ROSA LIÑARES

Entraron en la casa riendo, cogidos de la mano, y antes de cerrar la puerta ya se estaban comiendo a besos. Era una estancia amplia, uno de esos espacios abiertos donde convivían la cocina y el cuarto de estar, presidido por un viejo sillón pasado de moda y vencido por el tiempo, con un anticuado estampado y los brazos y las patas de madera cuyo barniz empezaba a escasear por el desgaste.
El lugar era poco acogedor. Olía a humedad y todo parecía demasiado viejo y triste. Pero eso a ellos no les importaba. Lo único que les interesaba en aquellos momentos eran sus cuerpos ávidos de deseo.
Aquella era la casa de la playa en la que él había pasado todos los veranos con sus padres y abuelos desde que tenía uso de razón. Cada verano, sin excepción. Y desde hacía cuatro o cinco años en invierno era el lugar al que llevar a sus conquistas del momento. Aunque ahora era ella la única que ocupaba su corazón.
Tenían toda la tarde para ellos. Ese fin de semana sus padres se habían ido a casa de unos viejos amigos a celebrar un aniversario, y no volverían hasta la noche. La casa era toda suya.
A trompicones llegaron al sofá, intentando despojarse de la poca ropa que llevaban. Habían subido directos de la playa, con los bañadores aún mojados. Él, torpemente, intentó desabrochar la parte de arriba del bikini de ella, y cuando por fin consiguió liberar sus pechos, ella se recostó sobre el sofá y él se inclinó a besarlos. En ese momento oyeron un sonido de cristales rotos bajo sus cuerpos que les asustó. Se incorporaron y levantaron la base del asiento. Los restos de una bombilla lucían bajo la espuma del sofá. Rota en mil pedazos.
-¿Y eso?-preguntó ella, sorprendida.
-Locuras del abuelo, que esconde cualquier cosa en el sitio más insospechado. Últimamente la ha tomado con las bombillas.
Recogió los restos de cristales y los echó en una bolsa de basura, en la que más tarde echaría también el preservativo que había usado y las latas de cola que habían bebido, y la echaría en el contenedor de la esquina para no dejar evidencias de que habían estado allí.
Cuando llegaron sus padres, ya empezaba a anochecer. Al pulsar la llave de la luz, ésta no se encendió. Su padre resopló mirando al techo, que lucía sin bombilla.
-Papá, ¿otra vez has quitado la bombilla?
El abuelo contestó con un silencio culpable. Su padre abrió el cajón de arriba del mueble de la cocina, que albergaba un montón de bombillas de repuesto y se dispuso a cambiarla sin más discusión. Ya era algo habitual.
Al día siguiente, domingo, después de pasar la mayor parte del día en la playa, regresaron a la ciudad. Cuando ya estaban todos en el coche, a punto de irse, el abuelo dijo que se había olvidado su gorra en la casa y volvió a entrar corriendo.
Al entrar, cogió una silla de la cocina, la acercó al centro de la estancia, se subió a ella y comenzó a desenroscar la bombilla que colgaba del techo. A pesar de su edad, estaba ágil. Cogió la bombilla y la metió debajo del asiento del sofá. Salió de nuevo, con una sonrisa pícara, como si fuese un niño, que le duraría, al menos, hasta el siguiente fin de semana.
http://www.lallavedelaspalabras.wordpress.com

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s