TANATOS 12

CAPÍTULO 14
A la mañana siguiente, mientras desayunaba con María, mi teléfono, que yacía allí, inocentemente posado y a la vista de los dos, se iluminó, y se pudo ver claramente una retahíla de números y un escueto “¿Has averiguado algo”.
María se levantó casi simultáneamente, y no parecía haber reparado en que alguien me había escrito, y mucho menos en que ese alguien era Begoña. Mi novia desfilaba hacia el baño y yo, aún sobresaltado, le respondía que no.
—Pues Eduardo se acaba de marchar. Y yo sí he averiguado mucho, vamos, que lo he hablado con él. ¿Te puedo llamar?
—No, estoy con María. ¿Pero qué te ha contado él? —respondí, nervioso, sin dar crédito a que veinte segundos atrás estuviera desayunando tranquilamente.
—Pues cuando puedas llámame —respondió ella y yo solté el teléfono sobre la mesa, en un resoplido.
Oía cómo María seguía en el aseo y miré hacia su teléfono. Era demasiado tentador. Si bien mis intenciones no versaban sobre María y Edu sino sobre María y Carlos. Cogí su móvil y revisé rápidamente sus conversaciones y allí estaba lo último hablado con él, pero comprobé que no se habían escrito nada más una vez en casa, y lo cierto es que sentí que me hubiera gustado lo contrario.
María salió entonces del cuarto de baño, devolví su teléfono a su posición inicial y me dije a mí mismo que tenía que averiguar cuanto antes qué sabía Begoña, y después trazar un plan urgente sobre cuando y qué le diría a mi novia sobre esa niña pija y su reciente comunicación conmigo.
Ya en la estación de tren, María me dio un beso rápido y se bajó del coche. No sabía aún si volvería al día siguiente por la noche o ya el lunes para trabajar. Ella se alejaba y yo no arranqué, sino que esperé, esperanzado, por si se giraba, antes de desaparecer del todo, obsequiándome con cualquier gesto, pero acabó por perderse entre la gente.
No entendía qué me pasaba. Parecía tener una especie de mal pálpito, o quizás simplemente estaba más sensible de lo habitual, pero sentía que desde nuestro encuentro con Carlos, María estaba más distante.
Cogí mi teléfono y dudé en escribirle algo cariñoso, cuando se cruzó por mi mente la necesidad de solventar mi problema con Begoña. No quise retrasarlo, evitando que aquel antiguo yo reapareciera, y la llamé sin pensarlo más.
A los pocos segundos de que ella descolgara le pregunté directamente qué le había contado Edu y ella me dijo que él se había ido hacía un rato a Madrid, de manera definitiva, y que ella le había dicho que le había mirado el móvil y le había hecho confesar. Tras contarme eso me dijo que prefería contarme en persona todo aquello.
Le insistí en que me lo dijera por teléfono, por duro que fuera, siguiendo con mi papel de fingir ser un novio engañado, pero mi propuesta fue rechazada con un tajante “No voy a estar media hora colgada al teléfono, además me va a llamar mi madre, pásate por aquí. Te paso ahora mi ubicación y el piso. Lo tomas o lo dejas”.
No la conocía de apenas nada, pero me hablaba con cercanía, siempre con seriedad pero a la vez con un poso de levedad, de poca importancia, que seguramente fuera proporcionado por la juventud. También me sorprendía de ella como acababa dirigiendo las conversaciones hasta llevarme a callejones cuya única escapatoria pasaba por el acatamiento de sus condiciones.
Conduciendo hacia su casa no me sentía demasiado preocupado, pues estaba prácticamente seguro de que Edu le habría contado una media verdad, que no se habría puesto en peligro él, lo que producía que no habría puesto en peligro a María ni a mí. Descartaba completamente que hubiera mencionado nuestro juego.
Timbré en el telefonillo de un edificio antiguo pero reformado, mirando a izquierda y derecha como si fuera pecaminoso salirme de los barrios propios de mi radio de acción, y subí en el ascensor que desembocó en un rellano con una puerta entreabierta. Empujé esa puerta, sin ser recibido por nadie, encontrándome con un salón comedor, austero pero acogedor; y pronto escuché su voz tan agitada como de buena familia, que se acercaba con celeridad, hablando por teléfono, cosa que deduje, pues llevaba unos auriculares inalámbricos y no parecía haber nadie más en la casa.
Apareció entonces Begoña, sin pintar, demostrando que por guapa no le hacía falta, y con el pelo suelto y recién lavado. Venía descalza, en calcetines, en unas mallas oscuras y una camisa violeta bastante amplia, y, mientras escuchaba lo que le decía su interlocutor, me hacía un gesto con la mano, preguntándome con su movimiento si quería algo de beber.
Asentí con la cabeza y su respuesta fue un “ok” expresado con su mano y susurrado en tono bajo, que le quedó tan pijo y hasta repelente que rozó lo cómico.
Me quedé allí de pie, mirando unos cuadros prefabricados que presidían el salón, mientras me daba cuenta de que la calidez del espacio obedecía más a la luz, que entraba con fuerza por las ventanas, que a la gracia o distribución de las cosas. Y apareció otra vez ella, aún enredada en aquella conversación, con sus auriculares blancos, y con sus revoluciones habituales, y dejó una cerveza sobre la mesa de centro, y, ajetreada, volvió a desaparecer.
Yo me preguntaba qué hacía allí y si mis dotes interpretativas iban a ser muy exigidas, y me consolaba pensar que tan pronto Begoña tuviera a bien empezar, todo terminaría en cinco minutos y podría seguir con mi vida.
Finalmente, y tras ver de reojo como vaciaba una lavadora y ponía algo al fuego, se quitó los dichosos auriculares y me obsequió con su presencia.
—Perdona. Mi madre. Que no se calla.
—No pasa nada. Cuéntame.
—¿No te quieres sentar? —preguntó.
—Está bien —respondí y tomé asiento en un sofá de cuero marrón y ella me secundó, sentándose cerca, de una manera informal.
—Te lo voy a soltar, ¿vale? —dijo, con sus ojos grandes y colocando su pelo tras las orejas.
—Está bien.
—Pues resulta que Eduardo se iba a ir, y yo no me aguantaba más, y si te digo la verdad no tenía muchas esperanzas en que tú averiguaras algo, y le dije que había visto su móvil y que había visto que tenía conversaciones con María que no eran precisamente de trabajo. Sabía que él iba a querer darle la vuelta, haciéndose el ofendido con que le hubiera cogido el móvil, así que no le entré al trapo en eso y dejé que él solito se fuera asustando con lo que yo podría saber, aunque ya sabes que lo que sé es poco, bueno, ahora sé más, porque su móvil se lo había visto de aquella manera.
Begoña hablaba a gran velocidad, con la camisa remangada y con pocos botones abrochados, por lo que insinuaba un escote que por casero y desenfadado no dejaba de ser atrayente, pero yo me quise concentrar en lo que decía.
—Y —prosiguió— le dije que había visto cosas muy subidas de tono en sus conversaciones. Muy muy subidas de tono, y le dije que quería que se explicara. Él al principio no decía mucho, hasta que me harté y le dije lo de la foto, que además él le mandaba a ella… y entonces ahí sí que no le quedó otra que confesar. Y me dijo que a veces se habían escrito ese tipo de cosas, pero que hacía como un mes que ya no lo hacían porque él le había dicho que no tenía interés en seguir con eso. Y, sobre todo, lo importante, ¿vale?, es que me dijo que a mí no me había sido infiel —dijo, haciendo una mueca extraña.
—¿Que quieres decir con “a ti”?
—Pues… que a Nati sí.
—O sea…
—Sí.
—Que a mí también.
—Sí. En la boda esa de octubre. En la de Alberto. Hace… seis o siete meses… Me dijo que… borrachos, esa noche… lo hicieron… que él ya estaba mal con Nati, que se lo contó al día siguiente y rompieron. Que él no quiso que volviera a pasar, por ser compañeros de trabajo, y que no volvió a pasar, pero que… aun sin volver a hacerlo, se empezaron a escribir las cosas esas subidas de tono… y que después me conoció a mí… y que él quiso dejar eso, pero lo veía sin importancia… Y entonces ella le envió la foto como para animarle, ya sabes, a seguir con eso.
—Ya… —dije, con un tono que pretendía exteriorizar que desaprobaba esas afirmaciones.
—Que yo me creo la mitad de la mitad —continuó— que no soy idiota. Pero vamos… que… que follaron en la boda no tiene demasiado sentido que se lo haya inventado. Y… claro, yo le dije que María tiene novio, que cómo es que no se enteró, vamos, que cómo no te enteraste, y me dijo que te habías emborrachado y que te habías ido antes. ¿Es verdad?
—Sí… me fui antes. Sí… —dije, poniéndome de pie, lo cierto es que nervioso, tenso, a pesar de no solo saberlo sino haber estado presente, pero dicho de su boca no solo me llegaba a impactar, sino que me llegaba a doler.
Begoña resopló, en un intento o en una demostración de empatizar conmigo, o siendo consciente de la gravedad de lo que me decía.
—¿Y qué más? —pregunté, girándome hacia ella, que permanecía sentada, con sus pies sobre el sofá.
—Pues que… unos días después de enviarle la foto…
—Espera —interrumpí— ¿si era él quién quería cortar lo de escribirse esas cosas sexuales por qué él le envió la foto a ella?
—Me dijo que estaba borracho, de despedida de soltero, y que ella se puso a calentarle y le acabó entrando al juego…
—Ya…
—No, no. Si ya te digo que yo tampoco te creas que me creo todo.
—Todo o ni la mitad —maticé.
—Que follaron en la boda sí, Pablo. Sé que te coge así… de sopetón… pero yo por vueltas que le dé… es que no gana nada inventándose eso… Y… lo que te iba a decir… aun a riesgo de que te suene ya… a crueldad…
—Qué.
—Pues que unos días después de lo de la foto quedaron para hablarlo. En casa de Eduardo. Y él le dijo que quería cortar eso, y ella le dijo que le parecía bien, además que él se iba a Madrid en unas semanas, y… en esto que… María… quiso que volviera a pasar algo. De despedida. No sé.
—A ver, a ver. ¿Que follaron en la boda, no lo volvieron a hacer, y que María, seis meses más tarde, por arte de magia, quiso volver a follar de regalo de despedida? —pregunté tenso, indignado por las mentiras de Edu.
—Sí.
—Y claro… Edu se apartó… y le dijo “no, no, María, que tengo novia”, ¿no?
—No sé, Pablo. No la tomes conmigo. Además no sé qué te importa eso. Lo que te tiene que importar es que te puso los cuernos en octubre, no si casi te los puso otra vez en marzo. Déjala y ya está. Es lo que tienes que hacer.
Se hizo un silencio. Yo no me creía nada. Era todo una huida hacia adelante de Edu. Aquel día habían quedado porque María quería que le contara qué juego se traía él conmigo, no para cortar sus conversaciones guarras ni para echar un polvo de despedida.
—¿Y tú? ¿Le vas a dejar? —pregunté, sin saber muy bien por qué lo hacía.
—Pues… lo dejamos y volvimos en la misma conversación, creo. Estamos así, así.
—Bueno, técnicamente a ti no te pusieron los cuernos.
—No, a ver. De hecho nuestra bronca no fue tanto por lo de escribirse cosas medio pornográficas.
—¿Por qué, entonces?
—No te lo voy a decir.
—¿Por qué no?
—Porque es algo privado nuestro.
—¿Y por qué me cuentas todo esto? Si no nos conocemos de nada.
—Para que la dejes.
—¿Y qué más te da a ti? ¿Eres la… justiciera de las parejas?
—Vale. No me cae bien. Te lo reconozco, ¿vale? Si esperabas que esto fuera… altruista, pues no lo es.
—No, no. Si me da igual que sea altruista que que no.
Se hizo un silencio, y entonces ella se fue hacia la cocina y pude escuchar el sonido de los botones de la vitrocerámica y cómo apartaba algo seguramente del fuego. Y apareció otra vez, algo afligida, como si de verdad sintiera que me había hecho una putada, y dijo:
—¿Ojos que no ven corazón que no siente?
—¿Qué? —pregunté.
—Que si hubieras preferido que no te hubiera contado nada.
—No. No. Prefiero saberlo —respondí, siendo consciente de que llevaba unos minutos que no sabía si estaba fingiendo estar enfadado o si lo estaba de verdad.
Begoña abrió entonces los brazos, como con un gesto de “lo siento, es lo que hay”, y entonces dije:
—Mejor me voy.
Me acompañó a la puerta y una vez ya en el rellano, me dijo:
—Oye, Pablo.
Me di la vuelta, y la vi bajo el marco de la puerta, afectada y a la vez extrañamente sexy, con su cara de pija perfecta y aquel escote desenfadado que sugería unos pechos redondos más consistentes de lo inicialmente imaginados, aunque sin romper con el conjunto liviano.
—Qué.
—Que si te sirve de consuelo le pregunté a Eduardo sobre si lo sabía alguien más del despacho y me dijo que no.
—Ah, genial —dije irónico, aún sin entenderme a mí mismo y aquel extraño enfado que se tornaba real.
Nos despedimos con un mustio y mutuo “adiós” y llamé al ascensor, y, mientras esperaba a que viniera, veía que ella no cerraba la puerta. La miré, y entonces dijo:
—¿Puedes venir un momento?
—¿Para qué? Por qué?
—Porque creo que sí te quiero decir por qué discutí realmente con Eduardo. Y no se lo quiero contar a toda la escalera.
—Bueno. Es que ahora al que no le interesa es a mí —dije al tiempo que se abría la puerta del ascensor. Y me fui.

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