TANATOS 12

CAPÍTULO 15
No me entendía a mí mismo. No entendía mi mal cuerpo. Si no creía nada de lo que Edu le había dicho a Begoña sobre María, no alcanzaba a comprender el por qué de mis malas sensaciones.
La creía a ella. Completamente. No me la imaginaba suplicando un polvo de despedida como me había contado Begoña pero, sin embargo, sentía algo en mi pecho que me oprimía.
Tampoco me había gustado la forma de irme de la casa de Begoña. Si bien sus intenciones no eran puras, pues lo que quería era delatar a María más que hacerme un favor, había sido bastante afable y cercana en su revelación. Nada le había impedido verbalizarlo haciendo más saña, pero me lo había contado prácticamente como alguien se lo contaría a un amigo.
Aquella noche de sábado, después de cenar, solo en nuestra casa, tracé por fin el plan sobre Begoña: tan pronto volviese María, le diría que Begoña me acababa de llamar para decirme que sospechaba que ella y Edu se habían acostado, que quería quedar conmigo para hablarlo y que yo le había dicho que no la creía y que lo dejase estar. No sabía si era una verdad a medias o casi una mentira completa, pero sentía la necesidad de no ocultarlo del todo, y no le podía decir que la había visto hasta dos veces ya, sin habérselo contado. Sabía que María entraría en cólera, pero mi idea pasaría por calmarla, diciéndole que al fin y al cabo Begoña solo sospechaba y que esa sospecha era menos peligrosa que que Víctor lo supiera y ésto último, sin gustarnos, nunca había merecido un enfado o una angustia mayor.
Tras trazar mi estrategia fui hacia el armario, para ponerme el pijama, y acabé, sin querer, encontrándome con los calzoncillos de Roberto, aquellos que le había metido a María en la boca, para que no gritara, mientras… la enculaba… en aquella habitación de hotel de Madrid. Fue curioso como mi mente volaba hacia aquella imagen: yo volviendo de la calle e infartándome al ver como aquel animal desvirgaba su culo sin saberlo… mientras que mi cuerpo buscaba pruebas en aquel armario que en cierta forma la incriminasen, entendiendo por incriminar descubrir que ella no había querido sepultar lo ocurrido, lo que indicaría que su mente volvía a aquellos sucísimos actos de vez en cuando.
Por allí estaban el arnés y nuestra primera polla de goma. También la camisa rosa que habíamos comprado para excitar a Víctor. Obviamente aquello no la imputaba, pero sí lo hacía más que no hubiera tirado los calzoncillos de Roberto, los cuales tenía que haber visto a pesar de haberlos guardado yo, y, sobre todo, sí la incriminaba lo que vi después:
Doblado, en un cajón, no solo estaba el conjunto de medias y liguero, inicialmente comprado para mí y mancillado después por Álvaro y Guille, sino que había también un pantalón de cuero negro. Lo saqué del cajón y lo miré con detenimiento, y en seguida pude ver que estaba deshilachado y agujereado en la zona que debería tapar su sexo y su ano. Era el pantalón de cuero que Roberto había roto lo justo para penetrarla sin quitárselo. Allí estaba. Formando parte de una especie de cajón de la vergüenza o de santuario del morbo; no lo sabía, pero allí estaba.
Siempre que, durante aquellos meses, empezaba a culparla por algo relacionado con el juego, se despertaban dos resortes en mí: uno que me quería hacer ver que no estaba siendo justo y otro que reportaba un sentimiento de morbo incontrolable.
Me excité inmediatamente. Y me empalmé hasta lo máximo. Las imágenes de Roberto follándola me golpeaban la mente, y, comportándome de una forma obscena como solo se es en la sucia soledad, acabé por desnudarme por completo y, de pie, introduje mi miembro, duro, por el orificio de aquel pantalón. Y fui Roberto, por un instante, follando por el culo a aquel pibón que se me había resistido en aquel bar, pero que me había escrito después, arrepentida y pidiendo polla… Yo sostenía aquel pantalón de cuero, en una enajenación grotesca, como si la cintura del pantalón fuera la cadera de María. Y así fingía follarla… Sintiendo como la conciencia de mi propia depravación y la excitación desbordada caminaban de la mano, obligándome a masturbarme.
Acabé por posar el pantalón sobre la cama y, cuando iba a pajearme, de pie, frente a él, decidí coger mi teléfono y confesarle a María mi excitación, como hacíamos un año atrás, antes de la locura, antes del juego, cuando ella estaba en casa sus padres y no podíamos vernos. Le escribí para hacerle saber, de una forma bastante directa, que no me parecía precisamente mala idea que nos escribiéramos “cosas subidas de tono”, como lo llamaba Begoña.
Esperé su respuesta. Pero no llegaba. Y me tumbé sobre la cama y esperé un poco más, nervioso, y siendo consciente de mi infantil impaciencia, y, como no me respondía, la llamé.
Una voz electrónica me explicó entonces que su teléfono comunicaba, cosa que me extrañó, y esperé un poco más.
Mi ansia sexual descendió un poco, lo justo como para volver en mí, por lo que terminé por colocar su pantalón de cuero agujereado en su sitio.
La volví a llamar y seguía comunicando, hasta que, unos minutos más tarde por fin me escribió, cambiando de tema sutilmente, indicándome con su evasiva que no le apetecía ningún tipo de conversación erótica por escrito.
—¿Con quién hablabas? —le escribí.
—Pues, con Carlos —leí, desconcertado, allí, sobre la cama, medio empalmado, desnudo.
—¿Qué?
—Sí. Nada. De trabajo. Para que aparte de lo de propiedad industrial le mire una cosa de licencias que le han parado.
—Venga, María.
—¿Qué?
—Seguro que te llamó para eso, claro.
—Lo que tú digas, Pablo.
—¿Me estás diciendo que te llama por trabajo después de que le hicieras una paja en un aparcamiento?
—Créete lo que quieras. Carlos sabe diferenciar.
—¿Diferenciar qué?
—Pues jugar una noche con cosas de trabajo.
—Claro…
—Si la conversación va a ir por aquí me voy a acostar. Así te lo digo —escribió ella.
—¿De verdad no habéis hablado de nada relacionado con lo de anoche?
—Ya te lo he dicho.
Esperé un poco. A ver si se explicaba algo más. Pero no lo hacía.
Yo ni la creía ni la dejaba de creer. Simplemente me parecía extrañísimo que no hubieran hablado de ese tema, y además, no me creía que la intención de Carlos fuera inocente, sino que, como mínimo, deducía que la había llamado para escuchar su voz… o ganarse su confianza… Y sí, no me podía creer que María, que de ingenua tenía poco, no fuera consciente de eso.
Me puse el pijama y me metí en la cama. Miraba los chats en el móvil y ella seguía sin dar más explicaciones. Pensé en escribir yo, pero saqué el orgullo suficiente como para contenerme.
Vi entonces mi chat con Begoña y decidí agregar su nombre a la agenda, y de paso ver así su foto. No es que esperase una foto en bikini, pero me sorprendió ver su foto, que más parecía la que alguien se pondría para una red social corporativa que para un móvil personal, por lo que deduje que quizás daría ese número también a clientes.
Sentí de golpe un impulso de venganza por el rechazo de María a mi propuesta de sexo por escrito. Y tenía frente a mí material suficiente para llevar a cabo mi desquite: una foto de Begoña, que no daba mucho de sí, en la que aparecía de cintura para arriba, en traje de chaqueta gris y camisa blanca, cruzada de brazos, sonriendo, para la foto, no de una manera demasiado natural, pero, sobre todo, tenía aquel audio que Edu le había enviado a María… Un audio en el que Begoña gemía entregada y se deshacía del gusto ante los poderosos envites de Edu.
Busqué aquella nota de voz y volví a entrar en el chat para ver su foto, ampliarla y hacer un pantallazo, cuando me di cuenta de que estaba en línea, y recordé que mi salida de su casa no había sido del todo elegante. Y entonces algo me impulsó a escribirle. Por algún motivo quería, digamos, acabar bien con ella. Después, sí, me entregaría al placer.
Tecleé:
—Oye, perdona por irme así. No era fácil de digerir lo que me decías.
—No pasa nada. ¿Estás bien? —preguntó en seguida.
Y pronto nos enredamos en una conversación, bastante banal, pero que fluía, haciéndonos saber que ambos teníamos la atención plena del otro.
Hasta que acabé por escribir:
—En la despedida te dejé con la palabra en la boca. ¿Me cuentas por qué discutiste con Edu?
—Es normal que pensases que no te interesaba.
—No te entiendo —respondí.
—Que mi bronca con él, fue por algo que tiene que ver con María, así que también tiene que ver contigo.
—Uf, explícame eso.
—¿Te envío un audio?
—Sí, ya que supongo que la alternativa es ir a tu casa, como me has hecho hacer esta mañana —quise ser gracioso.
—Es que me iba a llamar mi madre…
—Ya.
—¿Y acaso no era como para hablarlo en persona?
—Sí. Está claro que sí. Era broma. Envíame el audio.
Tuve que esperar un par de minutos hasta poder ver que lo recibía. Pulsé play:
—A ver como te cuento esto, ¿vale? Resulta que una noche, no sé cómo, empezamos a hablar Eduardo y yo de las chicas del despacho, porque hay rumores de que estuvo liado con una tal Patricia… ¿vale? Que él eso lo niega, y después hablamos de María. Esto pudo ser… No sé… Por diciembre o así. Y la cosa quedó ahí, pero otro día María y yo fuimos vestidas de forma parecida al despacho, de casualidad, claro, y esa noche lo hablamos, él y yo, y, más en broma que en serio, le dije que ya le gustaría que yo fuera María. Y… otra noche, no sé tampoco cómo, Eduardo me llamó “María”, mientras teníamos sexo. Que lo dijo de broma. Riéndose. Y yo me lo tomé así, ¿sabes? Y… bueno, mientras seguíamos teniendo sexo, me dijo: “Mañana te vistes como ella, y cenamos” y… es que no sé sinónimos suaves, pero me dijo: “te vistes como ella, cenamos, y te follo”. Yo me lo tomé a broma. Pero al día siguiente, en el trabajo, me lo volvió a decir. Que no tenía nada, que es un pantalón oscuro de traje y una camisa de seda malva, pero claro, vi que me lo decía en serio. Y… eso, que… digamos que se fue convirtiendo en una fantasía, o sea, una fantasía recurrente. Lo hicimos algunas veces más así, con la historia esa. Y claro, imagínate mi cabreo. Porque claro, una vez me entero de que han follado, me doy cuenta de que el cabrón no es que estuviera fantaseando, es que seguro que estaba recordando. Por eso le dije que era un cerdo de mucho cuidado.
El audio terminaba así, y yo ataba cabos rápidamente, y mi mente volaba a aquella noche en Madrid en la que Edu y María se escribían guarradas, construyéndose finalmente una especie de mini argumento que habíamos representado en el hotel, antes de salir y conocer a Roberto. En aquella conversación Edu le decía que se imaginase que se estaba follando a Begoña, y que María lo veía, y que mandaba a Begoña a que se vistiera como María, y que entonces aparecía Víctor, y que Edu se planteaba no follar a Begoña disfrazada de María, sino a la María verdadera, pero Víctor se le adelantaba. Por tanto, Edu, aquella noche, en aquellos mensajes, le estaba confesando a María, de forma indirecta, un juego que se traía con la propia Begoña.
—¿Qué te parece? —preguntó Begoña— ¿Te parece mal?
—No, no. Me sorprende, nada más.
—A ver, que María es guapísima, y súper elegante y tal, pero menudo cerdo, éste. ¿La has dejado, por cierto?
—No, ni siquiera la he visto. Está en casa de sus padres. ¿Y tú? ¿No le dejaste por la bronca?
—No…
—¿Y eso?
—Pues digamos que nos reconciliamos al momento —dijo, poniendo un emoticono de una cara mirando hacia arriba.
—¿Una reconciliación rápida… y física? —pregunté.  
—Yes —respondió.
—Pero no te llamó “María” durante esa reconciliación, supongo —quise sonar distendido.
—Pues capaz sería…
Le escribí entonces que sabía que había estado mucho tiempo con un chico, pero que lo había dejado al poco tiempo de conocer a Edu, en una especie de cambio de cromos que en principio no parecía dejarla en muy buen lugar. Y ella se sorprendió de que yo lo supiera, y nos enredamos en una conversación distendida, durante casi media hora más.
Me acosté finalmente, sin masturbarme, sin hacer uso de su foto, ni de su audio gimiendo. Esperaba que eso no fuera la raíz de algo preocupante.

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