Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Las circunstancias que estamos viviendo, con ocasión de la COVID-19, han conmovido al mundo y esto nos reclama una reflexión sobre el presente. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué postura tomar?

Los diferentes países llevaban años preparando a sus ejércitos, creando armas y levantando muros, para proteger la seguridad de sus habitantes y defenderse de sus enemigos. ¡Que ilusos fuimos todos! ¿Dónde está el enemigo?

Un mínimo bicho ha sido capaz de destruir nuestras vidas o en el mejor de los casos ha conseguido despertar nuestra humildad porque poca cosa somos y poca preparación tenemos para destruirle. Un minúsculo virus, un ser casi invisible nos tiene atormentados. ¿Y nosotros seguimos creyendo que dominamos la naturaleza y controlamos la vida?

El coronavirus, esa miniatura, está demostrando ser un enemigo muy potente capaz de alterar nuestras vidas personales y sociales. Ha conseguido trastornar todo el presente mundial y nos ha cogido indefensos e ignorantes.

¿Dónde están esos invencible ejercito? Se estaba preparando a las milicias equivocadas. Los investigadores, doctores, científicos, sanitarios, estos son hoy nuestros guerreros, los que luchan cada día para destruir este virus y no están preparados para esta guerra, porque sus mutaciones nos desafían, y apenas aprenden a conocer sus códigos genéticos provocan una nueva mutación y porque los recursos para tales investigaciones han sido tan ignorados que ahora tenemos que lamentar la pobreza de nuestra preparación ante tal invasión.

Frente a esta realidad, ¿dónde nos situamos ante la terrible fragilidad de nuestro entorno social? Me siento parte de una humanidad impotente, frágil y vulnerable.

Sufrimos el bombardeo las redes sociales, las prensa, la televisión… estamos asediados por noticias y mensajes contradictorios. ¡Un verdadero caos de desinformación! Juntos, los bulos y las verdades están invadiendo nuestro cerebro con una confusión más dañina, si cabe, que el mismo virus. Reconozco mi ignorancia ante el mundo digital, pero me siento desbordada de información incoherente y no tengo capacidad para dominar la situación. Y como siempre, los listillos de turno sacando tajada para estafarnos y vendernos los céntimos por euros. Los gobernantes peleándose por el puesto político. Las empresas farmacéuticas haciendo su agosto. Los ricos nadando en su abundancia que aquí dejaran sin haberla disfrutado y, por si fuera poco, los colectivos más vulnerables en aumento. La mirada ante las desigualdades entre personas, pueblos y continentes me sugieren muchos interrogantes, pues si la pandemia nos ha colocados a todos bajo la misma tormenta, no todos pueden afrontar el temporal desde la misma perspectiva, porque no todos disfrutan de igualdad de oportunidades.

Esto me lleva a revisar mi propia postura ante la realidad más inmediata. Porque no es solo una tarea universal sino una tarea individual y seria. Yo me puedo sentir impotente ante tan problemática realidad, ¿qué hacer?  Pienso que para cambiar algo primero debemos cambiar nosotros mismos desde dentro, siendo sinceros y viéndonos tal como somos para reflexionar sobre lo que no nos gusta y lo que estamos dispuestos a darle la vuelta; lo que nos gustaría ser y los medios que están a nuestro alcance para lograrlo. Sólo así, cambiando al hombre cambiaremos la sociedad.

No pretendo convencer a nadie con mis argumentos, simplemente quiero compartir mi reflexión personal por si a alguien le sirve y se anima. Creo que la vida hay que mirarla desde los retos que nos marca para superarlos y aprender marcándonos metas ambiciosas y luchando por ellas. La otra opción es no hacer nada e instalarse en la inútil y eterna queja.

¿Cómo me sitúo ante el dilema que estamos viviendo? ¿Cómo superar y aprender del presente? ¿Mi fe me estimula a vivir esta incertidumbre de manera diferente? Ciertamente mi seguridad está en la plena confianza en un DIOS que vela por nosotros con ternura y conduce la historia con o a pesar nuestro, pero ciertamente que quiere personas activas, colaboradores que se ofrezcan como testigos de su presencia amorosa aquí y ahora.

Teniendo esto como base de mi reflexión, voy a hacer un análisis de mi realidad y centrarme en tres palabras que empiezan por “S”:

SOLIDARIDAD

¡Cuántos signos de gente que ha descubierto el valor de las necesidades y las carencias del otro!

Con esta pandemia que se alarga, con graves consecuencias en distintos ámbitos, percibo más que en otros tiempos la necesidad de tener tiempo de mirar a mi alrededor y dejarme afectar por los cuidados a mis vecinos. Cosas sencillas como ayudarles para traerles la compra, hacerles cualquier recado, sacarles de cualquier apuro. Quizás tenga que llenar alguna que otra nevera con gestos de gratuidad por mi parte. Y también voy a revisar mi armario para poder comprar alguna prenda en la tienda del barrio, ahora que sé que ese autónomo abre y cierra diariamente con pocas o ninguna venta. Tal vez estaría bien bajar a tomar un café o una cerveza en ese bar que no entra nadie. Puedo acercarme a Cáritas Parroquial por si necesitan voluntarias o preparar una buena bolsa para el Banco de alimentos… Es urgente revisar el día a día. La cultura del cuidado se impone y es importante a nivel personal y social, para vivir la alegría de la solidaridad, reciprocidad, gratuidad, colaboración, cooperación y cuidados. ¿Qué favorezco con mis acciones cotidianas? ¡Cuántos ejemplos de solidaridad gratuita estamos viendo durante la pandemia! Tenemos que aprender a reconocerlos, favorecerlos, propagarlos y apoyarlos.

SOLEDAD

¡Cómo nos ha cambiado la vida! La distancia, el aislamiento social y el confinamiento que se nos impone como instrumentos indiscutibles para velar por nuestra propia salud, al mismo tiempo está quebrantando nuestros vínculos, generando incomunicación y desánimo, induciéndonos a vivir de una forma que, por cultura, no nos pertenece. Nuestro mundo de emociones, sensaciones, afectos y relaciones se ha visto desgarrado y fragmentado.

¡Cuántas personas, sobre todo mayores, que por vivir solas han perdido el trato cercano y asiduo con sus familiares y amigos! ¡Esos abuelos que llevaban y traían a los nietos del colegio, que disfrutaban de ellos mientras esperaban la vuelta de sus padres del trabajo! ¡Qué soledad y angustia en algunas residencias! Y ¿qué decir de la incomunicación de los que están muriendo en los hospitales sin el consuelo último de sus familiares? ¿Y el desgarro de esos familiares que no pueden despedirlos?

Quiero atreverme a sentir su dolor, a experimentar su sufrimiento y a compartir con cada persona lo que soy.

Voy a revisar mi lista de contactos para acercarme a ellas, nada me cuesta una llamada, un correo, un mensaje, un encuentro virtual… Pienso que acompañar sus sentimientos haciéndome cercana con frecuencia, sin duda aliviará su soledad.

SILENCIO

Mi última reflexión. Hoy es tiempo de silencio, de interiorización, de escuchar a Dios que nos habla cuando le dedicamos atención. Soledad y silencio se hacen cómplices en estos días.

Ante esta sorpresa que nos ha dado la vida, es tiempo de reflexionar, de profundizar en el sentido de lo que está pasando. Es tiempo de espera, de escucha, de bucear en un silencio fecundo donde brote la esperanza de un futuro mejor.

Debo, principalmente, recogerme en mí misma, penetrar hasta el fondo de mi alma y contemplar interiormente la presencia de Dios que me habita. Desear ante todo el cumplimiento de su divina voluntad y reconocer que él no se desentiende de nuestra historia. Desde ahí he de examinar la realidad presente.

Es mi yo superficial el que debe silenciarse. Mi afán de hacer, de tener, de dominar, de controlar la vida… Desligándome de mí misma y de cuanto acontece a mi alrededor. El silencio puro está más allá de las palabras de los sentimientos, de las ilusiones, de las perspectivas y proyectos, incluso de lo que nos inquieta.

Sólo desde esta postura me encontrare en comunión con Dios y con las personas que trato en lo cotidiano. He de dejarme moldear para que brote en mi interior la fecundidad de un Dios que actúa incluso en tiempos de adversidad, que me mueve a salir de mi confinamiento interior. Porque reconozco que, si me impregno de este silencio fecundo, aprenderé a ver la vida desde la mirada compasiva de Dios, y ejerceré una bondadosa influencia a mi alrededor, sin casi pretenderlo.

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