SILVIA ZALER

La noche con Jaime fue de locura. Y digo noche, porque, a diferencia de Julián, él sí durmió en casa. No tanto porque yo lo quisiera o deseara, no. Sino por el colocón tan grande que ambos teníamos de coca y maría. Con este dato, creo que es suficiente como para entender el estado de desmadre en el que me encontraba.

Y no solo fueron los tres polvos de la tarde noche, los tiros de coca, los varios porros que nos fumamos y el follar sin descanso, sino que de nuevo hubo alguna metida que me la hizo sin condón y que sus corridas salpicaron sábanas, colchas y tapicerías del salón. Sí, limpié todo. Volví a ser prudente y fría a la hora de dejar mi casa como si por ella no hubieran pasado ese par de pollones a follarme.

Pero mi marido me pilló.

Es verdad que mi cabreo con él fue en aumento de forma absurda. En otro momento, cuando no tenía la seguridad de que estaba con otra, sino que solo me hacía el mapa mental y me decía a mí misma que sería bueno para mis intereses, no me hubiera importado que no contactara conmigo. Pero la ausencia de su mensaje ni la contestación a uno mío hizo que me enrabietara más. Mi respuesta a ese silencio fue una nueva raya de coca y que Jaime me la metiera sin compasión en nuestro dormitorio.

Ya sabéis que Jaime besa muy bien. El mejor en ese aspecto. Y que me encanta que me morree mientras me acaricia o yo le palpo el pedazo de polla que tiene. Y así empezamos, seguidos de lo habitual entre nosotros: una buena mamada, sus acometidas de hombre fuerte y decidido, varias rayas para mantener el cuelgue y la excitación, algunos porros para seguir con el calentón, y follar. Ese día follamos mucho. De los que más. Recuerdo que utilizamos varios preservativos porque en mitad de la follada, me salía para chupársela. Era tal el desfase que me importaba poco que una vez que la sentía en la boca, me follara ya sin protección. Y otra vez, él abrió uno de los que traía, pero ante los besos, las caricias y mis ganas de que me penetrara, ni siquiera terminó de ponérselo.

Fue, debo admitirlo, de las mejores noches de sexo que he pasado. Desenfrenada, de locura, completamente fuera de control. Terminamos con la coca y casi con la maría. Fue, con seguridad, el día que más me metí y que más he follado en mi vida. No tanto por los polvos de Jaime que fueron sus tres de rigor, sino por el tiempo empleado, las posturas y el deseo de retrasar los orgasmos para prolongar las folladas.

A las tres de la mañana, tras el tercer polvo en el dormitorio, en donde descargó en mi cara, tras follarme la boca, nos quedamos exhaustos y cansados. En verdad, el polvo había empezado antes, en el salón. Pero lo continuamos en el dormitorio yo buscando los últimos restos de coca que quedaban en el algo más de medio gramo que tenía antes de que llegara Jaime. Nos hicimos ocho rayas, cuatro para cada uno en cinco horas de follada prácticamente continuada. Es decir, cuatro horas de coloque continuado…

Me desperté a las doce y media. Y como es normal, nos costó dormimos por la metralla que llevábamos en el cuerpo. Me duché y dejé que el vapor me abriera los poros de la piel para soltar toda la mierda que llevaba dentro.

Cuando vi a Jaime a mi lado esa mañana, me di cuenta de que estaba perdiendo el control. En la ducha pensé y reflexioné sobre la situación en la que estaba. Mi matrimonio hacía aguas, cosa que, en realidad, era de esperar. Que mi marido tuviera una aventura, cuando yo llevaba follados un buen número de tíos en mi vida de casada, era merecido. Pero no por ello, me jodía menos. Quería a mi marido aunque pareciera raro y falso.

Salí de la ducha y desperté a Jaime. No quería que se quedara mucho más por si mi marido, que me contestó a eso de las diez de la noche diciéndome que hasta casi la noche del domingo no llegaría de Jávea, le daba por llamar, acelerar el viaje o lo que fuera.

La amiga que se había llevado a nuestros hijos a la finca me envió fotos de la celebración del cumpleaños y de mis hijos jugando con sus amigos. Respiré y se me encharcaron un poco los ojos. A mi lado, Jaime y en la mesilla de noche, un preservativo usado, la funda de otro desgarrada y resto de cocaína en el espejito de mi neceser y que solía usar para retocarme cuando salíamos a cenar o a tomar una copa a casa de alguien.

Jaime se duchó y yo contemplé ese cuerpo tan bonito que tiene. Esa polla gruesa y algo más larga que lo normal. Su rostro guapo, sus tatuajes. Se había hecho uno nuevo en el brazo. Me bajé a desayunar y a adecentar la casa. Hacía un día raro. Sin demasiado sol, pero tampoco frío.

Me puse a recoger las pruebas de la noche de sexo pasada. Preservativos usados, envoltorios, la bolsa de la coca tirada al lado del ron que usamos para hacernos unos mojitos con la última raya antes de follar otra vez… El salón estaba desordenado. Los cojines del sofá por el suelo, un rastro de semen marcado en la alfombra. Dos colillas de porro y un papelillo tirado en el suelo que seguramente se me calló cuando liaba uno.

Abrí las ventanas para que entrara aire limpio y fui recogiendo todo con una bolsa de la basura en la mano. Jaime me ayudó cuando terminó de ducharse. Cuando repasamos todo y dimos por concluido el trabajo de limpieza, me abrazó por la espalda y me tocó las tetas. Noté su polla dura en mi culo. Yo estaba con unas simples bragas y una camiseta, que no tardaron en salir y quedarse tiradas en el suelo de la cocina.

Y sucedió, lo que tenía que pasar entre una mujer caliente y un chico con ganas de sexo. Echamos un nuevo polvo. Sin condón. No teníamos uno a mano y no me preocupé de subir a por uno a mi escondite en el dormitorio.

Me puse a tono con unas caricias de sus dedos en mi coño y apoyada en la mesa de la cocina, me empotró. Y disfruté de nuevo de la follada de un Jaime nuevo, fortalecido y recuperado por el descanso. Escuchaba el sonido de sus caderas en mi culo y sus manos pellízcame los pezones endurecidos. No tardó en correrse encima de mí y él tampoco se demoró en comerme el culo y el pubis, regalándome un orgasmo más ese fin de semana de desenfreno.

En ese momento, ni me imaginaba que todo empezaría a derrumbarse días más tarde… Como antes he dicho, mi marido y yo llevábamos una temporada mala. De apenas conversaciones, y las que teníamos nada cariñosas, y sí con evidentes disparos de sorna y sarcasmo. Pero no me imaginaba que todo iba a estallar.

Ese domingo, en el que me fijé que aquella bolsa de golf tenía las mismas pelotas que cuando se fue, los guantes guardados de la similar manera y los palos en idéntica posición, no quise decirle nada. A fin de cuentas, yo había tenido un buen fin de semana de sexo con mis dos mejores amantes, y en mi propia casa.

Mi marido se fue al jardín a chatear por el móvil y a tomarse un café con leche. No hacía un día precisamente para estar fuera y menos a las diez de la noche. Sin embargo, estuvo paseando, como pensativo y en un momento dado, como digo, habló por el móvil. Luego, tecleó durante unos diez o doce minutos.

Cuando entró en la casa nos miramos. Ninguno dijo anda, pero era evidente la carga de reproche de nuestras pupilas. Él sonrió echando un ligero golpe de aire y yo murmuré un gilipollas, cuando ya me di la vuelta.

Pero, veinte minutos más tarde, en pleno inicio del confinamiento, todo explotó con la frase que me soltó de follar en casa y de no tirar los condones al cubo de la basura. ¿Cómo había llegado a buscarlos allí? Evidentemente, sospechaba algo de antes. Pero qué razón o evidencia le llevó al cubo de la basura…?

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