MARCELA VARGAS

Los hermanos Clara y Guido se dispusieron a viajar en colectivo en plena pandemia para cumplir con un encargo de su madre. En su región, se encontraban en la etapa de libre circulación, siempre y cuando se siguieran las medidas sanitarias impuestas para controlar el virus. Después de tantos meses de no utilizar los autobuses, subieron a uno casi trastabillando y se rociaron las manos con alcohol de la botella que pendía al lado del asiento del chofer. Observaron que antes de la llegada del virus, la unidad se llenaba de pasajeros, muchos de los cuales viajaban parados; pero ahora, la gente solo podía ir en el autobús si encontraba un asiento disponible. En el momento en que se dirigían a los asientos de atrás, ambos se fijaron en una mujer de sobretodo marrón que miraba por la ventanilla de uno de los asientos individuales.

Clara, de 20 años, se sentó al final del coche. Guido, de 15, más adelante, en un asiento individual. La joven repasaba la lista de los insumos que debían adquirir de la tienda textil y de la mercería para que su madre pudiera continuar con su labor de modista.  -El contexto de pandemia le obligó a renovar su negocio y ahora también se abocaba a la producción artesanal de cubrebocas con sus hijos. En un momento dado, Clara levantó la vista y miró a la mujer con sobretodo marrón. No pudo más que sentir envidia porque parecía una persona solitaria, mientras que ella siempre tenía que estar acompañada por alguien de su familia.

Cuando llegaron a destino, eran los últimos pasajeros. Clara descendió del colectivo y esperó a que su hermano bajara. Una vez que lo hizo, ella notó que el adolescente tenía en sus manos una suerte de libro, envuelto en una bolsa plástica. Él le comentó que lo había hallado “en el asiento donde estaba la señorade sobretodo marrón”. Esta se había bajado casi corriendo, varias paradas antes.

En los noticieros reiteraban que el virus vivía durante tres días en superficies como el papel, así que los hermanos decidieron esperar esa cantidad de tiempo antes de revisar el contenido de la bolsa. Llegaron a la casa con la mercadería, rogando que la madre no los molestara con tanto cariño. No soportaban hacer todo en familia, y el emprendimiento no les dejaba tiempo libre para realizar lo que querían. No veían la hora de que la madre empezara a trabajar lejos del hogar, en un taller que ella y su hermana mandaron a hacer a ese fin. Por lo pronto, la ayudaban Clara y Guido, puesto que una parte de la producción era para donaciones, y la otra se vendía. El padre colaboraba cuanto podía, puesto que era panadero y trabajaba todo el día en un supermercado.

Los pedidos mantuvieron ocupados a los hermanos esas tres jornadas, por lo que el compendio en la bolsa plástica permaneció en un rincón de la sala devenida en taller hasta que, en un descanso, Clara lo recordó y lo tomó. Al sacar el envoltorio, se encontró con una libreta artesanal, con tapas de cuero que contenían “un sinfín de hojas onduladas y amarillentas”, tal las describió Guido cuando las vio.

Una vez abierta la libreta, la primera página señalaba: “Soy Melina y tengo 35 años. Si encontrás este cuaderno, por favor, devolvélo”. Agregaba una dirección de correo electrónico. La libreta trataba sobre su vivencia durante la cuarentena estricta. La mujer no era coterránea; había llegado de tierras lejanas a buscar otra vida en esta provincia. Se expresaba en el papel a diario. Por lo que contaba, iniciaba la redacción temprano en la mañana y, luego, iba añadiendo texto si le ocurría algo más durante el día. Decía cosas como: “No puedo volver a ver a la familia. ¡Para eso renegué tanto cuando la tenía cerca! No se puede viajar, está todo cerrado. Ahora, cada cosita me hace acordar a ellos. Y ronda en mi cabeza la idea de que fui feliz al estar con ellos, pero no me daba cuenta”.

En otra parte, escribía: “Me enteré de que la abuela estaba enferma. Después, que falleció. No pude verle. La última vez le vi bien. Pero presentí algo. Al final, todavía me parece que vive. Creo que al volver, estará ahí todavía. Como siempre. Es su deber. Tiene que estar ahí. Y mi derecho es ir a verle y encontrarle como siempre.

Pienso: ‘¿Qué hacer si me falta el teléfono y la PC, que salen tan caros ahora? Tengo que cuidarlos como oro porque los precios están por las nubes. ¿Cómo me voy a comunicar con mi familia si se me rompen?’”.

Cuando se flexibilizó la circulación de las personas, Melina puso en la libreta: “Está por terminar el invierno. En verano, nos van a permitir viajar, al parecer”. La semana siguiente, comentó: “Llega la oportunidad y no puedo irme de aquí. Los pasajes son muy caros y mi trabajo todavía no es estable, por lo que no he podido reunir mucho dinero”.

Aparte de estos pensamientos, la escritora complementaba las palabras con recortes de todo tipo. De allí que las hojas fueran onduladas, pues así quedaban cuando se secaba el pegamento que Melina usaba para adherir esos fragmentos. Por ejemplo, cada vez que comentaba que estaba tomando mate, agregaba un recorte del envase de la marca que había elegido para ese día. Lo mismo ocurría con productos como el té, las galletitas, el alcohol en gel (ese ya venía con etiquetas con pegamento), lavavajillas… No se le perdía casi nada y se justificaba diciendo: “Ya que los envases se tiran sin pensar, es mejor que sean de utilidad y sirvan, al menos, para un registro histórico de lo que consumíamos en esta época”.

Cuando se indignaba por la inflación, ponía los tickets de compras de supermercados y farmacias para comparar números. Cuando charlaba con sus familiares vía WhatsApp, pegaba en el cuaderno las impresiones de las capturas de pantalla del teléfono móvil, para recordar los diálogos significativos para ella. También imprimía las fotos que le enviaban y las agregaba al compendio.

El collage se completaba con recortes de los periódicos locales. En particular, uno generó la aceleración en los corazones de Clara y Guido. Se trataba de un artículo en la sección “Sociedad” que databa de varios meses atrás. Una nota que destacaba la labor de una mujer modista, quien junto a sus dos hijos decidió producir y regalar barbijos a los trabajadores esenciales y a los adultos mayores para que pudieran sobrellevar la pandemia. Debajo del recorte, unas palabras manuscritas, trazadas en tinta azul: “Deben ser afortunados por ayudar a los demás, y hacerlo juntos”.

http://www.relafabula.wordpress.com

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