ANDER MAIS

Capítulo 8

Una noche loca

Al salir del baño, Natalia empezó a rebuscar en su armario buscando qué ponerse para salir esa noche y, al contrario de lo que venía sucediendo durante los últimos meses, ese día Natalia no puso ninguna pega a la ropa que le sugerí que se pusiera.

Una blusa de punto bastante escotada, con pronunciado escote de pico, una falda bastante corta, medias de tono bronceado combinadas con unas botas de tacón altas que le llegaban hasta la rodilla. Ese era el conjunto con el que iba a salir Natalia esa noche conmigo. Estaba rompedora y seguro que iba a ser el centro de atención allí por donde fuéramos y eso, como no, me excitaba sobre manera.

Salimos a dar un paseo por la ciudad y, como hacía bastante frío, nos tomamos algo en una cafetería antes de ir a unos cines que había en un centro comercial casi al lado. Allí, más al amparo del frío del exterior, Natalia se desabrochó su abrigo dejando ver parte de su escote. El efecto fue inmediato y, un par de hombres maduros que pasaban por nuestro lado, no pudieron evitar fijarse en ella.

Estuvimos deambulando por allí hasta que llegamos a una zona donde había una tienda de lencería. Allí vi la oportunidad de intentar averiguar algo sobre las prendas que ella escondía en casa, al ver en el escaparate expuestos varios picardías y un corsé.

—Mira, cielo… Alguna vez podías comprarte algo así… Ese corsé seguro que te quedaría genial…

—Ese a mí no me vale —dijo sonriendo—, es demasiado pequeño para mis pechos…

—Mujer, supongo que tendrán tallas más grandes…

—Otro día, Luis… —dijo agarrándome de mi brazo y alejándome de allí.

Nada. No había conseguido nada. Natalia se había hecho la tonta y yo seguía sin saber de dónde habían salido aquellas prendas y con qué fin las tenía allí escondidas.

Nuestra siguiente parada fue el cine donde, cómo no, Natalia fue objeto de innumerables miradas mientras hacíamos cola para conseguir las entradas.

—¿Qué haces? –le pregunté al ver cómo se tapaba cerrando su abrigo.

—Es que me miran mucho… —dijo bajando la voz.

—¿Y qué más da? Estás preciosa, cielo y, además, sabes que me encanta que lo hagan… déjales que disfruten de las vistas…

Ella me miró sonriente y volvió a abrir lentamente su abrigo, pareciendo no importarle ya que siguieran mirándola lascivamente y llenándome de orgullo al verla así. Era como haber recuperado a la Natalia del verano; aquella Natalia atrevida y morbosa; aquella Natalia que tanto me gustaba y me volvía loco.

Cuando salimos de la sala de cine, sitio donde aproveché para acariciar sus muslos durante casi todo el visionado de una película bastante pasable, al pasar junto a una terraza escuchamos a alguien que me llamaba:

—¡Luis! ¡Párate y tómate algo!

Oteé con la mirada buscando la procedencia de aquella voz y, para mi sorpresa, me encontré con mi compañero Eduardo que me hacía ostentosos gestos con sus manos para que lo viera. No estaba solo, estaba acompañado con dos amigos suyos a los que no conocía de nada. Tenían varias cervezas sobre la mesa y, al parecer, por sus gestos, debían llevar unas cuantas más tomadas.

—Voy a saludarle un momento —le dije a Natalia—, enseguida nos vamos.

A ella pareció no hacerle mucha gracia aquel encuentro pero no dijo nada. Me acerqué a la mesa mientras ella me seguía pero se quedaba unos metros por detrás.

—Hola, Luis… menuda sorpresa… sentaros y os tomáis algo con nosotros —dijo delatando que, como había supuesto, ya llevaba unas cuántas cervezas encima-, vamos a divertirnos un rato…

A mí, sinceramente, no me apetecía sentarme allí con ellos y a Natalia, mucho menos, ya que, desde nuestra llegada, sus dos amigos no habían dejado de lanzar miradas nada disimuladas al escote de mi chica, haciéndola sentir molesta e incómoda.

—No, mejor otro día… nosotros ya nos íbamos… hemos quedado con otra gente y nos están esperando… —le mentí, improvisando una excusa.

—Venga… una sola… que hace tiempo que no coincidimos por ahí de noche… —dijo Eduardo poniendo cara de pena.

En ese momento, Natalia, harta de las miradas y sonrisas viciosas de aquellos dos, me dio el abrigo y me dijo que iba un momento al baño, lanzándome una mirada de “cuando salga nos vamos pero ya”.

Mientras se alejaba, aquellos dos no se cortaron un pelo en seguirla con la mirada mientras Eduardo seguía con su retahíla para convencerme. En la entrada del baño, me fijé que Natalia casi choca con un tipo que salía de su interior, un tipo que, mientras se disculpaba, clavó sus ojos con descaro en las tetas de mi chica.

Enseguida aquel hombre se fue acercando a la mesa mientras lanzaba furtivas miradas a su espalda, como si no acabara de creerse lo que acababa de ver.

—¡Joder! ¿Habéis visto a esa tía? ¿La de la minifalda y botas? ¡Está tremenda! ¡Vaya pedazo de tetas! ¡Menudo polvo le pegaba! —exclamó nada más llegar junto a nosotros.

Fue entonces cuando se dio cuenta de mi presencia. Se me quedó mirando, mientras yo veía la cara de apuro de Eduardo por su desafortunado comentario y yo, no queriendo problemas y haciendo como si no hubiera escuchado nada, me puse a hablar con él del trabajo e ignorando a sus amigos.

Natalia no tardó en regresar del lavabo, entregándole yo el abrigo y viendo la cara de vergüenza de aquel tío, dándose cuenta de su metedura de pata. Me despedí de mi compañero al momento y, cuando nos íbamos, no me pasó desapercibida la colleja que Eduardo le dio a su amigo, el bocazas, y como los otros dos se reían de él.

Aquel encuentro me había dejado mal sabor de boca. Ni me gustó la actitud grosera de aquel individuo ni mucho menos que Eduardo estuviera presente. Supuse, que al ser alguien conocido, no me daba el mismo morbo que cuando cualquier otro hombre miraba con deseo a mi chica.

Al salir, Natalia propuso ir a un pub a tomar algo y yo, con ganas de pasar un buen rato y, cómo no, alargar aquellos momentos en que podía exhibir a mi chica, acepté encantado. Entramos en un pub de ambiente tranquilo, donde mayoritariamente había parejas y donde podíamos hablar con total tranquilidad. Pedimos unos gin-tonics y nos sentamos en una mesa alta.

—Oye, cielo… ¿al final el lunes vas a llamar para probar con ese trabajo que te ofreció ayer Víctor? —dije acariciando su muslo y buscando sonsacarle algo.

—Tampoco tengo muchas más opciones… ya ves que no me sale nada que me guste y llevo demasiado tiempo sin trabajo. No me gusta estar así —contestó dando un trago a su bebida y observando la gente que nos rodeaba.

—Bueno, también está lo del bar… ¿Ya lo has olvidado o es que no te apetece?

—No lo he olvidado… pero si puede ser preferiría algo más de lo mío. Lo de camarera lo veo más como algo provisional, algo mientras no me sale otra cosa mejor… si lo de Víctor no funciona, pues me planteo seriamente lo de trabajar de camarera… —dijo sin demasiado interés.

—De acuerdo… —asentí, callando, viendo que ella no parecía seguirme el rollo.

Se hicieron unos segundos de silencio que fui yo el que rompí:

—Me encanta verte así vestida, cielo… ¡Estás preciosa! —Volví a la carga—. Estás tan sexy… Ya sabes que me encanta que te miren los demás tíos… ¿Por qué no querías vestirte así ya? —le pregunté.

—No sé, Luis. Puede que sea por lo mal que lo pasé después del verano con lo de Erika y lo del trabajo. No tenía muchos ánimos, pero ahora ya me veo mejor. Salir con Andrea al gimnasio y tal, me ha vuelto a animar. Y además, tengo esperanzas de encontrar un trabajo —dijo, ahora sí, prestándome su atención.

—Me alegro. Me gusta verte así —dije dándole un pico—. ¿Y el gimnasio qué tal? Ya te decía que te vendría bien ir pero, al final, ha sido Andrea la que te ha convencido para ir… —proseguí tratando de averiguar algo sobre Andrea, sobre aquellos dos chicos o sobre aquella cena que tenía al sábado siguiente.

—Ya… a ver, es que ella quería que fuera porque allí trabaja un chico que le gusta… se llama Aitor, lo conocemos de la facultad y trabaja allí de monitor —me explicó.

—¿Y por qué no me lo habías dicho antes? —pregunté sorprendido.

—No sé… no le di mayor importancia, la verdad. Ahora que ha salido el tema, tengo que decirte una cosa…

—Dime, cariño —repliqué.

—Es que, la semana que viene, hay una cena de ex compañeros de universidad y me han invitado. Andrea está muy pesada con que vaya y no sé qué hacer. Es el próximo sábado y tengo que decirle algo cuanto antes, pero, sinceramente, no tengo muchas ganas… por eso no te había comentado nada hasta ahora… es que no veas, entre que dice que no conoce a nadie y no quiere ir sola… Pero me da que lo que quiere es ligarse al Aitor y por eso me necesita… ¿Tú qué opinas? Si no te parece bien, no voy… me busco cualquier excusa y ya está… —dijo mirándome fijamente y vaciando su copa.

—Lo que tú veas, cielo. Ya sabes que por mí no hay ningún problema —respondí conciliador.

—Solo sería cenar e ir luego a tomar una copa, para cumplir y ya está. Vendría pronto y, si tú quieres, puedes salir con tus amigos… ¿qué te parece? —prosiguió.

—No creo. Hace mucho que no salgo con ellos y casi todos tienen pareja, no quiero molestar… yo te espero en casa, por mí no te preocupes… si a ti te apetece, ve y diviértete…

—¿Estás seguro? Es que me sabe mal dejarte así, solo, en casa…

—Que no, que por mí no te sientas mal —contesté, ocurriéndoseme en aquel momento algo con lo que crear un momento morboso entre los dos—. Mira, si quieres compensarme por dejarme esa noche abandonado —dije guiñándole un ojo—, quiero que hagas una cosa por mí, quiero que vayas vestida con la misma ropa que llevas hoy, solo que con otra blusa, una que iremos a comprar y que elegiré yo… ¿Qué dices?

—Miedo me das —dijo divertida y cruzando sus piernas—, pero me parece bien.

—Y otra cosa —añadí provocando que se pusiera nerviosa-, el siguiente fin de semana, quiero que vayamos a pasarlo los dos solos a una casa rural. Desde el verano no hemos salido a ningún sitio y, si hay suerte, igual hasta podemos así celebrar que ya tienes trabajo nuevo…

—Claro, mi amor… —dijo besándome y sorprendida por mi petición—, a mí también me apetece mucho pasar unos días fuera contigo.

Nos tomamos otra copa más y salimos de aquel pub para regresar a casa. Mientras íbamos en el coche, Natalia iba manteniendo una conversación por whatsapp con alguien.

—Es Andrea —me aclaró viendo mi mirada curiosa—, no ha salido esta noche… dice que está cansada… No me extraña, creo que anoche se fue de copas con Víctor…

—¿No me digas? Jajaja… ¿quiso emborracharlo para venderle el seguro? Con la labia que tiene, igual hasta fue capaz de conseguirlo… —Ya que ella había sacado el tema, quería aprovechar para ver si me contaba algo de lo sucedido entre ellos dos.

—No creo… jajaja… pero, conociéndola, es capaz hasta de haberse acostado con él…

—¡No jodas! ¿En serio lo crees? Por Víctor no será, que ya viste lo atrevido y lanzado que es…

—A ver, tampoco lo creo… —dijo sin querer aclarar nada-, ella ahora va detrás de Aitor…

—¿Y eso que tiene que ver? —repliqué yo—, ahora mismo no está con él ¿no?, así que es libre de hacer lo que quiera…

—Bueno… sí… pero en cierta manera también es como engañarle ¿no?

—Pues yo no lo veo así —dije con rotundidad—. Primero, que no están juntos y, segundo, aunque lo estuvieran, si a los dos les parece bien ¿qué hay de malo en ello?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Natalia extrañada.

—Pues que, por ejemplo, si ellos dos estuvieran juntos y Andrea tuviera unas ganas locas de follar con Víctor, cosa normal viendo lo que tiene ahí abajo, y a Aitor no le importara o, es más, quisiera unirse a ellos, yo no veo donde está el problema… —dije lanzando la pulla para ver cuál era la reacción de Natalia.

—¿Lo dices en serio? —me cortó mirándome de forma rara-. ¿Te refieres a un trío?

—O no. No sé, hablo en general… luego cada uno tiene sus gustos… algunos preferirán mirar y otros, tener libertad total para disfrutar sin sus parejas…

—Bufff… pues yo sería incapaz de algo así… —Fue su respuesta—. No me veo acostándome con otro hombre delante de ti, seria súper incomodo… y solo de imaginar que otra te ponga la mano encima… bufff… no quiero ni pensarlo…

No dije nada más. Su respuesta fue como un mazazo para mí. De nuevo vinieron a mi mente las palabras que su prima me dijo aquella fatídica noche: “Natalia te va a poner los cuernos… pero nunca lo compartirá contigo… lo hará a tus espaldas y luego se hará la modosita para que nunca sospeches…”

¿Y si tenía razón? ¿Y si Natalia nunca iba a estar dispuesta a algo así? ¿Y si lo único que quería era disfrutar a mis espaldas y aparentar ante mí que nada pasaba, que todo seguía igual? ¿Podría yo vivir así, de esa manera, sumido en un constante mar de dudas sobre dónde y con quién podía estar ella? No lo creía.

El resto del camino lo hicimos en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Cuando llegamos a casa, ya subidos en el ascensor, noté como Natalia se pegaba a mí y su mano se posaba sobre mi entrepierna.

—Si tanto te interesa, el lunes le puedo preguntar a Andrea si se acostó con Víctor o no … pero esta noche, quiero que el que me folles seas tú… —dijo con voz sensual y apartando todos mis miedos y preocupaciones de un plumazo.

Nos besamos con pasión desatada a medida que avanzábamos por el pasillo camino del dormitorio. Natalia, no sabía si por el alcohol o por la mención del polvo entre su amiga y Víctor, pero estaba excitadísima. Caímos los dos sobre la cama, luchando el uno contra el otro hasta que, al final, ella salió vencedora de nuestro particular duelo.

Sentada sobre mí y mirándome con una expresión que daba miedo, empezó a mover su cuerpo de forma que nuestros sexos se rozaban de forma continua, mientras ella abría su blusa y dejaba al descubierto sus pechos, apenas contenidos por aquel sujetador que unas horas antes yo mismo la había ayudado a colocarle.

Se inclinó para besarnos de nuevo y aprovechó para refregar sus voluminosos pechos por mi torso y mi rostro, enardeciéndome más, si eso era posible. Ante mis intentos de tocarla, ella sujetó mis manos a ambos lados de mi cuerpo, quedando completamente a su merced.

Ella siguió moviéndose como si me follara a la vez que no dejaba de pasar sus pechos delante de mi rostro donde, desesperado, intentaba alcanzarlos con mis labios para devorarlos, para hacerlos míos. Nunca había visto así a Natalia, pero me encantaba, y estaba dispuesto a aguantar lo que fuera para ver hasta dónde era capaz de llegar.

En mi entrepierna, era más que evidente el bulto de mi miembro ya totalmente erecto y cuyo encierro empezaba a suponerme un ligero dolor y malestar, pero perfectamente asumible. Casi podía notar, a pesar de las medias y el tanga, la humedad y el calor que el pubis de mi chica desprendía, puro fuego esa noche.

—Quiero que te estés quieto y no hagas ni digas nada —dijo Natalia parando súbitamente sus movimientos oscilatorios—, ¿lo harás?

Yo afirmé con mi cabeza, incapaz de articular palabra. Ella me besó lascivamente antes de liberar mis manos que, cumpliendo mi palabra, dejé inertes donde estaban. Natalia llevó sus manos a su espalda y su sujetador salió expelido, liberando sus grandes senos que cayeron y rebotaron hasta recuperar su posición natural mientras yo miraba absorto aquel par de bellezas que nunca me cansaría de admirar.

Se movió ligeramente y noté como desabrochaba mi cinturón, los botones del pantalón para, enseguida, notar como tiraba de ellos hacía abajo, arrastrando con ellos la última prenda que ocultaba mi terrible erección, que saltó como un resorte al verse libre, exhalando yo un gemido de puro alivio al hacerlo.

Observé a mi chica, queriendo ver como acababa de desnudarse pero, para mi completa sorpresa, no lo hizo. Arriba, dejó la blusa abierta, pudiendo ver como bailaban sus tetazas libremente con sus movimientos. Y abajo, arremangó la falda hasta su cintura, vi con estupefacción como rasgaba las medias para luego apartar el tanga hacia un lado antes de colocarse de nuevo sobre mí, con la clara intención de empalarse sobre mi dura verga .

Ella misma sujetó la dura carne para dirigirla a su ardiente coño, dejándose caer lentamente, mientras yo hacía lo imposible para mantener mi promesa. No estaba seguro si iba a ser capaz de cumplirla, si iba a ser capaz de no ponerle la mano encima.

Natalia, ansiosa, se dejó caer de golpe cuando aún faltaba la mitad por entrar, gritando de placer al sentirse llena y yo de éxtasis al sentir su canal estrecho, húmedo y ardiente. No me podía creer lo que estaba viviendo. Enseguida empezó a moverse, subiendo y bajando de forma lenta, mientras llevaba sus manos a sus pechos, apartando así a un lado la blusa y dejándolas plenamente a mi vista.

No tardó en arreciar su sube y baja, botando cada vez con mayor energía sobre mi cuerpo entregado, viendo alucinado como Natalia me cabalgaba de una forma jamás vista, semi vestida, estrujando sus grandes pechos y tironeando sus durísimos pezones, con su cabeza dejada caer hacia atrás, con sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos gimiendo sin cesar.

Y entonces, como en un flash, comprendí lo que estaba sucediendo. Horas antes, ella se había masturbado en aquella cama mirando aquella foto de Víctor que Andrea le había enviado, foto en la que aparecía él desnudo, erecto y tumbado en la cama. Y ahora, el que estaba tumbado en la cama, con la polla dura como nunca, era yo. Natalia me estaba utilizando para fantasear con Víctor.

Quizás por eso me había rogado que no la tocara, que no la hablara, para que no le recordara con mis manos y mi voz que yo no era Víctor sino Luis. Bastante tenía con notar la diferencia de tamaño de nuestros miembros que, aunque el mío era de tamaño medio, era claramente inferior al pollón de Víctor.

Me excité. En lugar de sentirme molesto o enfadado porque mi chica me estuviera usando como una especie de consolador humano, sentí como un subidón de excitación al saber, por si aún tenía alguna duda, que Natalia deseaba aquella polla, que la deseaba tanto como para estar utilizándome de aquella manera, cabalgándome mientras recreaba que lo hacía sobre el pollón de Víctor.

Aquello suponía dar un paso más, avanzar en el camino para verla, por fin, ensartada en el miembro de Víctor. Y con él, iba a ser todo diferente, eso lo tenía seguro. Estaba convencido que él haría todo lo posible para que pudiera verlo, para que pudiera disfrutarlo y, como era mi deseo, poder compartirlo.

Saber aquello, aparte del aumento de mi libido, también hizo aumentar mi fuerza de voluntad. Si antes creía imposible poder abstenerme de tocarla, ahora era mi obligación, mi deber, no hacerlo. Ella estaba follando con Víctor, no conmigo. De la misma forma, con controlar mi estallido de placer. Ya había visto cómo se las gastaba Víctor y, aunque Natalia aún no lo sabía o eso creía yo, hice lo imposible por retardar mi eyaculación. Víctor no era de los que dejaban a una chica insatisfecha.

Natalia ya botaba de forma desbocada sobre mí, enajenada completamente, tironeando furiosamente de sus pezones mientras, con los ojos cerrados imaginando estar encima de Víctor y no de mí, se mordía su labio de forma casi violenta, no sabiendo si por ahogar sus gemidos o para evitar que de ellos pudiera escaparse su nombre. Estuve tentado de decirle que no me importaba que lo hiciera, que gritara a los cuatro vientos su nombre mientras me follaba, pero había sido romper mi promesa y, sobre todo, el embrujo en el que estábamos inmersos.

No sé el rato que duró aquel dulce martirio pero, con aquel ritmo, era imposible que aquello durara eternamente y Natalia, mordiéndose el labio ahora hasta hacerse sangre, se corrió de una forma brutal, agitándose sobre mi cuerpo como no recordaba haberla visto nunca, sintiendo sobre mi miembro las convulsiones de su coño, viendo como su cuerpo se arqueaba, sus tetas se removían de forma incontrolada y su rostro… su rostro era el pleno reflejo del placer que la recorría por dentro.

E, incompresiblemente, lo logré, conseguí no correrme pese al espectáculo que Natalia acababa de ofrecerme. Ella, tras unos largos segundos de aturdimiento, de recuperarse, de ser consciente de lo que acababa de hacer, se levantó sin decir nada y se metió en el baño. Otra vez no, pensé. Otra vez queriendo negar lo ocurrido. Cada vez que creía que daba un paso adelante, a ella le entraban los remordimientos, las dudas o lo que fuera, y volvíamos al punto de partida.

Resignado, me acabé de desnudar y entonces empecé a masturbarme buscando consolarme mientras rememoraba lo que acababa de ocurrir.

—¿Qué haces? —la voz de Natalia me sorprendió, haciéndome detener mi paja y que abriera mis ojos para mirarla.

Estaba en la puerta del baño, completamente desnuda y me miraba entre nerviosa y divertida.

—No me he corrido… —dije excusándome.

—Lo sé… —dijo viniendo rauda hacia la cama—, anda, déjame a mí…

Aparté la mano al instante mientras la veía subirse a la cama, gatear sobre ella hasta llegar a mi lado y coger mi polla que empezó a masturbar como ella sabía muy bien hacer. Se me volvió a endurecer enseguida con sus caricias, viéndola allí, desnuda, con sus enormes pechos colgando y oscilando de forma sugestiva.

—Hazme el amor… —dijo deteniendo la paja y tumbándose sobre la cama a mi lado, boca arriba y abriendo sus piernas para que me colara entre ellas.

Hazme el amor. Eso era lo que ella necesitaba o lo que quería en ese momento. Antes, había sido Víctor el que la había follado. Ahora, era Luis el que le iba a hacer el amor. Me pareció hasta lógico. Sin dudar, me coloqué entre sus piernas y la penetré. Seguía húmeda y entró sin dificultad. La penetré con pausa mientras nuestras bocas se fundían en un beso interminable y mis manos recorrían con suavidad y ternura sus pechos.

Ahora, libre de la presión de ser Víctor, no tardé en correrme. Natalia, saciada por el polvazo anterior, fingió que lo hacía.

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