SILVIA ZALER

El derrumbe

Mi marido llegó de su fin de semana, el domingo. Nuestros hijos ya estaban en casa y antes de meterlos en la cama, nos contaron sus aventuras y experiencias en la casa de sus amigos. Para ellos, había sido un fin de semana emocionante. Para sus padres, dos días, también de disfrute, pero de otro tipo. Por un momento me vi muy extraña a lo que estaba sucediendo.

Y entonces, una semana más tarde, sucedió. Fue como un trueno lejano que anuncia la tormenta. Yo, en un intento, quizá estúpido o absurdo de que aquel enfado no llegara a más, le hice aquella caricia en el brazo.

Él no solo no me respondió a eso, sino que como ya he contado, el acantilado se nos abrió en nuestros pies con aquella frase:

—Yo al menos, no doy el cante. —Reconoció con total y absoluta tranquilidad, desarmándome—. Tú, en cambio, sí. La próxima vez que te folles a alguien en casa, procura recoger y tirar los condones… pero no a la basura, que alguien los puede ver.

Y cuando fui a responder, tartamudeando y con una nula capacidad de contestar a aquello, volvió a tumbarme en la lona.

—No intentes mentirme más. No soy idiota. Ten un mínimo de decencia, Elsa.

Nos miramos los dos durante un largo silencio. Yo, seguramente, lívida y azorada. Él, a pesar de reconocer su infidelidad, triunfador. Vi en sus ojos un brillo de venganza, de haberme devuelto mi traición.

—Yo no soy peor que tú… —acerté a decir tras respirar y calmarme un poco.

Mi marido comenzó una sonrisa muy lenta. Sarcástica o de desafío.

—Tú te has ido a nuestra casa de Jávea a tirarte a tu rubia. ¿O te crees que soy tonta?

No sabía si el camino que elegí en la disputa iba a darme algún tipo de ventaja. Lo más normal sería que ninguna. Y, sobe todo, pensaba, si él conocía que mis folladas se remontaban a mucho tiempo atrás. O incluso mis escarceos con la coca y la hierba. Me detuve. Era un terreno peligroso.

—No, tonta, no eres. Y no sé si soy mejor o peor que tú. Pero sí sé que me llevas engañando un tiempo. Yo, en cambio, no. Esa es una pequeña diferencia entre tú y yo.

En ese momento estaban emitiendo por la televisión del salón el inicio del confinamiento en nuestros domicilios, pero ninguno prestamos la más mínima atención a aquello.

—¿Y quién me dice que no llevas tiempo con esa rubia? ¿Tú? No me jodas… Desde Navidades, querido. Incluso es posible que un poco antes.

Mi marido volvió a colocar a sonrisa que mezclaba el rencor y un punto de maldad.

—Vale. Tú, en cambio, no creo que puedas decir eso mismo. Lo tuyo viene de más atrás

—Lo mío ha sido lo mismo que lo tuyo.

—Elsa, te repito que no soy gilipollas. Dudo que sea así. Si me dices que lo tuyo ha ido una cana al aire, no te creeré.

—¿Y lo tuyo sí lo ha sido? Una cana al aire de tres o cuatro meses, entiendo, ¿no?

—No voy a discutir contigo. Pero te puedes ir a la mierda. Desde este preciso momento.

Y dándose la vuelta, se fue a nuestro dormitorio que cerró con pestillo. Mi matrimonio, se había roto.

Me fui al jardín y pensé. Pensé en mis hijos, en mi marido y en mí. En mis infidelidades. A la cantidad de hombres con los que había follado en ese tiempo y a mis locuras y colocones.

Y, entonces, mirando al cielo, me di cuenta de que no podía esperar otra cosa…

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