañana, ya empezaba a mojar mis bragas. Era puro deseo de gozar, de follar, de chupar, de ser penetrada, de sentir su esperma en mí…

Se lo confesé a mi marido. Pero no fue inmediato. Tardé casi cuatro meses, hasta que me decidí a afrontarlo. Él estaba con la mosca detrás de la oreja. Mi cansancio, mis mensajes a escondidas, mis sonrisas furtivas y algunas guardias y servicios nocturnos sin aviso previo, provocaron sus dudas.

Ahora, echando la vista atrás, entiendo que era fácil que sospechara. En realidad, las mujeres no somos más listas que los hombres cuando nos puede este tipo de pasión. Hay quien dice que sabemos ocultarlo mejor. O que los hombres no se enteran porque no se fijan en los detalles. No creo que sea así. Sobre todo, cuando la relación es tan impetuosa, tan volcánica y pasional como la que tuve con aquel compañero.

A mi marido, cuando se lo confesé, le dije que lo sentía, que le quería, pero que me atraía tanto ese sexo que no podía evitar que me venciera la tentación. Cuando recuerdo esa escena, con el paso del tiempo y la experiencia, tengo claro que ya no amaba a mi marido. Es posible que lo quisiera, y que incluso lo admirara. Pero ese torbellino de ilusión con un hombre mayor, protector, culto y atractivo se había apagado. Y en buena medida había culminado aquel agotamiento por la fogosidad de un compañero que me follaba como una máquina y me llevaba al cielo a base de acometidas pélvicas, maestría con la lengua y desvergüenza propia de un veinteañero atrevido.

No le quise hacer daño, pero ahora soy consciente de que se lo causé. Por alguna razón, sentía que le debía mucho por el hecho de haberme alejado de mi familia. Yo no tenía ningún miedo al divorcio, aunque solo lleváramos poco más de tres años de casados. De hecho, nunca he creído en verdad en una unión eterna de un hombre y una mujer. Lo he visto en mis padres, y lo he experimentado conmigo misma.

 Con esa sensación de estar en deuda con mi marido, intenté permanecer junto a él. Pero no podía renunciar a ese sexo tan formidable con mi compañero. Por tanto, le pedí abrir nuestro matrimonio. Que por eso él no iba a ser menos para mí. Ernesto no quería hijos y estaba muy enfocado en la universidad, sus clases, seminarios, congresos… A mí los hijos no me han llamado nunca la atención. No tengo ese sentimiento por ser madre. No sé si mi vida me ha llevado a neutralizarlo, pero el hecho es que no lo tuve, ni lo tengo.

La sensación tan fulminante de querer mantener a toda costa ese sexo tan desenfrenado y excelente que había descubierto en mi compañero, también tuvo que ver con mi marido. Tengo que confesar que Ernesto era poco imaginativo y atrevido, aunque hasta ese momento, no teníamos mayores problemas. Yo suplía con cierto descaro y atrevimiento su falta de creatividad. Pero hasta ese día con mi compañero, no descubrí por completo, ese sexo libertino desmedido y lascivo, que ahora ya no puedo abandonar aunque lo pretendiera.

Con mi marido había hecho el amor, pero nunca me había follado como ese chico. De alguna forma, creo que me hizo sentirme muy mujer y muy poderosa… Y eso, no puedo negarlo, también entroncaba con la tóxica relación de mi familia. Allí, en la cama con él y disfrutando del sexo, me convertía en una mujer extremadamente contraria a la apocada, conformista y engañada de mi madre.

Mi marido, obviamente, me dijo que nos separaríamos si volvía a hacerlo. Que no lo iba a consentir. Tuvo una reacción de cuernos inmediata. Yo me lo esperaba, claro está. Pero aguanté el envite. La separación, aunque él no creo que lo intuyera, era una opción igualmente válida para mí, si mi marido no consentía en permitirme follar con ese chico. Sé que es algo extraño o antinatural, pero mi cabeza, mi sexo y mi corazón querían cada una su parte.

Y sabiendo que corría un riesgo, me volví a acostar con ese compañero. Al menos cinco o seis veces más, después de confesárselo a mi marido. Volvió a ser magnífico, sensacional; subía al cielo cada vez que nos liábamos. No hice el menor esfuerzo en ocultarlo. De hecho, le dije a mi marido que entendía que se quisiera separar y que firmaría los papeles que me diera. Y al final, terminó abriéndose a que nuestro matrimonio fuera liberal, o como lo queramos llamar. Pero como siempre sucede, lo que uno planea, casi nunca sale como está previsto…

La playa

Me vienen muchos recuerdos de golpe. Los de mi matrimonio, mi primera infidelidad, Yeray… Ahora estoy mirando el atardecer desde mi habitación que da al mar, sentada en una silla y los pies apoyados en otra. Respiro profundamente y por un momento me siento afortunada. Una cerveza en la mano y una tenue sonrisa.

El atardecer es precioso. Hace un viento apetecible en la playa. He conseguido aparcar el rostro, y el actual y absurdo egoísmo de mi madre, así como la situación de mi padre.

Me bajo dando un paseo a un bar que da a la playa. Veo parejas, bañistas, un chico haciendo windsurf, otro, más alejado kite. Respiro el aroma de mi mar, de mi tierra. Tengo ganas de dejarme llevar por unas horas, de dormitar despierta, de tomarme unas cervezas sin prisas y con la sensación de querer perder el tiempo.

Suena en ese momento el móvil. Es un mensaje de Mamen insistiendo en que disfrute y que ahora que ya está solucionado lo de mi padre, intente relajarme.

No pasan ni diez minutos, y la misma monjita con la que he hablado en la residencia, me llama para corroborármelo. Entre lo que ingresan por el seguro de mi padre y lo que se supone que yo he hecho, tiene, al menos, ocho meses de estancia completamente pagada. Y me confirma, igualmente, que se ponen en marcha para tramitar las ayudas que fueran necesarias para que ese dinero dure todo lo posible. Mentalmente me hago una cuenta de lo que puedo abstraer de mi sueldo de funcionaria y destinarlo a mi padre…

Mientras miro al sol, ya cercano a la línea del mar, a los bañistas retirarse, al chico del windsurf recoger su tabla, llamo entonces a Isabel.

Lloro de agradecimiento. De felicidad existencial. Sé que no basta con palabras y que un gesto así solo era posible devolverlo con lealtad. Me dice que no me preocupe, que ese dinero está muy bien empleado y que si en algún momento necesito algo más, que se lo diga. Y que por supuesto, no la debo nada. Insisto. Varias veces, pero es inútil. Zanja el tema con un «ya hablaremos de eso cuando llegues y me invites a comer. Con eso es suficiente, Tania»

Es curioso cómo somos las personas. Los vínculos que creamos entre nosotros. Las constantes vitales que nos enganchan a unas personas y nos separan de otras. Por desgracia, no fue aquella la última llamada.

Cuelgo a Isabel y a los dos minutos, mi madre vuelve a insistirme de nuevo en que lo que yo he hecho es solo para lavar mi conciencia y que ella era quien me había llevado en el vientre. Me amenaza con dejar de pagar la parte que ella pone y que, según me ha confesado la monjita, viene de ese seguro de enfermedad de mi padre. Vuelvo a colgarle el móvil, no sin antes avisar a mi madre de que si se le ocurre hacer eso, tendrá a algún compañero de la isla detrás de ella por fraude, abandono o cualquier tipo delictivo que encaje medianamente en aquella conducta. Se asusta y me insulta. Cuando cuelgo sé que la línea de unión que podía haber entre ella y yo ha quedado definitivamente rota. No siento otra cosa que decepción y lástima por haber construido murallas en vez de caminos entre ella y yo. Cierro los ojos, me aguanto el par de lágrimas que pugnan por salir y bebo un largo trago de mi cerveza, mientras pido otra al camarero con un gesto de mi mano.

Pero sorpresivamente, también estoy medianamente feliz. Incluso por haber roto los puentes con mi madre. No entiendo esa especie de mezquindad por mucho que el pasado siga atormentando. No es, por supuesto, una felicidad extensa, sino más bien conformista y simple. Pero significa mi bienestar y mi despegue con el pasado.

Decido recorrer la playa, y acercarme a otro chiringuito más cercano. Ver atardecer en medio de la brisa y la relajación. Siento algo de hambre y me termino la cerveza de un par de tragos. Me meto el móvil en el estrecho bolsillo de los shorts que llevo y me recoloco la blusa amplia y blanca. Pago y me encamino al chiringuito a pie, con tranquilidad y dejando que la puesta de sol me traspase.

Media hora más tarde, pido algo de cenar allí mismo. Está al lado de mi hotel y a pie de playa. Me siento de cara al mar, con los pies descalzos en la arena. Pescado y vino blanco frío. Necesito retomar el estado de tranquilidad anterior a todas las llamadas. Quiero sentir la brisa en mi pelo y que arrastre mis pensamientos lejos por esa noche.

Ceno tranquila, sin ninguna prisa y solo echo en falta a Mamen e Isabel. Me gustaría tenerlas aquí para hablar de todo o de nada. Con aquel vino de Lanzarote, un pescado y el aroma salino acompañándonos. Me digo a mí misma que hay que planear una escapada de las tres a mi isla.

Termino de cenar. Estoy a gusto y pido una copa allí mismo. No quiero irme a mi habitación. Quitando el tema de mi madre, podría decir que en este momento, soy casi feliz. Solo me acuerdo de la cara de reproche de Ernesto. Mi exmarido. Me cuesta llamarlo así. Cierro los ojos y me acuerdo de retazos de nuestra vida en común, si se puede decir así.

Pienso en nosotros, en su cara de recriminación y censura hacia mí, en su acusación y en el rencor que me guardará siempre. Y no puedo culparle, porque tiene razón. Me hubiera gustado que no termináramos así. Quizá, en algún momento, me imaginé con él, ya mayores, en este mismo sitio, en la playa, disfrutando de la tranquilidad y del clima de mi isla. De verdad que siento que solo le quede rencor. Pero no puedo evitarlo ya.

—¿Puedo sentarme?

La voz es de un chico joven, alto, de sonrisa elástica y semblante simpático. Le miro. Sonrío porque conozco la escena. Lo he vivido muchas veces. Suena una música tranquila, como de chillout. Las olas del mar llegan con su rumor. Me coloco el pelo que ha despeinado la brisa. Cruzo mi pierna derecha sobre la izquierda y me encojo de hombros. El chico se sienta. Lleva una copa en la mano. Bebe un ligero sorbo y no deja de mirarme.

Veo que se enciende mi móvil que lo he dejado en silencio. Es otra vez mi madre. Cierro los ojos cansada de todo y doy la vuelta al teléfono. No lo cojo. Pongo cara de fastidio durante un segundo y echo la cabeza hacia atrás cansada de mi pasado.

—¿Malas noticias? —me pregunta el chico.

—La vida, que da poco respiro… —le contesto mirando al mar.

—Me gustaría hacerte reír —me dice con una sonrisa muy amplia en su cara. Dientes blancos, pelo suelto. Ojos oscuros—. Nadie merece estar triste.

Le miro en silencio. Bebo un sorbo de mi copa y no digo nada. Pierdo mi vista de nuevo en el mar, ya ennegrecido y del que me llega el rumor tranquilo de las olas cercanas.

—Me llamo Aday.

Sonrío y giro de nuevo mi cara hacia él.

Cae el agua en mi espalda. Cierro los ojos y respiro profundamente. Dejo que el chorro de la ducha me cubra por completo. La siento deslizarse por mi cara, por mi pecho, la espalda… Siento algo parecido al alivio. Se me aparece la imagen de mi madre, de mi padre. De Ernesto. De muchos hombres con los que he estado y que ya no alcanzó a recordar su nombre. De pronto, como por ensalmo, veo entre el agua y mi pasado, la cara de «él»…

Vuelvo a escuchar la música de la terraza donde cené. Se abre la puerta de la ducha y en medio del vapor, aparece la cara somnolienta y atractiva de Aday. Comercial de bebidas alcohólicas, guapo, de buenos modales, sonrisa lenta, mirada templada, tatuajes tribales en ambos brazos, rubio, piel morena y ojos intensos.

No fue complicado. Unas palabras, mis pupilas colgadas en las suyas, una sonrisa más alargada de lo acostumbrado y las ganas de olvidarme de todo durante un par de horas, que luego se convirtieron en casi toda una noche.

       Una noche más de sexo sin complejos, sin tibiezas. De embates y poca simpleza. Gemidos, suspiros y placer. Lenguas, saliva, dedos, su polla en mi coño, su vida en la mía. Con la ventana abierta dejando que entrara la brisa, para que se confundiera con nuestros gemidos, suspiros y gruñidos. Un primer polvo en la cama, casi con prisas. Comiéndonos sin apenas saborearnos. Mi boca repleta de su hombría, buscando gozar y poco más. La suya entrando en mis entrañas, despertando calambres de gusto y ganas. Un polvo voraz, de acometidas y poco freno. Una follada de miramiento escaso, complicidad animal, fuerza y jadeos.

       Luego, ya complacidos uno con el otro, unos instantes de tranquilidad. De miradas y alguna sonrisa. Dos cuerpos bonitos que han alcanzado un sexo de excelente factura. Un hombre y una mujer, sabedores de lo que hay y de que no es necesario pedir más.

       Mi cuerpo en la terraza, desnudo, sintiendo la noche erizando la piel. Pezones duros como diamantes y de nuevo dos bocas que se buscan. Quizás ahora un poco más pausadas. Buscando las esquinas del deseo descubiertas una hora antes. Los puntos que hacen que la piel grite y las manos se muevan al compás del sexo. Un beso lento, pero que encierra deseo. Dos lenguas que se enroscan sabiendo que no será ese el único lugar donde terminarán.

       Me abraza. Me dejo acariciar. Es una nueva muesca más en mi vida. Un hombre que, quizá, termine olvidando hasta cómo se llama, pero que hoy, esta noche, sus pellizcos en mis pezones hacen que se me erice hasta el alma.

       Cuando cierro los ojos, mientras cae el agua y noto sus brazos en mi espalda y en mi pecho izquierdo, me siento un poco vacía, pero no puedo renegar de lo que soy. Besa mi cuello, ronroneo y dejo que recorra con sus manos, otra vez, mi piel. Me vuelvo y nos besamos. El tiempo se detiene en el agua cayendo de la alcachofa de la ducha, recorriendo todas las esquinas de nuestras pieles, recordando que durante la noche lo hicimos con nuestras labios y lenguas.

Vine a mi isla a estar tranquila y entonces recuerdo la frase que le dije a Mamen en el aeropuerto cuando vimos al Guardia Civil, que no era otro que aquel con el me acostaba cuando yo todavía estaba destinada en la isla.

«—Y si veo a un chulazo, me lo cepillo…»

Pero en realidad, no tenía esa intención. Y menos después de ver a mi padre en ese estado y al egoísmo de mi madre. Pero ha surgido, me digo mentalmente, tratando de alejar la sensación de culpa o arrepentimiento. Pero, entonces, ¿por qué estoy con él en la ducha? ¿Por qué me estoy de nuevo besando con Aday?

Quizá, pienso mientras siento su mano en mi pubis y la mía acariciando su pene que empieza a hincharse con rapidez, es que esta es mi verdadera naturaleza. Porque en mi mano crece su ímpetu al ritmo de mis caricias, porque soy consciente de mis debilidades.

Su lengua abandona mi boca y se centra en mis pechos. Llevo mi cabeza haca atrás con un suspiro. Noto sus labios bajando por mi vientre, recorriendo mis dos tatuajes, sus manos aferrando mis glúteos y, finalmente, besar mi pubis con fuerza. Su lengua en mi interior. Gimo de nuevo y le facilito la entrada mientras apoyo mis manos en sus hombros para que siga. Descanso mi espalda en la pared de la ducha, mientras elevo una pierna. Suspiro de nuevo y sonrío cuando alcanza mi clítoris. Unos instantes más tarde, siento su polla dentro de mí, fuerte, erecta, dura y empalándome en medio del agua que cae y el rumor de nuestros gemidos y jadeos.

Posiblemente, no puedo cambiar. Y aunque pudiera, creo que ya es tarde…

Mis padres…

Salgo de la cafetería y arranco el coche de alquiler para ir a ver a mis padres. Con mi madre mantengo una muy ligera relación. Esporádica y distante. Cada tres o cuatro meses, nos llamamos o ponemos un mensaje. Eso es todo. No está cortada, pero sujeta con alfileres. Con mi padre, nada. De hecho, desconocía que estuviera enfermo, tal y como me lo encuentro cuando llego a la que fue mi casa de niña.

El piso está casi a oscuras. Huele a esos hogares donde el tiempo se ha quedado remansado y rancio. Mi madre, aunque sabe de mi llegada, me saluda con cierta efusividad. Se alegra de verme e incluso suelta un par de lágrimas.

—¿Vienes de vacaciones o por un tiempo? —me pregunta.

—Me vuelvo a Madrid el domingo. —Quizá he sido un poco seca o distante. Es inevitable que los recuerdos me atosiguen y me impidan expresar nada parecido a un regreso, aunque fuera por unas horas, a lo que un día ya tan lejano fue mi hogar.

Noto que eso no le gusta a mi madre. Que preferiría que me quedara allí. Sé que no es por un sentimiento maternal, porque entre ella y yo ya no existe. Intuyo que hay algo más, pero no pregunto y me dirijo hacia donde veo a mi padre. Está en una silla de ruedas, sentado y con la cara mirando a la ventana sin apenas expresión.

—Un ictus… y demencia senil —me dice mi madre que se ha quedado a mi espalda—. Hace algo menos de un mes.

Siento un estremecimiento y aunque me perdura el rencor, también me embarga la pena al verle así.

—Hola papá. —Me acerco a saludarle.

No ha sido un buen marido y tampoco un padre decente. Pero verlo en ese estado me provoca un acceso de lástima. Le acaricio en la mejilla. Tiene pelos de barba sin rasurar. Está despeinado, viste un pantalón de chándal y una camisa con los cuellos y puños muy gastados. Él me mira como si no me reconociera. Ausente, con el cerebro perdido en algún sitio.

—¿Está así siempre? Quiero decir, sin hablar, sin saber dónde está.

—No siempre, pero casi. Hay veces que conoce algo. Pero no puede hablar y todo es por gestos. La parte izquierda no puede moverla, y el médico me dijo que su consciencia es muy limitada. Muchas veces ni escucha. Se queda así… —Mi madre se sienta en una de las butacas. Lejos de mi padre.

No veo cariño en ella. Ni siquiera compasión hacia él. Sus palabras salen sin afecto o cariño.

—¿Y no le llevas a ningún sitio para que lo cuiden? —pregunto intentando colocar algo los cuellos gastados de la camisa de mi padre.

—Sí, hoy tendrían que haber venido ya a por él, pero se han debido retrasar. —Mira el reloj y detecto una especie de impaciencia.

—¿Y dónde es?

—Una residencia de monjitas. Lo cuidan muy bien.

Me doy cuenta de que no quiere seguir con la conversación. En ese momento, tocan al timbre. Mi madre se levanta y cuando pasa por la luz que entra de la ventana donde está sentado mi padre en la silla de ruedas, me fijo que estaba vestida de manera más elegante o formal de lo que yo recuerdo cuando me fui. Ella, por lo general, para estar en casa no pasaba de una falda vieja, una camiseta o un jersey lleno de pelotillas, y unas pantuflas.

Mi madre se levanta rápido y abre la puerta. Entra un joven vestido con uniforme de paramédico. Se lleva a mi padre tras hablar un momento con mi madre y que esta le dé la chaquetilla del chándal, por si lo sacan al jardín, según aquel joven dice con una sonrisa.

El paramédico se despide y cuando me acerco a la puerta, veo que hay otro esperando en el descansillo. Se le llevan y la casa se queda en silencio. Mi madre levanta un poco la persiana.

—A tu padre le molesta la luz… Bueno, le molesta todo, la verdad.

El tono me parece demasiado rígido y duro. Como si se tratara de una queja que necesitara transmitirme. O un reproche por no estar allí con ella.

—¿Y tú, qué tal estás? —le pregunto para quitar esa incomodidad que por unos segundos se asienta entre ambas.

—¿Yo? —no me mira al contestarme.

Veo que se dirige al dormitorio y sigo su camino. Cuando paso por el que fue el mío, veo que está ocupado por una silla, una mesa y unas muletas. La cama está apenas hecha y la habitación permanece también en semioscuridad.

—¿Papá duerme aquí?

—Sí —la escucho desde el dormitorio, a la vez que oigo como teclea en su móvil.

Hay algo extraño en todo aquello. Mi madre, tras verme y soltar esas pequeñas lágrimas, está un punto nerviosa. Diría que deseosa de que me vaya.

—No me has dicho al final qué tal estás —le digo apoyada en el quicio de la puerta de su dormitorio. Veo ropa masculina doblada en una silla.

Mi madre está detrás de la puerta abierta del armario y no puedo verla.

—Yo estoy muy bien. —Se detiene como para rehacerse. Luego mira a la silla y a la ropa que hay en ella. Respira y parece coger fuerza. Por fin, continúa—. Salgo con un hombre. —Lo dice rápido, como quien quiere quitarse algo incómodo de un plumazo. Queriendo evitar conversaciones o explicaciones. Diría que me suena a algo que pretende ser aséptico e indiferente.

La frase coincide con el sonido del cierre de la puerta del armario. Se arregla la falda y el pelo en un movimiento mecánico, pero nervioso. Y entonces, me fijo más en mi madre, cómo estira su vestido, poniéndose unos zapatos de tacón y cogiendo un bolso. Está más delgada, más estilizada y observo que las canas que siempre se le veían, han desaparecido por completo.

—¿Cómo que sales con alguien?

Me mira con una pizca de sorna. O de chulería. Entiendo en un destello, que ese momento va a significar, para ella, un pequeño ajuste de cuentas que desea cumplir. No sé si conmigo, con mi padre, con todos o con la vida en general.

—No pensarías que me voy a quedar aquí, sentada, esperando que traigan de vuelta a tu padre. Sin hacer nada —remacha—. Eso ya lo hice, y se acabó.

No digo nada. A mí, sinceramente, me da igual. O si no igual, me parece intrascendente. Mis lazos familiares son ya muy débiles y no pretendo solidificarlos.

—Tú en Madrid, tu padre así… Y todos los cuernos que me puso. Es hora de que se los ponga yo a él.

Y entonces, aunque no me importa que mi madre haga su vida, me parece que utiliza un tono cercano a lo obsceno por la enfermedad de mi padre. No quiero decirle nada y me limito a encogerme de hombros ligeramente.

—¿No te parece bien? —Al principio, no me mira al pronunciar aquella frase, pero tras mi silencio, sí lo hace. Sus ojos tienen de nuevo ese brillo retador, desafiante.

—Es tu vida. O vuestra vida. No entro en eso.

—Faltaría más. Te fuiste y dejaste aquí a tu familia y a tu marido —hace un amago de negación—. Dicen que lo engañas constantemente. ¿Lo sabías? Bueno, y él a ti. —Sonríe con un toque malévolo.

—Nos hemos divorciado.

—¿Ah, sí? Vaya, menos mal que me entero.

Pasa a mi lado y coloca un poco las sábanas de la cama, estirándolas.

—Tampoco tú me dijiste lo del ictus.

Acusa el golpe. Lo veo en su mirada. Ahora sí me reta directa y duramente.

—Me voy, Tania. He quedado. Entonces no te quedas a comer o a dormir, ¿no? —me pregunta intentando suavizar la conversación tras un instante en donde casi puedo leer sus pensamientos de reproche o de justificación.

Respiro mientras le aguanto la mirada. Veo en esos ojos mi pasado. Y un presente que no me gusta nada. Yo apenas tengo relación con mis padres desde que él me pegó y ella no me defendió. Si antes había sido imposible, ahora, casi más.

—No. Estoy en un hotel y me vuelvo a Madrid en cuando pueda.

—Vale. Pues… —se coloca el peinado de peluquería—, entonces, si quieres o tienes tiempo y te apetece, me llamas y nos vemos otro rato.

Me hace una caricia en la mano con un movimiento torpe. De alguien que en realidad no desea totalmente lo que dice. No tiene sentido alargar aquello. Nuestras vidas son muy diferentes, tanto como que yo apenas me reconozco ya en aquella casa de niña. Es como si hubiera pasado una tempestad de polvo y de tiempo alejando cualquier vínculo de mi memoria.

—De acuerdo, te llamo y nos vemos otro rato. ¿Ya te vas?

—Sí. He quedado y no puedo retrasarlo.

Veo el deseo en su mirada. Ganas de sexo, de ser penetrada y de gozar. Yo sé muy bien cómo son esas reacciones y esos brillos en las pupilas. Los he visto en muchos hombres con los que me he acostado y a mí misma cuando me visto y peino frente al espejo, antes de salir hacia la cama de alguien.

—No me juzgues —me dice seria.

—No lo hago. —Sé que le da igual lo que diga.

—Para ti es fácil. Lejos, sin marido, con libertad para hacer lo que quieras… —sonríe otra vez con sarcasmo—. Si te digo la verdad, no se merece que lo cuide mucho. Y sí, hago lo justo. Hace tiempo que dejé de quererle y porque esté enfermo no me voy a desvivir por él. Nunca lo hizo por mí. —Respira sin dejar de mirarme con un punto de rabia—. Yo aguanté mucho y si quiero estar o tirarme a alguien, lo hago. No me voy a esconder.

Me doy cuenta de que tiene un reflejo de orgullo mal entendido en la mirada. Está más cerca de la venganza jactanciosa e insolente, que de presumir con fuerza de lo que hace. Sus ojos vuelven a retarme. No entiendo bien por qué soy el blanco de su acidez, ni la razón por la que dirige hacia mí esa especie de inquina.

Pero tras unos segundos, el velo se termina descorriendo.

—Me dejaste sola.

Ahí está. Por fin sale su rencor apuntándome como un revólver.

La visita a mis padres me deja un mal sabor de boca. Le pido a mi madre que me diga dónde está la residencia de las monjitas, y me acerco.

Mi carnet, la placa de policía, y el apellido, bastan para que me dejen pasar un momento aunque no sea hora de visita. Le veo solo, en una esquina del salón de juegos. Dos ancianos más están sentados en sendas sillas de ruedas, charlando. Otro, llega, y al no ver a nadie conocido, se va con pasos lentos apoyado en un bastón. Dos mesas juegan a las cartas. Una auxiliar y un celador van y vienen atendiendo lo que necesitan.

Observo a mi padre. Solo. Ido, ausente. Anciano sin años suficientes y muerto casi en vida. A pesar de mi repulsa hacia él, no puedo evitar que se me salten un par de lágrimas. Me da una enorme lástima verle así.

Se me acerca una monjita. Pequeña, regordeta. Con cara alegre.

—Hola. Me han dicho que es su padre, ¿no?

—Sí —me seco las lágrimas mientras asiento—. ¿Qué tal está? ¿Hace falta algo que yo pueda hacer? Vivo en Madrid, soy policía nacional, y…

—Todo está bien. Cuando tiene algún destello de lucidez se puede hablar con él.

—¿Y qué dice?

 La monjita sonríe tristemente.

—No es muy agradable.

—Hace tiempo que no lo veo. Ni siquiera sabía que estaba así. Nuestra relación no ha sido muy fluida. Más bien, tormentosa.

La mirada de la monjita me da a entender que lo sabe. Que por, quizás, los comentarios en los momentos de lucidez de mi padre, está al tanto.

—Dice que se quiere morir ya —me dice apenada—. Que no tiene a nadie y que donde mejor está es aquí. Y no lo digo por quedar bien.

—Sí. Es muy posible que aquí sea donde mejor está —asiento con un punto de tristeza pensando en la reciente conversación con mi madre—.  ¿Qué cuesta su estancia? Completa, quiero decir —pregunto.

—Hay ayudas, que incluso se las podemos tramitar nosotros mismos. Nos encargamos de ello. Pero contestando a lo que me pregunta, algo más del doble de lo que ahora se está pagando.

Me dice la cantidad. Para mí es inasumible.

—También están las residencias que dependen de la Comunidad Autónoma, pero hay lista de espera. —Me adivina mi pensamiento—. Es muy complicado entrar.

—Esas ayudas que me decía, ¿de cuánto estamos hablando?

—Pueden llegar a un tercio de la cantidad que le he dicho. Depende de los ingresos y todo eso… La concesión es casi inmediata. ¿No tiene a nadie que le ayude a pagarlo? ¿Un familiar?

Estuve con mi padre un par de horas casi. A su lado. Cogiéndole la mano. Tuvo algún destello o punto de lucidez y en un momento, hasta trató de decirme algo. Luego vi que se le caían dos lágrimas. Se las sequé con mis pulgares mientras yo también sentía que mis ojos se llenaban. Le acaricié la cara y él me miró unos segundos, agradeciéndome el gesto. Luego, con una sombra en sus ojos, volvió a su oscuridad y silencio. 

Pasado ese tiempo, me despedí de él. Siendo tristemente sincera, no me quedaba mucho más que hacer en Las Palmas, y el escaso tiempo de que disponía, también lo quería gastar en mí y en ver la isla de otra manera a como yo la había vivido. Mañana, a la tarde noche, sale mi avión de vuelta. Sin marido, sin familia y con mayor carga de conciencia.

Miro a mi padre por última vez. Ya no me reconoce. Que me dé lástima ahora, no me hace olvidar el daño que me causó de jovencita. Ni las ganas de abandonar mi casa para empezar a vivir. Por una parte me siento mezquina por dejarlo así, allí. Solo, consumido e inerte. Pero no puedo olvidar. Me es imposible.

Llamo a Mamen por el manos libres mientras conduzco a mi hotel. Quiero algo de playa y de relax las pocas horas que me quedan en la isla. Estar en mi tierra tranquila, sin tener que ver a nadie y sin obligaciones. Pero estoy desconsolada y le cuento a mi amiga cómo me ha ido el día. Tengo una especie de amargura y desazón contra mí, mi madre, mi padre y el mundo. Me deja hablar y yo me escucho, sin alterar la voz, como si mi esa parte de vida estuviera gastada, escondida en el desván de mi memoria, pero no olvidada. Le digo lo de la residencia, la enfermedad de mi padre y la nueva vida de mi madre.

Tras casi veinte minutos de conversación, nos despedimos. Me hace prometerle que no voy a olvidar el propósito de mi visita a la isla. Había decidido venir a ultimar algunos flecos del divorcio y a estar unas horas relajada en mi tierra. Algo de playa, sol y despertarme tarde. Con eso me era suficiente. Se lo prometo a Mamen.

La primera visita que hago es al Mirador del Balcón. El lugar mágico en que se quedaron anclados y perdidos mis ilusiones juveniles. Me apoyo en el muro de piedra y como tantas otras veces de mi pasado, me quedo absorta viendo el mar. Dejando que las imágenes de una Tania joven y tan distinta a la de hoy, mire ese mismo mar. Mis recuerdos se suceden sin orden o concierto.

Ya no bailo ni tarareo. No lo siento y tampoco me apetece. La verdad, no tengo la alegría que en aquellos momentos en que sí lo hacía. Quizá, me digo, es que entonces era feliz. Mi realidad y mi vida estaban acompasadas con mis deseos, y mis ilusiones parecían cercanas y alcanzables. Ya no. No sé si están alejadas y perdidas o que yo me he conformado con lo que soy.

Sea como sea, ya solo miro el mar. No siento ese vuelco en mi pecho que me hacía sentir aquella inmensidad de la naturaleza. El mar, los picos que se suceden como una cola de dragón hasta hundirse en el agua del océano. Todo sigue siendo precioso, majestuoso, pero he perdido la magia que en su día envolvió mis deseos.

Respiro con profundidad y me voy de allí. No he sentido lo mismo de cuando iba de joven con Yeray, con Ernesto o la primera vez que mi padre, siendo una niña, dio aquellas vueltas conmigo en brazos, como si bailara. Aquel recuerdo se ha quedado moribundo, enterrado en algún sótano de mi memoria, junto a otros muchas deseos incumplidos e ilusiones rotas.

Llego a la hora de comer a mi hotel y me bajo a la playa. No siento hambre y me quedo en la arena, dejando que el sol me acaricie con tibieza, que la brisa me ordene los pensamientos. Soy capaz de abstraerme y de dejar que el tiempo pase de forma tranquila, sin prisa.

Me he quedado un poco adormilada. Ajena a todo, pero justo cuando acabo de subir de la playa y entrar de nuevo en la habitación, me llama mi madre.

—Hola, mamá.

—Me podías haber dicho lo que ibas a hacer.

Su tono es de reproche. Muy seco, casi ofendido. No me hago a la idea de lo que está hablando.

—No sé a qué te refieres —le contesto extrañada, sin situarme en su conversación.

—Coño, no te hagas la tonta. ¿Y los seis mil euros que le has pagado a la residencia para que tu padre duerma allí, qué? ¿No me lo ibas a decir? Que sepas que yo no lo hago porque no tengo ese dinero, ¿entiendes?

Cierro los ojos. No entiendo lo que me está diciendo, pero algo tiene que ver con Mamen, porque es la única a la que he contado aquello.

—Yo no he hecho nada —me defiendo.

—Claro, claro… O sea que ahora sí te preocupas por él, ¿no? Lo podías haber hecho antes. Y si tanto dinero tienes, haz algo por tu madre también.

—Mira, no sé a qué te refieres, pero si de lo que se trata es de que mi padre en su estado tenga una ayuda y tú no, ya podemos zanjar esta conversación.

—¡No me juzgues! ¿No sabes nada, ni te imaginas por lo que yo he pasado! —me grita encolerizada y en un tono abrupto.

—Mamá, no te juzgo…

—A saber de dónde has sacado ese dinero… —Siento sus palabras como un disparo.

—¿Qué quieres decir? —empalidezco solo de la sospecha sobre lo que mi madre puede estar pensando.

—Tu marido aquí, solo. Y tú… ya sabes a lo que me refiero. Que cuando estabas por aquí, más de uno me dijo que andabas con uno y con otro.

—Alucino contigo, mamá.

Escucho una risa algo rota, sarcástica y cruel.

—Lo mismo estás allí con alguien que te paga todos los caprichos. O algo peor…

Mis sospechas se confirman. Mi madre me está llamando puta. No es que me moleste especialmente. He visto mujeres que se prostituyen, con más entereza y valía que muchas personas que se creen decentes. Pero me chirría que una madre llame eso a su hija. Es obvio que su rencor es infinito hacia mí por irme de casa y dejarla sola con mi padre. Pero, en realidad, debería pensar que, en su momento, le ofrecí irnos juntas las dos. Pero eso, nunca lo va a reconocer.

—Mamá… hasta aquí —digo con tono seco y tajante después de contar hasta diez y tranquilizarme para no lanzar un grito—. No te consiento que te metas en mi vida. Soy una funcionaria de policía y lo que haga o no con mi vida es asunto mío. Ahora —respiro porque ya no puedo parar—, sí te exijo que me dejes en paz. Haz tu vida, que yo haré la mía. —Cuelgo y no atiendo a las tres o cuatro llamadas que me hace de inmediato.

Le pongo un mensaje a Mamen. Y cuando me devuelve la llamada, entiendo todo. Lloro de rabia por el egoísmo de mi madre. Por mi vida pasada. Por la soledad de mi padre y el agradecimiento por el inmenso favor hacia él. Lloro también de felicidad y de liberación.

Isabel ha sido quien ha hecho la transferencia de esos seis mil euros. Una cantidad que nunca me ha reclamado y que yo siempre he querido pagársela. Poco a poco, o como fuera. Tan solo me ha dejado invitarla a comer alguna vez y a unas cervezas. Nunca, y lo digo de verdad, nadie se había comportado así conmigo. Gratis, sin pedir nada a cambio. Sin molestarse en recibir algo de compensación.

Aún lloro cuando me acuerdo de todo esto. Y me siento en deuda con ella. Se me agolpan las imágenes de su vídeo follando con el tal Adrián, las de la grabación donde aquellos malnacidos la vejaban, pegaban, se orinaban encima y penetraban, consumando una violación que ella, erróneamente, nunca quiso denunciar por miedo y vergüenza.

Quizás, con el paso del tiempo, he pensado alguna vez que ella hizo aquello porque de alguna forma se siente en deuda conmigo. Por haber ayudado a que su matrimonio no se rompiera. Porque hice ver a Luis que lo que le habían hecho a su mujer era la mayor salvajada que uno se puede imaginar. Y quizá, porque gracias a que de alguna forma influí en él, se quedó ese verano que consiguieron empezar a ser de nuevo una pareja. No lo sé, la verdad. Tampoco puedo asegurar que en efecto los ayudara. Y si lo hice, no fue esperando nada a cambio. Tan solo actué como entendí que era lo mejor, sin detenerme demasiado a calibrar las consecuencias.

O si actué así, fue por un egoísmo natural, sincero y que no creo que sea dañino para nadie. Desde hace tiempo no tengo más amigas que ellas. Un par de compañeras con las que hablo un poco más de lo normal, eso es todo. Pero tampoco voy a ser cínica y asegurar que mi necesidad de seguir teniendo a alguien normal con quien hablar, fue lo único que me movió a que actuara en ese sentido. Es un lío. Es todo y es una pizca de cada. Pero es mi vida…

Y soy consciente de que me falta gente para hablar. Conversar sobre cualquier estupidez de la televisión. De un libro, de un cotilleo. De algo sin maldad ni segundas. Me falta vivir la vida normal. Sentir algo diferente a una tormenta de sexo y de deseo. Un sosiego, una cierta templanza. Más sonrisas y menos carcajadas…

Solo Mamen es mi amiga de verdad. Isabel, también. Pero distinto. No he llegado a tener la complicidad que tengo con mi niña. Aunque Isabel, tras lo que hizo por mi padre, es alguien tan especial que estoy convencida de que, sin llegar a la amistad que tengo con Mamen, puedo contar con ella para lo que sea.

Sé que nunca me va a pedir la cantidad que puso para que mi padre pudiera vivir en la residencia. Y también, cuando le miro a los ojos, creo que veo que es ella la que de alguna forma me agradece o me valora, que yo actuara en favor de su matrimonio.

 La verdad, no tengo muchas personas a mi alrededor, pero también puedo decir que soy afortunada por contar con Mamen e Isabel.

Me seco las lágrimas y miro por la terraza de mi habitación. Hace un día precioso, lleno de luz, con el mar tranquilo y muy azul. Quizá, me digo, no todo es malo en mi vida.

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