GABRIEL B

Capítulo 8

Empezar desde menos mil

— Qué te pasa —preguntó Macarena.

Me estaba masturbando, pero mi verga seguía fláccida. Desde hacía días que venía con ese problema.

— Dejalo tranquilo, sabés que anda nervioso desde que arregló para verse con su ex —dijo el Negro Rivera quien observaba la escena desde un rincón de la habitación.

Aún no me acostumbraba a que alguien me mire coger, pero ese era el trato, él me entregaba a su amante con la condición de poder ver la situación. Todavía me da risa cuando recuerdo que el Negro me contó que realizaba estas prácticas. No sólo dejaba que extraños copulen con ella, sino que se quedaba mirando detalle a detalle sin hacer nada.

— ¿La vas a ver hoy? —preguntó Macarena, todavía masturbándome. La pija, apenas hinchada, estaba cerca de sus labios finos. Su rostro lleno de pecas, a sus ahora veintiún años, aún se veía algo aniñado. Su alto cuerpo de modelo estaba completamente desnudo, sobre la cama.

— Nos vamos a ver mañana —dije, y agarré la muñeca tenaz de Macarena, para que dejara de intentar darme una erección, pues era en vano.

Había pensado que un poco de sexo calmaría mi nerviosismo y mi estrés. Necesitaba estar relajado para poder dormir por la noche.

Estaba en el departamento en donde se había mudado hacía unos meses El Negro Rivera.

— Mejor los dejo —dije.

— No seas boludo —dijo Macarena—. Si te quedás solo, vas a estar haciéndote la cabeza toda la noche.

— Dejalo que haga lo que le parezca —dijo mi amigo.

Me vestí y me fui.

Caminar las quince cuadras que había que hacer hasta llegar a mi casa fue duro. “Mi casa”, pensaba yo, “mi única casa era aquella en donde vivía con Alexia, mi hogar era ahí donde estuviera ella”. Fue peor cuando llegué a la pequeña propiedad que estaba alquilando. La soledad se sintió más pesada que nunca entre esas paredes.

Tres años. Eso es lo que había transcurrido desde nuestra separación. En el medio hubo muchos intentos infructuosos de reconquistarla. Intentos pobres. Más de una vez aparecí en la empresa donde trabaja y muchas otras en la que era nuestra casa. Sólo desistí cuando amenazó con ponerme una orden de restricción perimetral.

El divorcio tomó un año, porque yo me resistía a ello. Nuestra unión legal era lo último que nos quedaba. Si me quitaba eso, ya no tenía nada. Pero finalmente, en un momento de generosidad, pensando en la felicidad de ella, acepté reunirme para firmar los papeles. Ahí estábamos, rodeados de abogados con trajes pulcros, y de documentos de los que no entendíamos mucho. No me molesté en pelear por la casa. Que se la quede ella, pensaba. Sería uno de las tantas consecuencias de mi estupidez.

Se hacía de noche y el sueño ni siquiera amagaba a aparecer. Recordé a Sofía. Nunca supe, y seguramente nunca sabría, qué pasaba por la cabeza de esa chica. Hasta dónde hubiese llegado si yo no cortaba su juego con mi confesión. Una mujer hermosa, una morocha de ensueño, que además era más inteligente que la mayoría de las personas que conocía, corrompida por la locura.

Era paciente psiquiátrica. Había tenido muchas relaciones tóxicas. Cuando mandé a realizar una investigación sobre ella, me había encontrado con eso. Todas sus ex parejas habían sido denunciadas por violencia de género, aparentemente injustamente, pues era demasiado raro que todos la maltrataran. Sin embargo, con uno de ellos realmente había tenido una relación abusiva.

Supuse que su odio no era realmente hacia Alexia, como había imaginado tantas veces. Más bien odiaba a los hombres. Quien sabe qué le había pasado en su vida. En todo caso, no me correspondía a mí pagar las consecuencias.

Me había escrito varias veces. Aun cuando la bloqueé de todas las redes sociales, consiguió de alguna manera mi email y me enviaba mensajes desde diferentes cuentas. En general decían que yo era un estúpido, que ella no pensaba decirle nada a Alexia, que sólo le gustaba el morbo que le generaba esa situación. Otras tantas veces intentó un nuevo reencuentro. Sólo en algunas ocasiones le respondí con un escueto y contundente no. Luego ya ni siquiera leía sus correos.

Tengo que reconocer que durante mucho tiempo temí que apareciera en mi casa o peor aún, en mi estudio, a armar un escándalo. Tuve que contarle a mi empleado parte de la historia. Le mostré la foto de Sofía, para que la reconociera si la veía, y le ordené que si se aparecía en la oficina, por nada del mundo la dejara pasar, y que llamara a la policía inmediatamente. Quizás era algo exagerado, pero no tenía idea de con qué podía salir Sofía. Incluso hasta temí recibir una denuncia, así como lo había hecho con sus ex parejas.

De a poco, quedó en el pasado. Nunca me arrepentiría tanto de dejarme llevar por mis instintos, de actuar como un animal en lugar de pensar como una persona.

Como era de esperarse, cuando comenzaba a amanecer, no había pegado un ojo.

Tres años, pensaba soñoliento. En ese lapso, entre otras cosas, atravesé la treintena. Probablemente no haya nada en la vida más implacable que el tiempo. El rencor de Alexia quizás era igual de implacable, o al menos durante un tiempo lo fue. Ahora, al menos, había aceptado verme en nuestra vieja casa.

Me di una larga ducha, esperando que me ayude a desperezarme. Tenía unas ojeras vistosas. Me puse la mejor ropa que tenía: Un traje que me había comprado en Nápoles, en un intempestivo viaje en el que intenté alejarme lo más posible de mi miseria.

Durante cierto tiempo, en especial durante el año previo a nuestro divorcio, habíamos tenido muchas idas y vueltas a través de mensajes. Alexia no perdía la oportunidad de echarme en cara lo de Sofía, y cómo había arruinado nuestro matrimonio, producto de una desconfianza injustificada. Yo trataba, en vano, de refutar que mi recelo no era del todo injustificado, tal vez exagerado, pero nada más.

Una de las cosas que más me hacían la cabeza, era saber si salía con alguien. ¿Cuánto tiempo estaría mi mujer hasta que cogiera con otro hombre? Claro, ya no era mi mujer, pequeño detalle. Éticamente hablando, no podría reprocharle nada.

En general me contestaba con evasivas. Hasta que un día llegó el baldazo de agua fría: “Me estoy viendo con Mauri”, me había escrito en una ocasión.

Mauri, mi amigo, el petiso de ojos claros, el metrosexual de gusto exquisito, el de las fiestas, el del imponente chalet, el hombre exitoso. Mauri, mi Judas.

En un ataque de macho violento, fui a buscarlo a su casa. ¿Desde cuándo? Era la pregunta que me obsesionaba.  Poco más de tres meses habían pasado apenas de nuestra separación. ¡Entonces mis sospechas no eran tan erradas después de todo! Eso debió iniciar mucho antes.

Alexia se negaba a dar detalles, así que fui a verlo a él.

Debo decir que estaba tan indignado como furioso. Mi idea era agarrarlo del cuello y partirle la cara. Pero la actitud pacífica de Mauricio me desarmó.

— Está destrozada Carlos —me dijo, con los ojos vidriosos—, sólo me necesita para que la sostenga hasta que pueda volver a caminar sola. No le podía decir que no.

Y hasta ahí había llegado el feroz duelo que me había armado en la cabeza.

Luego recordé los ojillos brillosos de Mauricio cuando, en aquella fiesta, ya tan lejana, había saludado a Alexia, besando su mano.

— Siempre la amaste ¿No? —le pregunté, mientras se acomodaba la camisa, que hasta hacía unos minutos estaba impecablemente planchada.

— Era mi amor platónico en la universidad, pero nunca me había animado a imaginar que me podía dar bola.

— ¿No te acostaste con ella en aquella época?

— No… Los rumores sobre Alexia son exagerados Carlos. Además, todos tuvimos nuestras historias de más jóvenes ¿No?

Conversamos de los viejos tiempos un rato. Antes de irme, lo obligué a que me prometiera que la iba a cuidar.

Como era de esperarse de una relación sustentada en el despecho y la nostalgia, no duraron más que un par de meses juntos. Fue el propio Mauri quien me advirtió que Alexia estaba en una etapa difícil. Había empezado a tomar demasiado alcohol, y a verse con hombres que apenas conocía.

Intenté comunicarme con ella muchas veces, y cuando por fin me atendió, fue para hacerme escuchar los gemidos que algún desconocido la hacían largar mientras hablaba conmigo.

Me sentí completamente humillado. Sin embargo, el hecho de que se molestara en hacerme pasar ese mal rato, significaba que todavía era muy importante para ella. Tal vez necesitaba desahogarse, pagarme con la misma moneda, para luego poder perdonarme. Alimenté esa tenue esperanza durante algunas semanas, en vano, claro está.

Fui a verla, varias veces, sólo para encontrarme con una casa cerrada, con nuevas cerraduras que me hacían imposible entrar. Fue en esa época cuando me amenazó con solicitar una perimetral en mi contra. Alexia estaba resuelta a mantenerme alejado.

El barrio estaba mucho más transitado de lo que debería. Hacía casi medio año que la pandemia del Covid19 había llegado a la Argentina. Algunas restricciones se habían levantado, pero se suponía que no debía haber tantas personas juntas, y que sólo podían desplazarse por la ruta quienes pertenecían a la categoría de trabajadores esenciales.

Por mí mejor, después de todo, yo tampoco lo era. Tenía preparado unos cuantos billetes por si me paraba la policía pidiendo una autorización de la que carecía. De todas formas, los controles más importantes eran en la entrada de Capital y de otros barrios importantes. Esperaba no tener que lidiar con la embarazosa tarea de tener que sobornar a un policía. Pensar en esas banalidades me despejó la mente por un momento. La casa de Alexia, mi casa, quedaba a media hora en auto. Me metí por calles secundarias, aumentando así las probabilidades de que nadie me detenga.

Le envié un mensaje, diciéndole que ya estaba cerca. Temí, por un atroz instante, que se echara para atrás y me dijera que no quería verme. Con lo que me había costado convencerla.

Sin embargo sólo se limitó a dejar el mensaje en visto.

Toqué el timbre. Alexia se veía seria y triste, y aun así era la chica más linda del mundo, como siempre lo había sido. Hice un lento movimiento para abrazarla, con temor a que me rechazara. Sin embargo no lo hizo, aunque tampoco retribuyó a mi abrazo, sólo se quedó parada en el umbral de la puerta, mientras yo la envolvía con mis brazos.

— Lamento mucho lo de tu papá —le dije, pues el hombre había sido incinerado hacía pocos días, debido a que fue diagnosticado con Covid positivo, y su edad y la presión alta lo convertía en un paciente de riesgo. Recordé la botella de Wiski que nos habíamos tomado con Alexia. Era la botella de su padre, y con eso había empezado todo.

Ella susurró algo que no terminé de entender. Apoyó, por fin, su cabeza en mi hombro. Su cuerpo era cálido. La tomé del rostro y la miré a los ojos, que brillaban, más verdes que nunca. Desde que nos separamos, su pelo era oscuro. Ahora usaba un castaño que hacía resaltar sus ojos, y las perfectas facciones de su rostro. Intenté besarla, pero ella me esquivó y se apartó, algo molesta.

— Si viniste a eso mejor andate.

— ¿Y a qué vine? —pregunté, ya que, después de todo, ella había accedido a que la visitara.

Fuimos hasta la sala de estar y nos sentamos en el mismo sofá, aunque manteniendo cierta distancia, no para respetar la distancia social, claro, pues esa ya la habíamos roto con el abrazo, sino para respetar la distancia de dos personas que habían terminado un largo matrimonio abruptamente.

— Esta cuarentena me está volviendo loca —dijo Alexia—. Y ahora con lo de papá…

Alexia se puso a llorar. Yo me acerqué para abrazarla nuevamente. Me rechazó con vehemencia. Respeté su decisión.

Cuando se calmó un poco conversamos sobre cómo era nuestra vida en estos tiempos extraños. Ambos trabajábamos desde nuestra casa, home office.

— ¿Estás saliendo con alguien? —largué, sin poder evitarlo.

— No, con el último ya terminamos antes de la pandemia.

Me contó que había tenido algunas relaciones relativamente cortas. Por suerte, esa primera etapa de promiscuidad, luego de cortar con Mauri, había sido reemplazada por relaciones más estables con hombres que la apreciaban. Pero ella siempre terminaba dejándolos cuando empezaban a proyectar a largo plazo.

— Por qué lo hiciste —dijo Alexia después.

Me miraba directo a los ojos, y era una mirada muy intensa, que exigía la verdad. Nunca me había hecho esa pregunta exactamente. Me había gritado, enojada, que qué mierda tenía en la cabeza, y otras cosas parecidas, pero nunca así.

— No tengo excusas —dije, totalmente resuelto a no decir alguna impertinencia, como atribuir mi estupidez al hecho de que Alexia era prácticamente la única mujer con la que había estado, y quizás, necesitaba experimentar cosas de las que me había privado, ya que desde muy joven comencé mi romance con ella, y no pude conocer a otras mujeres. No le diría que las sospechas que habían crecido en mí eran la excusa perfecta para dar rienda suelta a la traición. Luego había aparecido Sofía, y todo cerró. Dos más dos eran cuatro.

No le pedí perdón, porque eso ya lo había hecho mil veces.

— Si pudiésemos empezar algún día de cero… —dije, y ante la mirada de asombro de ella agregué— no te digo ahora. Algún día, Si pudiésemos empezar desde cero, te juro por mi vida que nunca lo volvería a hacer.

Ella sonrió, irónica.

— Esas cosas no se juran. Si estás con alguien no lo traicionás, no lo lastimás. Sos fiel y punto. Y vos en eso ya fallaste. ¿Empezar de cero? Estás loco.

A pesar de sus palabras, creí notar que lo que le había dicho le había gustado en cierto punto. Apoyé mi mano en su rodilla. Alexia llevaba un lindo vestido blanco con lunares negros.

— Te dije que no quiero —dijo ella.

Tal vez, por una vez, volvimos a aquello de leer la mente del otro. Porque era claro que estaba mintiendo, y a su vez, Alexia se dio cuenta de que yo había percibido su mentira.

— Esto no va a cambiar nada —dijo, mientras mi mano subía por sus muslos. La tela del vestido quedó arrugada en su regazo.

Lo cierto era que ambos necesitábamos calor. Ella estaba sola desde hacía tiempo, y a mí ya no me excitaba estar con Macarena, ni con nadie más. Todo lo que deseaba estaba ahí. Acaricié su vulva por encima de la bombacha. Alexia arqueó su espalda y suspiró largamente.

— ¿Me extrañaste? —le pregunté, corriendo la tela que cubría su sexo a un costado. Enterré un dedo, el cual enseguida se empapó—. Yo te extrañé muchísimo. Es un infierno sin vos —dije, con total sinceridad.

Alexia me miró. Un mechón de pelo le caía en su cara, los labios estaban abiertos, insinuando un gemido.

La besé en el pómulo prominente, en los ojos, en las lágrimas, en los labios, en el cuello, en cada parte de esa piel de porcelana. En cada uno de los besos iba la promesa de amarla para siempre. Alexia me abrazó y se montó a horcajadas sobre mí. Le arranqué la ropa interior de un tirón. La penetré, acariciando sus nalgas, sintiendo la firmeza de esa piel totalmente tersa y suave.

Hicimos el amor en silencio. Cualquier otra cosa que dijéramos podría romper la magia del momento. Alexia se hamacaba sobre mí, gemía sin mirarme. Miraba a la nada. O quizás miraba hacia donde yo también miraba: al pasado, a los recuerdos, a nosotros dos juntos, inseparables, irrompibles. Alguna vez lo habíamos sido.

Me daba cuenta de que no tenía el problema que me atormentaba últimamente. La erección se mantenía inquebrantable, como si mi verga no me perteneciera a mí, sino a aquel chico que había visto entrar a Alexia al aula de la universidad hacía más de trece años.

Acabé, y con los pocos segundos que le quedaban a mi sexo erguido, Alexia alcanzó el clímax. Verla gozar era la imagen más hermosa que podía haber.

Fuimos al cuarto. Me sorprendió verlo tal como lo recordaba. La misma cama, el mismo acolchado, las mismas sábanas, los mismos muebles. Algunas cosas no cambiaban. Hicimos el amor una vez, dos veces. Nos bañamos juntos, comimos, hicimos el amor otra vez, mientras el sol se ocultaba y la noche se abría paso.

Quedamos desnudos, abrazados, en silencio, aun temerosos de romper ese encuentro sagrado. Yo acariciaba su cabeza a través del cabello lacio. La idea de que a partir del día siguiente volvería a ser mi ex mujer, aquella que me detestaba por haberla traicionado, me causó un pánico imposible de describir.

— No se puede empezar de cero —dijo Alexia, clavándome una bala fría en el corazón.

— Si queremos hacerlo, sí —dije yo, sin más argumentos que mis deseos de volver con ella.

— No —respondió ella, totalmente segura de sus palabras—. Si vamos a empezar de nuevo, tendrá que ser desde el menos mil. Todavía estamos muy lejos del cero.

— Es verdad —reconocí yo—. Vamos de a poco.

— Y así y todo, es muy probable que nunca te pueda perdonar —dijo, alargando mucho la u del muy—. Lo digo en serio. Por más que quiera hacerlo, no sé…

— Está bien —dije.

Apoyó su cabeza en mi pecho. Besé su frente. Nuestros ojos se encontraron.

Empezar desde abajo, empezar desde el menos mil. Me aferré a esa idea. Iba a tener que remarla como nunca antes, y estaba completamente dispuesto a hacerlo. Por ella lo haría.

Fin

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