LOLA BARNON

Aquel mensaje…

Quién me lo iba a decir…

Parece mentira que aquella llamada a mi móvil, que no cogí, fuera a dejarme, una hora y media después, totalmente aturdida. Sin embargo, ahora lo pienso y debo admitir que era lo esperado. Lo razonablemente esperado…

En ese momento, justo en el que se encendía la pantalla anunciando una llamada, apenas giré la vista a la mesilla donde descansaba boca abajo, y silenciado, mi teléfono.

Ni era la primera vez, ni iba a ser la última. Álvaro, mi divorciado ligue por aquel entonces, me empotraba en la habitación de ese hotel como las últimas diez o doce veces que habíamos quedado. Un tipo musculoso, fuerte, de acometidas bravas, y yo, una mujer a la que le iba todo tipo de sexo. Me era indiferente si me lo hacían suave, más duro o incluso como Álvaro, con un pequeño punto de rudeza. Mi experiencia y carácter me hacían poder afrontar una situación que se podía desbocar. Nunca me había pasado, por otra parte.

Escuchar su cadera chocando con mi culo, mientras yo aguantaba con voracidad sus acometidas, me parecía lo mejor que podía hacer en ese momento, sin importarme nadie más. Ni conocidos, ni amigas, ni mi marido… Nada, solo el sexo y yo. Ni siquiera Álvaro o quien fuese en ese momento. Porque se trataba de mi disfrute, de mi goce, de experimentar esa ola de placer que me invadía desde dentro y me hace alcanzar unos orgasmos poderosos, plenos, llenos de vida y de excitación.

La dureza de una polla en un hombre que sabe follar es un bien impagable. No soy capaz de imaginarme algo más estimulante. Puede parecer que soy demasiado básica, muy simple y un poco puta. Vale. Lo admito. No voy a discutir ese tipo de cosas. Me gustan los hombres y disfruto con ellos. Y no es un sexo moderado y sencillo. Prefiero el atrevido, el de un hombre que se plantea hacerte disfrutar y no se detiene en dudas o vergüenzas.

Entiendo el sexo como algo placentero y necesario. No como un trámite entre dos personas que se quieren, se gustan o se desean. El sexo, al menos para mí, es fin en sí mismo. Sentir una polla muy dentro, entrando y saliendo de mi lubricado coño o chuparla hasta la garganta, succionando y logrando que eyacule en mi boca o en mis tetas, lo considero algo sublime. O cercano a ello. Con Álvaro, sin ninguna duda, conseguía todo eso. Me follaba duro, se corría bien y me hacía disfrutar comiéndome mis entrañas hasta hacerme gritar como una posesa.

Siempre, y con todos y cada uno de los hombres con los que he estado, antes y durante mi matrimonio, he buscado eso. Con unos he tenido fortuna, con otros, no tanta. Y siempre procurando obtener un buen disfrute propio. No es que eso significara que a quien estuviera en ese momento conmigo yo no le intentara proporcionar el mismo placer, que a mí él me daba. Lo hacía. Y creo que bastante bien, porque soy lujuriosa, atrevida, experta y tengo ese toque perverso o de pequeña maldad que vuelve locos a los hombres. Y a algunas mujeres, cuando he estado en grupos. No soy lesbiana, ni bisexual ni curiosa. Soy muy sexual y si estoy en un trío no me importa que me toquen y yo tocar. Pero a solas con una mujer, no he estado. No lo descarto, pero por ahora me va bien con una buena polla.

Sé lo que es que un hombre tiemble de espasmos, de gusto mientras succiono su glande. Conozco sus expresiones cuando están follando con una hembra como yo. He visto sus reacciones de excitación y calentura ante la posibilidad de empotrarme. Soy consciente de que follo bien, me atrevo a casi todo y busco y doy placer.

Esa era mi vida.

Hasta aquella llamada…

Esa tarde recuerdo que llovía en Madrid. El día permanecía gris, encapotado y con nubes preñadas de agua. Mientras las gotas resbalaban en el cristal de la habitación de aquel hotel, y la pantalla de móvil se encendía con esa llamada y un par de mensajes, Álvaro me estaba proporcionando el segundo orgasmo. El primero, de pie, contra la pared. El segundo, a gatas y a una velocidad que me enloquecía.

—Joder, sigue… —Le decía mientras escuchaba sus bufidos en mi nuca, arremetiéndome con excitación y fiereza, y notando que incrementaba su velocidad sobre mí.

Aquel hombre, apuesto, inmaduro y divertido, era un poco peliculero, pero reconozco que esas situaciones, me refiero a hacerlo contra la pared, me ponen a mil. Sentir un tío fuerte, mientras me penetra con ese punto de rudeza necesaria para hacer el polvo estruendoso, me encanta. Me dejo llevar cuando siento los golpes de las caderas masculinas, su poderío cuando te penetra, la fuerza de ese sexo desinhibido, la lujuria que me invade y que no la detendría por nada del mundo.

—Me corro… —susurró con voz ronca Álvaro.

—Sigue, sigue… —dije cerrando los ojos y sintiendo como su cuerpo se tensaba cercano al orgasmo—- No pares, encanto… ni se te ocurra…

Gruñó de gusto cuando lo hizo, pero continuó con las acometidas, aumentando el nivel de fuerza de sus manos en mi cadera y hundiendo todo lo posible su pene en mí. Volvió a bufar y a emitir una especie de pequeño alarido, mientras continuaba metiéndomela. Me excité con aquello y al momento de alcanzarlo él, lo conseguí yo, tras aquella serie de furiosas acometidas de un Álvaro, tremendamente encendido y entregado. Solté un gruñido y un gemido profundo y largo cuando llegué. No fue un orgasmo descomunal, pero me sentí plena y entregada a ese sexo que tanto me atraía.

Respiré cogiendo todo el aire que pude y le miré sonriente. Busqué la boca de Álvaro girándome, mientras sentía todavía a su pene en mi interior. Me besó con ganas y me acaricio las tetas. Álvaro, sin duda, era un buen amante.

Me he quedado sola.

Álvaro se ha marchado ya, una vez duchado y habiéndome dejado para irse a ver a su exmujer por un tema de la custodia compartida, o qué sé yo. Me tumbo entonces en la cama, pongo algo de música suave, y cojo mi móvil para atender la llamada y los mensajes que he recibido mientras follábamos.

Los leo. La primera vez, casi de forma distraída. La segunda, me quedo anonadada. Se me detiene la respiración y siento que mi piel se me eriza de la impresión. Tengo que volver a leer aquellas palabras varias veces. Me quedo muy noqueada, impactada. Me cuesta dar crédito a lo que allí dice. Pero en el fondo, si me paro a pensar detenidamente, con frialdad y tranquilidad, no puedo sorprenderme. Siendo sincera, y a pesar de parecer lo razonable, no me lo esperaba y menos a esas alturas de mi vida y tras años de costumbres adquiridas.

Me viene una sensación de vacío. De fiasco y decepción. De pronto, siento que mi vida ha cambiado y que, de alguna forma, no volverá a ser la misma. La idea de que mi vida se está convirtiendo en un fracaso, me envuelve como una neblina húmeda. Cierro los ojos y me recuesto en el cabecero de la cama. Tengo la cabeza embotada. Después del tiempo transcurrido, de las idas y venidas, de lo vivido y sufrido, por alguna estúpida razón, pensaba que esto no sucedería.

Y estúpidamente, que yo, si sucedía en alguna ocasión, era invulnerable. En definitiva, que ni este menaje cabía en mi vida, y que esta, tal y como estaba montada, se estructuraba a prueba de este tipo de sucesos.

Pero no…

Me levanto de la cama y miro por la venta. El día está triste. Y yo, de alguna forma, vacía. Me doy cuenta de que, en realidad, no tengo casi nada.

Un comentario sobre “Tania (1)

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