AURELIA JIMÉNEZ

Ya no soy ninguna niña. Pero mi edad no importa.

En la estación del tren de alta velocidad deambulaba un hombre muy, muy mayor. No le reconocí, y después de ayudarle con su maleta, a pesar de no conocerle, él me miró fijamente y me dijo:

“Te conozco desde tu más tierna infancia. Creciste creyéndote una niña bonita, y lo eras. Pero te aseguro, Mar, que es ahora cuando tu belleza es realmente sublime. En tu cara la vida ha acrisolado tu belleza y tu gesto, se viste ahora con la profundidad enigmáticamente embriagadora de la divina hermosura.

Él se levantó como para mirar la hora de salida de su tren. Yo fui al baño. Allí con las bragas por las rodillas, oyendo sin escuchar el golpeo de la orina contra la loza, intenté recordar de dónde podía conocer al anciano.

Al volver ya no estaba. Nunca volví a verle. Pero ahora, cada vez que me miro en un espejo, vuelvo a ver a aquel ser tan extraño me habló como si yo misma hubiese pronunciado sus palabras. ¿No sería yo misma?

Ente los diecisiete y los veintiún años mi rostro cambió de tal forma que las personas que no me habían visto durante aquellos años, no me reconocían. Mi cara adquirió una madurez impropia de mi edad y la relación de todos conmigo pasó a ser mucho más respetuosa. Yo diría que casi inspiraba cierto temor.

No supuso para mí ningún trauma aquel cambio tan brutal. Me habitué a ello con la misma naturalidad que cambiaron mis gustos y aficiones.

En el campo sexual pasé de ser una adolescente timorata y explosiva a refinar mis satisfacciones con matices psicológicos y elaborados en un permanente proceso de seducción. Refinamiento en la materialización carnal de mis apetitos.

Tengo diecisiete años, once meses y treinta días. Mañana cumpliré los dieciocho. En el país en el que acabo de llegar, tropical, no hay otoño, ni primavera, ni invierto. Un verano permanente en el que sólo diferencian los meses las nubes negras descargando lluvia, o los cielos azules, como dibujados en un lienzo.

Mi padre me ha mandado a esta parte del mundo a estudiar.

“Allí serás más tú misma, Mar. Debes salir del cobijo en el que tu mente ha convertido a tu madre, a Madrid y a España. Allí todo será distinto. Te formará”

Mamá, como siempre, calla. Siempre lo ha hecho cuando habla papá. Me mira con lágrimas en los ojos. Su niña, su Mar se va a Vietnam a estudiar. ¡Dios santo! Vietnam. Tuvo que buscarlo en el viejo atlas, en el mapa mundi, de la editorial Nuevos Misterios. En el plano parecía estar cerca Vietnam, pero se asustó al ver que Sevilla quedaba casi pegada a Madrid.

A mamá le gustaba hacer sus cábalas sobre mi futuro.

“La niña podría ir a estudiar a Paris” le dijo a mi padre aquella noche. “Allí también aprenderá otra lengua y conocerá mundo”

Papá se acercó sin responderle y le desabotonó la parte de arriba del vestido. Ella iba sin sujetador. Papá se agachó tras dejarle fuera los pechos y comenzó a lamerle los pezones, grandes como goterones de tormenta, que se pusieron hincados y duros bajo los mordiscos de mi padre.

“¿Qué te parece mi amor? París sería un buen sitio para la niña. ¿No te parece?” insistió mamá con las tetas fuera del vestido mientras observaba como papá se extraía la masculinidad dura y la sacaba a través de la bragueta. Luego cogió a mamá por el pescuezo y la obligó a arrodillarse y comerle desde los testículos hasta el prepucio.

“Ya sabes cómo hacerlo”

Mamá le agarró el cilindro por la parte pegada al vientre. Más de la mitad del pene sobresalía aún de su mano. Comenzó a masturbar con la mano el cilindro y a lamer el capullo rojo mientras brotaba la primera gota aceitosa y tranparente del pene y el primer gemido ronco de su garganta.

“La niña irá a Vietnam” dijo levantado a mi madre del suelo y poniéndola de espaldas contra la pared. Remangó los faldones y de un tirón dejó las bragas de algodón blanco a la altura de las rodillas. Le metió los dedos en la boca y luego con el embadurne, los llevó al coño de mamá, lo abrió y metió los dedos sin mucho miramiento. Mamá sintió cierto placer en aquel trato en parte vejatorio. Le gustaba sentirse doblegada por las formas rudas de papá, pero sobre todo, lo que le gustaba era sentir entrar aquella verga poderosa que la reventaba de placer.

Papá envistió con fuerza, con carácter. Resonaban entre los gemidos de mamá los golpes del vientre de papá contra las hermosas y celulíticas nalgas.

De pequeña mi hermano menor se acurrucaba conmigo cuando oía aquellos ruidos rítmicos de los polvos que papá le echaba a mamá, casi a cualquier hora y en casi cualquier sitio. Luego, con el paso de los años, mi hermano pasó del susto a la risa.

“Ven, ven, Mar” me llamaba. “Ya se la está follando otra vez”

Yo declinaba la invitación, no me gustaba escucharles.

Aquella noche papá gritó:

“De rodillas. En las tetas”. Y mamá se cogió los pechos con las manos tras ponerse de rodillas, ofreciéndolos a la paja final que mi padre se dedicó, rozando con el capullo los pezones duros de mi madre, hasta terminar disparando sobre la cara, el pelo, las tetillas duras y el vestido .

Mi hermano pequeño tenía adoración por mí. Y yo por él. Luego en la pubertad, un día me preguntó: “Mar ¿cómo se hace una paja?”

“¿Qué coño dices?” respondí eludiendo su pregunta.

“Anda, por favor”

Le miré. Su cara era de desamparo, de súplica. Me senté junto a él en el sofá y comencé a acariciarle los pantalones. Le creció como si hubiese apretado un interruptor. Luego se la saqué y le masturbé hasta que sus ojos se nublaron y su polla se tensó infinita.

“Tócame el coño”, dije bajando la braga y abriendo las piernas, con la falda arrugada en la cintura.”Te correrás más pronto” Y justo al terminar mis palabras, cuando sus dedos me palpaban con timidez buscando entre los labios la húmeda raja, mi mano sintió su orgasmo atravesando la vena y brotando a golpes, uno tras otro. Tantos que parecían no terminar.

Besé a mi hermanito y le dije:

“Anda ve y lávate”

“Gracias Mar, muchas gracias.

Me gusta hablar de mi familia, porque es una familia distinta a las familias que conozco. Pero cuando cuento cosas de papá, mamá o mi hermano, siempre tengo la sensación de que solo rasco la capa superficial de pintura, sin llegar a describir su esencia, el metal del que están hechos.

También me pasa algo parecido cuando hablo de mi juventud. Siempre he tenido miedo de profundizar en esas zonas oscuras de las que una chica decente reniega indefectiblemente y se comporta como si los hechos nunca hubiesen sucedido.

Debía escribirlo. ¿O no? A fin de cuenta si mis historias quedaban perdidas, serían como tantas otras historias sin contar. Y si lo hacía, ¿para qué serviría su publicidad? Se escribe por el placer de escribir. En mi caso por el placer de quitar la capa de polvo y suciedad con las que el paso del tiempo a cubierto las páginas del diario. Los recuerdos se refrescan al darles el aire.

A los dieciocho años sucedió aquel cambio espectacular de mi rostro. Acelerado e inquietante. ¿Qué habría provocado aquel extraño acontecimiento?

En la época de lluvias Vietnam era pegajoso y cálido. Vendí mi cuerpo con la facilidad que se vende un abrigo viejo. Si papá hubiese sabido que la institutriz del liceo francés en Saigón era además una madame que sondeaba entre las alumnas de secundaria aquellas dispuestas a ingresar unos generosos fondos por prestarse a “acompañar” a los empresarios y banqueros más adinerados del país, jamás me hubiese dejado ir allí.

Mi francés era bueno. La institutriz era alta y elegante, muy bella para los 42 inviernos que habían visto sus ojos desde su nacimiento en Hungría. Cuando alguna de las estudiantes caía en sus redes ella participaba en su debut como puta.

Solía comerles el coño púber delante del cliente y luego invitaba a la zorra en estreno a comer polla junto con ella.

Si la chica era virgen el precio a pagar se convertía en realmente prohibitivo. La estudiante se quedaba con la mitad. Y a mí me pareció justo el precio y al trato.

Cuando volví a casa en las primeras vacaciones después de cumplir los dieciocho mi hermano lo notó. No sabía muy bien el qué, pero lo notó. Mi madre no se atrevía a mirarme a los ojos debido a mi gran cambio. En mi mirar había fuerza, intensidad y conocimiento.

El mayor Thuan Bú, era jefe del las tropas de tierra del ejército vietnamita en la frontera. Bajaba a Saigón una vez al mes, a pasar la noche con alguna de las prostitutas amateurs y adolescentes del liceo francés. Tenía un morbo infinito follarse a aquellas niñas adineradas, venidas muchas de ellas de Europa. Indefectiblemente el primer lunes del mes, el jeep del general paraba en la puerta del Hotel Gran Sheraton en la plaza en la que habían tenido lugar los fusilamientos durante la guerra y Thuan Bú se adentraba en el lujoso hall hasta la recepción, donde la empleada le facilitaba la llave sin preguntas, con una sonrisa eterna y genuflexión de su esbelto cuello de cisne.

Tras subir a la habitación en el ascensor enmoquetado, con espejo de marcos dorados y conserje chino, se desnudaba y, ya tumbado en pelotas sobre la colcha bordada, marcaba el teléfono del liceo francés acariciándose la verga, como preparándola para la sesión:

“¿Alguna chica nueva esta vez, Madame?”

La institutriz del liceo le respondió ese día:

“Si mayor. Esta vez sí. Mar. Su nombre es Mar, una hermosa jovencita de dieciocho primaveras, española”

“¿Y…es…ya sabes?

“¿Virgen?” interrumpió la institutriz. “Si señor Thuan, Mar aún no ha sido desflorada. Ya sabe… lo que eso significa…”

“No me insultes Madame. ¿Alguna vez no te he pagado?”

“Perdone general. En seguida salimos para su hotel”

En cada rincón tumulto, agitación por todas partes. Sientes que la ciudad Ho Chi Minh te engulle, te encuentras perdida, insignificante en un rio de almas que se afanan por llevar a casa algo para comer. Madame y yo vamos cada una sentada en una motocicleta. Me parece milagrosa la forma en la que los motoristas – taxistas evitan la colisión con bicicletas, viandantes y coches. Ni siquiera utilizan el claxon. Se me ocurrió pensar que serían cientos las personas atropelladas, lisiadas y muertas en accidentes, pero nunca vi uno en los años que estuve estudiando en el liceo francés de Saigón.

Llamo la atención subida en el asiento trasero de la motocicleta, con el vestido de seda remangado hasta mi ingle por culpa del viento. Los vietnamitas me miran y Madame también. Me dedica una sonrisa. Mis pies resultan lo más atractivo de las piernas. Llevo unas sandalias de tiras finas de cuero, con las que los pies lucen desnudos, con sus uñas rosadas y brillantes. El vestido es sin mangas, con un escote exagerado para mi edad. Mamá no quería que lo trajese a Saigón, pero es mi preferido, y lo guardé en la maleta a última hora, sin que ella se diese cuenta.

En Madrid me gustaba ir al instituto con tacones. Papá lo desaprobaba, pero mamá era mi cómplice en aquella ligera indiscreción. Mis piernas lucen con los tacones como con ningún otro calzado. Pero ahora, en la moto, los asiáticos se emboban mirando los pies desnudos. Parezco más niña, delgada, agarrada a la cintura del motorista coreano, venido a Vietnam huyendo de su aldea en la que le hubiesen acuchillado de quedarse. Pero algo va a cambiar dentro de mí. Es la primera vez que voy a tener sexo por dinero, mi primer sexo completo. Y sin embargo no estoy nerviosa. Ni me inmuto ante la idea de que ese general pueda ser un gordo, baboso y aborrecible.

Para Madame soy un enigma. La facilidad con la que he aceptado su propuesta la llena de incertidumbre. Tras recibir la llamada telefónica, me explica como es el general Thuan Bú y yo la escucho con indiferencia. Me es lo mismo y no muestro ninguna emoción, simplemente porque no la tengo. Sólo sé que ese dinero me va a venir de perlas. Mis padres me asignan una cantidad que apenas da para cubrir gastos.

Años después pienso en mi hijo. Ahora está en Canadá, con sus proyectos científicos sobre inmunodeficiencia. Parece uno de esos jóvenes desaliñados que acuden a la plaza del dos de mayo e fumar porros y beber cervezas. Pero yo le noto ese aire independiente y duro, me imagino que es el mismo aire que su madre llevaba en Saigón aquel día subida en la motocicleta. Luego pienso en la mía, en mi propia madre. ¡Qué aire tan distinto el suyo! Mamá tiene en todas las fotos ese halo de sumisión reverencial, esa timidez innata en la mirada. Todos los caracteres valen para sobrevivir si se sabe administrar inteligentemente sus pros y sus contras. Y mamá es una persona muy inteligente.

Sobre la mesita, en mi habitación del liceo, tengo una foto de familia, con mi hermano menor en brazos de mamá. Yo tengo diez años en la foto. Papá luce uno de sus trajes impecables, como hechos por un sastre especial para realzar su poderío. Mientras mamá se ha posado en la foto como una mariposa gris, cómo si llegase de la cocina, con una batilla de tela ligera, gris oscuro, de lunares más claros. En el daguerrotipo yo miro con desfachatez a la cámara, mientras mi hermanito y papá posan. Mamá tiene la mirada con ganas de huir o de ocultarse del flash.

Cuando bajamos de las motos en la puerta del hotel, la recepcionista llama al mozo de maletas y ambos cuchichean. Nos miran a Madame y a mí. Sé por qué. El ascensor enmoquetado nos recibe y el conserje chino que me mira indisimuladamente las tetas. Es curioso porqué aquí en Vietnam consideran un detalle distinguido tener un sirviente chino. Todos saben en el Gran Sheraton a qué vienen las jovencitas que trae Madame los primeros lunes de cada mes. Pero no voy acomplejada, mi mirada es descarada, altiva y orgullosa. Voy a perder mi virginidad por una suma insultante de dinero, más de lo que ganaran ellos en un año.

Llevo el pelo suelto que me cae por encima de los hombros desnudos desde los que cuelgan las finas tiras del vestido de seda en tonos verdes y rosas pastel. Mi delgadez provoca que el cabello tenga en mi aspecto final más protagonismo del que querría.

El general ni me mira al entrar. Sigue desnudo sobre la cama. Es ya tarde. El sol va de retirada y está encendida la luz amarilla de la mesita de noche. Todo parece amarillo bajo la luz de esa mesita. Madame me desnuda y me lleva a la cama. Me tumba junto al señor Thuan, pero deja mi cabeza en los pies de la cama y mis pies, aún con las sandalias y las uñas pintadas de rosa muy cerca de la almohada. Me abre las piernas y deja la corva de mi rodilla derecha sobre la tripa hinchada de cerveza del general. Mi coñito sin depilar queda a la vista del cincuentón. Alarga la mano y me toca los labios, abriéndolos para ver la carne trémula y sonrosada.

“¿Seguro que eres virgen? Si me mientes te vas a arrepentir toda tu vida”

Es la primera vez que el gordo se dirige hacia mí, pero su terrible amenaza no me impresiona. Ya tengo 18 años. Le miro a los ojos y asiento con la cabeza. Sé que Thuan Bú se da cuenta de que no me ha hecho daño su pretendida dureza.

“Eres muy orgullosa, putita” El mayor habla en francés, pero mi francés es perfecto por culpa de mamá y le respondo sin acento.

“Soy virgen” le miro con mirada de zorra jugando con los ojos indicando en dirección a su polla flácida. “Y mi virginidad va a ser para ti. Llevaré eso conmigo toda la vida. No soy orgullosa. Soy tu zorra”

Madame no sale de su asombro. Nunca ha oído hablar así a nadie al general. En época de guerra me hubiese cortado la lengua. Pensaba Madame.

Mientras hablo con Thuan Bú la noche se cierne paulatinamente. La penumbrosa luz amarilla es como inventada para la escena. Madame se ha desnudado y se sienta en el borde de la cama, inclinándose hacia mí. Siento la lengua de mi institutriz mojarme cálida, abrir los labios de mi coñito y lamerme el clítoris. No sentía sensualidad alguna antes de ese momento, ni siquiera estar desnuda con mis piernas abiertas mostrando el coño. Pero la lengua de Madame es sabia.

Tengo poco pecho, así que aún resalta más la dureza que adquieren los pezones en medio de mis pechos casi inexistentes y blancos. El general toma mi pierna, la que reposa sobre su tripa cervecera y me quita la sandalia.

“Tienes las uñas exquisitamente pintadas. ¿Las pintas tú?”

“Si” contesto sorprendiéndome a mí misma con el gemido que acompaña a la afirmación por culpa de la lengua de Madame. Entonces el señor Thuan coloca la planta de mi pie sobre sus testículos y comienza a moverlo. El talón llega hasta sus nalgas peludas cuando desciende y la yema de mi dedo gordo roza el glande cuando lo sube.

“Sigue tú sola” me ordena. Y obediente, comienzo a viajar con la planta del pie el paisaje de mi primera polla en un pie. Gimiendo ya casi de forma continua. Madame me ha penetrado con dos dedos mientras me lame.

“Ten cuidado puta” le dice el general. “No la vayas a desflorar con los dedos”. Mi vientre se arquea por el placer, pero pongo cuidado de no hacer daño en los huevos a mi primer cliente.

Me he maquillado discretamente, procurando acentuar en tonos suaves mis rasgos de niña. Los ojos azules los he enmarcado con una discretísima línea verde y en los labios un rosita pálido. Pero sí he comprado ese mismo día un frasco de perfume Luna Azul, de Perfumerías Paris.

Madame me incorpora y me coloca al otro lado del cuerpo del general. Ambas flanqueamos la verga que ya está totalmente erecta, pero sin llegar el máximo de su dureza. Nos inclinamos arrodilladas hasta alcanzar el mástil. Yo me ocupo de la cabeza y Madame se pone con la parte baja y los huevos.

“Mírame” ordena Thuan Bú. Le como la polla mirándole a los ojos.

“¡Dejarlo ya joder!” grita de repente “Esta putita me va a hacer correr antes de tiempo. Ponte encima. ¿Mar? ¿Es así como te llamas?”

Asiento mientras Madame me ayuda a sentarme sobre la tripa del general. Una gota de esperma brota y me mancha la nalga al rozarme. Bú me pellizca los pezones y me dice:

“Despacito. Métetela”

No creo que sean muchas las vírgenes que se desfloran así, ellas mismas. Madame me acaricia el clítoris y Thuan Bú me pellizca los pezones que han crecido muchísimo y están en extremo sensibles. Tampoco creo que sean muchas las pérdidas de virginidad que hayan coincidido con un orgasmo, pero en aquel mismo instante lo tuve y mis fluidos se mezclaron con la sangre, no mucha, de la rotura del himen.

Bú me hace el amor media docena de veces, pero sin llegar al orgasmo. Me penetra, me acaricia y luego se duerme. Ya estamos solos. Madame vendrá a recogerme por la mañana. Me gusta cómo nos miran los camareros en el restaurante por la mañana. Sirven café, tostadas, embutidos, huevos duros, zumos  de varias frutas, mango, naranja y yogurt. Jamás se había desplegado ante mí semejante desayuno. El general engulle frente a mí. Los dos solos en una mesa reservada, sin miradas extrañas, sólo la de los camareros.

“Dejarnos solos” ordena. Y en medio del desayuno aún me obliga a realizarle una felación una vez más. Se mezclan en mi boca el sabor del zumo y las tostadas con el de polla usada. Pero tengo un instinto especial para comer vergas y en dos minutos me eyacula en la boca.

“Eres deliciosa, Mar”

Le miro de soslayo, con expresión simpática.

“Lo sé”

De vuelta en la moto observo a Madame en la de adelante. Ambas llevamos en el bolso la mitad del precio de mi virginidad. Nos cruzamos con una limusina negra, con matrícula del Cuerpo Diplomático. No sé porqué, pero me invade la certeza de que algún día uno de esos estará a mi servicio.

En esos años los señores eran más señores y los criados más esclavos. Aun en el caso de que los señores sean amables, existe entre amos y criados un abismo infranqueable. Yo soy una señorita que estudia en Saigón, una damita blanca. En las miradas de esos señores noto que soy extranjera, aún a pesar de llevar ya dos años allí. He viajado a Madrid dos veces, durante los veranos. El resto del año estoy lejos de papá, mamá y mi hermano. Y sin embargo no me duelen sus ausencias.

Compré ropa con el dinero del general Thuan Bú. Ropa elegante. Y ahora cuando salgo de paseo los vietnamitas pobres me miran con respeto y los pobres casi ni se atreven a mirar. Desde aquel día en el gran Hotel Sheraton, Madame me ha buscado más encuentros y he aprendido a llevar a los hombres por donde ellos creen que quieren ir. Pero en realidad van por donde yo quiero. No visto como una puta. Vestidos largos, sedosos, vaporosos, que vuelan con la brisa. Pamelas elegantes y anchas que me tapan del sol poderoso del ecuador. Adivino al entrar en locales frecuentados por la alta sociedad, que esos hombres desearían deshacerse de sus enjoyadas esposas y venir a humillarse ante mí a cambio de mis favores.

He ido descubriendo mi increíble habilidad para conseguir lo que quiero. No sé si es concentración o alguna especie de magia.

Mientras yo estoy interna en el Liceo, con otras chicas internadas como yo, otras chicas del liceo, al terminar las clases marcha fuera, en lujosas limusinas como la que vi cuando regresaba en la moto de mi cita con el general. Muchas de ellas son hijas de diplomáticos de las distintas embajadas. Ahora sé que papá tenía razón cuando me dijo: “Allí serás más tú misma, Mar. Debes salir del cobijo en el que tu mente ha convertido a tu madre, a Madrid y a España. Allí todo será distinto. Te formará”

Todo, absolutamente todo había sido distinto. Cierto, me había formado, pero a cambio había pagado un precio muy alto, había vendido mi inocencia. Un halo de tristeza cubría mi rostro ante aquellos ricachones, banqueros y diplomáticos. Al pasar junto a ellos clavaban en mí sus miradas de deseo y yo lo sabía todo, absolutamente todo de cada uno de ellos.

No soy una europea más en Vietnam. Vietnam se ha convertido en algo íntimamente mío. Sólo conservo alguna ropa que traje de Madrid, para ponérmela en mis viajes a España durante los veranos. No quiero volver con la ropa nueva que compro con mis ingresos de meretriz de lujo. No sabría explicárselo a mamá. Pero cuando voy al aeropuerto de Saigón vestida como antes, se que esa ya no soy yo. En la soledad de mi cuarto escribo. En esos meses y años en Saigón plasmo en hojas de papel recio con la pluma Mont Blanc, mis encuentros con los clientes de Madame. Los encuentros sexuales de una estudiante. Contar por el placer de contar, escribir por el simple placer de escribir, como he vuelto a hacer ahora. Destruí aquellos escritos por miedo a que alguien pudiera leerlos, compartirlos con otros y desnudarme ante todos publicando mis secretos. Y sin embargo ahora soy yo la que publico sin vergüenza alguna los mismos secretos, la que escribe en la soledad de mi cuarto rememorando lo ya escrito en otros tiempos.

Madame me cuenta una historia increíble: en la selva del centro del país, un hombre y su hijo habían sobrevivido 40 años sin contacto alguno con la civilización. Era como la historia de Tarzán, pero esta vez real y vivida por dos seres humanos, un padre y su hijo. Ho Van Than y su hijo Lang, de los que desde 1973 no se tenían noticias.

Lang, el hijo había cumplido ya los 41 años, apareció descalzo, muy delgado, con el pelo enredado y vestido con un taparrabos a base de cortezas de árboles. “Nadie en la aldea natal de los dos hombres imaginaba que pudieran volver después de tantos años. La cabaña en la que habían vivido, cazando animales y recolectando frutos, estaba hecha en la copa de un árbol.

Cuando le conté al protagonista de mi siguiente cita la anécdota, el señor Chong Duy, banquero muy respetado en Saigón me miró incrédulo. Pero sus dos invitados escucharon con cara de asombro y me preguntaron por los detalles. En las citas con Chong siempre era sábado por la tarde. La hacienda posee tres mil hectáreas dedicadas al cultivo del arroz junto al Mekong, un rio imperial que me recuerda las fotografías que he visto del Nilo. En un alto con vistas sobre el río, la hacienda posee un grandioso edificio colonial, un verdadero palacete de paredes blancas. Los criados y las criadas son chinos, todos pulcramente ataviados.

Cuando el coche inicia la marcha dejándome sola con los tres hombres, Madame se despide desde el asiento trasero del coche que ha puesto el banquero para nuestro traslado, haciendo oscilar su mano enfundada en un guante de encaje color hueso. Un chino algo más alto de lo habitual se lleva mi equipaje mientras Chong Duy me preguntaba si necesito tomar un baño en mis aposentos o pasamos directamente a la terraza – mirador para tomar algo.

“Me he bañado justo antes de salir” digo sonriendo de manera encantadora, como ya sé hacerlo. El banquero ríe discretamente y me invita a pasar. Hay que atravesar un vestíbulo de techo altísimo, con dos escaleras redondas y anchas que suben a la planta de arriba, donde se encuentra las habitaciones. Cuelga una lámpara de araña justo del centro del techo del vestíbulo, en el que hay pintado un exquisito fresco en estuco, representando escenas de casa. Al salir al mirador el sol se está ocultando rojo tras el rió, en un horizonte de palmeras y árboles gigantes. Los dos amigos de Chong me saludan y él me los presenta. Pero he olvidado sus nombres.

Algunas formalidades entre las que estuvo mi historia sobre los tarzanes vietnamitas y en seguida, sin perder tiempo, Chong pasa directamente al asunto.

“¿Has venido como le indiqué a Madame?”

Miro a Chong Duy y a los otros dos hombres. Deben de ser hermanos, o al menos parientes. Su parecido es asombroso, como gemelos. Elevo mi falda. Madame me ha indicado que durante el día y medio que pasaré en la casa del banquero en ningún momento debo llevar ropa interior. Los tres hombres contemplaron todo lo que la transparencia de mis pantis dejaba ver. Todo. En la delgadez y longitud infinita de mis piernas culmina el coñito, ya depilado, con la costura de los pantis graciosamente situada sobre la rajita. Luego me doy la vuelta, lentamente, provocando la impaciencia en ellos. Inclino el torso y remango de nuevo la falda ofreciendo la visión de mis nalgas.

El señor Chong hace los honores.

“Mar. No sabes cómo te agradecemos que hayas aceptado pasar este fin de semana con nosotros. No te muevas por favor” Se acerca. Su mano se apoya sobre mi espalda me obliga a permanecer inclinada.

“El placer es mío señor Chong” respondo con voz cargada por la incomodidad de la postura. Chong baja los pantis lentamente, con delicadeza, lo suficiente como para que sus invitados puedan ver mi trasero íntegramente. Luego abre la nalga con la otra mano y siento el aire besar mi ano y el interior de mi rajita abierta. Vuelvo a subir los pantis y me deja incorporarme. Yo dejo caer la falda y miro ladeando la cara a los gemelos que sin duda han quedado impresionados, a juzgar por el crecimiento de su entrepierna.

Pato escabechado, arroz con verduras, buey con setas y brotes de bambú, vino y un sinfín de postres. Mi vestido es un modelo del diseñador Carlos Lozano, en rojo teja. Los criados despejan la mesa redonda de mantel blanco. Una mesa inmensa, de unos dos metros de diámetro, en la que hemos cenado los cuatro.

“No nos molesten” ordena el banquero. Todos los empleados desaparecen como por arte de magia. El cenador en el que esta la mesa se ilumina con tres faroles eléctricos cuando los últimos claros del ocaso se pierden en la noche azul oscuro del Mekong. A salvo de los mosquitos por una red invisible, el cenador resulta íntimo y acogedor, y el bochorno de la tarde va difuminándose, aunque aún hace calor.

“Dile cuántos años tienes Mar”

Miro a los gemelos, sin duda aún impresionados por la visión de mis pantis. “Diecinueve”

“Pareces mayor” dice uno de los gemelos. Sin duda está al tanto de las indicaciones del Chong Duy a Madame, ya sabe que no llevaba ropa interior. Se levanta y viene hasta situarse detrás de mi silla, luego descuelga los tirantes del vestido y baja el escote hasta situarlo por debajo de mis senos, desnudos.

La institutriz habla con mis padres por teléfono. “Su hija es la primera de su clase” Eso les he dicho a tus padres y me sonríe. Yo sé que no soy la primera, pero Madame infla mis notas. Soy la más profesional de las putitas que han caído en sus manos.

Mamá era discreta en el vestir, como temiendo que las partes de su cuerpo se pudiesen contemplar generosas. Yo estoy delgada pero mis pechos han crecido en los últimos meses. Estoy desnuda en el cenador del palacio de Chong Duy y los dos vietnamitas cuarentones que parecen gemelos colocan dos sillas a ambos lados de la mía. Mis senos cuelgan desnudos sobre el escote y el gemelo de mi derecha amasa la carne trémula de una teta, la más cercana a él, pasando la palma de la mano por el pezón que reacciona al instante.

Una bandada de pájaros vuela a resguardarse para pasar la noche y el cielo comienza a estar salpicado con la luz de las primeras estrellas. Se oyen los primeros cantos de insectos nocturnos mientras poso mi mano izquierda sobre la bragueta del otro gemelo, el que no me toca las tetas. Chong Duy se ha levantado y se ha servido del carrito de bebidas, se ha puesto un whisky escocés con hielo, se ha vuelto a sentar y mira. Contempla como los gemelos me flanquean, contempla mi mano tomar las proporciones del pene bajo la bragueta. Yo no miro a los gemelos, miro al señor Chong. Él es el que paga y sé que actúo como en una función, para él.

El gemido de una mujer recibiendo atenciones sexuales representa la certidumbre para el ego del varón. Certidumbre de su hombría, de su arte amatorio. Cuando el gemelo de mi teta derecha utiliza su mano para palparme bajo la falda y por encima de la media gimo. Gimo mirando fijamente a Chong. Entornando mis ojos por el placer. El placer no es fingido. Me gusta la forma en que me soba y disfruto del bulto bajo la bragueta del otro. Pero si es fingida la exageración en el gemir. Me muerdo el labio.

Pienso que en el tremendo bochorno y frustración que sentiría mamá si me viese así. Su niña, su Mar, su pequeña en Vietnam descorriendo la cremallera del pantalón y sacando la verga del acompañante de mi izquierda. Me incorporo, me pongo de pie y agacho mi torso hasta lamer la cabeza del pene descubierto. El otro gemelo se levanta de su silla, el que me pellizcaba los pezones y remanga el vestido dejándolo recogido en mi cintura. Mis piernas estiradas y mi torso doblado dejan la media más fina y trasparente. Se adivina todo mi culo. El señor Chong le da un buen sorbo a su whisky escocés y deja el vaso sobre la mesa para venir hasta nosotros. Me azota el trasero sobre la media. Mientras yo siento sus manos pasear mis nalgas y mi sexo, abro las piernas, sin dejar de lamer y sorber sonoramente la polla de mi gemelo sentado.

Sé que en el fondo, mamá siempre ha sabido que yo sería prostituta. Mi forma de  mirar a los hombres, mi descaro. Soy el polo opuesto a ella. Pero la situación en casa no es económicamente saludable y mamá sabe que Mar acabará suponiendo un respiro. De alguna manera intuye que yo saciaré su hambre de estabilidad, de seguridad en la que seguir desarrollando su monótona existencia, con papá follándola ruidosamente en cualquier rincón de la casa.

Me bajan las medias como yo las bajé antes. No sé cuál de los dos hombres que tengo detrás se agacha y me come el coñito, perfumado con esencia de jazmín y dama de noche, pero al meter su lengua entre los labios noto en mis carnes rosadas el ardor del whiskey del señor Chong. Y entonces dejo de comer verga un segundo para gemir para él. Para hacerle sentir el mejor comedor de coños del mundo.

A partir de ese momento, del momento en el que me despojan del vestido y de los tacones y de las medias y me tumban sobre la mesa, se desata la tempestad. Las vergas me golpean la cara, se introducen en mi boca, una primero otra después. El señor Chong, por supuesto es el que hace los primeros honores. Me toma de las caderas y me arrastra sobre el mantel hasta colocar medio culo fuera de la mesa. Suspende mis piernas de sus antebrazos y me penetra. Alterna sus miradas entre mis ojos y el espectáculo que tiene entre mis piernas. Cierro los ojos y gimo, ignorando la polla del gemelo que se ha subido a la mesa, de rodillas y hace el amor con mi boca. Al otro, de pie junto a la mesa, le masturbo con la mano. Vuelvo a gemir para Chong, especialmente para él, gimo con cada envestida de sus caderas, muevo las mías ondulando, serpenteando con su leño dentro de mí.

En mi último verano en España mi hermano había crecido. No físicamente, por dentro. Ya no necesitaba la manita de su hermana para masturbarle. Pero entre nosotros ha quedado grabado aquel momento y nuestra relación ya no será la misma de antes. Me ha preguntado si follo aquí en Vietnam y le he dicho que si.

“Más que tú hermanito” Mi mano ha viajado a su entrepierna.

“¿Y tú?” Le he preguntado tras sentir un repullo en su paquete, con mi mano aferrando la caricia.

Él ha mirado hacia abajo y luego me ha sonreído. “Inés. La conoces”

“¿Te estás follando a Inés?” pregunto sorprendida. Esa chica es el alma más fría y calculadora de mi antiguo instituto. Todas sabíamos que Inés acabaría casada con alguien importante y… ahora se la está follando mi hermanito.

El señor Chong me baja de la mesa y me pone de pie con mi coño contra el borde de la mesa y mi culo hacia él. Sé exactamente lo que quiere. Me ensalivo un dedo y lo meto en mi ano, luego me tumbo con las tetas sobre la mesa y las piernas abiertas. Él también mete su dedo, más gordo, en mi ano y después siento en mi cuerpo delgado la irrupción trasera que me revienta y me llena. Me gusta que me den por culo.

Uno de los gemelos se sienta en el borde de la mesa, junto a mí. Me doy cuenta de que se ha desnudado por completo. Presa de la excitación de tener la verga dentro del culo lamo la del gemelo con un ansia y una maestría que le hacen venirse en mi boca a los pocos segundos y al verlo el mismo Chong se vacía también con un alarido.

Pienso que seguro que lo han escuchado los sirvientes chinos. Los dos se ponen sus pantalones tras limpiarse con las servilletas del carrito de las bebidas. Luego se sientan a contemplar cómo me hace suya el otro gemelo. Este quiere coño y lo tiene. Va despacio y todos volvemos a disfrutar de paz, mi amante, yo y los dos espectadores. Lento, sobre el suelo de madera, a los pies de las dos mecedoras de nuestro público.

Miró a Chong cuando el orgasmo del gemelo le hace desplomarse sobre mis tetas. Sé que mi cliente está satisfecho.

Llegó el día en el que mi cambio se aceleró vertiginosamente. La crisálida reorganizó sus células y completó la metamorfosis. No quise entrar gusano ni salir mariposa. Simplemente hubo una transmutación. La que era, ya no soy yo. Mar, aquella niña de dieciocho que llegó al Aeropuerto Internacional Tan Son Nhat  en Saigón, parecía destruida, como aquel aeropuerto en los últimos días de Vietnam del Sur, bombardeado por los norvietnamitas y por el Vietcong, obligando a los estadounidenses evacuarse mediante helicópteros antes de que Saigón cayera.

Pero la mujer a la que han dado paso esos años en Vietnam es otra persona. Sigo siendo delgada, aunque menos. He terminado mis estudios en el liceo, pero no voy a seguir estudiando. Sólo he acabado mi licenciatura por mamá. Era su sueño y al fin y al cabo, con Madame de institutriz lo tenía fácil. Si no lo hubiese dejado antes.

Pero ya está bien de uniformes escolares, de horarios e interminables sesiones de estudio. Me niego a seguir. Ya vivo otra vida, mi propia vida. La vida de Mar.

Escribo una carta a mis padres y hermano comunicando mi decisión. Sin entrar en detalles. Termino: “No me esperéis de momento. A no mucho tardar iré a veros”.

Mamá llora al leer mi carta, pero a mi hermano y a papá les da lo mismo. Tienen su corazón en otro sitio.

Los tres años en Vietnam lo ha desatado todo. Las cuerdas se han aflojado y los bultos se han abierto, desordenando y dejando a la luz todo su contenido. Papá tenía razón. En Madrid vivía como en un refugio, a salvo. Me he formado, he envejecido a pesar de mis 21 años. Perdí la inocencia en el Gran Sheraton y después han cabalgado mi grupa otros jinetes. He aprendido, pero a cambio se me ha olvidado a qué huele el bizcocho de mamá y como son las salas de fiesta de Madrid. Ya no me importa mi vida de antes.

La verdad es que no sé dónde seguir. Quedarse en Saigón es una opción seria. Madame me puede seguir poniendo en contacto con los clientes habituales, no más de media docena. Todos adinerados y alguno ligeramente enamorado. Tendría dinero suficiente para llevar una vida holgada. Tal vez me alcanzase, seguro que sí, para alquilar una de esas villas a las afueras, con jardín propio, donde el tráfico es casi inexistente y a donde llegan por la noche los ecos de la jungla.

El más ferviente e incondicional de mis clientes es sin duda François. El único europeo. Por si fuera poco es secretario del embajador de Francia en Saigón y realmente atractivo, a sus cincuenta y siete años. Me ha propuesto varias veces que renuncie a mis demás clientes y me quede tan solo con él.

“Eres celoso” Pregunto mirándole, seria, sin concesiones en mi tono de voz.

“No es eso Mar. Te quiero sólo para mí. No soporto la idea de que hayas estado con otro, aunque haya sido otro día. Ni el que mañana o la semana que viene vayas a otra cama distinta a la mía. Seguro que te ríes con ellos, por no hablar de…”

Pongo mi mano en su boca y le hago callar.

François es casado y tiene un hijo. Pero no engaña a su mujer. Ella es consciente de que el diplomático tiene sus… entretenimientos y los acepta. No pregunta de dónde viene cuando pasa la noche fuera, ni da explicaciones sobre los amigos que los que ella, a su vez, disfruta. Así dejan pasar su existencia. Sin ruidos, sin extridencias.

François me espera sentado en la mesa, vestido con un traje de paño, muy caro, hecho a medida. He visto fuera el auto con la matrícula diplomática. La embajada le asigna al secretario limusina negra de la marca Mercedes. François fuma en pipa y me mira taladrando mi cuerpo según llego. Llevo un vestido de encaje blanco, impecable. No llevo sujetador y mis senos marcan sus pezones descaradamente. Medias, que no pantis, color carne y tacones hueso. Me encanta la forma en que ese cincuentón atractivo se levanta de su silla y me mira. Su melena canosa sin entradas y un hoyuelo en la barbilla. Luce media sonrisa, ¡tan seductora!

“¿Has decidido lo que vas a hacer?” Me pregunta antes de saludarme. Le planto un beso en la mejilla.

“¡Eres muy descortés! No hablemos de eso ahora. Te lo pido por favor. Estoy muerta de hambre” le digo con voz de niña mimosa.

“Lo siento Mar” François levanta la mano y pide champán.

Me repite una y otra vez lo que le ha cambiado la vida desde que me conoce. Comemos mientras me habla de lo increíble que me sienta el vestido de encaje.

Yo le miro, buceo en su alma solitaria. Me descalzo de un pie y lo llevo a su entrepierna, para acariciar con mis deditos de uñas pintadas sobre el pantalón. Él mira nervioso a las otras mesas. Nadie ve mi maniobra y él se relaja.

Su erección en los postres es definitiva. Jugamos a hablar de cosas banales, de lo que puedo hacer ahora que terminé mis estudios. Piso sus testículos como pisé los del general y él baja la mano, acaricia mi pie sobre la media y lo dirige dando dirección y velocidad al movimiento.

François me cuenta que comenzó su carrera diplomática en Beirut, durante la guerra. “Francia siempre está comprometida con el orden mundial y la democracia”

Me parece mentira que pueda hablarme de política mientras le acaricio los testículos con la punta del dedo gordo de mi pie.

Pido cordero e insisto en otra botella más de ese champán vergonzosamente caro para acompañarlo: “Sí, tengo que superar este momento, con estilo”. En el local veo otros hombres, seguramente aburridos con sus esposas, novias y amantes que parecían igualmente aburridas. Pienso en el aburrimiento de la vida de François, a pesar de la supuesta emoción del ambiente diplomático.

Le miro, es elegante.

“¿Te acuerdas de nuestro primer encuentro?” pregunto mimosa.

“Cómo olvidarlo” me responde.

“Mantuve mi mirada hasta que volviste a mirar y te sonreí. Me devolviste la sonrisa un poco avergonzado, pero no tenías necesidad de serlo, yo quería que miraras.

Aparté mis ojos y mientras mi mano se deslizaba lentamente por mi vestido, apartando la tela de mi muslo y dándote la visión de mi pierna larga y delgada para deleitar tus ojos. ¿Recuerdas?”

“Mar, amor mío, ¿cómo olvidarlo?

Se lo pregunto acariciando su pene durísimo mientras el camarero sirve los cafés. Me da igual que se dé cuenta de las maniobras de mi piececito bajo el mantel. Casi me divierte que lo descubra.

“François, ¿Recuerdas mis miradas ocasionales en tu dirección?”

“Sí las recuerdo Mar. Tu forma de mirar siempre ha sido diferente. Profundamente provocadora”

Sigo hablando y tocando: “Mis ojos confirmaban que tu mirada estaba fija en mí, recorriendo mi cuerpo de arriba abajo. Deslicé mi mano libre nuevamente sobre el muslo, lenta y tiernamente mientras mantenía hablaba con Madame. Pero eras tú quien tenía mi atención, y sabía que yo tenía la tuya”

“Sigue Mar, ¡por Dios!, sigue”

No sé si se refiere a mis palabras o a mi pie en su entrepierna. Pero he decidido que esta no sea otra de sus comidas aburridas y le hablo con voz mucho más insinuante:

“Al ver la lujuria en tus ojos, me di cuenta de que aquello se estaba convirtiendo en algo más que un simple juego. Quería ir más lejos. Se lo dije a Madame. Debía pònernos en contacto. Decirte quién era yo. Y lo que era. De repente quería ver y sentir, la gruesa y palpitante erección que iba a provocarte. Lo sabía te haría mío. Quería sentirte dentro de mí.”

“Joder, Mar, sabes cómo hacerlo. ¿Ves porqué no puedo dejar de pedirte que seas mía?”

“Tuya es tu esposa. Yo nunca seré tuya”

Los minutos han pasado rápidos con ese juego de contar y acariciar y ya nos sirven las copas. François un coñac, muy francés. Yo pido un licor de cerezas.

“¿Sabes lo que debemos hacer?”

Me mira como un niño. Indefenso ante las mil posibilidades de mi mente perversa. Le encanta sentirse un cincuentón en manos de una niña de veintiún años, una putita del liceo francés. Tal vez eso es lo que le gusta de mí. Esa aventura sórdida en la que yo sé sumergirle.

“Dímelo tú”

“Vente al aseo de señoras”

No le doy tiempo para objetar. Me levanto, le guiño un ojo y le dejo con la erección a punto de manchar su traje exclusivo.

Abro la puerta de los aseos, están vacíos. Fraçois llega un minuto más tarde. Se asoma tímidamente y tiro de su corbata. Abre la boca para hablar, pero antes de que pueda, empujo un dedo hacia sus labios para silenciarle, no estamos allí para hablar. Le llevo a una de las letrinas, la más grande, para mamás con bebés y paralíticos.

Entro dentro y él se apresura a poner el pestillo detrás de mí. Tan pronto como se vuelve, estoy sobre él, besándole profundamente con mi lengua acariciando la suya. Sus manos van directamente a mis pequeños y puntiagudos ​​senos, agarrando y tocando los suaves montículos carnosos a través del fino encaje blanco. Me encanta la sensación de manos glotonas en mis tetas, y cuando muevo mis propias manos hacia su entrepierna y empiezo a desabrochar, siento su boca sobre un pezón, degustando y lamiendo con furia, con todas las ganas que he generado con mi juego del pie antes, bajo la mesa.

“Debes hacer lo que te diga”

François asiente, nervioso por lo que vendrá y yo comienzo a hablar:

“Mi mano finalmente se cierra alrededor de tu gruesa elevación palpitante y la saco mientras te deleitas furiosamente en mis pechos. Siento tu afán por llegar a mi carne desnuda, y rápidamente remango el vestido de encaje blanco, alrededor de mi cintura y me apoyo contra la pared. Te adelantas mientras yo bajo el minúsculo tanga blanco hasta el suelo, alrededor de mis tobillos. Ojalá tuviéramos tiempo para comerte François, tener tu erección grande y gruesa en mi boca, y dejarte sentir mis labios a su alrededor, pero ambos sabemos la urgencia del momento.”

“¿Cómo lo haces?” Me pregunta “Me pones como jamás me ha puesto ninguna mujer” dice contemplando cómo me bajo el tanga hasta los tobillos.

Yo sigo hablando: “Pareces más que feliz de prescindir de los juegos previos mientras te aprietas contra mí y frotas la punta abultada  a lo largo de mi rajita húmeda”

Él obedece y yo sigo:

“Levanto una pierna vestida con medias y tú la agarras mientras te envuelve la cintura y el trasero.

“Jódeme”

Lo siguiente es un gruñido de placer cuando finalmente mete su carne en mi sexo apretado y la hunde profundamente.

Siento su pene en mi coño mientras voy relatando, como si escribiera una de mis aventuras. Le tengo abrazado y comienzo a susurrar en su oído:

“Te envuelvo en mis brazos y entrego mi cuerpo a tu polla urgente llena de lujuria, dejándote tomar el control y follarme como quieras. Sabes cómo dármelo. Trátame como la zorra que soy”

Su mano libre regresa a mi pecho izquierdo, agarrándome ansiosamente como antes, apretando con cada gemido. Me retuerzo y me muevo contra él, queriendo sentir cada centímetro de tu virilidad, él me da lo que cree que necesito desesperadamente, pero el que lo necesita en realidad es él.

No podemos hacer ruido pero insinuó jadeos y gritos de deleite con cada penetración, más profunda y poderosa.

“François, nadie me folla así, no solo me haces el amor, sino que me haces sentir como la zorra que soy”

Sigo susurrando en su oído mientras me jode contra la pared de la letrina.

“Tus manos errantes exploran mi cuerpo, acariciando firmemente mi piel suave y sedosa, queriendo experimentar cada centímetro de mí.

Tu polla es muy, muy, muy buena y se engolfa en mi pequeño coñito sin piedad.”

Desde que conocí François, todo ha sido tan emocionante en nuestras citas como en mis primeros escarceos de colegiala y, por la expresión de éxtasis en su rostro, puedo decir cómo se siente empujando su gruesa carne. Mirando hacia abajo, lo veo hinchado y firme, brillando con mis jugos mientras me penetra una y otra vez.

“Eso es, amor mío, fóllame como nunca antes me han follado, clávame contra la pared con tu polla divina, golpea mi pequeño chochito hasta que grite, dame lo que una pequeña zorra como yo merece.”

Mi cabeza se sumerge en pensamientos sucios y mi cuerpo está siendo sacudido por un intenso placer eléctrico. No sé cómo puede seguir con tanta fuerza, pero continúa golpeándome implacablemente, calando hasta el pomo con sus testículos golpeándome, gimiendo y jadeando por el esfuerzo. Su frente desprende unas gotas de sudor. El tanga en el suelo, Mi vestido de encaje blanco en la cintura, mis tetas fuera y Fraçois con su traje impoluto y la polla fuera, follándome.

Le susurro en el oído: “Me encanta ser tu pequeña zorra sucia.”

Mi orgasmo me desgarra de repente y con una intensidad impactante, destellando a través de mí como un rayo y debilitando mis piernas, pero sus poderosos envites y su firme agarre me sostienen contra la pared. Gimo una y otra vez a medida que sus golpes se vuelven más fuertes con cada viaje de tu virilidad.

De repente, la saca y me pone contra la pared, ofreciéndole las nalgas. Remanga el vestido que ha tapado el culo. Se aferra a mis nalgas suaves y redondas mientras me penetra de nuevo. Procuro no gritar, casi ahogando mis gemidos mientras mi húmedo y tierno coñito se llena y vacía una y otra vez. Siento su aliento rápido y caliente en mi cuello, y sus manos agarrando mis tetas oscilantes, pezones duros como rocas cavando en sus palmas mientras los dedos los pellizcan.

Rápido, duro y profundo hasta que con un fuerte gemido final descarga dentro de mí. Su espeso semen estalla, chorro tras chorro de un delicioso semen pegajoso y caliente que me llena, mezclándose con mis propios jugos. Cada uno de sus espasmos provoca otra poderosa explosión hasta que no queda más.

Aún le tengo otra sorpresa.

“Ven, no quiero que manches tu traje” le digo. Me doy vuelta, tomando su polla antes de que abandone su forma hinchada y con delicadeza engullo su longitud mojada y resbaladiza dentro de mi boca. Chupo limpiando, tragando, degustando el sabor mezcla de esperma y coño, girando la cabeza y lamiendo el tronco con la lengua juguetona. Quiero cada gota de su semen mientras él se vuelve loco viéndome. Todo lo que queda al final es mi brillante saliva.

Guardo con mimo el pene de François dentro del pantalón y lo abrocho. Sin decir una palabra, él se arregla y se va.

Yo me tomo un tiempo antes de colocar mi vestido. Rápidamente aplico un poco de maquillaje de mi bolso antes de regresar minutos después que él.

Me siento de nuevo en la mesa. Miro al camarero. Sé que sabe perfectamente lo que ha pasado. Me sonríe y yo a él. Mi coño caliente y empapado hormiguea con satisfacción entre mis muslos.

Cuando me crucé con la limusina negra, de regreso del Gran Sheraton, intuí que algún día una limusina igual estaría a mi servicio.

François se ha bajado en el ministerio de asuntos exteriores y le ha dicho al conductor:

“Estaré varias horas aquí. Lleve a la señorita a donde ella le diga”

Una vez que mi amante se ha ido, le digo al chófer:

“Deme un paseo por Saigón, luego vamos al liceo francés”

Disfruto a través del cristal tintado las calles bulliciosas. Los niños dejan sus juegos al ver pasar la limusina Mercedes.

François habla sin cesar de Paris. Me cuenta sus andanzas por las salas de fiestas parisinas. “¡Oh Mar! Si pudiese llevarte a Paris. No lo descartes. Algún día tú y yo estaremos en el Gran Hotel de los Campos Elíseos, nos pararemos delante de la Gioconda en el Louvre, y te besaré mientras ella nos mira desde la pared”

Yo le escucho. Escucho sus sueños parisinos y le contemplo como las pavas contemplan a los pavos reales, cuando ellos febriles y henchidos de pasión despliegan sus admirables abanicos de plumas. Ellas fingen atención, pero miran por encima del hombro, con indiferencia.

Viajamos en la limusina en la que paseé días atrás, durante más de una hora, por el viejo Saigón, después de follar con François en la letrina de señoras de aquel lujoso restaurante.

Me habla de su difunto padre, de la inmensa fortuna heredada.

“Esto de la diplomacia lo escogí más por salir de sus garras que por verdadera vocación. De no haber huido, me esperaba la vida esclava de un empresario de éxito. Mar, te lo aseguro, no estoy hecho para esa vida. No merece la pena enterrar tu existencia entre una oficina, rodeado de teléfonos de proveedores y facturas de acreedores, e interminables cenas y comidas de negocios. Siempre peleando por la dichosa cuota de mercado contra la cruel competencia. Por todo el dinero del mundo no cambiaría mi vida actual por esa.”

François me habla de Bernardette, una directiva en la que delegó hace años la dirección de la cadena. “Lleva los asuntos mucho mejor sin mí.” Es raro el mes en que no abre alguna tienda nueva en alguna parte del mundo.”

Me llevé una sorpresa al saber que François era el dueño de más de la mitad de la cadena de moda Camile. ¡Dios mío, François debía estar forrado!

A pesar de todo sé que François es un pobre diablo. Sé que ha adivinado en mí la naturalidad, lo fácil que lo hago.

En mitad de su verborrea sobre sí mismo le susurro la letra de una canción. François calla y me escucha recitar. Mi voz, a pesar de mis veintiún años es aún de niña. Muy aguda pero dulce y aterciopelada. Creo que es una de las cosas que le han enamorado de mí:

“Si mi corazón tuviese alas, sería el pájaro que oyes cantar una mañana. El pájaro que vuela allá donde el amor es valiente, allá donde todo está dispuesto para el amor.

Si alguna vez tenemos tiempo, ese tiempo tan difícil de poseer, no oscurezcas mi cielo con las nubes de tu separación.”

François no comprende pero me escucha y yo sigo:

“Cuando alguien se conoce a sí mismo, no importa como sea. Ya es su propia superestrella, porque cada cual es el único ser capaz de escribir el guión de esa película.

Cuando te quedes a oscuras, el silencio irá y vendrá, pero no desesperes, todo es fácil si se tiene paciencia.

Si sabes quién eres, tu propia superestrella, el que compone tu propia música, cuando vuelve el silencio, no desesperes, todo llega, todo es fácil si se tiene paciencia.”

Me arrodillo sobre el cuero negro del asiento ancho de la limusina, tomo a François de ambas mejillas y le beso. Me parece enternecedor su desamparo, a pesar de los años, de su fortuna, de su carrera diplomática. Su dinero no le ha hecho libre. No posee libertad, que es lo único que merece la pena comprar con dinero. Tengo más suerte que él, a pesar de mi falta de recursos, a pesar de mi juventud, insultante al lado de sus 57 primaveras.

“He visto una casa con jardín” Le digo tras el beso, achuchándome contra él. Lo único en lo que parezco más frágil es en mi físico, casi aniñado. Comunico a los demás cierta impresión de fragilidad. François me acurruca con su brazo derecho. Sus ojos se iluminan.

“¿Te vas a quedar conmigo?” Su tierna mirada interrogativa me conmueve.

“Sí” Le contesto. “Pero en esa casa. Si no, no”

“En la casa que tú quieras Mar. Llévame a verla”. Me suplica efusivo.

“Le digo la dirección al conductor. La casa está en la periferia, al sur de la ciudad de Ho Chi Ming. Debido a la legislación fiscal, que grava los inmuebles por su anchura, la casa tiene forma de tubo, muy estrechita, pero con tres pisos y un pequeño jardín que la circunda.

Nada más entrar subimos las escaleras hasta el tercer piso. Yo corriendo, él mirando como corro. Le pido a mi mecenas que abra las persianas.

La luz entra a raudales sobre el dormitorio, con una cama inmensa de 250 de ancho por 200 de largo.

“Si me quieres para ti en exclusiva tendrá que ser en esta casa. Pero tendré que apretarme el cinturón” Bajo la mirada haciéndome la víctima. Sé exactamente lo que va a suceder.

“¿Te preocupa de qué vas a vivir? ¿Tus ingresos?”

“No me preocupa. Pero hay que vivir… ¿No crees?” digo simulando enfado.

François se ríe a carcajadas, abre su cartera y me da tres billetes de los grandes. “En unos días tendrás una tarjeta de crédito a tu nombre. Por el dinero, Mar, no debes preocuparte mientras esté contigo”

Me abraza, clava los pezones de mis pequeñas tetas contra su pecho y me besa apasionado metiendo la lengua en mi boca y apretando mi torso hasta casi cortar mi respiración. No me resulta repulsivo mi secretario de la Embajada Francesa, pero tampoco siento nada por él. Si acaso afecto por su alma de niño. Pero sé fingir. Mientras mete su mano bajo mi falda le paso mi lengua por la oreja. Se la pongo dura con tan sólo ese gesto.

Me suelto de su abrazo. Le doy la espalda y me asomo a la ventana.

“¿Has observado las increíble vistas?”. Pregunto con mis ojos revoloteando sobre los tejados de Saigón. Abajo el conductor pasa el trapo a los cristales de la limusina. Cuando siento su verga rozarse contra mis nalgas bajo el pantalón, pienso que él jamás me conocerá. Nunca sabrá lo qué pienso en realidad. Mi juego a engañarle, a hacerme la tonta, la fácil. Jugar el juego de la inocencia sin ser inocente. Sé que él lo intuye de algún modo, intuye mi engaño. Pero cae conscientemente en el juego. Jugamos a que crea que me conoce, que me tiene, que soy su niña inmadura. Pero él no lo sabe del todo. Como todos los hombres ignora que nada es lo que parece.

Me doy la vuelta y le abrazo.

“¿Verdad que es precioso?”

Me descuelgo hasta ponerme de rodillas a sus pies.

Cuando François me mira, ya está duro, cuando le miro sabe lo que le espera. Uso esa expresión de putita cachonda que tanto le gusta. Él se baja la cremallera y deja que sea yo la que se la saque. Vuelvo a mirar sus canas, su sonrisa atractiva con el hoyuelo en la barbilla. Huele a polla de hombre mayor, me encanta cierto perfume a orina en el slip. Me cuesta sacarla de lo dura que está. Sé que toma el rombo azul cuando queda conmigo.

Tras besar el prepucio y lamer el tallo mirándole con descaro se la vuelvo a envainar.

“¿Qué haces? ¡Sigue!”

Niego con la cabeza.

“Es mejor hacer ganas” le ronroneo  mientras me pongo de pie.

El miedo de los hombres está en la incontinente sed de estabilidad de las mujeres. Yo tranquilizo a François.

“No te quiero poseer para siempre. Ni siquiera quiero que seas totalmente mío ahora. Nunca querré poseerte” le digo sentada en la limusina, de vuelta al liceo. Me he quitado los zapatos y poso mis pies en su regazo, con la espalda contra el cristal de la puerta, jugando a hacerme la niña, cómo sé que le gusta. Acaricio con los pies desnudos su muslo desde la rodilla hasta rozar malvadamente los testículos con el dedo meñique. “Sabes que no debes temer nada, absolutamente a nada conmigo” François me sonríe.

No sé cuál será la cantidad que mi magnate privado ingresará en mi tarjeta. No importa demasiado.  Hemos cerrado el trato de alquiler de la casa por teléfono mientras vamos hacia el liceo.

“No quiero que te sientas obligado a quererme, ni siquiera a apreciarme”

François es un niño viejo. Ya está enamorado de mí. Pero su vida está demasiado hecha como para derrumbarlo todo y empezar de cero.

Antes de que la limusina llegue al liceo, en mitad del atasco remango mi falda. El conductor no puede verme. Me he quitado las bragas antes de salir de la casa y abro las piernas para enseñarle el coño a François. Aún tengo mis pies en la pernera de su elegante pantalón. Pero al abrir las piernas con tal descaro mi raja desnuda y depilada queda directa y rotundamente expuesta. Llevo mi dedo anular a su boca y él lo lame. Luego abro con la otra mano los labios de mi sexo y extiendo la saliva de François por el desfiladero rosa. Le invito con la mirada a tocar, o a lamer, o a lo que él quiera. Pero esta vez es de las pocas que François me sorprende.

“Es mejor hacer ganas” me dice.

Ambos reímos.

Madame a sus 42 años es toda una belleza madura. Le acompaña cierto aire de señorita Rotenmeyer, alta, con un coco en el pelo, rasgos magrebíes, caderas rotundas, ojos rajados y oscuros con unas arruguitas que le otorgan una indiscutible distinción. Muy atractiva. Sé que fue puta, aunque no me lo ha confesado.

“Me imagino que el internado no lo permite, pero ¿podría subir a ver la habitación en la que Mar ha pasado estos últimos años?”

“Por supuesto, señor François. Este es el liceo francés y usted el segundo de nuestra embajada. La residencia es su casa señor secretario.”

Mi madurito mira el culo de Madame, que nos precede en las escaleras. Los hombres no pueden evitar eso. Es superior a ellos un culo de mujer subiendo unas escaleras. Madame lo sabe. Viste falda por encima de la rodilla y hace bailar el borde de la tela.

Él mira al entrar en el cuarto el escritorio en el que cae el sol, junto a la ventana. El armario con puertas de espejo y la cama en la que yo me he hecho mujer.

Miro a Madame. En su cara hay una pregunta. Le guiño un ojo sin que mi amante lo vea.

Coloco el sillón junto a los pies de la cama y bajo de ella las dos maletas que tenía hechas desde ayer por la noche.

“Siéntate, ya está bien de hacer ganas” le ordeno a mi diplomático que, obediente, se acomoda en el silloncito de piel verde con respaldo corrido.

Tomo de la mano a Madame y vamos hasta el armario. Madame me sonríe en el espejo, estoy detrás de ella. Tiro los tacones contra la pared y en dos segundos mi vestido yace en el suelo junto a nuestros pies.

François ve mi espalda, el tanga azul celeste engullido por mis nalgas. Y en el espejo ve a Madame y cómo mis manos desabotonan su camisa y suben el sujetador por encima de las dos hermosas tetas.

He conseguido que los pezones de Madame estén tiesos y que la polla de François vuelva a ser un bastón de mando.

Pellizco los grandes pezones y luego tiro de su falda hasta precipitarla sobre sus tobillos. A Madame se le eriza la piel del culo. También lleva tanga, de encaje negro. Abrazo contra su espalda de mujer mis tetas de niña y meto mi mano bajo el tanga. Madame no está depilada y busco entre el vello la hendidura, el botón del clítoris y finalmente la humedad de sus labios.

¡Le está gustando a la muy zorra!

François se la ha sacado cuando dejo a Madame y me tumbo, tan solo con el tanga azul, sobre la cama. Madame pasa junto al silloncito verde moviendo el culo, para los ojos de nuestro espectador, pero esta vez sin falda. Se acuesta boca abajo, entre mis piernas abiertas, ofreciendo el espectáculo de su trasero rotundo a mi secretario.

Me lame y yo jadeo para él, para su paja.

Cuando obligo a Madame a hacer un 69 observo que François se ha bajado los pantalones y los slips hasta los tobillos, ha desabrochado la camisa y se masturba frenéticamente.

Nos comemos los chochitos con tanto gusto y delicadeza que por los gemidos de François, intuyo que va a terminar y le pido que espere.

Me incorporo y le tomo de la mano, como antes a Madame.

Acostado entre las dos siente nuestras bocas comerle, lamerle, chupar, succionar. Siente nuestras manos acariciarle los huevos, pellizcar sus tetillas. Él nos soba a las dos. Alterna caricias entre nuestras nalgas, coños y pechos.

“Ponle el coño en la boca al señor François” ordeno a Madame.

Cuando él introduce la nariz entre los labios mojados aún con mi saliva, siento el rio de esperma inundarme la boca. Después entre las dos hacemos la limpieza final.

El conductor introduce mi equipaje en el maletero de la limusina. Le doy un beso sincero, de verdadero afecto.

Ella nos despide con la mano desde la puerta del liceo francés de Saigón. Bajo el cristal del Mercedes para agitar mi mano y observo con cierto pellizco en el vientre, el edificio colonial en el que he pasado los últimos tres años.

¡Qué lejos queda aquella Mar de diecisiete años que llegaba aterrada desde Madrid!

Un comentario sobre “Mar, un corazón rebelde

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