LOLA BARNON

El divorcio

La mirada de mi marido es de pedernal. Dura, fría. Si tuviera que apostar por algo, vengativa. Ha acudido sin su nueva pareja, una mujer de treinta y seis años, de buena planta y aspecto de esposa bien cuidada. Nos vimos solo de refilón cuando se bajó del coche y ella se encaminó hacia unos grandes almacenes mientras mi marido —ya ex—, y yo, tramitábamos y acordábamos los últimos flecos de nuestra separación definitiva.

Firmé los papeles con el acuerdo de divorcio y respiré. Aquello ponía un punto definitivo a ese aspecto de mi vida y, marcaba, aunque yo no se lo pudiera —ni quisiera— decir, un nuevo camino en la mía. Desde aquellos mensajes, todo había sucedido muy deprisa y en lo único en lo que había podido pensar, era en reafirmar esa sensación de soledad y fracaso. No es que la falta de mi marido provocara exactamente eso, pero se trataba de un acontecimiento que yo sabía me iba a resultar, simbólico, doloroso y definitivo.

 Resoplo ligeramente mientras le miro y me guardo el bolígrafo barato con el que he estampado mi rúbrica, en el bolso. Un segundo después, rectifico. No deseo quedarme con ese recuerdo y lo dejo de nuevo en la mesa, como si lo olvidara.

A pesar de todo, de nuestro modo de vida, la libertad tan absoluta y el desapego que de forma inexorable se había adueñado de la relación, yo consideraba un fracaso ese divorcio. Un fracaso más particular, más mío, que común. Más achacable a mí, que a mi ya exmarido. Siento que mi vida ha empezado desde el momento de aquella llamada, a encaminarse por derroteros complicados y que se acaba de formalizar firmando aquellos folios timbrados.

Nos despedimos de los abogados, salimos a la calle y completamos todos los aspectos sociales que lleva este trámite. Cuando él se dispone a caminar en dirección contraria a la mía, ya ambos solos y sin los letrados alrededor, me fijo en su espalda. Y es inevitable sentir ese cariño añejo por las personas que te han ayudado o han sido especiales en tu vida, pero que, de una forma u otra, se alejan para siempre.

—Ernesto… —le llamo.

Él se gira casi de inmediato, pero no dice nada. Tiene las manos en los bolsillos y un aspecto general de cansancio y hartura.

—¿Te puedes tomar un café conmigo? Será solo un momento.

En el fondo de mi conciencia deseo disculparme. O hacerle ver que aunque todo se hubiera resuelto de esta manera, yo lo sentía. No puedo obviar el hecho de que me hubiera sacado de la toxicidad de mi familia. Y los escasos siete años que ha durado nuestra relación, entre noviazgo y matrimonio, yo al menos, los consideraba importantes y muy significativos en mi vida. Sé que puede parecer incomprensible, pero esa era la realidad.

No se mueve de la postura en la que me mira con esos ojos que rezumaban frialdad y molestia. Por un momento pienso que no se acercará y que su alejamiento por esa céntrica calle de Las Palmas, puede ser la última vez que lo vea.

Pero unos segundos más tarde, aún con las manos en los bolsillos, el semblante serio y hosco, y sin decir una palabra, llega hasta mí. Ambos, en silencio, entramos en la cafetería más cercana y yo busco una mesa que nos de algo de intimidad.

Pedimos sendos cafés con leche. Él un par de churros. Yo no. Solo el café con leche, sin azúcar y leche desnatada.  Me fijo entonces que ha engordado ligeramente. No mucho, o no me lo parece, pero claro, tampoco ya puedo asegurarlo. Seguramente se ha dejado llevar. Con su edad, cada vez es más complicado adelgazar si no te cuidas y haces ejercicio diariamente. Le veo, sin poderlo evitar, como algo parecido a un tío o al padre de una amiga. Y me apena que en ese preciso momento, no me vengan a la mente detalles suyos y míos de complicidad matrimonial. Respiro e intento concentrarme.

—Ernesto… —empiezo notando que yo misma bajo la cabeza, en un gesto inequívoco de como si me avergonzara. Exhalo un poco de aire, me froto las manos y me obligo a levantarla, a mirarle a los ojos y afrontar aquello—, quiero que sepas que has sido una persona muy importante en mi vida. Y que te agradezco cómo te has comportado conmigo. Sé, y soy consciente de que el fallo está en mí, no en ti. Y también sé que me culpas de… de nuestra separación y de todo lo que ahora nos sucede. Y no te quito la razón. Pero quiero decirte que has ido un hombre muy importante en mi vida. Lo has sido y lo serás. —Me rectifico al momento.

Me deja hablar sin desclavarme sus pupilas de las mías. Las sigo notando punzantes, duras. Como antes me parecieron, vengativas y con rencor acumulado. Quizá, pienso, que así intenta ser hiriente conmigo. Permanece callado casi un minuto. No sé qué más decir. Me mira en silencio, moviendo lentamente la cucharilla en la taza de café.

—Lo siento… —añado con un gesto de impotencia o de resignación—. De verdad que lo siento.

Coge un churro y lo moja lentamente en el café con leche. Se lo come en tres o cuatro bocados. Entre nosotros, solamente se escucha su masticar crujiente. Cuando finaliza, se limpia las manos y me mira por fin con intención de hablar.

—Gracias por esa palabras, Tania. —Hace una mueca que se asemeja a una sonrisa, pero que surge, inevitablemente, rota. Exhala al aire de sus pulmones con calma y coge el segundo churro—. ¿Sabes una cosa? —lo moja con parsimonia en el café con leche—. Tengo la sensación de que nunca me has querido. O bueno, es posible que sí lo hayas hecho. Incluso hasta aún lo haces. Creo que la expresión que más se adecúa a lo tuyo conmigo, es que nunca me has amado. Tengo claro que al principio pudo ser. Seguramente así fue, pero a partir de que empezaras a zorrear, todo cambió.

Aguanto unos segundos en silencio mientras termina de comerse el resto del churro. Cuando finaliza, hago un ligero amago de puntualizar la palabra «zorrear», pero como si lo estuviera esperando, me detiene con la mano. Con suavidad y una sonrisa sarcástica.

—Porque fue eso, Tania. Cuando alguien busca camas ajenas a la que comparte con su marido, y se mete en ellas, tiene un nombre. Sí, es posible que suene machista o rancio. Pero es la verdad. No hagas por negarlo. Ni por ofenderte. Soy un hombre maduro, docente y se me dan bien las palabras y sus significados. Lo siento si parece una palabra fuerte, pero es la que se me ocurre. No lo hago para molestarte, es solo descriptiva. No un insulto.

Está claro que ha aceptado el café para decirme todo aquello. No puedo negárselo y, además, tampoco sería sincera conmigo misma; tiene razón. Cuando me acostaba con ese compañero de aquí, de Las Palmas, o con el Guardia Civil que ahora presta servicios en el aeropuerto de Barajas y que me hizo ver la posibilidad de entrar en los antidisturbios, lo que hice, fue, exactamente, eso: zorrear.

—Ernesto, no voy a replicarte. —Suspiro intentando mantener la conversación por términos moderados—. En el fondo, tienes razón. Y no quiero entrar en eso. Te concedo que es así, y dejémoslo, por favor. Pero te insisto en que has sido importante. Mucho. Te lo juro. A mi manera, te he querido. Y sé que no es la forma convencional y que has aguantado mucho. Así que, gracias. Solo quería decírtelo.

Su expresión se ablanda por un momento. Se recuesta en el respaldo de la silla y me mira mientras respira profundamente, seguramente pensando lo que acabo de decirle.

—De acuerdo. Te lo agradezco, y te creo. Te tengo por una persona que no eres mentirosa, Tania. Pero eso no quita para minimizar el daño que me hiciste. Porque, yo, a pesar de tus escarceos, de tus folladas, de tus noches fuera, de tus amantes, o como lo quieras llamar, siempre te he querido. Mejor dicho, amado, si utilizo la misma expresión que antes. Yo nunca me hubiera acostada con nadie más que contigo, pero me pusiste entre la espada y la pared. Era eso o nada. O lo asumía o te perdía. O admitía mis cuernos o esto finalizaba. Sé que puede parecer una excusa, pero te aseguro que no lo es. Al final, todo se asume, pero te juro que al principio, fue muy duro. Y no lo he superado nunca, la verdad. Con el tiempo lo he ido aceptando, pero nada más.

—Lo sé. Ernesto. Y en el fondo, aunque no lo he comprendido hasta hace poco, soy consciente de ello. Sé que lo que te voy a decir te sonará raro o estúpido, pero te intenté compensar cuando venía a verte.

Estira su sonrisa y su expresión de sarcasmo.

—No esperes que te dé las gracias, Tania. Si follabas conmigo como con uno de tus compañeros o ligues de Madrid, suena hasta patético.

—No, de verdad que no es eso. Te compensaba intentando ser una esposa decente y cariñosa, esos días. En serio, Ernesto. Sé que no voy a arreglar nada, ni a cambiar tu punto de vista. Pero quería decírtelo. Solo eso, no pretendo ni justificarme, ni siquiera que me perdones. Mi intención es que… que sepas que a mi manera, y sé que no fue la mejor, o ni siquiera aceptable, hice lo que en ese momento pensaba que estaba bien. O era mi obligación… —Me encojo de hombros.

—Mira —se acerca a la mesa, posando los codos en ella, retirando la taza de café con leche ya vacía y el plato donde quedan algunas restos de fritura de los churros—, yo esperaba con ansia ese fin de semana que empezó siendo cada mes y luego, poco a poco, se hizo más extendido en el tiempo. Deseaba verte. Follar contigo, Tania. Si, follarte. Sentirte mía. Gozar con mi esposa, olvidar su vida. Y la mía, que empezó a ser una mierda con las estudiantes que se dejaban follar por un profesor madurito que las aprobaba en los exámenes o era más indulgente. Porque hice eso. Me traicioné a mí mismo, a mi sentido de la justicia, a la neutralidad de la docencia, al valor del conocimiento. Abandoné la honestidad… Y no puedo acusarte, porque debería haber sido capaz de no cruzar esas líneas. Pero tú me empujaste a hacerlo. No eres culpable de mis estupideces. Pero sí, de que esa sensación de ser un estorbo para ti me hiciera hundirme y que terminara por traicionarme a mí mismo. Las consecuencias, son cosas mías, pero el génesis, es tuyo, querida.

Su voz se va endureciendo según habla, pero finalmente, respira hondo y se calma. Me mira de nuevo en silencio. Esta vez nota más decepción que enfado en sus ojos.

—Te he querido mucho, Tania. Mucho, en serio. Pero tú a mi no. Y eso me ha destruido y ha provocado que me convirtiera en un imbécil. Por suerte, me rehíce y ahora, gracias a ti, todo hay que decirlo —apunta con una ligera sorna y un gesto elevando sus cejas—, tengo la suficiente paz y tranquilidad como para retomar mi vida. En todos los sentidos.

Recuerdo esos fines de semana. Los primeros, explosivos, de sexo brutal, también buscado por mí. Quería hacerle gozar, disfrutar de mi cuerpo, de mis manos, mi boca. Yo ya empezaba a estar atrapada en la vorágine del sexo y pensé que haciéndolo de forma parecido con mi marido en las visitas a nuestro hogar, podía suplir esa ausencia mía. Lo que no me di cuenta, hasta pasado un tiempo, era que Ernesto no percibía tanto mi falta en lo físico, sino en que existía por mi parte una distancia vital o familiar. Y que, además, tras ese par de noches, yo regresaba a mi mundo sin apenas esfuerzo ni melancolía.

Y sí, era cierto, aunque en esos días yo no lo viera así, que suplía esa separación física con un buen sexo a mi marido. Confundí cabalgarle hasta que explotara en mí, con el cariño y el sosiego de la paz de un hogar estable. Tener su hombría en la boca hasta que estallara de placer, con la complicidad de las personas que se aman sin obstáculos. Le hice adentrarse en el sexo anal, y mil otras posturas, como moneda de cambio para que no echara en falta la ausencia de sonrisas y cariño. Orgasmos por cercanía. Incluso puede que sexo por una compasión mal entendida y lejana.

Ahora, tiempo después de que sucediera, y de mis primeros viajes a Las Palmas para ver a mi marido en los días que libraba, sé que lo que digo es cierto. Entonces, me engañaba a mí misma. O pretendía engañarme. Follar con él era divertido, excitante. No niego que existiera una cierta atracción, pero con el tiempo se convirtió en una especie de obligación. Un trámite, más bien. Y todo era porque siempre —o al menos en una buena parte de nuestra relación— faltó mi amor verdadero hacia él. Hubo cariño, respeto, aunque este fuera laxo, flexible, y siempre conveniente a mi manera; incluso sentí admiración por su forma de ser, su cultura, su madurez… Pero no estuve enamorada de él. O se pasó rápido.

Recuerdo estar follando como dos amantes y no como un matrimonio. Yo pidiendo más rudeza en sus embestidas, queriendo sentir su polla muy dentro de mí. Con ese pulso que da el sexo sin tapujos, sin censuras ni complejos. En cierta medida, repitiendo mis experiencias de otras camas para no desengancharme de ellas. Y él, ajeno a lo que yo empezaba a sentir, se entregaba. Con determinación, casi fiereza. No sé si en algún momento pudo llegar a sentir rabia por no estar enlazados en un sexo más de cariño que de envites.

Y así, poco a poco, polvo a polvo, espaciando los fines de semana juntos y las caricias, nos fuimos perdiendo. Y quizá, al igual que yo, se dejó llevar por esa forma de compensarnos. Yo a él, por mi distancia. Él a mí por ocultarme la desazón que ahora sé que experimentaba.

Fueron polvos muy buenos, donde terminábamos exhaustos, sudorosos, con nuestras corridas en los cuerpos. Suspirando, anhelando aire para acometer, en cuanto pudiéramos, un segundo asalto. Un sexo que hoy podría entenderse más como un combate que como una correspondencia de cariño y complicidad. Sexo por sexo. Sexo por ausencia. Sexo por molestia. Solo sexo.

En esos días deseaba que me penetrara con fuerza. Sentir como se corría en mi interior o encima de mí. Besar su pene y lamer su semen abriendo la puerta a la brusca realidad de la falta de devoción que nos fuimos construyendo. Me entregaba con la culpa sólida que me laminaba y que yo, rehuía para que mi conciencia no me mordiera.

Y así se sucedían los dos días que me iba a Las Palmas. Saliendo poco a tomar una caña, ni a comer juntos entrelazando las manos. Ni siquiera fuimos ningún día al Balcón del Mirador, mi sitio fetiche, ni por supuesto nos enlazamos dejándonos llevar por una música imaginaria en un ritual de baile silencioso. Solo nos unió el sexo. Un sexo de silencios y de miradas que cada vez se rehuían más. Un sexo de placer en bruto.

Disfrutamos, sin ninguna duda. Y también, en contraste a eso, nos alejamos al ritmo de orgasmos y noches de placer. De posturas nuevas, de escorzos de lujuria y de embates con ansia. Sembramos sexo y recogimos distancia.

—Pero hubo un momento en que ya no pude más. Y no es por Paloma. —Parpadeo regresando de mis pensamientos a aquella cafetería. Me dice su nombre como si tal cosa, quizá intentando herirme y hacerme sentir que gracias a ella, y no a mí, se ha recuperado a sí mismo.

Sus palabras me llevan de nuevo al presente, empujando afuera las imágenes de mi vida con él. A la acidez del momento sincero que él quiere mostrarme. Vuelve a respirar largamente y se recuesta otra vez en el respaldo de la silla.

—Hace una año y medio que llevo pensando en esto, en el divorcio. Sé que te habrás acostado con infinidad de hombres. No me queda duda. Y que tu forma de entender una relación es, explícitamente, animal. De sexo, de follar y de ya te llamaré. —Suspira y mira al techo negando ligeramente para sí—. Por eso te guardaré rencor siempre, Tania. Porque te he querido y amado mucho. Y hasta ese momento, en el que ya ni siquiera te veía una vez cada tres meses, podría haber reconducido mis sentimientos hacia ti. Pero no. Realmente, ya no pude. Y no quise, tampoco. La verdad —se rehace y continúa hablando despacio—, prefiero guardarte rencor y no odio. Pero quiero que sepas que me hiciste infeliz. Que sé, que no me amaste y que estoy muy seguro de que no lo harás a nadie. Y eso, acuérdate de lo que te digo, es lo que te terminará por destruir. Siento ser tan duro, Tania. Pero, en el fondo, te lo mereces.

Se levanta sin esperar a que yo pueda decir nada. Y la verdad, que más queda por añadir.

—De verdad que lo siento. No quise hacerte daño… —murmuro, pero él me detiene con una sonrisa irónica que se asemeja más a una mueca. Niega lentamente.

—Lo malo Tania, es que no te molestaste en indagar lo que yo sentía. Qué más da que no quisieras dañarme. Ni siquiera hiciste nada por entenderme. —Ya de pie, me mira de nuevo con unas pupilas de piedra que raspan—. Deseo que seas feliz, pero no sé si podrás. Adiós, Tania.

Y, con pasos lentos, sale de la cafetería alejándose y perdiéndose entre los viandantes, mientras yo me quedo pensativa y reconociendo que Ernesto tiene razón. En todo.

Me levanto despacio, pago la cuenta y me dirijo al coche con la intención de conducir hasta el hotel en donde estoy alojada. Es viernes, y me queda un fin de semana largo en donde debería visitar a mis padres, o al menos saber de ellos. Me da mucha pereza.

También quiero, de alguna forma, descansar. Incluso, de mí misma, del sexo y de amantes accidentales. Si es posible, recordar las cosas bonitas que me sucedieron y construir un parapeto que me valga, y sea útil al cambio que se me avecina.

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