JUAN LUIS HENARES

Despierto alarmado, sin comprender lo que sucede estiro mi brazo y logro encender el velador. Mi mujer —como siempre— duerme, es indudable que no ha percibido nada. Agudizo mis sentidos y lo escucho de nuevo: es un sonido desconocido, podría decir inhumano, que proviene de la parte trasera de la casa. Pego un ágil salto y corro por el pasillo hacia el dormitorio de mi hija, ubicado frente al baño. El aterrador alarido se percibe con más fuerza. Entretanto me acerco —asustado— recuerdo que en estas noches calurosas ella suele abrir la persiana para que entre la suave brisa de verano. De un puntapié empujo la puerta entreabierta, con la mano golpeo el interruptor de la luz y la habitación se ilumina súbitamente. La niña se sobresalta, me contempla entredormida y noto el terror en sus ojos; se esconde debajo de las sábanas. Mientras la observo, escucho ese aullido producido por un ser de otro mundo. Está detrás mío, creo que oculto tras el sillón junto a la ventana; doy media vuelta y me lanzo sobre él.

Pero él no existe: es Ludmila, nuestra gata siamesa, que ha tenido una horrible pesadilla.

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