ROSA LIÑARES

Era lunes y, aunque para la mayoría de los mortales era el peor día de la semana, para
ella era un día feliz. Desde hacía ya unas semanas salía de casa más temprano que de
costumbre para tomar café en una preciosa cafetería que había descubierto de camino al
trabajo. Porque allí estaba el motivo de sus madrugones. El hombre que, sin saberlo, le
tenía robado el corazón. Cada día, de lunes a viernes, suspiraba ante él.
Ella se sentaba siempre en la barra. Y allí, estratégicamente sentada, podía observarlo
sin que fuese evidente. Él se sentaba siempre en la mesa del fondo. Absorto entre libros
y libretas. Tomaba té y tostada, aunque la mayoría de las veces la dejaba sin acabar
porque salía apurado. A veces leía, a veces escribía. Siempre la vista fija en los papales.
Así era fácil mirarle sin que se diese cuenta. Se sentía como una espía en plena misión.
Según le había comentado el camarero, trabajaba como profesor en la academia que
había a la vuelta de la esquina. Ella se rio pensando en los estereotipos. Si separase los
libros y las libretas de su imagen, no parecería un profesor. Al menos no como los que
ella había conocido.
Aquel lunes salió más apurado de lo normal. Al pasar a su lado, de camino a la puerta,
sus chaquetas se rozaron. Ella sintió su perfume más intenso que nunca. Cerró los ojos y
se dejó llevar por la imaginación. Al abrirlos, miró hacia la mesa que había dejado vacía
y entonces se dio cuenta de que se había dejado una libreta.
-Ese hombre se ha dejado una libreta sobre la mesa- le dijo al camarero.
-Es Pedro, el profesor. Cuando se dé cuenta volverá a buscarla.
Pero ella, como movida por un resorte, saltó del taburete, cogió el cuaderno rápidamente
y se dirigió a la salida. Él ya había cruzado. Ella gritó su nombre levantando la mano
con la librete en alto, al tiempo que cruzaba también. Él se giró en el momento justo
que el coche impactaba sobre la cadera de la mujer. En cuestión de segundos, el caos.
La gente comenzó a arremolinarse sobre el cuerpo de la mujer que acababa de ser
atropellada. Una zapatilla deportiva había saltado por los aires y permanecía sobre el
capó abollado. En la mano sostenía todavía una libreta de tapas verdes con un título
escrito a mano, pero que no se leía completo. Ponía «Cartas a una desconocida». Pero
una pequeña mancha sanguinolenta había tapado parte del texto y solo se leía «Cartas a
una _____ida»…
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2 comentarios sobre “Cartas del destino

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