MOISÉS ESTÉVEZ

Caracortada siempre estaba en su lugar preferido, la esquina próxima a
la tienda de conveniencia en la que yo solía pedir un café para llevar todas las
mañanas de camino al trabajo. Me caía bien, y con el paso del tiempo hasta le
había cogido cariño.
A diario intentaba pagar en metálico, y así repartir lo que me sobraba
entre la dependienta y aquel, lo que ambos agradecían, sobre todo él, que no
tardaba ni un segundo después de darme la vuelta en entrar a por un café bien
caliente, para combatir las frías secuelas sufridas por haber dormido a la
intemperie.
En ocasiones, cuando no llevaba efectivo y me veía obligado a pagar
electrónicamente, le dejaba pagado el café y un bollo, y es que como ya he
dicho antes, me caía bien…

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