PAULINA SARFSON

Don Alfonso Lamas entró en el boliche del pueblo con sus dos hijos mayores, Jorge y Julio. Los paisanos estaban algo picados a esa hora del viernes. Provocaciones, riñas, nunca nada terminaba bien en ese lugar, donde todavía los pleitos se resolvían a cuchillo.

Uno muy borracho empezó a gritarles ofensas graves que ni  Don Alfonso ni ningún Lamas iba a permitir.  Eso que dijo sólo se cobraba con sangre. Jorge lo detuvo. No quería que su padre se involucrara con gente que peleaba en grupo. Julio temblaba sin decir palabra ante la mirada compasiva de su hermano mayor y desconfiada de su padre. Mientras Don Adolfo se resistía a dejar las cosas así nomás, se armó una gresca con otros protagonistas que generaron distracción, sillas que volaron, gente lastimada, botellas rotas y policía.

Los muchachos insistieron en salir  y Don Alfonso les hizo caso de mala gana. Se fueron sin que nadie les prestara más atención al fin y al cabo.

No era el momento de hacer ni decir nada. En la casita los esperaban la mujer,  las dos chicas y, el menor de los cinco hijos.   Don Alfonso cuidaba a su familia hasta el detalle, aunque Jorge y Julio ya fuesen muchachos rondando los veinte,  él los protegía siempre.  Por eso la ofensa de esa noche fue aún más humillante. Nunca lo permitiría. Un Lamas, jamás. Julio seguía temblando y manejaba el rastrojero en silencio absoluto. ¡Su hijo! ¡Qué vergüenza! ¡Un  Lamas! Cuando llegaron a casa, Julio dijo a su padre que iría por ahí a dar un paseo, que lo de esa noche lo había alterado.

-“Alterado, yo le voy a dar alterado”  dijo en voz baja cuando el muchacho se alejó.

Esa noche Don Alfonso no durmió. Julio tampoco, y Jorge temía, con justa razón, una reacción desmesurada de su padre ante la ofensa. Lo conocía, un Lamas jamás dejaba pasar una canallada así, su abuelo, sus tíos, sus primos, familia y honor ante todo. Esta venía  brava, y tampoco sabía cómo ayudar a su hermano Julio.

Don Alfonso, por su parte, no iba a dejar en la nada la terrible ofensa.  Desde la noche del asunto, con discreción, escondiéndose, trataba de encontrarlo y de emboscarlo. Aunque  el otro era escurridizo y sabía desaparecer en la noche, en algún momento lo encontraría y sería momento de arreglar cuentas. Entre ellos dos, y nunca más nadie se atrevería a decirle aquello a un Lamas.

Siempre con el cuchillo preparado,  buscaba en los caminos, en el pueblo, entre las casas,  ocultándose, esperando dar con él. Cuando no lo encontraba, sin embargo, se sentía aliviado. Quizás estaba cometiendo una equivocación al actuar así, pensaba. ¿Qué le diría a su mujer, a sus hijos? Pero tampoco podía dejar las cosas como estaban. Si no lo encontraba, sería porque Dios era bendito. Pero si lo hallaba, le daría el merecido que un Lamas sabía dar.

Un viernes se cruzó con  Mario Reyes, el hijo del tendero,  lugar y hora  extraños  para andar por las calles recortadas del pueblo. Reyes dobló la esquina oscura sin verlo. Recordó algunos comentarios extraños de Julio sobre el tal Mario;  la hora, las salidas de su hijo cada viernes,   el ímpetu con el que se iba  y el silencio con que el que volvía.    

Sin ser divisado siguió a Reyes con paso silencioso. El  muchacho se subió al rastrojero de Julio. Y Don Alfonso vio.  Don Alfonso corrió.  Don Alfonso gritó.

Julio bajó de la camioneta con los ojos muy abiertos, y con lágrimas  miraba suplicante a su padre,  primero por haber sido  descubierto  en su  vergüenza; luego  al comprender que Don Alfonso estaba dispuesto a todo.  Impiadoso clavó el cuchillo en el pecho de su hijo.

Mientras el joven  caía agonizante, el padre sintió  que había cumplido su obligación. Ya nadie más llamaría mariquita a un Lamas.  

Un comentario sobre “Ofensa

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