TANATOS 12

CAPÍTULO 13
Conduciendo hacia casa la miraba de reojo y me sorprendía su súbita seriedad. Pensé en esperar a que ella iniciase la conversación, pero hacerlo sería volver a caer en errores del pasado, así que opté por hablar yo, no hasta el punto de hablarle de Begoña, pues ya estaba decidido que se lo tendría que contar otro día, fingiendo que ella acababa de contactar conmigo, pero sí quise intentar indagar sobre lo que acabábamos de vivir, sobre qué era lo que había sucedido y sobre por qué nos habíamos abierto así a él.
Sobre esta segunda cuestión ni me contestó. Y es que no se la veía con ganas de hablar, pero yo insistía:
—No sé qué ha pasado María… No sé si quieres esto… Si esto nos llega… Es verdad que parece un tío serio, con el que se podría jugar… pero no sé. Al fin y al cabo con esto de no tocar es… como si hubiéramos cambiado los roles, ¿no? Quiero decir…
—Ya está. Pablo.
—No, a ver. Si hubiera acabado en nuestra casa y yo hago… como que soy él… y él mira… Estaría bien… pero… no es eso el juego…
—¿Todo o nada entonces?
—No sé…
—Al menos lo intento, Pablo. Intento salvar esto buscando soluciones que no sean peligrosas.
—¿Pero a ti te llegaría con esto?
—¿Con qué exactamente?
—Pues con que… No te toque nadie.
—No entiendo por qué le das tantas vueltas. Ha sido morboso y sin necesidad de desembocar en una locura. Si no lo vemos más, pues chao. Y si otra noche surge algo parecido pues ya está. De verdad que me llama la atención que tú precisamente pretendas tener a estas horas, las… casi cuatro de la madrugada… todo clarísimo.
No le quise rebatir más. Aquel “salvar esto” que había pronunciado, flotaba en el ambiente y había sido sin duda un toque de atención. María no decía nada porque sí. Además yo estaba excitado y temía que con tanto choque desapareciera la tensión sexual que se había creado, y yo quería que pasaran cosas al llegar a casa.
Efectivamente, subiendo ya en el ascensor, maldije la confrontación del coche, pues me di cuenta de que difícilmente jugaríamos con la fantasía de que yo fuera Carlos. Y es que, mientras ella se miraba en el espejo, yo posé una de mis manos en su cintura y ella me apartó sutilmente. Cuando rechazaba un beso era un buen indicio, pero que rechazase un simple toque era una señal preocupante.
Una vez en el dormitorio María se quitó la chaqueta, los zapatos de tacón y la falda. No hablábamos. Yo temía un letal “estoy cansada”, lo temía en cualquier momento. En ropa interior y camisa revisó su teléfono, leyó algo allí y yo estuve tentado de preguntarle quién le había escrito, al tiempo que posaba su móvil sobre la mesilla.
En vilo, por su teléfono y por si allí ya solo quedaba dormir o si me esperaba mucho más, no pude evitar preguntar:
—Bueno… ¿qué hacemos?
—Hablar, ¿no? que estás muy hablador.
Me quedé callado un instante. María se echaba el pelo hacia atrás. Imperturbable. Y yo no sabía si lo estaba diciendo en serio.
—No hace falta que te pongas ningún traje. Ponte la cosa esa y ya está —dijo seca.
Intenté no exteriorizar una satisfacción evidente, y comencé a desnudarme. Me dirigí al armario y me colocaba aquello sin problema alguno, pues con mi semi erección casi permanente me era sencillo. Mientras lo hacía miraba de soslayo como ella volvía a revisar su teléfono, pero no parecía teclear, por lo que pensé que quizás solo estaba revisando algunas notificaciones.
Completamente desnudo, con aquel artilugio color carne bien ajustado, me giré hacia ella, la cual colocaba su móvil otra vez sobre la mesilla y se remangaba la camisa hasta casi los codos. Apagó entonces la luz, por lo que quedamos solo iluminados por una mezcla entre las luces de la ciudad y un casi onírico crepúsculo, y se acercó a mí.
—Entonces soy Carlos —dije, excitado y también algo nervioso, mientras ella se atusaba de nuevo el pelo.
No respondió y llevó una de sus manos a aquella polla, que era la de él, y la apretó con fuerza mientras con su otra mano se abría los botones de su camisa con tanta parsimonia como destreza.
—Que… no estaba mal, ¿no? Su polla… —insistí.
Ella terminaba de abrirse los botones y se separaba la camisa a ambos lados de unos pechos tapados por un contundente sujetador azul marino.
—Tenía una buena polla… para ser un hombre mayor… —perseveré.
María parecía obnubilada, mirando con fijación aquella polla, llegando a acariciarla con las dos manos.
—Quién nos iba a decir que iba a ir… así de cargado… a esa edad… —reiteré.
—¿Le tiene que encoger por pasar de los cincuenta o qué? —preguntó en un susurro.
—No… pero… —comencé a responder al tiempo que, sorprendido, veía como María se arrodillaba. Frente a mí. Frente a él.
Acariciaba aquel tronco inerte con una mano, mientras la otra era posaba sobre uno de sus muslos y comenzaba a dar pequeños besos sobre aquella goma. La imagen era tremendamente impactante. María pasaba de la desgana por escucharme, a mí, al más asfixiante erotismo, por él, y por ella misma, en décimas de segundo.
Yo era consciente de que tenía que ser Carlos, que tenía que dejar de hablar en tercera persona, pero cuando María se mostraba así de erótica me llegaba a bloquear.
Coloqué mis brazos en jarra, mientras mi miembro palpitaba dentro de aquel cilindro que recibía una especie de masaje afectuoso, por su mano y por sus pequeños besos, y pensaba en qué decir.
María bajó entonces la mano, quedando ambas inmóviles, sobre sus muslos, cerró los ojos, sacó la lengua, y dio un toque con ella, sutil pero prolongado, que hizo que aquella polla repuntara hacia arriba. Y lo hizo otra vez. Y otra vez. En unos lametazos sentidos, que hacían rebotar aquel falso miembro y que le harían lagrimear y hasta chorrear si aquella polla fuera de verdad.
—Mmm… Eso es… —dije, sonándome extraño a mí mismo.
Ella envolvió toda la punta con su lengua, haciendo un círculo, y yo susurré:
—Qué bien me la lames…
Miré hacia abajo y pude ver como había saliva que comenzaba a brotar, disimuladamente, de la comisura de los labios de María, impregnando aquella punta que recibía aquella friega húmeda de su lengua, pero no acababa de recibir el premio de ser acogida en su boca.
—Te quedaste con ganas allí… mientras meabas entre los dos coches…
María se llevó las manos a sus pechos y así, mientras los abarcaba, engulló por primera vez aquel glande que ya brillaba, haciendo un movimiento exagerado con su cuello. Y otra vez. Movía su cuello, adelante y atrás. Haciendo una mamada impresionante e implicada.
—Joder… Eso es… Me la querías comer mientras meabas… Eh…
Estuvo haciendo aquello durante unos segundos, ensimismada, en su mundo. Con aquel movimiento de cuello y con sus manos, suaves, pero firmes, colmando las copas de su sujetador, y sin duda imaginando que, tras mear frente a él, había accedido a metérsela en la boca. La sentí tan ida que podía casi sentir como ella estaba allí y yo era él.
Acabó por retirarse un poco y dejó que un hilo de saliva creara un puente entre sus labios y aquella polla. Abrió los ojos y miró ese reguero, y se echó más hacia atrás, y acabó rompiéndolo con la mano.
—Te gusta comer… pollas… en… aparcamientos… de madrugada…
—Pablo —dijo entonces.
—Qué.
—Ya me lo imagino yo. ¿Te parece? —me cortó.
Me quedé un instante callado, mientras ella se incorporaba un poco, sin dejar de estar de rodillas, se sacaba la camisa y la posaba sobre la cama.
—Creí que querías que hablara.
—Vamos a hacer una cosa, ¿vale? Me voy a tocar, imaginando yo, y, cuando esté a punto. A punto de… irme… Te quitas eso.
—¿Me quito eso… y? ¿Pero entonces?
—Te quitas eso… y… eyaculas… ¿vale? Lo que puedas. Es decir. Encima de mí. Lo que puedas.
—No… No sé si me va a dar tiempo… —dije, pero ambos sabíamos que una vez mi miembro quedara libre, en apenas cuatro o cinco sacudidas… explotaría.
Por si había alguna duda de que aquello sucedería, María se llevó las manos atrás, al broche de su sujetador y brotaron, preciosas, sus tetas, que bailaron por la liberación, y se bambolearon pesadas e hipnóticas cuando alargó su brazo para posarlo sobre la cama, junto a la camisa.
Ella se colocó de nuevo. Cerró los ojos. Sujetó aquel pollón con un mano. Y bajó la otra, que se perdió bajo sus bragas.
Escupió, casi sin hacer ruido, sobre la punta, sacó de nuevo la lengua, y otra vez la metió en la boca, y otra vez aquel movimiento de cuello, pero esta vez acompañaba todo con aquella mano furtiva que frotaba su clítoris con maestría. Yo miraba hacia abajo y veía como aquellos dos dedos se perdían bajo la seda azul marina y como aquel codo, que se movía con vehemencia, producía en todo su torso un contoneo que hacía que sus pechos se agitaran.
Me quise aventurar a tocarla, y me atreví a llevar una de mis manos a su cabeza, y enredar mis dedos en su melena, acompañando, sin acompasar, aquel movimiento rítmico de cabeza de una María que se enfrascaba en mamar aquella polla inerte, imaginando que se la comía a aquel señor. María volvía a aquella explanada, clavaba sus rodillas en la tierra húmeda de su propia orina y se la comía con tanta clase como ansia a aquel viejo. Y mientras se la mamaba, su mano erosionaba su clítoris hasta hacerla respirar agitadamente y conseguir que su coño se abriera, hambriento y deseoso de que pronto pudiera llegar su turno.
María relevaba su respiración agitada por jadeos y yo podía ver como caía saliva por la comisura de sus labios, hasta caer sobre su escote. Y unos desvergonzados “¡Hmmm!” “¡Hmmmmm!” ahogados, se comenzaron a escuchar, mientras sus tetas se sacudían, su cuello seguía con el vaivén y su mano alteraba su sexo hasta abrirlo de par en par. Y más “¡Hmmmm!” se escucharon y un “¡Ahhmmm!” se le escapó un instante en el que separó un poco su boca, mientras ella se imaginaba que aquella polla era la de Carlos, que le mataba del gusto, arrodillada en el barro, pero poderosa a la vez.
—Ahora… —gimoteó ella, separándose un poco y sorprendiéndome por su prontitud.
Y yo me retiré entonces, rápidamente, temblando, excitado, nervioso; me quitaba aquello a toda prisa, mientras no podía dejar de mirar como ella se masturbaba, con aquella mano bajo sus bragas, con los ojos cerrados y con sus tetas bailando… Me quitaba aquello y ella abría la boca y jadeaba, casi ida: “¡Hmmmm!”, “¡Ahhmmmm!” y yo dejaba caer aquel arnés y me llevaba la mano a la polla, que durísima, llevaba tiempo esperando… y ella abrió los ojos y jadeó:
—¡Me corro….! ¡¡Ah…!! ¡¡Me corrooo!! —mientras su mano aceleraba aún más si cabe, y su codo se movía aún más rápido y sus pechos casi rebotaban, hinchados y contundentes y yo me acercaba a ella, volcándome sobre su escote, y ella gemía: “¡¡Me corro!! ¡¡Diooos!!” “¡¡Carlos!!” ¡¡Échamelo!! ¡¡¡¡Échamelo!!!! y mi paja se hizo brutal y sentí que explotaba, y detuve mi mano, y con los ojos entre cerrados, ya sintiendo la oleada de placer que iba a desembocar en la punta de mi polla… me dejé ir… me dejé estallar sobre ella… Y ella alzó su cuello, como queriendo no recibir en su cara mi semen, el de Carlos, sino en su escote y en sus tetas… esperando el impacto… y una gota densa se desprendió de aquella punta y se derramaba por mi mano y entonces sí, un disparo blancuzco, brotó violento de mí, y alcanzó su cuello, y abrí bien los ojos y contemplaba decepcionado como aquel disparo había sido mínimo y como lo que seguía brotando no salía despedido, sino que resbalaba, como una fuente sin presión, por todo mi tronco y mi mano, sin salpicarla… Y seguía sintiendo placer, pero un placer frustrado, mientras ella seguía jadeando, aún esperanzada por sentir un buen latigazo caliente que la TANATOS12colmara y con el que poder vivir que era Carlos quién la bañaba.
Pero no recibió ningún impacto más, y ella, aún con los ojos cerrados, acababa su orgasmo y se llevaba una mano a aquel irrisorio mancillamiento blancuzco, ilusionada con que hubiera caído lo suficiente como para esparcirlo… y así matarle gustándose… pero pronto se dio cuenta de que aquella exigua gota no daba para absolutamente nada.
Abrió los ojos. Retiró su mano de su sexo. Miró mi miembro, empequeñeciéndose y encharcado de una masa blanca y espesa y dijo, poniéndose en pie:
—No te preocupes. Ahora te limpio.
Y caminó entonces hacia el cuarto de baño, en busca de papel higiénico, sin preocuparse de que lo que había aterrizado en su cuello pudiera ir bajando por su escote, pues apenas había nada que pudiera dejar un reguero, mientras en mi cabeza rebotaba aquella última frase suya, que por protectora sonaba especialmente humillante.
Me dio papel, y mientras yo me limpiaba, veía como ella se ponía el pijama, físicamente satisfecha por su orgasmo, pero con una frustración en su interior, intangible y soterrada. La enésima.
Ya los dos en la cama, con la luz apagada, yo me preguntaba si de verdad íbamos a alguna parte con aquello. Me preguntaba si de verdad teníamos salvación o si realmente ya llevábamos meses condenados.
—¿Me llevas a la estación de tren mañana, entonces? —preguntó, desde el otro lado de la cama, sin acercarse.
—Sí. Claro. Siempre te llevo —respondí. Sin moverme.

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