Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Otro personaje que interesa tener en cuenta, por su influencia en este contorno, es el sacerdote.

Yo tenía alguna idea sobre esta figura ya legendaria en nuestra cultura, pero me temo que mi información no corresponde a las vivencias de estas gentes. En mis estudios aprendí que el sacerdote era una persona segregada, solitaria y autoritaria. Un cacique espiritual que mantenía su poder atemorizando a la gente con amenazas de una vida eterna en medio de tremendos tormentos y calamidades si no cumplían. Se creía poseedor absoluto de la verdad y por ello actuaba con una autosuficiencia que más que convencer inspiraba un temor reverente. Engañaba a sus súbditos con supuestos poderes mágicos prometiéndoles la inmortalidad y la felicidad eterna si le eran fieles, manteniéndole económicamente y sirviéndole sin condiciones, sometiéndolos de una manera abusiva, servil y dictatorial.

Pero no me encaja toda esta información con la personalidad de Juan.

Es íntimo amigo de Andrés, y juntos comparten el liderazgo de este colectivo social. Es un hombre que se ha ganado el cariño de todos y tiene entre ellos una autoridad moral que nadie discute, pero parece ser que no es en absoluto ni impositivo ni dominante, sino todo lo contrario, convence por su entrega y coherencia de vida.

Como toda esta gente, es tan atento y amable con el forastero, que no ha tardado en invitarme a pasar un rato de charla en su casa. Y yo, que me moría de curiosidad por conversar con él, le he tomado la palabra y hemos quedado en que esta misma tarde pasaría por allí para tomar el té.

Al llegar, él mismo me abrió la puerta pues la señora que le atiende había ido a visitar a unos parientes.

—Josefa suele salir todas las tardes a dar un paseo o a hacer alguna visita —me comenta mientras nos dirigimos a su despacho—, y yo, si no hay una causa muy justificada, no me gusta alterar sus planes. Así que discúlpame por estar sólo. Ponte cómoda mientras preparo algo para tomar. ¿Qué prefieres té o café?

 —Té, por favor.

Mientras esperaba, me dediqué a dar una vuelta por la habitación examinando cuanto me rodeaba.

La casa es más o menos como la mía —toda esta vecindad es del mismo estilo puesto que pertenecen a un mismo proyecto de construcción—, por eso no me costaba adivinar el resto de la vivienda. El despacho está situado en la parte este, a continuación del salón-comedor, con su ventanal que nos muestra el bello panorama marítimo. Esta habitación está decorada con clásica seriedad. Enfrente de la puerta hay una mesa de madera de nogal, totalmente despejada, a su derecha un suplemento con el ordenador y la impresora —supongo que Juan había estado trabajando mientras me esperaba, pues aún seguían encendidos— y a la izquierda otra mesita con el teléfono y el fax; detrás de la mesa de despacho, hay un cómodo sillón de oficina quedando a su espalda la ventana por la que podía disfrutar en aquel momento de un claro atardecer de septiembre, maravillándome ante los colores del mar y el firmamento rojizo. El resto de los muebles estaba formado por un tresillo tapizado de cuero y una mesita alargada de té; todas las paredes están cubiertas por una hermosa biblioteca llena de libros, ediciones modernas y otras antiguas encuadernadas en piel.

Se notaba que era una biblioteca usada pues había muchos volúmenes marcados entre sus páginas con cartulinas de distintos colores, en las que se habían escrito algunas notas y subrayados. Me pregunto de dónde sacará tiempo para dedicarse a tan concienzudo trabajo, cuando me consta que era un hombre dedicado mucho a la gente de la vecindad.

En pocos minutos apareció con una bandeja plateada, en la que traía un servicio de té para dos y unas pastas variadas.

Nos sentamos en el tresillo y mientras me servía comentábamos sobre el calor tan inusual en esta época del año.

—¿Es siempre en septiembre el tener un calor tan alto?

—Bueno, parece que este año se está retrasando mucho el otoño. Supongo que vendrás preparada para los fríos de invierno, ¿verdad?

—Eso creo. También en mi país yo tengo temperatura fría.

Con estas y otras preliminares informaciones, la conversación pronto se centró en este proyecto social que llevan en el barrio, donde él y Andrés están implicados desde hace unos 14 años.

—¿Estabas muy joven cuando empezáis todo esto?

—Pues sí. Yo estaba aún terminando mis estudios cuando un día Andrés me habló de sus inquietudes y planes. Yo me entusiasmé con la idea y juntos soñamos en hacer algo interesante. Ya sabes, los ideales de la juventud, que parece que somos los llamados a transformar el mundo. Desde entonces, comencé a frecuentar este barrio aun antes de ordenarme sacerdote. Aquí empecé mi experiencia profesional antes de estar ejerciendo oficialmente. Ya ves, lo que empezó como una idea bonita hoy es una realidad que llena de pleno nuestras vidas.

—¿Has hecho trabajo en otros lugares?

—Sí. Empecé oficialmente trabajando como coadjutor en una parroquia de un pueblecito de la provincia, pero como ya estaba muy cogido por todo esto, en cuanto pude pedí el traslado y ya llevo diez años entre esta buena gente.

—Y entonces. ¿Andrés empezó antes que tú?

—La verdad es que él contó conmigo desde el principio, como amigo y colega siempre nos hemos entendido, aunque físicamente no me encontrara aquí, él me contaba y consultaba todo y yo procuraba hacer alguna que otra escapada para echarle personalmente una mano.

—Y ¿cuál es los planes de vosotros de trabajar con la gente?

 —Bueno, para que lo entiendas desde tu propio modo de ver las cosas, digamos que nuestra filosofía es anunciar un cambio de vida, para aquellos que buscan la auténtica felicidad.

—¿La auténtica felicidad? ¿Quieres explicar más?

—Mira, la esperanza de una felicidad eterna no es algo que convence a todo el mundo, pero sí la búsqueda de una vida mejor en el aquí y ahora, por eso creemos que hay que lucha por conseguir mejorar nuestra realidad cotidiana, sabiendo que la felicidad autentica va más allá de la vida, pero no podemos esperar que aquella llegue pasivamente ni con resignación estoica. No es algo que se realizará en un después lejano, en un luego más allá de este paso por la vida terrena. Es un después que tiene sus comienzos ya. Estamos experimentando sus primeros brotes aquí y ahora, por eso los que hemos descubierto esta verdad y nos hemos apuntado a este programa de vida, podemos, después de varios años de experiencia, proclamar que es una realidad, que con nuestro programa existencial somos felices ya; aunque con las limitaciones por nuestra corporalidad, vivimos la ilusión y la esperanza de una felicidad para toda la eternidad.

—¿Tú crees así? … El sentido este de la vida ser nuevo para mí.

—¿Acaso no sientes en lo más sincero de tu interior que has nacido para ser feliz? ¿No estás más contenta cuando haces el bien, cuando ayudas a los demás, cuando todo a tu alrededor es armónico?

—Bueno, pero creo que hablamos distinto significado del mismo vocabulario. No lo veo tan fácil.

—Por supuesto que no es fácil, pero ¿qué es para ti la felicidad?

 —-Pues… No sé si es la manera que estás diciendo.

—Ser feliz es ver satisfechas todas tus necesidades. TODAS. Quiero decir desde las más elementales a las más profundas. Y esto no se consigue si no se vive rodeado de justicia, equidad y solidaridad valores que se conquistan con el auténtico amor. Porque el hombre no se puede realizar solo, por tanto, no conseguirá la felicidad mientras no tome conciencia de sus niveles colectivos y no se ocupe de ir construyendo una sociedad de gente feliz. Nuestro mundo necesita de personas comprometidas con el bienestar de todos los ciudadanos. El primer paso por dar es ser consciente de la dignidad y los derechos de cada persona, empeñarnos en que cada uno pueda disfrutar dignamente de su vida, ser respetado en su originalidad y saberse libre para escoger y decidir su propio destino ayudando y respetando a los que caminan junto a él a la vez que se sabe ayudado y respetado por sus semejantes.

—-Si, ya sé, eso que se lee por ahí de que todos somos iguales y todos somos únicos.

—Algo así. Todos tenemos derecho a ser respetado en nuestra singularidad y a la vez somos conscientes de que formamos la gran familia de la humanidad, y en una familia todos son dignos de ser amados, ayudados y comprendidos.

—Esto suena muy bonito, pero es todo muy nuevo. Yo no pensar así.

—Ya, pero ten en cuenta que no estoy hablando de algo original, es elementalmente humano. La sociedad actual necesita recuperar este valor tan esencial para saber convivir. Por eso nos hemos propuesto empezar por los más cercanos, intentamos ir creando pequeños grupos donde todos nos ayudemos a ir descubriendo la trascendencia de los valores humanos y a hacerlos vida en nosotros para poder entender y ayudar al que convive conmigo. Aquí tratamos de sentir con los otros los problemas, las inquietudes, las necesidades y las alegrías de cada uno, sabiendo que todo tiene una repercusión colectiva, porque nos hacemos solidarios y el compartir libremente fortalece nuestro desarrollo personal. Este es el secreto de nuestra felicidad.

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