MUSA

LA FIESTA DE CUMPLEAÑOS

Noto que Carmen se contrae por la sorpresa, mientras el rubio me mira asombrado sin terminar de asimilar la situación. Cuando su anfetaminado cerebro encaja las piezas, me tira la cabeza para atrás, separándome de su pareja tirando de mi pelo con una mano y con el puño cerrado de la otra, me pega un mamporro que me desencaja la mandíbula, tirándome de culo en medio de la pista de baile.

Sacudo la cabeza, para asimilar el golpe y con el labio partido, me vuelvo a acercar a la paralizada belleza, ignorando al mastodonte, le apoyo una mano en la mejilla y ante su estupefacción, le doy un morreo con mi ensangrentada boca.

Esta vez el gigante pierde el control, me atiza un golpe en el estómago que me quita el aire y una vez en el piso, me cose a patadas hasta que los seguratas lo separan y llaman a la policía, segundos más tarde, me envuelve la oscuridad.

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El verano terminó, Mis hermanos comenzaron las clases, Marta y Silvia se tomaron un año sabático antes de comenzar la facultad y se fueron a Europa con sus madres, el trabajo marchaba bien y dio comienzo mi aventura universitaria.

Todo parecía un sueño, dos años atrás me revolcaba en la miseria y un par de puertas que se abrieron de casualidad, me transportaron a un nuevo mundo.

¿Cuántas realidades serían distintas si solo tuvieran la posibilidad? ¿Cuánto ser humano con posibilidades se hunde en el laberinto de la miseria, por no hallar la salida? ¿Qué tan grande es el negocio de la pobreza, para que los políticos de turno se empeñen en mantenerla? Todavía no tenía esas respuestas, pero no pensaba dejar de buscarlas.

Acomodé mis horarios con Gustavo y condicioné los de los fines de semana, a las tareas que me demandara la carrera. Para completar mi jornada, me inscribí en un club que estaba a pocas cuadras de la facultad y pertenecía a un equipo de fútbol de la tercera división. En un predio enorme y arbolado posee piscina olímpica, un gimnasio de fitness bien equipado y un dojo de MMA.

Acordé trabajar con Gustado de ocho a diecisiete, cursaba en la facultad hasta las diez y terminaba la jornada en el gimnasio o el dojo a las once treinta de la noche. Tenía todo lo que necesitaba en un radio de diez kilómetros de mi casa.

La facultad comparte terreno con la de veterinaria, en un predio de alrededor de veinte hectáreas y es como un pequeño pedazo de campo en medio de la ciudad. Los alumnos se mezclan y el ambiente es muy bueno y divertido. Al ser una universidad pública y gratuita, no es tan elitista, aunque es bastante inaccesible para la gente humilde, que no tiene acceso a una formación adecuada para aprobar el ingreso.

Llevaba ya tres meses de cursada, estábamos a principio de invierno y el trabajo se centraba más en mantener en condiciones las canchas de deporte, que en el mantenimiento de los jardines.

También se aprovechaba la menor afluencia de socios para mejorar los sistemas de riego y drenaje, o emparejar la arcilla de las canchas de tenis. El horario de trabajo era más corto y lo aprovechaba para estudiar en la biblioteca de la facultad.

Un viernes a las tres de la tarde, estaba en la biblioteca, repasando para un parcial de química orgánica, cuando me tocaron el hombro y me encontré cara a cara con Graciela, una de las chicas del grupito de amigas de Marta y socia del club.

-. Hola… que sorpresa, encontrarte por aquí

-. ¿Sorpresa? ¿Por qué?

-. Bueno…tú me entiendes.

-. No, no te entiendo por eso te pregunto, es una universidad pública y accesible para todos.

-. Por favor, fue solo un comentario sin maldad. Solo me llamó la atención verte por acá y que no esté Silvia revoloteando o Marta con cara de culo ja, ja, ja.

Decidí aflojar la presión y llevarla a una conversación intrascendente, no andaba con ganas de perder el tiempo.

-. Ja, ja, sí, tienes razón, eso pasó las últimas veces que nos vimos, pero ya ves, mientras yo me quemo las pestañas, ellas disfrutando del verano europeo.

-. Y de los europeos ja ja ja

-. No seas mal pensada, están con sus madres.

-. Esas son las peores, y eso lo sabes tú bien.

-. No entiendo lo que quieres decir.

-. Aldooo…Marta no es ciega…Aunque sus estupideces te hayan echado a los brazos de Silvia, no es tarada.

-. Pues te equivocas, entre Silvia y yo no hay nada, solo somos amigos.

-. Pues para ser amigos, cada vez que está contigo queda de cama. JA, ja, ja. Dime, ya que no tienes compromisos. ¿Qué planes tienes para esta noche?

-. Nada especial, la cursada, el gimnasio y a casa.

-. Mi padre y la golfa de su esposa, no están esta semana, se han ido al caribe a que algún negrito agrande sus cuernos y mi novio se ha ido de acampada con su equipo, para concentrase o prepararse para no sé qué partido importante. La cuestión es que me ha dejado plantada el día de mi cumpleaños y no tengo pareja de baile para la fiesta que he organizado esta noche, donde la principal atracción, es precisamente, un concurso de baile.

-. ¿Y yo que tengo que ver con tus problemas?

-. Que estás solo igual que yo, que no tienes planes y que bailas muy bien. ¿Por qué no te vienes? Así no hago el papel de estúpida y les tapamos la boca a unos cuantos.

En otro momento hubiera rehusado para no sentirme sapo de otro pozo, ni suplente de nadie, pero en todo este tiempo, gracias a Bea y a Gus, había comprendido un poco más los códigos de ese ambiente y había logrado mimetizar sin sentirme desplazado. Claro que eso cambiaba bastante cuando conocían mi origen o de que trabajaba. Ahí me marcaban la cancha.

Y ese era el caso de Graciela y Pedro, su novio, un grandote de veintidós años que jugaba en la primera de rugby del club. Hijo de uno de los directivos, era un pijo de cuidado que siempre andaba en manada con sus violentos compañeros de equipo y eso lo convertía en un tipo peligroso. Eran famosas las palizas que solían propinar a cualquiera que los provocara con solo mirar a sus novias a la salida de los bailes. Aunque nunca los vi en un mano a mano.

-. Está bien, acepto, anota mi número de teléfono y pásame la dirección. ¿Hay que ir vestido de alguna manera especial? No tengo mucha ropa.

-. Para nada, ropa informal y cómoda para bailar.

Ese día prescindí del gimnasio, la reunión comenzaba a media noche y a pesar de que la dirección era en un barrio muy coqueto, dentro de mi radio de alcance, tenía que bañarme y cambiarme después de un día largo, además de buscar algo para regalarle. Pensando en eso, tomé mi moto y me dirigí al invernadero de la facultad. Si tenía suerte, el sereno todavía no habría cerrado las puertas.

Tuve suerte. Llegué a casa temprano, me bañé, me vestí con unos vaqueros elastizados y una remera ajustada de mangas cortas, combinados con una campera y botas de piel negras. Botas de suela lisa y algo de taco ideales para bailar, tomé mi mochila con el regalo y marché a la fiesta en mi pequeña moto.

Al llegar a su casa, -un gran chalet sobre el boulevard principal, a dos cuadras de la plaza tan característica del barrio-, sus amigos, en una especie de ceremonia, formaban fila para entregarle los regalos a una diosa, que aprovechando que no estaba su padre, festejaba sus dieciocho años vestida para el infarto. Vestía botas de tacón alto, minifalda negra de tablas, que le marcaba un culo de campeonato y una camisa blanca cuyos botones apenas contenían su abundante pecho y sobre esta, un chaleco de cuero del mismo color de las botas.

Maquillada levemente, resaltando sus ojos verdes y peinado su largo pelo negro en una hermosa trenza, remataba el conjunto de su bonita cara, con sus morbosos labios pintados de rojo pasión.

Libros, collares, ropa, perfumes, iban quedando sobre una pequeña mesa junto a la tarjeta del obsequiante, al llegar mi turno, saqué una pequeña maceta cubierta de hermosas flores violetas, rojas y azules de mi mochila y se la entregué, provocando las risas burlonas de las chicas que la rodeaban.

Gra leyó la tarjeta y una lágrima rodó por su mejilla acallando a sus amigas

-. En tu día y para ti, mis pensamientos.

Pasé a la reunión que se desarrollaba en el gran parque de la casa, donde habían montado una carpa gigantesca y rechacé los tragos que ofrecían desde temprano. Mi plan era simple, si me sentía incómodo, me marchaba.

Por suerte no había ningún conocido del club, y sí, de cruzarme en los pasillos de la facultad. Mayoritariamente alumnos de veterinaria que era la carrera de Graciela. Pronto la conversación se volcó a los estudios en un clima cordial, mientras Gra saludaba uno por uno a todos los presentes.

Cerca de la una de la mañana, llegaron los animadores y después de un divertido karaoke, se armó el concurso de baile con ellos como jurado. Momento en que Gra corrió a mi lado, desairando a varios galanes de mucha mejor presencia que la mía.

El concurso era simple, ponían una selección continua de temas y el jurado iba descartando parejas, hasta quedar elegida la última y ganadora, selección para la que suponía, Graciela tenía todas las fichas.

Nos pusieron una pechera con números y empezó el baile con música electrónica, luego tecno y rock para ir finalizando una hora más tarde, con música tropical. Quedábamos solo tres parejas, cuando empezó a sonar un reggaetón, mi especialidad, e imagino que preparado por Graciela que lo sabía.

Si hasta ahí habíamos bailado compenetrados, a partir de esa canción, parecíamos soldados uno al otro. El perreo de su empinado culo sobre mi dura polla me estaba volviendo loco… cuando todo se pudrió.

La puerta de la carpa se abrió de golpe, dando entrada a dos morrudos gigantones que se abalanzaron sobre nosotros, un morocho de pelo corto me tomó desde atrás por el cuello separándome de Gra, mientras que el otro, de largo pelo rubio, se paró frente a ella dándole un cachetazo, que la arrojó al piso con el labio ensangrentado.

Fue verla caer y ponerme loco, clavé con furia el taco de la bota en el empeine de mi atacante y cuando aflojó la presión, lo derrumbé de un codazo en el oído. El rubio, al ver caer a su amigo, se me vino encima. Lo recibí con un gancho de izquierda al hígado que lo derrumbó de rodillas buscando aire, situación que aproveché para noquearlo, de una patada de media vuelta a la cabeza.

Al verme tan salido, otros dos musculitos que entraron con ellos, decidieron que era mejor no enfrentarme y levantándolos del piso se los llevaron, mientras yo corría a levantar a Graciela que lloraba humillada e imagino que no por primera vez.

Los animadores prepararon hielo en una servilleta para que se ponga en la boca, y se ocuparon de disolver la fiesta, mientras el personal de servicio contratado, retiraba las comidas y bebidas y comenzaban a limpiar la casa. Me iba a despedir de ella, cuando Gra me detuvo de un brazo…

-. Por favor, no te vayas

-. Pensé que querrías estar sola. Me parece que no es la primera vez que pasa ¿Me equivoco?

-. Que Pedro me pegue, es la primera vez. Que le pega a alguien por solo mirarme, muchas. Es la primera vez que lo enfrentan y lo ponen en su lugar.

-. Lejos de la manada no valen nada. En mi barrio no duraría dos minutos.

Pasamos a unas hamacas que tenía en el parque y me estuvo contando historias de abusos y humillaciones, que me pusieron los pelos de punta, mientras yo solo pensaba que me había ganado un mal enemigo. Estaba meditando sobre eso, cuando Gra me acarició la cara.

-. No temas por tu trabajo, yo me encargo de eso y gracias por defenderme, ahora entiendo muchas cosas.

-. ¿Qué cosas?

-. Nada, cosas de chicas ja ja ja. Reía al ver mi cara frustrada.

-. Por favor quédate esta noche, no me dejes sola en mi cumpleaños.

Por suerte el labio dejó de sangrar y la boca se le deshinchó gracias al hielo. Me dirigí al centro musical, elegí una selección de temas melódicos, y la saqué a bailar al centro de la pista.

En silencio y compenetrados, bailando sincronizados como si hubiéramos nacido para eso, nos mirábamos a los ojos mientras nuestras bocas se acercaban sin remedio, a la fusión imperfecta de labios entreabiertos y lenguas entrelazadas.

Bailamos un largo rato sin dejar de besarnos y repasar nuestros cuerpos con las manos, al finalizar el último tema, se separó mirándome con una sonrisa y tomándome de la mano, me condujo al piso superior, donde entramos en lo que creo, era la habitación de huéspedes, una cómoda estancia con una gran cama y baño incorporado.

Nada más cerrar la puerta, retomamos los besos, y a los trompicones nos fuimos acercando a la cama, donde la acosté con delicadeza después de quitarle el chaleco, sin separarme de sus labios. Lentamente, sin violentarla, fui desabrochando los botones de su camisa uno por uno, dejando a la vista un hermoso sujetador de encaje, sobre el cual asomaban insolentes los globos de su gran pecho.

Destrabé el cierre delantero liberando esas preciosuras y me dediqué a atender a sus empitonados pezones en medio de sus suspiros. Besitos y mordiscos suaves la fueron entonando, mientras mi mano insolente recorría su muslo, rumbo a su caliente humedad.

Cuando alcance su entrepierna y comprobé su grado de excitación, aparté sus bragas y me puse a jugar con su coñito sin dejar de alimentarme con sus preciosas tetas, mientras me posicionaba, arrodillado en la alfombra, entre sus piernas.

En el momento que Graciela ya temblaba arañando las sábanas, fui bajando por su vientre sin dejar de acariciarla, mientras enrollaba la falda a su cintura, cuando llegué a su rajita, subí sus pies sobre el borde de la cama, clavé los tacos en el colchón y me dediqué a recorrer su inundada intimidad con mi traviesa lengua, sin dejar rincón sin explorar.

Decir que explotó es poca cosa, convulsionó de una manera tal, tomándome del cabello para evitar que me apartara, que creí que me dejaba calvo. Aproveché su relax para desnudarme y vestida como estaba, aún con las botas puestas y sus bragas ladeadas, le arrimé la polla, tanteando su tesoro.

Viendo que no reaccionaba, fui metiendo el glande en su ardiente cueva, sin notar rechazo de su parte a pesar de lo estrecha que la notaba. O la niña había follado poco, o los esteroides que Pedro consumía, habían hecho su jíbaro trabajo.

Cuando iba por media polla, Gra reaccionó, con un golpe de cadera, cruzó sus botas por mi cintura y se empaló con un grito que me dejó sordo. Lo que siguió a partir de ahí, fue demencial, los nervios previos, los golpes y las humillaciones recibidas, transformaron a Graciela en pasión desatada.

No tuve conciencia ni pregunté, pero cuando Gra volvió a acabar, en medio de sus convulsiones apretó tanto su coño que me arrastro sin remedio y la llené de lefa hasta la garganta. Cuando se calmó, sin dejar que me saliera, aprisionándome con sus piernas y sin soltar mi cuello, comenzó a reírse a carcajada limpia.

-. Ja, ja , ja. ¡Qué barbaridad! Ja, ja, ja. Ahora entiendo eso de morir con las botas puestas. Ja, ja, ja. Me acabas de echar el mejor polvo de mi vida. 

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