LOLA BARNON

1

Un año y algo después…

—Hacía tiempo que no nos reuníamos todas juntas… —dijo Isabel sirviendo una copa de vino a Tania que se acababa de quitar la cazadora.

—Sí, es verdad… Con el cambio de comisario, pues andamos un poco locos —secundó Tania—. Bueno, contadme, cabronas, dadme envidia.

Isabel se rio y me miró. Yo me encogí de hombros.

—Yo estoy muy bien, la verdad. —Isabel tenía una amplia sonrisa en la cara.

—¿Todo bien, cielo? ¿La terapia? —Pregunté.

Ella asintió.

—Sí, todo bien. Me dijo la sicóloga que posiblemente tuve un acceso de distimia o de depresión leve que se fue acrecentando con la muerte de mi padre y de mi hermano. Y entonces —dudó en usar la palabra correcta—, cuando… pues eso… Cuando me… Supone que se juntó eso y el complejo de los cuarenta. Y una reacción exagerada.

—Cielo… eso está muy bien, pero —le corté cogiéndola una mano—… debes acudir a terapia para la violación. Necesitas ayuda también en eso…

—Sé que me vais a decir que lo que hice al dejarla —se sentó en ese momento en una de las banquetas altas de la cocina mientras cogía con el tenedor una croqueta—, fue una barbaridad.

—Lo fue y lo sigue siendo… —la interrumpió cariñosamente Tania.

—Sí… no lo niego. Pero, mira, me ha servido.

—Pero, Isa, bonita, no puedes seguir sin dormir por las noches. Con pesadillas… —intervine apoyando a Tania.

Yo lo sabía porque lo había comentado con ella en el gimnasio y tomando un par de veces café. Conocía por ella que sus noches continuaban siendo agitadas. Que se despertaba de pronto y según me decía, se abrazaba a su marido. Que, incluso, alguna vez lo había hecho con temblores y sudores fríos. Tania, quizá por su trabajo al cambiar de comisaría y de grupo, estaba menos puesta al día que yo.

—¿Sigues despertándote por las noches, Isabel? —preguntó Tania mientras cogía una cuña de queso manchego y bebía de su copa de vino.

—A veces… —intentó quitar importancia Isabel—, no siempre. Pero sí. Me sigue pasando.

—No puedes seguir así. ¿Lo sabes, no? —Insistía Tania.

—Mirad… —se colocó el mechón de pelo rebelde detrás de la oreja—, sé que es absurdo. O incluso peligroso. De verdad que lo sé. Pero, por favor, entendedme. Tú misma me lo dijiste, Mamen. —Me miró.

Sí, era cierto. Cuando se suponía que iba a celebrar mi cumpleaños y que invité a todos, aunque en verdad, solo iban a estar Isabel y Luis para arreglar sus temas tras estar algo más de un mes separados. Recordaba aquello y me parecía muy lejano ya.

—Isabel, de eso hace más de un un año… —puntualicé.

—Lo sé, Mamen. Y volveré a terapia, de verdad. Pero, es que… sentía que Luis debía convencerse de que yo ya no iba a volver a todo aquello. No me quedaba opción… —nos explicaba algo que Tania y yo reconocíamos solo en parte.

—Va siendo hora de que pienses en ti, corazón —dije cogiéndola una mano.

—¿Luis sabe que sigues por las noches despertándote? —preguntó Tania. 

—Sí, nos contamos todo, en serio. Y me ha pedido que vuelva a terapia. A la de la violación… Él ya estuvo con una sicóloga y está mejor… bueno, ya me entendéis —nos decía colocándose el pelo de nuevo.

Nos quedamos en silencio las tres. Luis había demostrado un gran amor por Isabel perdonándola y olvidando esas semanas en las que decidió follar con otros fuera de su matrimonio, sin darle la más mínima opción a su marido. Recordaba cuando tuve que llamarle tras la violación de Isabel en una fiesta. En esos días él estaba decidido a divorciarse, pero aquella barbaridad, por incongruente que pareciera, salvó su matrimonio.

—Luis… —se detuvo Isabel y tosió ligeramente para hacer tiempo—, hemos conseguido vivir con aquello. No sé… —respiró profundamente y miró al techo buscando las palabras—, no sé si ha olvidado. Supongo que no. Que nunca lo va a hacer. Pero… pero, hemos aprendido a vivir con eso. A, no sé… arrinconarlo y que no esté presente.

—¿Estás segura? —preguntaba Tania.

—Sí… todo lo que puedo estar y que me demuestra que en este año, de verdad os lo digo, estamos muy bien… En serio, os lo prometo.

—Me alegro cielo —dijo Tania, dándola un abrazo—. Luis es un buen tío.

—Y tú una tía cojonuda —apunté yo, haciendo que las tres sonriéramos.

—Yo… —volvía a decir Isabel—, yo no sé si hubiera sido capaz, la verdad. Fue monstruoso lo que hice…

—Mi niña, si él lo ha olvidado, arrinconado o como lo quieras llamar, tú debes hacer lo mismo. Nunca te lo he dicho, así de sopetón, pero, sí. Aquello fue terrible, y me imagino que Luis estuvo destrozado. Pero, mira, si habéis sido capaces de solucionarlo, perfecto. Por ti, por él, por tus hijos. Pero olvidadlo, ya. Tú y él.

—¿Sabes lo que hacemos ahora? Y que, quizá es lo que nos faltó cuando… bueno, cuando él… ya sabéis… —Isabel se refería a la noche que Luis, en un arrebato de miedo y molestia infinita, se acostó con una mujer. Tania y yo nos quedamos esperando la respuesta de Isabel—. Hablamos. Mucho. No de eso, ni de lo que sucedió. No, hablamos de nosotros. De nuestros miedos, dudas y de nuestro matrimonio. De cosas muy normales, pero que… joder, es curioso, esas conversaciones hacen que estemos muy unidos.

Yo, en ese momento, recordé a Eduardo y cómo me hacía reír. Y, sin querer, pero de forma fugaz, volvieron a mí algunas imágenes mías y de Nico en aquella terraza saboreando el té en aquellas noches de verano ya muy alejadas. Curiosamente, había dejado esa costumbre y ya no lo tomaba…

—Pues, de verdad, me alegro mucho. Pero eso no quita que trates de superar las pesadillas y todo eso, Isabel.

—Lo sé, Tania, lo sé. Y retomaré todo ello. Sé que puede parecer una estupidez, pero con eso he querido demostrar a Luis…

—Si lo entendemos, cielo —intervine—. Sabemos que es para que Luis tenga la absoluta certeza de que no volverás a meter la pata… si se puede llamar así. Pero es hora de que trates de olvidarte de todo ello y que descanses por las noches. Si te quiere…

—Me quiere. Y yo a él. Con locura… Luis es todo para mí.

—Lo dicho. Me das envidia, cabrona —dijo Tania volviendo a beber de su copa de vino.

—Yo creo que siempre lo has querido, incluso cuando… —dije, aunque me callé el resto de la frase. No pretendía recordar a Isabel sus errores.

—No lo sé, Mamen. Cada día que pasa creo que fue algo diferente a lo que dices… Y en eso radica nuestra fuerza. No sé si en esos momentos de verdad lo quería, porque si no, no hubiera hecho lo que hice… Pero me volví a enamorar de él. Es como si yo me hubiera reseteado y descubriera de nuevo a ese hombre que a pesar de todo, siempre estuvo allí y que fue tan fuerte… Y, bueno, sencillamente… eso, que me enamoré otra vez de él. Hay veces —continuó— que me da por pensar qué me hubiera pasado cuando me fui de casa y le planteé el divorcio. Cuando descubrí aquel vídeo —aclaró—. En ese momento, de verdad que pensaba que lo mejor era irme de su lado y no ser un obstáculo para que pudiera ser feliz. Que debía rehacer su vida y no sufrir más conmigo…

Se le humedecieron los ojos a Isabel y Tania se levantó a darle un abrazo. Le besó en la cabeza. Luego Isabel, mientras Tania le sostenía una mano, se encogió de hombros, bebió del vino y nos sonrió.

—¿No os parece una locura?

—A mí me parece maravilloso —dije.

—Creo que estáis en el punto que os merecéis —sentencio Tania.

—¿Y tú con Eduardo? ¿Cuánto lleváis? —me preguntó Isabel, quizá también con la intención de cambiar el tema.

—Oficialmente, un año y tres meses… —dije con una sonrisa—… ¿quién lo diría, verdad?

Sí. Era cierto. Yo, un poco más de un año atrás, estaba todavía en la duda de si Nico continuaba conmigo o no. De si era capaz de perdonarme, de volver a confiar en mí. Incluso, los primeros días tras nuestra ruptura, pensé que nada ni nadie me sacaría de ese estado de absoluta pena que me embargaba. Y ahora, todo me parecía tan lejano y extraño, que casi pensaba que nunca habían existido esos momentos tan tristes.

—Pues fue Luis quien me hizo verlo. Recuerdo que en esta misma mesa… —la señalé con mi dedo índice—. Un día que nos invitaste también a picar algo y que él vino de correr o de hacer deporte.

—Me acuerdo —secundó Tania.

—Fue curiosa esa pregunta sobre lo que sentía cuando regresaba a casa y si pensaba en él… —dije yo rememorando esa noche que se nos juntó a cenar con nosotras—. ¿Dónde está, por cierto?

—En Sevilla. Trabajo. Ha negociado otros tres años más con la agencia. No sé si es lo mejor, porque podría haberse ido a otra, que se lo ofrecían, pero bueno, me dijo que prefería quedarse en lo que conocía —nos explicó Isabel.

—Pues dile que gracias a él, tengo novio —reí elevando mi bebida e invitándolas a un brindis.

—¿Y Nico…? —preguntó Isabel sirviéndose una nueva copa de vino—. ¿Lo has vuelto a ver?

—Hace mucho que ya no sé nada de él. —Sentí que mi gesto todavía encerraba algo de pena y tristeza—. Llegó un momento en que no podía esperar más. Él no se decidía y continuaba con dudas…

—Hiciste bien, mi niña —intervino Tania.

—Creo que sí… Fue extraño. O lo percibí como extraño. Aquellos días que hablábamos por teléfono, que quedábamos, que nos dábamos piquitos, abrazos… pero al final no terminábamos de saber qué queríamos, hicieron que me decidiera.

—Por Eduardo… —matizó Isabel

—Por Eduardo —corroboré asintiendo lentamente.

—No sé qué hubiera pasado si no hubiera visto ese tweet suyo… O que no me hubiera hecho caso a esa llamada que le hice la noche que empecé a intuir que Nico y yo no avanzaríamos… O, yo qué sé, imaginaos que hubiera tenido novia, o pareja o follamiga… Joder, lo mismo ahora seguiría aún detrás de Nico —dije con un tono más liviano de lo que en verdad sentía al decir esas palabras.

Y no me refería a que echara de menos a Nico. No, ya no. Él, como nuestra vida, estaba ya en un lugar muy secundario. Recordaba perfectamente que en esos días, todo giraba a que yo necesitaba un algo para decidirme a dar el paso y desengancharme de Nico. Podía haber sido un trabajo fuera de Madrid o alguna situación que necesitara de toda mi atención y concentración. Pero no, fue Eduardo. Aquel tweet suyo y a aquella bendita llamada de esa noche donde nos fuimos a cenar al restaurante de su amigo.

—No os he contado una cosa… —confesé a ambas.

—¿El qué cacho perra?, que cada día sé menos de ti… —me objetó Tania divertida.

—No os he hablado de Jorge, o muy poco… O si lo he hecho, ha sido de refilón. —Miré al techo, recordando esos días—. Todo empezó con él. Nico lo trajo un día para que yo… para que yo follara con él… —dije incluso bajando la voz—. Ahí empezó todo… en fin, lo que la pareja liberal, entre Nico y yo. —Respiré un par de veces pensando en las palabras que iba a decir—. Me colgué de él. Es algo absurdo, pero… sucedió. Bueno, el hecho es que me lo encontré un día que fuimos Eduardo y yo a cenar. Y… —carraspeé—, le di un piquito…

Vi los ojos muy abiertos de Isabel y Tania. Evidentemente, la sorpresa era normal en ellas. Y tremenda.

—Me caigo muerta… —dijo Isabel.

—Pero ¿qué me dices, mi niña…? —secundo Tania.

—A ver… me explico… No os revolucionéis que no pasó nada de nada. Un piquito de… no sé, de despedida. O de gracias. —Añadí un instante después.

—¿De gracias? —Me dijo extrañada Isabel.

—Sí. Justo en ese momento me di cuenta de que Eduardo y yo merecíamos una oportunidad de verdad. Que tenía que luchar en serio por él y por mí. Sé que parece una flipada… Sí, lo sé… Pero en ese momento lo vi claro. Fue como si cerrase por fin esa jodida ventana que siempre roza y se atranca.

—¿Era el escort?

—Sí… Del que me colgué de él, Isabel. Tania sabe algo…

—No sabía que lo habías visto, mi niña —me habló seria e interesada. 

—No te lo dije… perdona. Pero es que… bueno, que era algo que quizá solo podía entender yo. De una forma extraña, no sé, vi claramente que no debía seguir con mi vida pasada… Que Jorge representaba lo que ya no quería, y por eso, pues… bueno, que me ayudó a decidirme por Eduardo. Es un lío… —me restregué los ojos.

—Te entiendo perfectamente. Rompías con el pasado… —me dijo Tania con una sonrisa—. Y has hecho bien. Nico es un buen tío, pero si no se decidía… No puedes estar esperándole siempre.

—Sí… algo así.

—Y ahora estás con Eduardo… Eso es lo importante. Y que estés bien con él —me decía cariñosa Isabel.

—Mi niña está coladita —secundó Tania tirándome un beso desde donde estaba.

—Me parece un chico majísimo —comentó Isabel—. ¿Tú estás contenta?

—Sí. Me quiere, me cuida, me escucha, me valora… Yo estoy muy bien con él. Es curioso —me detuve como si necesitara reflexionar—. Pero lo quiero de una forma diferente que a Nico. No es que sea menos, pero es más… No sé. Como más maduro o más de novio formal… ¿Me entendéis?

—Yo sí. —Dijo con una sonrisa Isabel—. Te nos haces mayor, bonita… —Y soltó una carcajada.

—Yo también te entiendo, mi niña. Sencillamente, has encontrado alguien que se ajusta a los que ahora quieres. Ya no vas buscando el sexo a lo loco, ni las relaciones superficiales… Quieres alguien que te quiera, con el que irte a esa casa rural que decía el marido de esta cabrona —señaló con una sonrisa a Isabel—. Y eso hace que me alegre mucho por ti.

—Y tú, que eres la odiosa de verdad del grupo. Cuéntanos algo… Venga, Tania, ponnos los dientes largos con algún chulazo que hayas conocido… —Intervino Isabel mientras la daba un suave golpe en el antebrazo.

Tania nos miró. Emitió una sonrisa que me pareció triste y negó suavemente con la cabeza.

—Sí, venga, que hace mucho que no me dices nada… ¿Estás con alguien?

Hice aquella pregunta sabiendo que Tania no estaba nunca con nadie en concreto. Que para ella la pareja era sinónimo de problemas, de rupturas y de incomprensiones.

No dijo nada, pero se quedó pensativa. Y me quedé extrañada. Hacía un par de meses que no hablaba con ella de nada acerca de su vida. Sabía que durante un tiempo alternó a ese profesor del máster en donde estuvo dando clases Isabel, pero que ya no lo hacía, y un divorciado de muy buen ver con el que solía ir a cenar y que, según ella, se lo pasaba muy bien y era un tipo agradable.

De pronto me culpé de no haber estado algo más pendiente de Tania, porque supe que detrás de esa sonrisa un poco desmadejada, y la mirada desposeída del brillo que ella acostumbraba a tener, se escondía algo que le sucedía. A Isabel le pasó lo mismo, porque puso también una cara seria y tomó una mano que nuestra amiga no rechazó, pero que hizo que esa sonrisa alejada de lo que ella era, se intensificara.

—Mi marido… Me ha dejado.

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